Creemos en la Honestidad

C. G. Octubre 1976logo pdf
Creemos en la honestidad
por el presidente Marion G. Romney
de la Primera Presidencia

Marion G. RomneyMe gustaría decir unas palabras acerca de la honestidad. Como introducción citaré algunas palabras del presidente John A. Howard, del Colegio Rockford, pronunciadas en la Universidad de Brigham Young, el 23 de abril de 1976. Después de hacer mención al aterrador porcentaje de delito en nuestro medio, dijo lo siguiente:

“La creciente corriente de crímenes corre paralela al diluvio de la deshonestidad, y’ creo que ésta es la descripción exacta. Esto sucede en los sectores políticos, donde se promete lo que se sabe que no se podrá cumplir, y donde se trata de engañar a la gente haciéndole creer que los programas del gobierno pueden pagarse con dinero de otra procedencia. Donde quiera que miremos, parece que los intereses personales prevalecen sobre cualquier idea respecto al bienestar de la sociedad en general. La ventaja y la conveniencia personal parecen haber superado a los principios . .

El acto de `delatar’ es actualmente considerado en muchos lugares más denigrante que el hecho de `engañar’. El sistema del honor, que una vez fue la manifestación del trabajo compartido, ha desaparecido; y el antiguo concepto del honor, basado en la integridad . . . ha cedido y se ha sometido a un nuevo código de deshonestidad, conocido entre los ladrones como `código de honor’.”

En la primavera de 1824, un periodista llamado John Wentworth le pidió al profeta Joseph Smith que hiciera una declaración concerniente a la historia y doctrina de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Como respuesta a dicha solicitud, el Profeta escribió un documento de 13 párrafos, el cual conocemos como los “Artículos de Fe de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. El último de éstos comienza así: “Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos, y en hacer el bien a todos los hombres . . .”

Puesto que las implicaciones de esta declaración cubren casi toda la escala de la conducta humana, no intentaré discutirlas. Más bien, me limitaré a repetir la observación de la primera frase del artículo: “Creemos en ser honrados”, o sea honestos, y como hay infinitas maneras de ser deshonestos, me limitaré a definir el concepto de honestidad que dice: “La honestidad implica no mentir, ni robar, ni engañar, ni dar falso testimonio”. Tampoco intentaré establecer las diferencias entre “mentir” y “dar falso testimonio”, entre “robar” y “engañar”.

Para justificar la importancia de estos asuntos, deseo recordaros que los oímos tan frecuentemente en las noticias que uno no puede menos que unirse al salmista en su oración: “Libra mi alma, oh Jehová, del labio mentiroso” (Sal. 120:2).

“El pecado”, dijo el escritor Oliver Wendell Holmes, “utiliza muchas herramientas, pero una mentira les sirve de mango a todas.”

El presidente J. Reuben Clark dijo: “Nada es más despreciable o cobarde que la mentira, y es mayor iniquidad aún, enredar en ella a otra persona”.

La primera mentira en esta tierra tuvo lugar en el Jardín de Edén cuando Satanás le dijo a Eva que no moriría como consecuencia de participar del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal. De hecho, Satanás fue y es el padre de toda mentira. El Señor dijo a Moisés:

. . . pues por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, e intentó destruir el albedrío del hombre, que yo, Dios el Señor, le había dado, y también quería que le diera mi propio poder, hice que fuese echado fuera por el poder de mi Unigénito;

Y llegó a ser Satanás, sí, aun el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres, aun a cuantos no escucharen mi voz, llevándolos cautivos según la voluntad de él.” (Moisés 4:3-4.)

“¡Ay del embustero!”, dijo Jacob, hermano de Nefi, “porque será arrojado al infierno a morar con el diablo, el padre de todas las mentiras . . .” (2 Nefi 2:18.) La mentira es tan reprensible que el Señor no podría mentir. Así lo declaró el hermano de Jared en el tiempo de la confusión de lenguas en la gran torre. Mostrándole su dedo, el Señor le preguntó:

“¿Viste más que esto?” Y él contestó: “No, Señor, muéstrate a mí.” Y le dijo el Señor: “¿Creerás las palabras que te voy a declarar`?” Y él le respondió: “Sí, Señor, sé que hablas la verdad porque eres Dios de verdad, y no puedes mentir.” (Eter 3:9-12)

Alrededor de mil años más tarde Enós, hijo de Jacob, testifica esta misma verdad. Después de toda una noche de vigilia orando por el perdón de sus pecados . . . “vino una voz a mí, que dijo: Enós, tus pecados te son perdonados, y serás bendecido.” Y esta es la respuesta de Enós: “Y yo, Enós, sabía que Dios no podía mentir; Por tanto, mis culpas fueron borradas” (Enós 5, 6).

