Honradez e Integridad

C. G. Abril 1971
Honradez e Integridadlogo pdf
Por el élder Delbert L. Stapley
Del Consejo de los Doce

Delbert L. Stapley.La primera parte del decimotercero Artículo de Fe declara: “Creemos en ser honrados.” La honradez comprende muchos significados tales como integridad, sinceridad, concordancia con la verdad, justicia, honorabilidad, virtud, pureza de la vida, carácter moral y probidad en los negocios mutuos.

Estos principios son virtudes que se requieren de todo verdadero Santo de los Últimos Días.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días apoya los ideales, principios y normas más sublimes conocidos para el hombre.  No hay nada acerca de la Iglesia, sus enseñanzas, ni lo que representa por lo que tengamos que sentirnos avergonzados.  La Iglesia tiene una influencia ilimitada hacia lo bueno en las vidas de las personas en todo el mundo.

Robert Burns (1), dijo: “Un hombre honrado es la obra más noble de Dios.” Hoy día, en que ha decaído tanto la honradez e integridad entre hombres de puestos elevados, y han llegado a ser virtudes perdidas, algún grupo debe enseñar, practicar y elevar diligentemente estos principios como cualidades cardinales en el carácter del hombre.

Con toda humildad y sinceridad debemos reconocer un poder superior a nosotros mismos del cual se deriva un código moral positivo que le dará a nuestras vidas significado y propósito.  Asimismo, debemos reconocer de una vez por todas, que la honradez, el respeto y el honor como tales, no están a la venta en el mercado; son ingredientes que vosotros, yo, y toda la gente, debemos introducir a nuestras vidas diarias.

Carlyle (2) dijo: “Haz de ti mismo un hombre honrado, y entonces podrás estar seguro de que habrá un bribón menos en el mundo.” ¿Puede haber un hombre verdaderamente honrado sin que sea un buen hombre, o puede haber un hombre verdaderamente bueno sin que sea un hombre honrado? Parece ser que la honradez debe empezar con uno mismo, de otra forma no podríamos reconocer esta cualidad en los demás.  Vemos las cosas no como son, sino como nosotros somos.  La responsabilidad de cada uno de nosotros es ser honrados con nosotros mismos, honrados en nuestra manera de actuar, honrados como miembros de la Iglesia, honrados al guardar los mandamientos de Dios.

De los hijos del rey Mosíah se ha dicho:

“. . . eran hombres de verdad y cordura, pues se les había enseñado a guardar los mandamientos de Dios y a marchar rectamente ante El” (Alma 53:21).

Es muy probable que la honradez y la integridad, como virtudes perfeccionadas en los padres, lleguen a ser la herencia y la rica dote de sus hijos.  Los padres no les pueden dar a sus hijos aquello que no poseen.  Todos estos buenos ideales y principios que son una parte de las enseñanzas del evangelio, junto con todas las virtudes que contribuyen a un buen carácter y a una buena vida, deben ser perfeccionados en cada uno de nosotros.  En tal perfección, llegan a ser parte de nuestra naturaleza, y cuando llega la paternidad, es más factible que estas virtudes sean transmitidas a nuestros hijos.  En Proverbios leemos: “Camina en su integridad el justo; sus hijos son dichosos después de él” (Proverbios 20:7). ¡Cuán cierta y fundamental es esta declaración!

Como padres, ¿somos honrados con nuestros hijos? ¿Nos oyen decir mentiras inocentes para evadir ciertas responsabilidades?

¿Podemos culparlos demasiado si siguen el ejemplo de sus errados padres?  La instrucción para los padres se encuentra en Doctrinas y Convenios: “Y también han de enseñar a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor” (D. y C. 68:28).

Los padres deben poner el ejemplo a fin de enseñar a sus hijos a andar rectamente.  Cónyuges, ¿sois fieles y leales a vuestro compañero? ¿Vivís vidas de rectitud y pureza moral?  No podemos darnos el lujo de apoyar la iniquidad.  El hacerlo, pondría en peligro nuestra salvación eterna y la de nuestros hijos.  Debemos andar rectamente delante del Señor y ser escrupulosamente honrados, y de este modo ser bendecidos con un elevado sentimiento moral y ético que gobierne todas nuestras acciones.

George Eliot (3) ha dicho: “Sólo hay un fracaso posible en la vida, y es el de no ser fiel a lo mejor que uno conoce.”

Durante nuestra vida debemos corregir no solamente los errores hechos en contra nuestra, sino aquellos a nuestro favor.  Esto parece una cosa sencilla, pero en la edificación del carácter es muy importante, ya que los pequeños descuidos conducen a errores más serios y prácticas más sutiles. ¿Cuántas ocasiones habéis entrado a un comercio y os han devuelto más cambio del que correspondía?  Sucede muy frecuentemente.  También sucede que a veces no recibís el cambio suficiente, pero uno nunca pierde una oportunidad para llamar la atención cuando se comete un error en su contra; la honradez, para ser verídica y perfecta, debe obrar en ambos sentidos.

Si somos patrones, ¿somos honrados con nuestros empleados? ¿Se aplican las reglas a todos o hay excepciones, y se aplican estas excepciones solamente a unos cuantos?

Si somos empleados, ¿estamos rindiendo honradamente un día completo de trabajo? ¿Tomamos más del tiempo establecido para la hora de comer, o desperdiciamos el tiempo en asuntos innecesarios con excusas falsas?  En nuestro contacto con el prójimo, ¿ofrecemos más de lo que se espera, o tratamos de dar la cantidad de servicio mínima?

