La fe, el primer paso

Conferencia General Abril 1975
La fe, el primer paso
Por el élder Howard W. Hunter
Del Consejo de los Doce

Los cristianos de todo el mundo acaban de celebrar lo que ellos consideran como el suceso de mayor trascendencia en la historia, la ocasión en que el Señor y Maestro resucitó después de haber sido muerto en la cruz.  Este evento ha sido celebrado cada primavera por más de 1 900 años.  Viene a nuestra mente al llegar ese día, el frío y obscuro invierno que ha llegado a su fin y toda la naturaleza que está lista para volver a la vida.

Cuando las nieves se han derretido, los árboles y arbustos tienen nuevos brotes, los capullos florecen y toda la tierra se convierte en una sinfonía de color y calor, asegurándonos una nueva vida; cuando se palpa el cambio del intenso frío del invierno a la belleza de la primavera; cuando la naturaleza vuelve a la vida cada año, recordamos el cambio de tinieblas y desesperación de Getsemaní a los más gloriosos eventos de la resurrección.  La piedra fue removida y se escuchó la proclamación: “No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:6).

La realidad del suceso de la resurrección tiene un profundo significado para cada persona que tiene el valor de creer. ¿Es verdadero? ¿Es Jesucristo una realidad? ¿Vino realmente a la tierra, proclamó su evangelio y dio su vida por la humanidad? ¿Es verdad que él resucitó de la tumba para hacer posible para vosotros y para mí vivir de nuevo después de la muerte y obtener vida eterna? ¿Qué evidencia tenemos de estas cosas? ¿Cómo podemos adquirir cocimiento de la verdad, de ellas si no lo sabemos?

Quiero deciros que yo creo estas cosas con todo mi corazón.  Yo sé que son verdaderas. Sé que Dios vive y es literalmente nuestro Padre Celestial; que Jesucristo es su Hijo, el Redentor del mundo y que mediante su sacrificio expiatorio, cada hombre que vive, ha vivido, o vivirá sobre la tierra, resucitará después de su muerte para vivir eternamente. Mi creencia a este respecto ha venido de la misma manera que a otros creyentes; todas las personas pueden tener este entendimiento con la simple admonición de:

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.

“Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla, y al que llama, se le abrirá” (Mateo 7:7-8).

En su epístola a Israel, Santiago nos da su admonición con palabras de significado similar:

“Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

“Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra” (Santiago 1:5-6).

Hay algunos que creen y otros que dudan.  Pero las preguntas pueden ser resueltas y el conocimiento adquirido si seguimos estas simples instrucciones de las Escrituras.  Por supuesto, aquellos que no tienen el deseo de saber y son “arrastrados por el viento y echados de una parte a otra”, nunca entenderán las cosas pertenecientes a Dios y a su divino plan. Un profeta ha hecho esta significativa declaración:

“Las cosas de Dios son de profunda importancia; y sólo con el tiempo, la experiencia y los pensamientos cuidadosos, poderosos y solemnes, pueden encontrarlas. Tu mente, ¡oh hombre!  Si tú llevas un alma a la salvación, podrás llegar a los más altos cielos, y buscar en ellos, y contemplar el obscuro abismo y la amplia expansión de la eternidad —Tú debes estar en comunicación con Dios” (José Smith, History of the Church of Jesus Christ of Latter-Day Saints, 3:295).

El evangelio, como fue traído a la tierra por el Salvador, contiene las buenas nuevas de salvación; por tanto el plan de salvación es el evangelio de Jesucristo.  El dijo:

” … recordad, pues, las cosas que os he dicho.

“He aquí, os he dado mi evangelio, y éste es el evangelio que os he dado: que vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque él me envió.

“Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz; y que después de ser levantado sobre la cruz, pudiese atraer a mí mismo a todos los hombres, para que así como fui levantado por los hombres, así también sean ellos levantados por el Padre, para comparecer ante mí y ser juzgados según sus obras, ya fueren buenas o malas” (3 Nefi 27:12-14).

Al estudiar cuidadosamente las Escrituras, el conocimiento que obtengamos vendrá de los elementos básicos o principios del evangelio enseñados por el Maestro y consisten de los siguientes pasos:

  1. Tenemos que desarrollar dentro de nosotros mismos, la fe en Jesucristo, de que El es el Hijo de Dios y Salvador del mundo.
  2. Tenemos que arrepentirnos de todas nuestras malas acciones y estar dispuestos a seguir sus enseñanzas.
  3. Tenemos que ser bautizados de acuerdo a las instrucciones para la remisión de los pecados pasados.
  4. Tenemos que recibir el Espíritu Santo, por la imposición de manos.
  5. Tenemos que continuar en nuestra vida recta hasta el fin de la vida mortal.

El primer paso es fe, no una fe general, sino una fe específica: fe en el Señor Jesucristo.  Para saber si Jesucristo es o no una realidad, o si es verdad que El es el Hijo de Dios, y vino a la tierra a proclamar su evangelio, a dar su vida y completar su resurrección para que cada hombre pueda vivir otra vez; debe concentrarse dentro de nuestra alma un genuino deseo de adquirir un conocimiento de la verdad.  Cuando ese deseo es ya bastante fuerte, estaremos persuadidos a examinar las evidencias.