No solamente es imposible que Dios mienta sino que El odia la mentira. Salomón, hijo de David nos dice: “Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, y la lengua mentirosa. . .” (Prov. 6:16-17).

Las Escrituras ponen siempre la mentira a la altura de las mayores transgresiones. El profeta Oseas la cita con otras cinco iniquidades que habrían de llevar al pueblo de Judá a la tragedia:

“Oíd palabra de Jehová. hijos de Israel, porque Jehová contiende con los moradores de la tierra; porque no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra.

Perjurar, mentir, matar, hurtar y adulterar prevalecen, y homicidio tras homicidio se suceden.

Por lo cual se enlutará la tierra, y se extenuará todo morador de ella. . .” (Oseas 4: 1-3.)

En el caso de Ananías y Safira, el Señor hizo saber a los miembros de la Iglesia primitiva que la consecuencia de la mentira puede ser inmediata:

“. . . todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad.

Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad.

y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles.

Y Pedro le dijo: ¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti.

Al instante ella cavó a los pies de él, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido.

Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas.” (Hechos 4:35; 5:1-2, 9-11.)

Pero, aparte de las consecuencias inmediatas que pueda acarrear la mentira, Juan el Revelador nos habla del resultado final que tendrá que sufrir el mentiroso que no se arrepienta:

“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva: porque el primer ciclo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más.

Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.

Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.

Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.

Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.

Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.

El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y el será mi hijo.”

Y a continuación, el destino de los que engañan:

“Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es  la muerte segunda. (Apoc. 21:1-8)

Hasta aquí, hemos considerado varios aspectos de la mentira:

  1. Que Satanás es el padre de ella y fue el primero en practicarla cuando mintió a Eva en el Jardín de Edén.
  2. Que Dios no puede mentir.
  3. Que Dios odia la mentira.
  4. Que los mentirosos se cuentan entre los peores transgresores.
  5. Que languidecen en este mundo.
  6. Que todos los mentirosos que no se arrepientan “tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.

En el versículo 21 de la sección 42 de Doctrinas y Convenios, la cual el profeta José Smith estableció como la “ley de la Iglesia”, dice: “No mentirás; el que mintiere, y no quisiere arrepentirse, será expulsado”, lo que quiere decir que será excomulgado de la Iglesia. Y el versículo 27 de la misma sección dice: “No hablarás mal de tu prójimo, ni le causarás ningún daño”.

Recordemos la declaración del presidente Clark:

“No hay coraza más fuerte que la verdad, ni nada que proteja más contra los dardos de la envidia, el odio, la maldad y toda horda de iniquidades.”

Creemos en ser honestos. Que el Señor nos ayude a poner en práctica lo que creemos.

Los vicios del engaño y del robo no son menos comunes ni menos reprensibles que la mentira, sino que están condenados por las Escrituras con igual énfasis. Desde el monte Sinaí el Señor dijo a Israel:

“No hurtarás. No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.” (Ex. 20:1516.)

Y en la ley de la Iglesia, recibida en esta última dispensación y a la cual ya he hecho referencia, el Señor dice:

“No hurtarás: el que hurtare, y no quisiere arrepentirse, será expulsado.” (D. y C. 42:20.)

Esto quiere decir que el ladrón que no se arrepienta serán excomulgado de la Iglesia. La violación de estos mandamientos está alcanzando proporciones alarmantes.

“Creemos en ser honestos.”

Mis hermanos, os dejo mi testimonio de que ésta es doctrina verdadera y de que la hemos recibido del Todopoderoso. En estos últimos días El nos ha revelado todos los principios por los cuales podremos prosperar, perfeccionarnos, y levantarnos desde la condición caída en que nos encontramos, hasta la que debemos alcanzar a fin de prepararnos para el regreso de nuestro Redentor. Os testifico de estas verdades y de todas las del evangelio que enseñamos en la Iglesia, y lo hago humildemente en el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador. Amén.

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