La Barra de Hierro

Conferencia General Abril 1971
La barra de hierro
Por el presidente Harold B. Lee
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Sinceramente ruego por el espíritu de esta gran conferencia durante los momentos en que estaré aquí de pie.

Hace algún tiempo apareció en el Wall Street Journal un artículo que hace reflexionar, fue escrito por un eminente teólogo de la Universidad de Columbia, bajo el título “Un antídoto para la desorientación”, la cual reconocéis como una condición que prevalece en el mundo actual.  Cito de este artículo escrito por el rabino Authur Herlzterg:

‘La gente entra a la religión por una esencial hambre metafísica, y cuando ésta no se sacia, la religión decae… en el momento que el clérigo se vuelve más mundano, el mundo va hacia el hades más rápidamente.

“… La religión representa el acumulamiento del discernimiento intelectual del hombre durante miles de años, en preguntas tales como la naturaleza del hombre, el significado de la vida y el lugar del individuo en el universo. Esta pregunta, precisamente, es la raíz de la inquietud del hombre.

“El hombre busca algo para poner fin a su estado de confusión y vacuidad… en la

locución moderna, un antídoto para la desorientación. No sabemos si las verdades de la tradición religiosa pueden interpretarse para satisfacer esta necesidad, pero estamos seguros de que aquí, no en la agitación política, se halla el sendero de la religión para lo que es de más valor.”

Como respuesta a aquellos que puedan andar errantes, en busca de algo que satisfaga su necesidad y que ponga fin a su estado de confusión y vacío, quisiera introducir algunos pensamientos relatando una extraordinaria visión que recibió un antiguo Profeta que se llama Lehi, 600 años antes de Cristo. Para los fieles miembros de la Iglesia, éste será un incidente relatado a menudo, y que se encuentra registrado en el Libro de Mormón. Para aquellos que no profesen nuestra fe, si meditan seriamente, podrá ser de mucho significado a la luz de muchas inclinaciones en nuestra sociedad moderna.

En este sueño, llamado mejor una visión, el profeta Lehi fue conducido por un mensajero celestial a través de un desierto oscuro y desolado, hasta un árbol cargado de fruta deliciosa que probó ser muy satisfactoria para su alma. Cerca de ahí vio un río, a lo largo del cual se encontraba un angosto sendero que conducía hasta el árbol de fruta deliciosa.  Entre la orilla del río y el sendero había una barra de hierro, quizás para proteger a los viajeros y evitar que cayeran del sendero hacia el río.

Al mirar, vio grandes grupos de gente que se esforzaban por llegar al campo espacioso donde se encontraba el árbol con la fruta. A medida que marchaban hacia adelante por el sendero, se levantó una niebla oscura, de tal densidad que muchos de los que habían entrado al sendero no pudieron encontrar el camino, se desviaron y se ahogaron en las aguas oscuras, o desaparecieron al extraviarse por caminos extraños.  No obstante, hubo otros que se encontraban en el mismo peligro de perderse a causa de las oscuras tinieblas, pero se asieron a la barra de hierro y de este modo siguieron su curso a fin de que ellos también pudiesen participar de las delicias que los habían tentado a ir, pese a la peligrosa jornada.  En el lado opuesto del río había multitudes que señalaban con el dedo y se burlaban de aquellos que habían llevado a cabo su jornada.

Como sucedía con muchos profetas antiguos en la historia bíblica, los sueños o visiones de esa naturaleza eran medios eficaces por los cuales el Señor se comunicaba con su pueblo a través de sus profetas -líderes.  De tal modo, este sueño era de gran significado, como el Señor lo reveló al profeta Lehi. El árbol cargado de fruta era una representación del amor de Dios, el cual se reparte entre todos los hijos de los hombres.  Más tarde, en su ministerio terrenal, el Maestro mismo le explicó a Nicodemo cómo se manifestó ese gran amor.  Le dijo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”; y luego el Maestro agregó: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:16-17).

