He ahí tu madre

C. G. Octubre 1973logo pdf
He ahí tu madre
Por el élder Thomas S. Monson
Del Consejo de los Doce

Thomas S. MonsonUn día de verano estaba solo en la quietud del cementerio “American War Memorial” en las Filipinas, en donde un espíritu de reverencia llenaba el cálido aire tropical. Situados entre el pasto cuidadosamente recortado, hectárea sobre hectárea, había placas de identificación sobre las tumbas de hombres, jóvenes en su mayoría, que dieron su vida en combate. A) recorrer con la vista nombre por nombre, a lo largo de tantas columnas de honor, las lágrimas fluyeron. Al inundarse mis ojos de lágrimas, mi corazón se llenó de orgullo. Contemplaba el alto precio de la libertad y el costoso sacrifico que muchos han padecido.

Mis pensamientos valoraron hacia aquellos que valientemente sirvieron y murieron, y vino a mi mente la imagen de la desconsolada madre de cada uno de esos hombres, al tener en sus manos la noticia del sacrificio supremo de su precioso hijo. ¿Quién puede medir el dolor de una madre? ¿Quién puede probar su amor? ¿Quién puede comprender su excelso papel? Con perfecta confianza en Dios ella camina, con su mano en la de él, al valle de sombras de muerte, para que vosotros y yo viniésemos a esta vida.

“El nombre de madre”
“Nobles pensamientos mi alma proclama
Y santas palabras mi lengua declama;
Y aun son indignas de pronunciar el nombre
Más santo de todos, el nombre de madre.

Desde niño tuve amor de madre
Y aun hoy que ya soy hombre;
Así reverente pronunció su nombre:
Su nombre adorado y bendito de madre”
(Traducción libre) George Griffith Fatter

Con este espíritu, consideremos a la madre. Cuatro clases de madres vienen a mi mente: Primera, la olvidada; segunda, la madre recordada; tercera, la madre bendecida; y finalmente, la madre amada.

La “madre olvidada” se observa muy frecuentemente. Las casas de convalecencia están repletas, las camas de los hospitales están llenas, los días van y vienen, en ocasiones son semanas y meses, pero nadie acude a visitarlas. No podemos comprender la angustia que provoca la soledad total, los anhelos del corazón de la madre cuando hora tras hora, sola en un rincón, espía por la ventana en espera del ser querido que no la visita, cuando espera la carta que nunca llega, cuando contempla que a su puerta nadie toca, o que en el teléfono nunca escucha la voz amada. ¿Qué creen que sienten esas madres cuando su vecina recibe gustosa la sonrisa de un hijo, el efusivo abrazo de una hija o las alegres exclamaciones de un niño: “Hola, abuelita”?

Pero hay otras maneras de olvidar a nuestras madres. Cuando nos equivocamos, cuando hacemos menos de lo que debemos, en una manera real, estamos olvidando a nuestra madre.

La Navidad pasada, hablé con la propietaria de una casa de convalecencia en la ciudad de Salt Lake. Desde el pasillo donde estábamos, me señaló un grupo de mujeres de edad avanzada sentadas en una tranquila sala. Ella observó: “Allí está la señora Hansen; su hija la visita cada domingo a las tres de la tarde. A su derecha está la señora Peck; cada miércoles recibe una carta de su hijo quien vive en Nueva York. Ella lee la carta, la relee y luego la guarda como una preciosa parte de un tesoro; pero vea a la señora Carroll, su familia nunca llama por teléfono, nunca escribe, nunca la visita. Pacientemente ella justifica este abandono con las siguientes palabras que no convencen ni excusan este acto: ‘Todos están tan ocupados’ “¡Avergonzaos todos aquellos que hacéis de una noble dama una madre olvidada!”‘

“Oye a tu padre, a aquel que te engendró”; escribe Salomón, “y cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies” (Proverbios 23:22). ¿Podemos hacer de una madre olvidada una “madre recordada”?

Los hombres se apartan del mal camino y ablandan su corazón al recordar a su madre. Un famoso oficial de la guerra civil, coronel Higgenson’, cuando se le pidió que nombrase el incidente de esa guerra que considerara más notable por su valentía, dijo que había en su regimiento un hombre a quien todos apreciaban, era noble y valiente, puro en su vida diaria, absolutamente libre de los vicios que la mayoría de los demás tenían.

Una noche, en una cena con champaña, cuando muchos estaban ya un poco mareados, alguien en broma pidió que este joven hombre hiciera un brindis. El coronel Higgenson * dice que el joven se levantó, pálido, pero con perfecto control de sí mismo y declaró: “Caballeros, voy a hacer un brindis; ustedes podrán brindar con lo que quieran, pero yo brindaré con agua. El brindis que yo hago es este: ¡Por nuestras madres!”

