Sed dignos poseedores del Sacerdocio

Conferencia General Abril 1975
Sed dignos poseedores del sacerdocio
Por el Presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballMientras he estado aquí, escuchando los excelentes discursos de estos cuatro hermanos, he deseado fervientemente que todo hombre y todo muchacho en el mundo pudieran oír sermones como ésos que les dieran algunas ideas, algunas normas y algunos conceptos por los cuales guiarse.  Como hombres de la Iglesia, somos muy afortunados de recibir instrucción e inspiración, tanto para nuestra vida diaria como para nuestro trabajo en la Iglesia.

Me gustaría dirigir unas palabras a nuestros oficiales ejecutivos, particularmente a los obispos y los presidentes de estaca, quienes son “los jueces generales” en Israel.  Quisiera leeros algunas declaraciones hechas por profetas del siglo pasado.  El presidente Taylor dijo:

“Aún más, he oído que hay obispos que han estado tratando de ocultar las iniquidades de los hombres; a ellos les digo, en el nombre de Dios, que tendrán que llevar sobre sí la responsabilidad de esas iniquidades; si algunos de vosotros deseáis participar de los pecados de los hombres, o defenderlos, tendréis que ser responsables por los mismos. ¿Me escucháis, obispos y presidentes?  Dios os hará responsables.  Vosotros no tenéis, derecho de falsificar ni adulterar- los principios de justicia, ni de encubrir las infancias y las corrupciones humanas” (Conference Report, abril de 1880, 78).

Os citaré además, las palabras de George Q. Cannon, también miembro de la Primera Presidencia:

“El Espíritu de Dios indudablemente se lastimaría de tal modo que abandonaría, no sólo a quienes fueran culpables de esos actos, sino también a aquellos que permitiesen que fueran cometidos entre vosotros, sin tratar de detenerlos ni amonestarles.  Y desde el presidente de la Iglesia, pasando por todos los rangos del sacerdocio, habría una pérdida del Espíritu de Dios y de sus dones, sus bendiciones y su poder, por no haberse tomado ellos la molestia de reconocer y exponer la iniquidad” (Journal of Discourses 26:139).

Podríamos citar declaraciones de otras Autoridades Generales, concernientes a este tema.

Nos preocupa el hecho de que muchas veces, por su simpatía personal hacia el transgresor o quizás por amor hacia la familia de éste, la autoridad encargada de la entrevista tiende a pasar por alto la disciplina que la transgresión merece.  Demasiado a menudo se perdona al transgresor y se pasa por alto el castigo, cuando esa persona debería haber sido suspendida o excomulgada; y son demasiados los casos en que solamente se suspende a un miembro transgresor, cuando se le debería haber excomulgado.

Recordad que el presidente Taylor dijo que vosotros llevaríais la carga del pecado que dejaseis pasar por alto. ¿Estáis dispuestos a hacerlo, hermanos?

¿Recordáis las palabras del profeta Alma? “Mas el arrepentimiento no podía llegar a los hombres sin que hubiese un castigo. . .” (Alma 42:16).  Pensad un momento en esas palabras. ¿Os dais cuenta?  No puede haber perdón sin un verdadero y total arrepentimiento, ni puede haber arrepentimiento sin un castigo.  Este principio es tan eterno como el alma misma.

Otra cosa: el presidente o el obispo toman la determinación y los consejeros o el sumo consejo la rechazan; pero no la someten a voto, como lo harían con muchas otras decisiones.  Por favor, hermanos, recordad estos detalles cuando tengáis ante vosotros a alguien que haya quebrantado las leyes de Dios.

Hace algunos días, me llamó la atención una cita que hizo el presidente Wilford Woodruff acerca de José Smith.  A veces nos encontramos con miembros que tienen un falso sentido del orgullo y que quieren que las cosas se hagan a su manera, o se van. ¿Sabéis de alguien que se haya alejado del barrio o no quiera volver a la capilla porque ha tenido un desacuerdo, con el obispo o con alguna otra persona?