La barra de hierro, como apareció en la visión interpretada, era la palabra de Dios, o el evangelio de Jesucristo, que conducía al árbol de la vida que el Maestro le explicó a la mujer en el pozo en Samaria, era como “una fuente de agua (viviente) que salte para vida eterna” (Juan 4:14).

Aquellos que aparecían en la visión, y se encontraban al otro lado del río señalando con el dedo y burlándose, representaban a las multitudes de la tierra que se reúnen para pelear en contra de los apóstoles del Cordero de Dios.  Como el Señor lo reveló, los que se burlaban representaban la así llamada sabiduría del mundo, y el edificio en el que se encontraban reunidos era el “orgullo del mundo” (1 Nefi 11-12).

Si hay una cosa que se necesite más en este tiempo de tumulto y frustración, en que los hombres y las mujeres así como los jóvenes adultos están buscando desesperadamente respuestas a los problemas que afligen a la humanidad, es una “barra de hierro” que sirva como guía a lo largo del sendero angosto que lleva a la vida eterna, en medio de los caminos extraños y tortuosos que finalmente llevarían a la destrucción y a la ruina de todo lo que es “virtuoso, bello o de buena reputación.”

Estas condiciones que prevalecerían en la tierra cuando estaban por aparecer estas escrituras, ahora llamadas el Libro de Mormón, fueron previstas por los profetas.  Al leer algunas de estas predicciones, quisiera que os pusierais a pensar en cuanto a las condiciones en que nos encontramos hoy día:

“Y sé que andáis según el orgullo de vuestros corazones; y no hay sino unos pocos que no se inflan con el orgullo de sus corazones, al grado de … la envidia, las contiendas, malicia, persecuciones, y toda clase de iniquidades… a causa del orgullo de vuestros corazones.

“… he aquí, amáis el dinero, vuestros bienes, vuestros costosos vestidos y el adorno de vuestras iglesias, más de lo que amáis a los pobres, a los necesitados, a los enfermos y a los afligidos” (Mormón 8:36-37).

El apóstol Pablo también habló acerca de un período peligroso, cuando “habrá hombres amadores de si mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos.

“Sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,

“traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios,

“que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella. . . Timoteo 3:2-5).

Hay muchos que profesan ser religiosos, refiriéndose a si mismos como cristianos, y, de acuerdo con las palabras de unas de estas personas, ” aceptan las escrituras únicamente como fuentes de inspiración y verdad moral”, y preguntan luego con presunción: “¿Nos dan las revelaciones de Dios una barandilla para llegar al reino de Dios, como el mensajero del Señor le dijo a Lehi, o simplemente un compás?”

Desafortunadamente, entre nosotros hay algunos que afirman ser miembros de la Iglesia pero en cierto sentido son como los burlones que aparecieron en la visión de Lehi, manteniéndose apartados y al parecer, inclinados a mofarse de los fieles que deciden aceptar a las autoridades de la Iglesia como testigos, especiales de Dios en el evangelio, y a sus agentes que dirigen sus asuntos de la Iglesia.

Hay algunos en la Iglesia que se refieren a sí mismos como liberales, quienes, como dijo uno de nuestros presidentes: “Leen bajo la lámpara de su propia arrogancia” (Joseph F. Smith Gospel Doctrine, página 373).  En una ocasión le pregunté a uno de nuestros líderes educativos de la Iglesia cómo definiría a un liberal dentro de la Iglesia; respondió en una sola frase: “Un liberal dentro de la Iglesia es simplemente aquel que no tiene un testimonio.”

El doctor John A. Widtsoe, ex miembro del Quórum de los Doce y eminente educador, pronunció una declaración con respecto a esta palabra libertad, como se aplica a aquellos que están dentro de la Iglesia.  Estas son sus palabras:

“El así llamado liberal (dentro de la Iglesia) es generalmente uno que se ha apartado de los principios fundamentales o la filosofía del grupo al cual pertenece… Afirma ser miembro de una organización, y se ocupa de reformarla cambiando sus cimientos…

“Es una tontería hablar de una religión liberal, si esa afirma estar cimentada sobre una verdad invariable.”