No hay una evidencia tangible y concreta de la existencia de Dios o de la divinidad del Maestro en un sentido legal, pero no todas las investigaciones en busca de la verdad resultan en pruebas de evidencia real y demostrativa.  Es falaz argüir que por no haber una evidencia demostrativa de la existencia de Dios, El no existe.  En ausencia de tales evidencias muchas veces necesarias para el mundo científico como prueba positiva, nuestra investigación puede llevarnos a los dominios de la evidencia circunstancial.  Podemos emplear horas en describir las maravillas del universo, de la tierra, de la naturaleza, del cuerpo humano, de la exactitud de las leyes físicas y mil cosas más, todas ellas dictando a la conciencia del buscador de la verdad, que existe un Creador y uno que gobierna todo el universo.

¿Cuál sería la situación, si la existencia de Dios pudiera probarse por medio de evidencias demostrativas? ¿Qué le sucedería al elemento de la fe como el primer paso o principio del evangelio?  Una de las cargas de la enseñanza del Maestro fue enfatizar la importancia de la fe.  La fe es el elemento que construye el puente en ausencia de evidencia concreta.  Esto es exactamente lo que el escritor de la epístola a los Hebreos les estaba diciendo cuando se refirió a la fe como “La certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1).  En otras palabras, la fe es la seguridad de la existencia de una verdad, aunque no sea evidente ni pueda ser probada por evidencia positiva.

Supongamos que todas las cosas pudieran ser probadas por evidencia demostrativa. ¿Qué vendrá a ser del elemento de la fe?  No habría necesidad de fe y ésta sería eliminada, dando ocasión a esta investigación: Si la fe es el primer paso o principio del evangelio y es eliminada, ¿qué sucede con el plan del evangelio?  Los propios fundamentos se desmoronarían.  Como consecuencia yo opino que hay una divina razón por la que no todas las cosas pueden ser probadas por evidencia concreta.

Aquellos que dudan, usualmente piden una prueba o una señal para poder creer.  El profeta Alma habló a su pueblo sobre este mismo asunto y les dijo: “Sí, hay muchos que dicen: Si nos muestras una señal del cielo, de seguro sabremos; y entonces creeremos.

“Pero yo os pregunto: ¿Es fe esto?  He aquí, os digo que no; porque si un hombre sabe una cosa, no tiene necesidad de creer, porque sabe” (Alma 32:17-18).

Alma entonces habló a su pueblo acerca del principio de la fe y lo comparó a una semilla de árbol, la cual, después de plantada, necesitaba cuidado y cultivo.  El deseo por la fruta fue el motivo de plantar la semilla, y el sembrador tuvo fe de que brotaría y crecería.  Alma continúa describiendo la semilla de la fe:

“Y he aquí, a medida que el árbol empieza a crecer, diréis: Nutrámoslo con gran cuidado para que eche raíz, crezca y nos produzca fruto.  Y he aquí, si lo cultiváis con mucho cuidado, echará raíz, crecerá y dará fruto.

“Mas si desatendéis el árbol, y sois negligentes en nutrirlo, he aquí, no echará raíz; y cuando el calor del sol llega y lo abrasa, se seca porque no tiene raíz, y lo arrancáis y echáis fuera.

“Y esto no fue porque la semilla no era buena, ni tampoco porque su fruto no sería deseable; sino porque vuestro terreno era estéril y no quisisteis nutrir el árbol; por lo tanto, no podréis obtener su fruto.

“Asimismo, si no cultiváis la palabra, mirando adelante con el ojo de la fe, hacia su fruto, nunca podréis recoger el fruto del árbol de la vida” (Alma 32:37-40).

De manera que la fe viene a ser el primer paso en cualquier acción y tiene que ser el primer paso para’ llegar a comprender el evangelio.  La fe en el Señor Jesucristo nos lleva a un conocimiento de la realidad de su sacrificio expiatorio.  Tenemos necesidad de ser enseñados y de entender este primer principio.

En los dos versículos que concluyen el evangelio según San Mateo, se relata la aparición final del Maestro a los once discípulos sobre la montaña de Galilea.  Sus palabras de despedida dan énfasis a la importancia de sus enseñanzas y confiere la gran comisión a otros, de enseñar a todas las personas, en estas simples y comprensibles palabras:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;

“enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:19-20).

El énfasis se da en las palabras enseñándoles y bautizándolos.  Siguiendo esta admonición, los misioneros de la Iglesia, tanto jóvenes como viejos, están en el mundo enseñando el principio de la fe en el Señor Jesucristo y los otros principios del evangelio a todo el que quiera oír.  Esto de acuerdo al modelo establecido por el Maestro mismo como lo requiere Marcos: “Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos” (Marcos 6:7).  Ellos fueron y dieron testimonio de su divinidad en esos días, hace más de 1900 años y actualmente devotos embajadores dan el mismo testimonio cuando van entre el mundo de “dos en dos”.

Las naciones del mundo serán bendecidas por el mensaje del evangelio que ellos llevan, y cada persona que tiene un honesto deseo de saber la verdad, aprenderá a conocer al verdadero Dios viviente y sabrá que Jesús es el Cristo, el Redentor de toda la humanidad por su sacrificio expiatorio, si él da oído al mensaje.  Que pueda la fe de cada uno de vosotros ser fortalecida por medio de un esfuerzo consciente, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo.  Amén.

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