Instantáneamente, un extraño hechizo pareció venir sobre todos aquellos hombres. Bebieron su copa en silencio, no hubo ninguna risa, ninguna canción más, y uno por uno fueron dejando el salón. La lámpara de la memoria había empezado a arder y el nombre de “madre” tocó el corazón de cada uno de esos hombres.

Recuerdo bien la Escuela Dominical en el día de las madres, cuando entregábamos a cada madre presente una plantita en un bote y nos sentábamos en silencioso ensueño, mientras Melvin Watson, un miembro ciego, se paraba junto al piano y cantaba: “Esa maravillosa madre mía”. Esta fue la primera vez que vi llorar a un hombre ciego. Aún hoy, en mi memoria, me parece ver esas húmedas lágrimas brotar de esos ojos sin vida, formar pequeñísimos arroyos y luego rodar por sus mejillas, cayendo finalmente sobre las solapas de ese saco que él jamás vio. Con la ingenuidad de mi niñez, me preguntaba ¿por qué todos los mayores estaban tan silenciosos? ¿por qué tantos sacaban el pañuelo de su bolsa? Ahora lo sé, en ese momento acudía a cada memoria el recuerdo de una madre. Cada joven, cada señorita, todos los padres y esposos, parecían hacerse una silenciosa promesa: “Recordaré a esa maravillosa madre mía”.

Hace algunos años escuché atentamente a un hombre, ya maduro, relatar una experiencia que sucedió en su familia.

La madre viuda que lo trajo al mundo a él, a sus hermanos y hermanas, se había ido a su eterna y bien ganada recompensa. La familia se reunió en la casa alrededor de la mesa grande del comedor. Abrieron reverentemente la pequeña caja metálica en la cual su madre había guardado sus tesoros terrenales. Cada recuerdo fue puesto fuera uno a uno. Ahí estaba el certificado de matrimonio del templo de Salt Lake. “Oh, ahora mamá está con papá.” Luego estaba la escritura del humilde hogar donde cada niño había nacido. El valor de la casa era muy poca cosa comparado con el valor que le agregó la madre.

Entonces fue descubierto un sobre amarillento que mostraba las marcas del tiempo. Cuidadosamente lo abrieron y sacaron una de esas tarjetas que se hacen en el día de San Valentín, la cual, con letra evidentemente de niño, decía:

“Te amo, madre.” Aunque ya no estaba con nosotros, por medio de lo que ella consideraba sagrado, mi madre nos enseñó otra lección. Un silencio invadió el salón y cada miembro de la familia hizo la promesa no sólo de recordarla, sino también de honrarla. Para ellos no era ni muy poco ni muy tarde; como en el poema clásico de Rosa Marinoni titulado: “Al salir el sol.”

“Lo empujaron contra el muro,
El escuadrón de tiro se alineó en fila;
¿Y por qué estaba parado de puntillas?
Esos hombres nunca lo sabrían.
El mostraba una esplendorosa sonrisa
De estar ahí parado;
Los fusiles apuntaban hacia su corazón,
Y el sol caía sobre sus rubios cabellos;
Entonces, recordó en un instante
Aquellos días, más allá del recuerdo,
Cuando su orgullosa madre anotó su estatura
Contra el muro de la recámara.” (Traducción libre)

Después de haber considerado a la “madre recordada”, pasemos a “la madre bendecida”. Como uno de los más bellos y reverentes ejemplos, me refiero a las Sagradas Escrituras.

En el Nuevo Testamento quizá no haya relato más conmovedor de “madre bendecida” que la tierna atención del Maestro para con la pesarosa viuda de Naín:

“Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud.

“Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.

“Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: No llores.

“Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: joven, a ti te digo, levántate.

“Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre’ (Lucas 7:11-15).

Qué poder, qué ternura, qué compasión y qué ejemplo demostró nuestro Maestro.

Nosotros también podemos bendecir si sólo seguimos su noble ejemplo. Oportunidades hay en todas partes. Se necesitan ojos para ver la súplica lastimosa; oídos para escuchar las silenciosas súplicas de un corazón destrozado. Sí, y un alma llena de compasión para poder comunicarse no solamente con los ojos o con las palabras, sino en el majestuoso estilo del Salvador, de corazón a corazón. Sólo entonces, todas las madres del mundo serían “madres bendecidas”.

