Los grandes acontecimientos

Conferencia General Octubre 1975
Los grandes acontecimientos
Por el élder Bruce R. McConkie
Del Consejo de los Doce

Una o dos veces en un millar de años quizá una docena de veces desde que el hombre mortal salió del polvo para ser alma viviente- ocurre un acontecimiento de tal trascendencia, que ni el cielo ni la tierra siguen siendo los mismos después del hecho.

Una o dos veces en el transcurso de muchas generaciones, los cielos y la tierra se ciñen en una asociación perfecta, se desarrolla el drama divino y el curso entero de los acontecimientos mortales sufre un cambio.

De vez en cuando, en un silencioso jardín o en un sepulcro que no se puede sellar, o en un aposento alto, casi siempre apartado de la mirada de los hombres y raramente percibido por un puñado de personas, el Señor interviene en los asuntos de los hombres y manifiesta su voluntad con respecto a la salvación de éstos.

Uno de estos acontecimientos tuvo lugar hace aproximadamente seis milenios, en un jardín plantado al este de Edén, donde Adán y Eva cayeron “para que los hombres existiesen”. Otro de estos eventos que alteró el curso de la historia, ocurrió cuando un anciano profeta creyó en las palabras de Dios y construyó un arca donde él, junto con otras siete personas, los únicos entre todos los habitantes de la tierra, se salvaron de quedar sepultados en una tumba de agua.

Y el más trascendental de estos hechos se llevo a cabo en un jardín llamado Getsemaní; en las afueras de Jerusalén, cuando el Gran Ciudadano de este planeta sudó gotas de sangre por cada poro, al pasar por la agonía de tomar sobre sí todos los pecados de la humanidad, bajo la condición del arrepentimiento. Pero otro de estos acontecimientos destinados a afectar la vida y el ser de toda alma viviente sucedió en la tumba de Arimatea, cuando el espíritu sin pecado del único hombre perfecto, volvió desde el paraíso para habitar nuevamente el cuerpo torturado y asesinado del cual había salido, esta vez en gloriosa inmortalidad.

Pero el hecho al que desearía referirme en particular y que se equipara en importancia a las más grandes verdades de la religión revelada, tuvo lugar en un bosque cercano a Palmyra, Estado de Nueva York, en un hermoso y claro día a principios de la primavera de 1820. Según la tradición, sucedió el seis de abril; pero, haya sido o no en esa fecha, lo que ocurrió entonces afectaría la salvación de billones de hijos de nuestro Padre Celestial, los cuales habrían de vivir en la tierra desde entonces hasta el día del gran final, cuando el Hijo entregue a su Padre el reino inmaculado.

La montaña que se movió obedeciendo el mandato de un hombre (Moriáncumer); o el mar que dividió sus aguas ante la voz de Moisés; o las órdenes de Josué al sol y a la luna para que se detuvieran y éstos le obedecieron; todos esos grandes acontecimientos se vuelven casi insignificantes si los comparamos con lo que ocurrió en el bosque en aquella mañana de primavera.

Al contemplar con asombro y reverencia, con espíritu de devoción y gratitud aquel milagro de los cielos, observemos primero las condiciones bajo las cuales éstos se abrieron y produjeron ese milagro.

En aquel año de gracia de 1820, igual que en los mil cuatrocientos años anteriores, las tinieblas cubrían la tierra y la obscuridad la mente del pueblo; era una época de lobreguez espiritual, de pesar, de negros nubarrones, los ángeles ya no ministraban a los hombres; la voz de Dios estaba silenciosa y el ser humano ya no hablaba con El cara a cara; los dones, las señales, los milagros y todos los poderes especiales de que estaban investidos los santos de antaño, ya no eran comunes para aquellos que sentían celo religioso. No había visiones ni revelaciones y los cielos permanecían cerrados; el Señor ya no vería su justicia sobre su pueblo elegido, como lo hacía en otros tiempos.

Ya no se levantaba a los muertos, ni se devolvía la vista a los ciegos o el oído a los sordos. No existían administradores legalmente autorizados para sellar en la tierra y en los cielos. El evangelio predicado por Pablo, por amor al cual Pablo había muerto, ya no se proclamaba desde los púlpitos que se declaraban cristianos.