“No habrá posibilidades de que se nos eleve espiritualmente, si tenemos el corazón lleno de orgullo con respecto al cargo que ocupamos.  Si el Presidente de la Iglesia o cualquiera de sus consejeros o de los apóstoles, u otra persona, piensa que Dios no puede arreglárselas sin él, y que lo que hace es sumamente importante para llevar a cabo la obra de Dios, ese hombre se halla en terreno falso.  Le oí una vez a José Smith decir que Oliverio Cowdery, que fue el segundo apóstol de esta Iglesia, le dijo en una oportunidad: ‘Esta Iglesia caerá si yo me alejo de ella.’ Y José le respondió: ‘Oliverio, inténtalo.’ Oliverio lo intentó y él fue quien cayó.  Pero el reino de Dios se mantuvo firme.  También he conocido a otros apóstoles que han tenido la idea de que el Señor no podría pasar sin ellos; sin embargo, El ha continuado su obra sin ellos.  A todos los hombres, judíos y gentiles, grandes y pequeños, pobres y ricos, les digo que el Señor Todopoderoso no depende de ningún hombre para llevara cabo su obra, sino que cuando El llama a los hombres para hacerlo, éstos tienen que confiar completamente en El” (Discourse, por Wilford Woodruff, Deseret Weekly, abril de 1890, 40:559-60).

Mis hermanos del sacerdocio, hay algo muy especial en esto de reunirnos los poseedores del sacerdocio en cada conferencia, particularmente cuando padres e hijos vienen juntos a esta reunión.  Veo entre vosotros muchos jóvenes magníficos y me complace mucho observar a esos muchachos que están convirtiéndose en hombres y que muy pronto serán los misioneros, los padres y los dirigentes, los obispos y los presidentes de estaca del mañana.

Veo aquí cientos de jóvenes, muchos de los cuales son diáconos, y esto me trae a la memoria la época en que yo era diácono (hace mucho tiempo, como podéis imaginar).  Para mí era un honor.  Mi padre se mostró siempre muy considerado con respecto a mis responsabilidades y hasta me permitía llevar el coche tirado por un caballo, para recoger las ofrendas de ayuno; yo tenía que recorrer la misma zona donde vivíamos, que incluía una distancia bastante grande; además, una bolsa de harina, una botella de vegetales o fruta o un pan, cuando se acumulaban, se convertían en pesada carga.  Así es que el carro me resultaba sumamente útil.  Actualmente, las ofrendas se pagan en efectivo; pero en un tiempo se pagaban con artículos de primera necesidad, y para mí era un gran honor recogerlos.  Aunque ahora se pagan con dinero, todavía sigue siendo un gran honor llevar a cabo este servicio para el Señor.

Todavía soy un diácono y me siento muy orgulloso de serio.  Cuando veo a los apóstoles prepararse para bendecir el sacramento en nuestras asambleas solemnes, así como a otros hermanos de las Autoridades Generales repartir el pan y el agua a los presentes, me siento orgulloso de ser diácono, maestro y presbítero.  Y en nuestras reuniones especiales en el Templo, cuando los hermanos bendicen y pasan la Santa Cena, también siento una profunda emoción y agradecimiento por poseer el sagrado Sacerdocio Aarónico y tener el privilegio de encargarme del sacramento.

Además, recuerdo que fue Cristo mismo quien por primera vez partió el pan, lo bendijo y lo repartió a sus apóstoles, y siento que es un gran honor hacer lo que El hizo.  Y deseo ratificar lo que los otros hermanos han dicho sobre la necesidad de ser digno de repartir el sacramento y hacerlo reverentemente.

A los padres que me escuchan quisiera citar parte de un artículo que me impresionó: “Los jóvenes necesitan ejemplos como los de los héroes nacionales.  Pero también necesitan otros héroes más cercanos, hombres de fortaleza inalterable y básica integridad personal; hombres con quienes puedan encontrarse día a día, caminar, divertirse; hombres que estén cerca de su hogar, a quienes puedan observar en situaciones de la vida diaria y a quienes puedan hacer preguntas y consultar problemas cara a cara.”