Entonces el doctor Widtsoe finaliza su declaración con estas palabras: “Es bueno cuidarse de personas que andan proclamando que son o que sus iglesias son liberales.  Es muy posible que la estructura de su fe esté edificada en la arena y no pueda soportar las tormentas de la verdad” (Improvement Era, volumen 44, pág. 609) .

De nuevo, para usar el lenguaje figurado de la visión de Lehi, son aquellos que son cegados por las tinieblas de oscuridad y aún no han podido asirse firmemente a la “barra de hierro”.

¿No sería maravilloso si cuando surgen preguntas que no han sido contestadas porque el Señor no ha creído conveniente revelar las respuestas todavía, todos éstos pudieran decir, como se afirma que dijo Abraham Lincoln: “Al leer la Biblia, acepto todo lo que pueda entender; lo demás, lo acepto por medio de la fe?”

Cuán confortante sería para aquellos que se encuentran inquietos en el mundo intelectual, si cuando surgiesen preguntas sobre cómo se formó la tierra y cómo llegó a existir el hombre, pudiesen responder de la misma manera que lo hizo un eminente científico y fiel miembro de la Iglesia.  Una hermana le preguntó: “¿Por qué el Señor no nos dijo claramente tocante a estas cosas?” El científico le contestó: “Es muy posible que no lo entendiéramos si lo hiciera; sería como tratar de explicarle la teoría de la energía atómica a un niño de ocho años.”

¿No sería una cosa grandiosa si todos aquellos que están bien instruidos en las cosas seculares pudieran asirse firmemente a la “barra de hierro” o la palabra de Dios, la cual podría conducirlos, por medio de la fe, a un entendimiento en lugar de que se desvíen por senderos extraños de teorías humanas y caigan en las aguas oscuras de la incredulidad y la apostasía?

Oí a uno de nuestros científicos eminentes decir que creía que muchos profesores se han alejado de la Iglesia porque han tratado de filosofar o utilizar el intelecto concerniente a la caída de Adán y la subsiguiente expiación del Salvador.  La razón fue que prefirieron aceptar las filosofías de los hombres que lo que el Señor ha revelado hasta que todos seamos capaces de comprender los “misterios de Dios” como han sido explicados a los profetas del Señor y revelados más plenamente en lugares sagrados.

Evidentemente, existían preguntas y controversias similares en la época del Maestro.  En una respuesta breve, proporcionó los ingredientes esenciales para permanecer en la seguridad en medio de esta masa de incertidumbre:

Con el propósito de aclarar una aparente controversia entre sus discípulos respecto a quién seria el mayor en el reino de Dios, dijo: “… Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de (Dios)” (Mateo 18:3).

De acuerdo con las Escrituras, volverse (convertirse) significaba un cambio de corazón y el carácter moral de una persona se transformaba del poder controlado del pecado en una vida justa.  Significaba “esperar pacientemente al Señor” hasta que las oraciones de uno fueran contestadas y hasta que su corazón sintiera como Cipriano, un defensor de la fe en el Período Apostólico, testificó: “A mi corazón, purificado de todo pecado, penetró una luz proveniente de lo alto, y de pronto, de un modo maravilloso, vi a la certeza reemplazar a la duda”.

La conversión debe significar algo más que el hecho de estar registrado como miembro de la Iglesia, con un recibo de diezmos, una tarjeta de miembro, una recomendación para el templo, etc.  Significa vencer las tendencias de criticar, y luchar continuamente para mejorar las debilidades interiores y no únicamente las apariencias exteriores.

El Señor amonestó a aquellos que trataran de destruir la fe de una persona o lo alejaran de la palabra de Dios, o lo hicieran soltarse de la “barra de hierro” en donde se encontraba la seguridad por medio de la fe en un Redentor Divino a sus propósitos respecto a esta tierra y su gente.

El Maestro amonestó: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor… que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).

El Maestro estaba recalcando el hecho de que en lugar de arruinar el alma de un verdadero creyente, seria mejor para una persona sufrir una muerte terrenal que incurrir en la pena de poner en juego su propio destino eterno.