En resumen, la apostasía reinaba; era universal, absoluta, prevaleciente. La religión del humilde Nazareno ya no se encontraba en ninguna parte; todas las sectas se habían alejado de ella. Satán se regocijaba y sus ángeles reían. Tal era la situación social y religiosa de la época.

Pero en la sabiduría de Aquel que todo lo sabe, que reina supremo sobre cielo e infierno, había llegado el momento de la prometida restauración. Mil ochocientos veinte era el año en el cual el Gran Jehová había de comenzar “la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo”. Los convenios hechos con Abraham, Isaac y Jacob respecto a su simiente, habrían de cumplirse.

Cuando llega el tiempo de plantar y cosechar; el Señor de la viña envía a sus labradores. Los hombres llevan a cabo la obra del Señor entre los hombres, con almas selectas que se convierten en sus siervos. Así en el momento preciso, apareció José Smith, el hombre señalado. Este gigante espiritual del cual se ha dicho, “José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, con la sola excepción de Jesús, que cualquier otro que ha vivido en él” (D. y C. 1 35:3), este profeta preordinado vino a introducir la gran obra del Señor en los últimos días.

Cuando el Señor necesitó un Enoc para edificar Sión, la Ciudad de Santidad, lo consiguió; cuando necesitó un Moisés para ser el gran legislador de Israel, lo consiguió; cuando llegó el momento de que el prometido Mesías diera su vida por la humanidad, el Gran Salvador estuvo listo. Y gracias sean dadas a Dios, cuando llegó el momento de iniciarse la dispensación del cumplimiento de los tiempos, listo estuvo José Smith, el poderoso Profeta de los últimos días. A él el Señor le dijo:

‘Desde los cabos de la tierra inquirirán tu nombre; los necios de ti se burlarán, y el infierno se encolerizará en contra de ti;

En tanto que los puros de corazón, los sabios, los nobles, y los virtuosos constantemente buscarán consejo, autoridad y bendiciones de tu mano” (D. y C. 1 22:1-2).

Era el año 1820; el hombre y la hora se juntaron. Pronto tendría lugar la Visión, y las llamas consumidoras de la verdad del evangelio habrían de destruir las zarzas y las hierbas del sectarismo que habían tomado posesión de la viña del Señor.

A fin de preparar el camino, un espíritu de preocupación e inquietud religiosa dominó la región donde el futuro Profeta del Señor moraba en pacífica obscuridad. Los ministros de un cristianismo decadente practicaban su profesión con fanático valor, proclamando que tenían la verdad.

Todos los instructores y maestros de religión usaban sus poderes de convicción para ganarse adictos a su sistema de salvación particular. Los sentimientos eran intensos y en el corazón de muchas personas reinaba la amargura, esparciéndose el rencor y la desunión entre la gente, con una “guerra de palabras y un tumulto de opiniones” (José Smith 2:10). En medio de tanta contención, el futuro Profeta de Dios muchas veces se decía: “¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todos estos partidos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos está en lo justo, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?” (José Smith 2:10).

En este punto crítico fue cuando la Divina Providencia hizo que brillara un rayo de luz viviente de la sagrada palabra de Dios, e iluminara el corazón de un afligido buscador de la verdad.

Escudriñad las Escrituras, atesorad verdades del evangelio, gozad de las palabras de vida eterna en esta vida y regocijaos en la esperanza de una vida inmortal para la vida venidera. Leed, meditad, orad sobre todo lo que los profetas han escrito. Este es el curso que el Señor invita a los hombres a seguir con su Santa Palabra. Y a este camino de progreso y luz fue guiado José Smith por la mano de Aquel que conoce el fin desde el principio y reina con amor y misericordia sobre todos sus hijos.

El joven José —por entonces en su decimocuarto año de vida y a sólo veinticuatro años de sufrir la muerte de un mártir, por lo que vería y por el testimonio que habría de dar al mundo— leyó en la epístola de Santiago un versículo que estaba destinado a ser la porción de escritura de mayor influencia que podría haber surgido de pluma de un profeta.
Moisés proclamó esta gran declaración, que para muchos eruditos es el sello de oro del Nuevo Testamento: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.

“Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deut. 6:4-5). Jesús, tomando de ella las palabras de amor y servicio, le llamó “el primero y gran mandamiento”.

Y las palabras que la mayoría de la gente considera como la más grandiosa declaración del Nuevo Testamento, son: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:1 6).

Difícilmente se podría exagerar al mencionar la importancia y la influencia de escrituras como estas en la vida de los seres humanos. Sin embargo, las palabras de Santiago que abrieron la puerta hacia la Primera Visión y que indican la forma en que todos podemos saber lo que Dios nos tiene reservado, esas pocas palabras contienen la expresión más influyente que pueden haber pronunciado los labios de los profetas. Por medio de ellas se presentó al mundo la más grandiosa de todas las obras de Dios: el evangelio de Jesucristo.

Esto es lo que dice la escritura:
“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (San. 1:5).

Palabras sencillas, fáciles, puras; palabras que abrieron el camino a todos los hombres de todas las épocas para que puedan saber la voluntad de Aquel que las inspiró; palabras que fueron dictadas por el Espíritu Santo a uno de los últimos profetas del Nuevo Testamento y que habrían de grabarse en el corazón del primer profeta de los últimos días y servir como introducción a la más importante de todas las dispensaciones del evangelio.
¿Acaso tú, oh hermano, necesitas sabiduría? ¿Querrías saber cuál de todas las Iglesias es la verdadera y a cuál deberías unirte? ¿Sientes acaso la necesidad de adquirir más conocimiento? ¿Te gustaría romper las barreras del tiempo y el espacio y contemplar las visiones de la eternidad?

Si es así, pídele a Dios, busca su rostro, confíate al Hacedor, vuélvete a Aquel que es la fuente de toda verdad y de toda justicia.

No obstante, ten en cuenta la condición que debe acompañar tus súplicas:
“Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda, es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.

“No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor” (San. 1:6-7).
Así, en este momento crucial de la historia, mientras el Espíritu de Dios velaba sobre las tinieblas que cubrían el mundo y los espíritus aún por nacer esperaban que se disipara la obscuridad, el joven José fue guiado por Dios a meditar en aquellas palabras que abrirían una era de verdad y luz desconocida hasta entonces para el mundo.

“Nunca un pasaje de las Escrituras llegó al corazón de un hombre con más fuerza que éste en esta ocasión al mío”, dijo más tarde el joven Profeta. “Parecía introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. Lo medité repetidas veces. . .” (José Smith 2:12).

Así es la obra de Dios y así son las obras de su Santo Espíritu. Las palabras de Santiago se grabaron en el corazón de este gran Profeta, con un poder conocido sólo por las almas que están en armonía con el infinito.

Sobre la controversia religiosa se esparcía confusión y discordia en toda la zona, José dijo: “..los maestros religiosos de las diferentes sectas interpretaban los mismos pasajes de las Escrituras de un modo tan distinto que destruía toda esperanza de resolver el problema con recurrir a la Biblia” (José Smith 2:12).

Era necesario que le preguntara a Dios mismo, como todos deberíamos hacerlo, y así lo hizo. Para alejarse del mundo se fue a un bosque cercano a su casa; allí, en la soledad, se arrodilló y oró volcando su alma al Creador.

Aquella fue la hora del destino y la esperanza porque, en medio de la lobreguez de las tinieblas, estaba por aparecer una brillante luz. El decreto de la Creación, “Haya luz”, estaba por cumplirse nuevamente; la luz del evangelio, la luz de la verdad eterna, pronto derramaría sus rayos sobre toda la tierra.

Pero los hechos extraordinarios no ocurren sin dificultades, los grandes acontecimientos que sacuden al mundo, se encuentran con grandes montañas de obstáculos. En todas las cosas hay oposición y cada persona que procure encontrar la verdad choca contra las costumbres del mundo. José Smith no fue una excepción.