Espero que todo padre pueda brindarle a su hijo esa clase de íntima relación.  Espero que todo padre tenga con su familia la noche de hogar, dando así una oportunidad a sus hijos de expresar sus ideas, ayudar en los planes familiares y orar juntos.

Jóvenes, la vida tiene un propósito.  Vuestro Padre Celestial os ha provisto de un mundo en el cual vivir y os ha dado la vida.  De vosotros depende que vuestra existencia sea común o extraordinaria.  Esta no es una vida de suerte, sino de trabajo, de esfuerzo, de preparación; y es mucho lo que se espera de vosotros a partir del momento en que cumplís los doce años.  Es sabido el hecho de que en la ley judaica, un jovencito de doce años es considerado casi como un adulto.  Supongo que ésa sería la razón por la cual, cuando Jesucristo fue al templo con su familia, se quedó allí hablando formalmente con los doctores de la ley y los principales de la comunidad.

Cuando un padre se preocupa por su hijo, depende de éste hacer que su vida sea digna y agradable ante la vista de nuestro Padre Celestial, sus padres terrenales y toda persona con quien se relaciones. En el proceso de vuestro crecimiento, tendréis que enfrentaras a muchas situaciones que exigen valor, como fue el caso en el episodio que deseo relataros:

“Eres joven y tienes toda tu vida por delante”, le dijo a un joven marinero el capellán de un barco que en ese momento naufragaba, al mismo tiempo que lo obligaba a aceptar su salvavidas.  Pocos momentos después, el barco se hundía.  Era el 3 de febrero de 1 943, y la tragedia ocurría a bordo de un barco estadounidense que había sido torpedeado por el enemigo.  Hubo otros tres capellanes que hicieron lo mismo; los cuatro sacrificaron su vida por salvar la de algunos jóvenes.  Uno era católico, dos eran protestantes y el otro era judío.

“Este acto de heroísmo fue un dramático ejemplo de la forma en que actuaba el capellán en una emergencia y dicho acto fue conocido en todas partes.  Pero el servicio del capellán en las fuerzas armadas, día a día, es menos conocido, y esto también es muy importante para todos nosotros.

Algunos de vosotros, jóvenes, debéis ingresar en el servicio militar, y deseo que sepáis que tenemos capellanes SUD también en el servicio armado; y esperamos que os alleguéis a ellos, generalmente son hombres de gran fortaleza y poder.

En realidad, no es necesario que el joven espere a ser mayor de edad para que comience a encaminar su vida, sino que esto tiene que empezar en la infancia.  Es interesante notar que Jesús, el Señor, tenía sólo doce años cuando fue al templo, y solamente treinta y tres cuando lo crucificaron. También es interesante recordar que los Smith recibió su primera revelación cuando todavía no tenía quince años, y que a los dieciocho lo visitó Moroni para hablarle de las planchas.  Apenas tenía veintidós años cuando las recibió, y con ellas la gran responsabilidad que implicaban; y solo tenía veinticuatro cuando publicó el Libro de Mormón y un poco más tarde, organizó el reino de Dios sobre la tierra basado en la revelación.

Y no debemos olvidar que los primeros apóstoles de esta dispensación fueron hombres relativamente jóvenes entre los 29 y 36 años.  Parece increíble que siendo tan jóvenes, pudieran ser tan maduros, fuertes y responsables.

Este es el proceso de maduración de un joven.  Habéis visto misioneros ir y venir, miles, decenas de miles de ellos.  Esto es lo que la obra misional hace por ellos si perseveran.  Con cuánta frecuencia tienen que decir adiós a los diecinueve años para ingresar en el campo misional y dos años después regresan convertidos en hombres.  Cuán firmes, elevados y perseverantes.

Todos habéis visto a los misioneros cuando se van y después, cuando vuelven, muchachos convertidos en hombres. La obra misional trae ese resultado, si los jóvenes se entregan a ella. Muy a menudo nos despedimos de un jovencito de diecinueve años que se va a una misión, para ir a recibirlo cuando vuelve hecho un hombre fuerte y decidido.

