Yo sé que vive mi Señor

Conferencia General Octubre 1972
Yo sé que vive mi Señor
Por el élder Bruce R. McConkie
Del Consejo de los Doce

Me siento agradecido, más de lo que puedo expresar, por las bendiciones que el Señor ha derramado tan abundantemente sobre mí, sobre mi familia y sobre los fieles santos en todo el mundo.  Ahora deseo, sincera y devotamente, ser guiado por el poder del Espíritu Santo al testificar de la veracidad y divinidad de esta gloriosa obra en la que estamos embarcados.  Ruego también que el Espíritu de luz, verdad y edificación que nos bendice en esta reunión, pueda continuar ignorando en vuestro corazón, a fin de que vosotros, siendo edificados, lleguéis a saber que esas cosas de las cuales testificaré, son verdaderas.

Como miembros de la Iglesia y reino de Dios en la tierra, gozamos los dones del Espíritu, esas maravillas, glorias y milagros que un Dios benevolente siempre ha conferido sobre sus fieles santos.  El primero de estos dones enumerados en nuestra revelación moderna es el del testimonio, el don de revelación, el don de saber acerca de la verdad y divinidad de la obra.  Este se describe en otra parte como el testimonio de Jesús, el cual es el espíritu de profecía.  Este es mi don; sé que esta obra es verídica.

Poseo un conocimiento perfecto de que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente y que fue crucificado por los pecados del mundo.  Sé que José Smith es un profeta de Dios y que por medio de él, el evangelio eterno ha sido restaurado nuevamente en nuestros días.  Y sé que esta Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el reino de Dios sobre la tierra, y que como se encuentra constituida en la actualidad, con el presidente Harold B. Lee a la cabeza, tiene la aprobación del Señor, está realizando, su propósito y está preparando a un pueblo para la segunda venida del Hijo del Hombre.

Y sé incluso que el Señor derrama sobre su pueblo en la actualidad los mismos dones gloriosos y maravillosos de que gozaron los antiguos santos.  En esta época nos da el espíritu de profecía y revelación, tal como lo hizo con los antiguos.  “Te lo manifestaré”, las glorias y maravillas del evangelio eterno, dice: “Te lo manifestaré en tu mente y corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón.  Ahora, he aquí, éste es el espíritu de revelación” (D. y C. 8:2-3).

Sé que hay revelación en la Iglesia porque, yo he recibido revelación.  Sé que Dios habla en este día porque El me ha hablado.  Me regocijo con el privilegio y oportunidad de servir como un testigo de su nombre, enseñar las verdades de salvación que me ha revelado y luego testificar que estas doctrinas son verdaderas.

Este curso de enseñar doctrina sana y de testificar de la verdad es el sistema del Señor.  La religión proviene de Dios; no hay ninguna otra fuente.  Lo que es verídico, lo que trae gozo y paz a los corazones de los hombres en este mundo y los prepara para la gloria eterna en el mundo venidero, todo esto s e origina con el Señor.  De la misma manera que el hombre no puede resucitarse así mismo, tampoco puede crear una religión salvadora.

Dios nos ha dado en la actualidad las verdades de salvación, de la misma forma que las reveló en cada dispensación pasada; su sistema es y siempre ha sido, el de revelar a los apóstoles y profetas así como hombres justos, las doctrinas y verdades de salvación, y mandarles que enseñen esas verdades y las testifiquen a todo el mundo.  Han de dar testimonio de que saben que sus enseñanzas provienen del Señor; sus representantes y siervos son siempre testigos de la verdad.  Yo me regocijo por el privilegio de ser un testigo de la verdad en estos días.

Me siento agradecido por el privilegio que he tenido en este día de levantar la mano en señal de sostenimiento y hacer el convenio tanto en mi mente como en mi alma, mientras el Espíritu del Señor se derrama sobre esta gran congregación, de que apoyaría, respetaría y acogería el consejo de estos grandes hombres que Dios ha llamado para presidir su reino, la Primera Presidencia de la Iglesia; el presidente Harold B. Lee, un vidente, un hombre lleno con el espíritu de revelación y de sabiduría, que está cerca del Señor, de quien nosotros somos; el presidente N. Eldon Tanner la personificación de la integridad y las virtudes cristianas básicas, que ama al Señor y guarda sus mandatos; el presidente Marion G. Romney, un gigante espiritual, un orador de justicia que conoce al Señor y enseña sus doctrinas, el presidente Romney y yo somos miembros de la misma familia.  Después que se me informó de mi llamamiento, me dijo:

—Creo que el bisabuelo Redd (Lemuel Hardison Redd) estará contento de recibirnos.

—Voy a vivir de tal manera que seré digno de ir a donde él está. —le respondí, y él me contestó:

—Yo también.

En cuanto a estos hermanos que poseen las llaves del reino de Dios en estos momentos, la voz del Señor hacia su pueblo es: “Estos son a los que he escogido como la Primera Presidencia de mí Iglesia.  Seguidles.” y también: “. . sobre ellos he puesto la carga de todas las ramas de la Iglesia… y quien me recibe a mí, recibe a la Primera Presidencia, a quienes he enviado. . . ” (D. y C. 112:18-20).

Deseo con todo mi corazón sostener y apoyar a la Presidencia de la Iglesia, andar en la luz de la revelación y la verdad que proviene de sus labios al revelarnos a la voluntad del Señor, tanto a su pueblo como a los que sinceramente buscan la verdad entre todas las naciones de la tierra.  Sé que la obra es verdadera.

Creo que expreso los sentimientos de cada uno de vosotros, sé que lo hago por mí mismo y mi familia, al decir que en esta asamblea solemne en que se ha derramado tan abundantemente el Espíritu del Señor mientras sostuvimos a las Autoridades de la Iglesia, y mientras escuchábamos al presidente Lee que hablaba por el poder del Espíritu, creo que todos nosotros deseamos volver a dedicar nuestra vida a los principios de verdad y justicia por los cuales estos nobles líderes, los presidentes de la Iglesia nombrados por el presidente Lee, han vivido, trabajado y muerto.

Sea éste nuestro convenio, cualquiera que haya sido el pasado, sea entonces éste nuestro convenio, de que andaremos sin mancha en todas las ordenanzas del Señor.  Sea este nuestro convenio, de que guardaremos los mandamientos de Dios y seremos testigos de la veracidad y divinidad de esta gloriosa obra, que está destinada a cubrir la tierra como si fuese una inundación y que la cubrirá como las aguas cubren al mar.

Oh Dios, permite que yo con mi familia, y todos los miembros fieles de la casa de Israel podamos caminar en la luz y la verdad, y habiendo gozado del terminamiento y la asociación que no se encuentra en ningún otro lugar fuera de la Iglesia, gocemos de ese mismo espíritu, ese mismo compañerismo en su plenitud eterna, en las mansiones y reinos futuros.

Digo todo esto humilde y lleno de gratitud, con el espíritu de testimonio y agradecimiento, y en el sagrado nombre del Señor Jesucristo.  Amén.

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