Cuando empezó a orar, los poderes maléficos se desataron contra él con satánico terror. “Apenas lo hube hecho” relata, “cuando súbitamente se apoderó de mí una fuerza que completamente me dominó, y fue tan asombrosa su influencia que se me trabó la lengua de modo que no pude hablar. Una espesa niebla se formó alrededor de mí, y por un tiempo me pareció que estaba destinado a una destrucción repentina” (José Smith 2:15).
Los métodos de Satanás son tales, que cuando el Dios de los cielos quiso enviar al mundo la luz más brillante de todas las épocas, las fuerzas del mal se opusieron a ella con la más profunda malevolencia de su tenebroso reino. Lucifer, nuestro enemigo común, luchó contra la prometida restauración como ahora está luchando contra los resultados de la misma.

“Mas esforzándome con todo mi aliento para pedirle a Dios que me librara del poder de este enemigo que me había prendido”, continúa el Profeta, “y en el momento preciso en que estaba para hundirme en la desesperación y entregarme a la destrucción -no a una ruina imaginaria, sino al poder de un ser efectivo del mundo invisible que tenía tan asombrosa fuerza cual jamás había sentido yo en ningún ser- precisamente en este momento de tan grande alarma vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí” (José Smith 2:16).

En esta forma los cielos se abrieron y el velo se rasgó. Los cielos que habían permanecido herméticos, derramaron incontables bendiciones. Así nació la época de la luz, la verdad, la revelación, los milagros y la salvación.

El lugar, la hora, la necesidad, el hombre y el designio divino, todo se unió para que se manifestara la gran obra de Dios en los últimos días. A pesar de ello, los cielos no se sacudieron ni tembló la tierra. Este no fue un acontecimiento anunciado por truenos y nubes como lo que ocurrió en Sinaí, sino que lo caracterizaron la misma calma, serenidad y paz que cuando María Magdalena exclamó: “¡Maestro!”, al ver que el Señor se había levantado del sepulcro.

En esa ocasión, en la que se concedió al hombre la visión más maravillosa de que se tenga registro, se rompieron las tinieblas tenebrosas y los dioses se revelaron a la tierra nuevamente.

“Vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí”, dice el Profeta. (José Smith 2:16.)
“No bien se hubo aparecido”, sigue diciendo el Profeta, “cuando me sentí libre del enemigo que me tenía sujeto. Al reposar la luz sobre mí, vi a dos Personajes, cuyo brillo y gloria no admiten descripción, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo! (José Smith 2:17).
¡Oh, Dios de los cielos, cuántas maravillas contemplan nuestros ojos! Los cielos se abren, el velo se parte, y el Creador del Universo viene a la tierra. El Padre y el Hijo hablan al hombre mortal. La voz de Dios se hace oír nuevamente; El vive y habla y oímos sus palabras al igual que en tiempos antiguos.

“Había sido mi objeto acudir al Señor para saber cuál de todas las sectas era la verdadera, a fin de saber a cuál unirme. Por tanto, apenas me hube recobrado lo suficiente para poder hablar, cuando pregunté a los Personajes que estaban en la luz arriba de mí, cuál de todas las sectas era la verdadera, y a cuál debería unirme. Se me contestó que no debería unirme a ninguna, porque todas estaban en error; y el Personaje que me habló dijo que todos sus credos eran una abominación en su vista; que todos aquellos profesores se habían pervertido; que “con los labios me honran, mas su corazón lejos está de mí; enseñan como doctrina mandamientos de hombres, teniendo apariencia de piedad, mas negando la eficacia de ella” (José Smith 2:18-19).

Una o dos veces en un millar de años se abre una puerta por la cual todos deben entrar si desean obtener la paz en esta vida y ser herederos de la vida eterna en los reinos venideros.

Una o dos veces en un sinfín de generaciones, amanece una nueva era y la luz naciente comienza a eliminar las tinieblas que cubren el corazón de los hombres.

Una que otra vez, en un lugar lleno de paz y alejado de las miradas del mundo, el cielo y la tierra comparten un momento de intimidad y ni el uno ni la otra vuelven a ser los mismos después de eso. Un momento así tuvo lugar en una clara y hermosa mañana de la primavera de 1820, en un bosque cercano a Palmyra, Estado de Nueva York.

El hombre preguntó y Dios respondió. José Smith vio al Padre y al Hijo.
Yo sé que estos hechos ocurrieron y os los testifico en el nombre del Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, de quien somos testigos. Amén.

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