A la pregunta “¿Qué cualidades hacen que un muchacho se convierta en un hombre?”, un conocido hombre de negocios respondió lo siguiente:

“Son muchas, pero quizás la más importante de todas sea esa vocecita interior a la que llamamos conciencia y que dirige nuestros pensamientos.  Lo que uno piensa, se expresa en acciones.  Siendo que las acciones repetidas forman los hábitos, los pensamientos que tenemos revelan la clase de persona que somos.

“Si se me preguntara qué debe hacer un muchacho para convertirse en un hombre digno, mi respuesta sería: ‘Que no mienta ni engañe’.  Un mentiroso es un ser débil; y un estafador es, a la vez, débil y ladrón.  Al encontrarse el valor para honrar la verdad en todas las cosas de la vida, se está en camino hacia el total autodominio.

“Es necesario trabajar duramente. Nuestra mente es como un depósito y nosotros lo llenamos; llenémoslo con provisiones de la mejor calidad.  Los hábitos de trabajo y estudio que se formen temprano en la vida, nos acompañarán constantemente en el futuro.

“También la diversión es necesaria. Practiquemos juegos activos, que requieran dinamismo y corrección; atengámonos a las reglas v exijamos lo mismo de los demás.

“Honremos a nuestro Creador, porque El es el origen de todo lo bueno.”

Los ideales en los cuales está fundada la nación, vienen de El, quien es el Libertador.  Podéis expresar aprecio por vuestra inapreciable herencia al vivir de acuerdo con el código de “Servicio, Honor, Patria y Dios”.

Si lo hacéis así, y en todas las cosas lo hacéis de la mejor manera posible, vuestra alma, mente y corazón se desarrollarán, y un día llegaréis a ser verdaderos hombres” (J. Edgar Hoover).

Lo que cuenta es la actitud.  Cuando en la actitud de una persona se refleja el deseo de elevarse, ésta comienzo a tratar de alcanzar el cielo; si su deseo es ser noble, se reviste de nobleza; si quiere ser justo, es necesario que se cubra con el manto de justicia.

Se cuenta la leyenda de un tal Lord George, que vivió hace ya mucho tiempo.  Ya sea que creáis en ella o no, aprovechad igual la lección que nos brinda.  “Se dice que Lord George había llevado una vida muy disipada; había sido borracho, jugador y estafador, habiendo hecho muchas trampas en sus negocios y perjudicado a mucha gente.  La vida que llevaba se había ido reflejando en su rostro abotagado y de expresión maligna.

“Un día se enamoró de una joven campesina llamada Jenny Mere, a quien le propuso matrimonio.  Ella le respondió que jamás se casaría con un hombre cuyo rostro fuera tan repulsivo y malévolo y que cuando contrajera matrimonio, lo haría con un hombre que tuviera en la cara una expresión bondadosa, capaz de reflejar el verdadero amor.

“Siguiendo una costumbre de ese tiempo, lord George fue a la calle Bond Street, en el centro de Londres, donde había en ese entonces un hombre llamado Eneas, que era famoso por las máscaras de cera que fabricaba; tan grande era su habilidad, que la persona que deseara ocultar su identidad sólo tenía que conseguir que Eneas le hiciera una máscara, y ya tenía asegurado el éxito.  Como prueba de su arte, se dice que había quienes se encontraban cara a cara con sus acreedores sin ser reconocidos por éstos. Lord George fue un día a verlo y le explicó lo que quería; Eneas seleccionó la máscara apropiada, la calentó y la fijó al rostro del noble.  Cuando éste se miró en el espejo, vio reflejada la imagen de un hombre bondadoso que irradiaba amor.  Su apariencia había sufrido tal cambio, que Jenny Mere no lo reconoció, se dejó conquistar y pronto se casaron.

El compró una casita en el campo, en un lugar alejado, escondida entre rosales y rodeada por un pequeño jardín.  Desde aquel momento, su vida cambió; comenzó a interesarse en la naturaleza y a apreciar lo bello y lo bueno en todas las cosas; la apatía y el desinterés por la vida, que antes lo habían dominado, se convirtieron en bondad hacia todo lo que lo rodeaba.