Finalmente contemplemos a la “madre amada”.  Para este fin recordemos un poema infantil que cualquier adulto goza:

“¿Quién amó mejor?”
“‘Mamá, te quiero’, dijo Juanito;
Olvidando su tarea, se echó su capa
Y corrió a jugar al columpio del jardín
Dejando a su madre acarrear la leña.
“‘Mamá, te quiero’,  dijo Margarita;
Y cuánto te amo no puedo decir,
Y por medio día molestó haciendo berrinches,
Y mamá gozó cuando se fue a jugar.
“‘Mamá, te quiero’, dijo la pequeñita;
Hoy voy a ayudarte todo lo que pueda,
Ahora que no tengo que ir a la escuela,
Así ella meció al bebé hasta dormirlo.
“Y pisando suave usó la escoba,
Y barrió los pisos, sacudió y limpió;
Feliz y ocupada pasó todo el día
Ayudó animosa hasta donde pudo.
“‘Mamá, te quiero’.
Dijeron otra vez
Tres niños pequeños al irse a acostar,
¿Cómo creen ustedes que mamá diría,
¿Cuál de ellos realmente la amaba mejor?
(Traducción libre) Joy Allison

La manera segura en que cada uno puede demostrar el amor genuino por la madre es vivir las verdades que la madre pacientemente enseñó. Tan elevada meta no es nueva para nuestra generación actual. En los tiempos descritos en el Libro de Mormón, leemos acerca de un valiente, bueno y noble líder llamado Helamán quien marchó a una justa batalla, al frente de dos mil jóvenes. Helamán describió las actividades de esos jóvenes: “. . .jamás había visto tanto valor…como…me contestaron: …he aquí, nuestro Dios nos acompaña y no nos dejará caer; así pues, avancemos. . .Hasta entonces nunca se habían batido, no obstante, no temían la muerte.. .sí, sus madres les habían enseñado que si no dudaban, Dios los libraría. Y me repitieron las palabras de sus madres, diciendo: No dudamos que nuestras madres lo sabían” (Alma 56:45-48).

Al final de la batalla, Helamán continuó su descripción: “. . .Pero he aquí, con la mayor alegría hallé que ni una sola alma había perecido; sí, y se habían batido como con la fuerza de Dios; sí, nunca se había visto a hombres pelear con tan milagrosa fuerza. . . ‘ (Alma 56:56).

Fuerza milagrosa, fuerza poderosa, amor de madre y amor por la madre, todo esto se juntó y triunfó.

Las Sagradas Escrituras están repletas de tiernos, conmovedores y convincentes relatos de “madres amadas”. Una, sin embargo, destaca por encima y más allá de cualquier otra.

El lugar es Jerusalén, el período conocido como el meridiano de los tiempos. Está congregada una multitud de soldados romanos; sus yelmos significan su fidelidad al César, sus escudos tienen su emblema, sus lanzas están coronadas por el águila romana. También se habían congregado nativos de la tierra de Jerusalén, y se habían esfumado en la quietud de la noche los gritos militantes y alborotadores: “Crucifícale, crucifícale.”

La hora había llegado. El ministerio terrenal del Hijo de Dios llegaba a su ático final. Hay cierta soledad. En ninguna parte se encontraban los mendigos cojos que por obra de este hombre andan, los sordos que por El oyen, los ciegos que con su ayuda ven, ni los muertos que por El volvieron a la vida.

Permanecían, sin embargo, algunos de sus seguidores. Desde su doliente posición en la cruz, El ve a su madre y al discípulo que más amaba y dice a su madre: “Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” (Juan 19:26-27).

Desde esa terrible noche en que el tiempo se detuvo, la tierra se estremeció y grandes montañas cayeron, sí, por medio de los anales de la historia, sobre cientos de años y más allá de los límites del tiempo, se escucha el eco de sus simples pero divinas palabras: “He ahí tu madre.”

Cuando nosotros verdaderamente escuchemos este gentil mandamiento, y con alegría obedezcamos su intención, desaparecerán para siempre las legiones de “madres olvidadas”, y por todas partes estarán presentes las “madres recordadas”, “madres bendecidas” y “madres amadas”, y como en el principio, Dios una vez más inspeccionará la obra de sus propias manos y habrá de decir: “Es bueno.”

Que pueda cada uno de vosotros atesorar esta verdad: Uno no puede olvidar a su madre y recordar a Dios; no puede recordar a su madre y olvidar a Dios. ¿Por qué? Porque estas dos sagradas personas, Dios y la madre, son copartícipes en la creación, pues en el amor, el sacrificio y el servicio son como uno solo.

Que podamos nosotros, por nuestros pensamientos y nuestras acciones, honrar a Dios y a nuestra madre, lo ruego humilde y fervorosamente, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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