El apóstol Pablo también recalcó el peligro de las falsas enseñanzas por medio de malos ejemplos.  Dijo: “Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles…

“Y por el conocimiento tuyo, se perderá el… débil por quien Cristo murió.

“De esta manera, pues, pecando contra los hermanos e hiriendo su débil conciencia, contra Cristo pecáis” (1 Corintios 8:9, 11-12).

Dirigiéndose a la instruida y sumamente sofisticado generación de su tiempo, el profeta Jacob dijo algo que parece ser necesario repetir frecuentemente en la actualidad: “. . . Cuando son instruidos se creen sabios, y no oyen el consejo de Dios, porque lo menosprecian, suponiendo saber de sí mismo; por tanto, su sabiduría es locura y de nada les sirve…

“Pero bueno es ser sabio, si se obedecen los consejos de Dios” (2 Nefi 9:28-29).

Con fervor le damos gracias al Señor por la fidelidad y devoción de muchas personas, tanto dentro como fuera de la Iglesia, quienes ocupan altas posiciones en negocios, en círculos gubernamentales, en la profesión legal, doctores, trabajadores sociales entrenados, enfermeras y aquellos que trabajan en los campos de las ciencias y las artes.  Principalmente estamos agradecidos por aquellos que aceptan puestos de dirección en la Iglesia, que trabajan como maestros orientadores o directores de una clase en el sacerdocio o en las organizaciones auxiliares, que presentan su servicio voluntario a fin de ayudar a los desafortunados en el mundo y entre la minoría dentro y fuera de la Iglesia, y en prestar atención particular a las necesidades de las viudas y los huérfanos.

Digo a todos éstos, como le dijo Jesús a Zaqueo: “Hoy ha venido la salvación a (su) casa” (Lucas 19:9).  Estos son los que están asidos fuertemente a la “barra de hierro” la cual nos puede llevar a todos, con seguridad, hacia el árbol de la vida.

Recientemente leí un artículo en el Washington Post, escrito por George Moore, que se adjudicó el nombre del “ermitaño de Mount Vernon”.  En dicho artículo, dijo: “He pasado los últimos veinte años de mi vida en Mount Vernon, reluciendo mi ignorancia.” Afirmó que una persona nunca aprende nada hasta que se da cuenta de lo poco que sabe.  En el mencionado artículo hace esta gran observación ilustrativo acerca de George Washington:

“Washington nunca asistió a la escuela; es por eso que fue un hombre educado, pues nunca dejó de aprender.”

Supongo que lo que George Moore dijo de si mismo podría decirse de muchos de vosotros y de mí: “He pasado más de sesenta años de mi vida reduciendo mi ignorancia.”

Es mi convicción, que ahí se encuentra el desafío para todos aquellos que logran distinción en cualquier campo.  Algunos cesan de aprender cuando se gradúan de la escuela; otros cesan de aprender acerca del evangelio cuando han completado una misión para la Iglesia; algunos dejan de aprender cuando llegan a ser directores o tienen un puesto prominente dentro o fuera de la Iglesia.

Recordad, tal como George Moore dijo acerca de Washington: “Podemos llegar a ser personas educadas, no importa nuestra situación en la vida, si nunca dejamos de aprender.”

El fallecido presidente Dwight D. Eisenhower (1) escribió esto: “Cualquier hombre que haga bien su trabajo, que tenga una justificable confianza en si mismo y no se moleste por las mofas de los cínicos y los ociosos; cualquier hombre que permanezca fiel a los motivos decentes y sea considerado, es, en esencia, un líder. No importa si llega o no a ser prominente, está destinado a lograr una gran satisfacción interior al producir un trabajo superior.

“Y para eso, de paso, es que el buen Señor nos puso en la tierra” (What is Leadership?  Reader’s Digest, junio de 1965, pág. 54).