Pero no se contentó con empezar una nueva vida sino que también trató de enmendar las faltas del pasado y por medio de un amigo de confianza, restituyó sus mal habidos bienes a todos aquellos a quienes había estafado.  Cada día le agregaba rasgos de nobleza a su carácter y más pureza a su alma.

Mas un día, accidentalmente, sus antiguos compañeros de andanzas descubrieron su identidad y fueron a visitarlo, tratando de convencerlo de que volviera con ellos a la vida de perversión que había llevado. Como él se negó, lo atacaron iracundos y en la lucha le hicieron jirones la máscara.

Al ver que ésta caía a sus pies hecha pedazos y que su verdadero rostro quedaba al descubierto, Lord George bajó la cabeza avergonzado y anonadado; ahí quedaban destruidos su nueva vida y su sueño de amor.  Al verlo allí, con la cabeza inclinada y la máscara en el suelo, rota, su esposa corrió hacia él, se arrodilló a sus pies y levantó la mirada. ¿Qué creéis que vio?  Sí. Línea por línea, rasgo por rasgo, su rostro había adquirido las mismas facciones regulares y hermosas, la misma expresión de bondad que tenía la máscara.

Sin duda alguna, la vida que el individuo lleva y los pensamientos que cruzan su mente se reflejan en su cara.

Quisiera ahora leeros unas líneas que, según creo, serán de interés para vosotros.

Chismosillo

En todos los pueblos, en todas las calles,

Un diablillo se escurre traidor
Entrando en casi todas las casas
Con una mueca de satisfacción.
Culebrea, trepando a la silla,
O sigiloso, se enrosca a tu lado,
Y cuando cerca de ti logra estar
A tu oído susurra el taimado,
Y de un conocido te cuenta un rumor,
“Chismosillo” es el nombre que le cae mejor.
El nunca te ha de decir que lo sabe
Sino sólo que así lo ha escuchado,
Y a ti te lo cuenta para que, a tu vez,
Muy pronto a otro lo hayas contado,
Entonces, aunque nada de ello sea verdad
La calumnia por todo se ha de extender;
Y si Antonio va y lo repite a José,
Y José a Enrique, y Enrique a Ester,
Y Ester a María y María a Rosa
Muy pronto por cierta pasará la cosa.
El vil duendecillo, en realidad,
Nunca afirma que él lo sabe,
No asegura que es la verdad,
Sólo lo cuenta el muy infame
Pues sabe que a repetirlo irás
Y que antes de que el sol se oculte,
La obra maligna se consumará
Y habrá un poco menos de amor y de paz
En los alrededores de tu vecindad.
¡Cuídate de “Chismosillo”!
El trata de meterse en tu casa y allí calumniar.
En todo los casos, la prueba reclama,
Exígele nombres y fecha y lugar.
Y si él te insiste en que sólo lo ha oído,
“No lo creo”, con voz firme y segura declara,
“Los malevolentes chismes que me has dicho
Son falsos, y no he de repetir palabra.”
Si a la obra del diablo te quiere incitar
En su plan maléfico no le has de ayudar.
—(Tomado de Shell Happytime.  Traducción libre.)

Hermanos, ha sido maravilloso estar aquí reunidos con vosotros y siento que es glorioso servir al Señor en este cargo.  Somos infinitamente privilegiados al poseer este Sagrado Sacerdocio, que es mucho más grandioso que cualquier poder que posean reyes o emperadores. ¡Qué maravilloso es para todo muchacho gozar de este privilegio!  Dios os bendiga para que las cosas que se han dicho aquí esta noche se graben profundamente en vuestro corazón y que todos podáis sacar provecho de ellas.  Esta es la obra del Señor y deseo que todos lo sepáis.  Que juntos podamos marchar adelante, hacia nuestro glorioso destino y que Dios os bendiga. , En el nombre de Jesucristo.  Amén.

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