Si tenemos negocios, ¿cobramos un poquito más para obtener un beneficio extra al cual no tenemos derecho, pensando que nadie se dará cuenta?  A pesar de que una persona pueda aparentemente salirse con la suya con tales prácticas, seguramente reconoce su propia improbidad, como lo hacen aquellos a los que han engañado.  El engaño es una forma de improbidad; hiere tanto al individuo como a los que lo rodean.

Y vosotros, maestros, ¿sois honrados al calificar a vuestros alumnos? ¿Lo hacéis de acuerdo con lo que el alumno se ha ganado, o permitís que las personalidades interfieran?

Alterar las calificaciones o hacer caso omiso de las reglas a fin de producir, equipos competentes, son actos de improbidad y deben evitarse.  Cuando ganar llega a ser más importante que los valores de carácter y espiritualidad que estas actividades han de producir, entonces hay algo que falta en la habilidad de dirigir.  No debemos justificarnos a nosotros mismos haciendo lo que la ley o la regla no incluye.  Las leyes y reglamentos no pueden hacer honrada a la gente.  Las prácticas perversas alientan a la juventud a ser falsa.  Son las prácticas pequeñas y aparentemente sin importancia las que conducen a hábitos más serios de improbidad, deshonra y la carencia de una firme integridad moral.  Debemos inculcar en el corazón y en el carácter de cada individuo las virtudes que tanto necesita para afrontar honorablemente los problemas de la vida.

Y en beneficio de los alumnos y la juventud, ¿escuchamos honrada y sinceramente sus peticiones y necesidades? ¿Tratamos verdaderamente de comprenderlos, o les estamos dando lo que nosotros pensamos que deben tener?

Y aquellos de nosotros que enseñamos en las organizaciones de la Iglesia ¿Somos honra(los al vivir lo que enseñamos, o tenemos una norma doble’?  Recientemente se hizo la observación de que una joven maestra casada se presentó a la Iglesia ataviada con un vestido muy corto. ¿Puede acaso estar enseñando honradamente las normas de vestir de la Iglesia sin cumplirlas ella misma” Shakespeare lo expresó bellamente: “Y, sobre todo, esto: sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedes ser falso con nadie” (Hamlet, acto 1, escena 3).

Nuestro propósito en la vida debe ejemplificar la honradez y la sinceridad.  Una persona debe siempre cumplir sus promesas y estar dispuesta a pagar sus propios errores.  La honradez y la integridad edifican la confianza, las amistades y aseguran la buena voluntad y el apoyo de las personas, que a menudo pagan dividendos satisfactorios.  Cuando una persona ve la honradez e integridad de otra, hará lo que esté a su alcance para prestar ayuda y asistencia a quien se ve tan sincero y leal.

Hace muchos años, un padre le enseñó una lección de honradez a su hijo.  Cuando éste solamente era un mozalbete, fue a la tienda que tenía su padre y otros dos socios, y al querer una navaja de bolsillo, se dispuso a sacar una de la caja de exhibición.  El padre se enteró de lo ocurrido, y llevó al muchacho nuevamente a la tienda donde lo hizo entregarle la navaja.  Le hizo ver que tenía otros dos socios en el negocio, y que dos tercios de dicha navaja les pertenecían a ellos.  No disponía del privilegio, como su hijo, de tomar nada de la compañía porque no era toda de él.  El padre era honrado y recto en sus tratos, era un hombre de integridad.  Cuando hacía un trato lo mantenía pese a lo que pudiera costarle.  Tenía la reputación de tratar bien a la gente; para él, este atributo era más importante que el dinero.

Uno puede pasar por alto muchos pecados, pero el pecado de la improbidad es muy difícil de perdonar.  Reconocemos las debilidades de los hombres y somos tolerantes en nuestra asociación con ellos, pero no hay nada que perturbe o moleste más la confianza que tratar con una persona falsa.

¿Cómo se puede mencionar la honradez sin relatar un acontecimiento preliminar que llevó a la crucifixión del Señor?  Cuando Jesús fue llevado ante Pilato para ser juzgado por los sacerdotes principales y los escribas, Pilato no encontró falta en el Salvador, pero estuvo dispuesto a satisfacer a aquellos que demandaban su vida, considerando el prestigio por sobre la honradez y la integridad, y por tanto cedió a sus deseos.

Mis hermanos, pertenecemos a la Iglesia verdadera de Cristo.  El pertenecer a ella es un privilegio, una oportunidad y bendición gloriosos.  Nosotros, de entre todas las personas, debemos permanecer firmes en apoyar las revelaciones que el Señor ha dado para la guía de sus hijos.  En todas nuestras acciones, seamos fieles a los principios, ideales, normas y convenios.  Seamos honrados y verídicos; seamos sinceros y rectos y practiquemos plenamente lo que enseñamos.

Si, “creemos en ser honrados.” También creemos en “ser verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer bien a todos los hombres.” Mis hermanos, poseo una firme convicción respecto a las verdades del evangelio de Cristo.  Sé que se nos dan para nuestra guía, beneficio, bendición y la salvación del hombre.

Os testifico de estas cosas; sé que debemos tener una actitud cristiana en nuestro trato con nuestro prójimo.  Si es así, seremos ejemplos y seremos siervos capaces del Señor y Salvador, Jesucristo.  Esto lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo.  Amén.

(1) Poeta escocés (1759-1796)
(2) Historiador y pensador inglés (1795-1881)
(3) (María Ana Evans, llamada George Eliot.  Escritora inglesa 1819-1880 .)

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s