Con la restauración del verdadero evangelio de Jesucristo y el establecimiento de la Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, se nos dieron instrucciones por revelación, la magnitud de las cuales, como lo explicó el fallecido presidente Brigham H. Roberts (2), fue, no solamente saber si el bautismo debía hacerse por inmersión o para la remisión de pecados, sino que los escombros de eras acumuladas fueron puestos a un lado, las rocas quedaron desnudas y se volvieron a poner los cimientos del reino de Dios.”

A muchos les parecerá absurdo que se declare que dentro de las enseñanzas de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días pueda encontrarse un baluarte para proteger en contra de las caídas, las frustraciones y la iniquidad en el mundo.  El Plan de Salvación que se formó en los cielos señala claramente hacia el estrecho y angosto camino que lleva a la vida eterna, no obstante que hay muchas personas que se niegan a seguirlo.

En una gran revelación, el Señor instruyó a los líderes de la Iglesia de esa temprana época que debían buscar la verdad en muchos campos.

Primero, naturalmente, les mandó que debían enseñarse el uno al otro “la doctrina del Reino”. . . en todas las cosas que pertenecen al Reino de Dios. . .” (D. y C. 88:77-78).

Entonces aconseja en cuanto a la extensa variedad de conocimiento que debemos buscar.  Su Iglesia no seria un ministerio ignorante en diversos campos del conocimiento secular.

Luego el Señor dirigió su revelación a to(los aquellos que quizás no tengan fe: “. . . buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118).

Uno bien podría preguntarse: ¿Cómo se puede “aprender por medio de la fe”? Un profeta explica el método: primero, la persona (debe) despertar sus facultades y poner a prueba las palabras del Señor y su deseo de creer.  Permitid que este deseo trabaje en vosotros hasta que creáis en una manera que podáis aceptar aunque sea una porción de la palabra del Señor; luego, como una semilla plantada, debe cultivarse y no resistir el Espíritu del Señor, el cual ilumina a todos los que nacen en el mundo; entonces podéis empezar a sentir en vuestro interior que debe ser bueno, ya que se ensancha vuestra alma e ilumina vuestro entendimiento, y, como el fruto del árbol de la visión de Lehi, se vuelve delicioso. (Alma 32:28)

A un novelista inglés se le adjudican estas palabras: “Aquel que busca a Dios ya lo ha encontrado”.

No se imagine nadie que el aprender por “medio de la fe” significa una manera fácil o perezosa de obtener conocimiento y que éste se convierta en sabiduría.

I)e las instrucciones celestiales a las cuales se agregan las experiencias de casi todos los que han buscado diligentemente ayuda de los cielos, uno podrá comprender rápidamente que aprender por medio de la fe requiere la sumisión de toda el alma mediante una vida digna, para poder estar en armonía con el Espíritu del Señor, el llamado desde las profundidades de nuestra propia búsqueda mental y la unión de nuestros esfuerzos para recibir el verdadero testimonio del Espíritu.

La misión de esta Iglesia es testificar sobre las verdades del evangelio y acabar con las falsas enseñanzas que están causando la inquietud y la desorientación que amenazan a todos aquellos que no han encontrado el sendero estrecho y lo que podría ser un ancla para sus almas.

Mi ferviente oración es que yo pueda mantener en alto esa Luz verdadera de Cristo para todo el mundo.  Ojalá que todos pudieran saber con seguridad como yo, por medio del estudio, la oración y la fe, como el Maestro le declaró a Marta, que lloraba la muerte de Lázaro, que el Señor y Maestro es verdaderamente “la resurrección y la vida”, (y) el que cree en (El), aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en (El), no morirá eternamente. . . ” (Juan 11:25-26).

Le agradezco al Señor porque puedo responder como lo hicieron Marta y Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16).

“Sí, Señor; yo he creído. . .tú eres el Cristo, el hijo de Dios, que ha venido al mundo” (Juan 11:27).

De esto testifico solemnemente en el sagrado nombre de nuestro Señor y Maestro, Jesucristo. Amén.

(1) Einsenhower, Dwight D. 34º Presidente de los EE.UU. (1890-1969)

(2) Roberts, Brigham H. Uno de los presidentes del Primer Consejo de los Setentas (1857-1933)

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