Sólo un maestro

Conferencia General Abril 1970
Sólo un maestro
por el élder Thomas S. Monson
del Consejo de los Doce

A menudo escuchamos la expresión: “Los tiempos han cambiado.” Y quizás sea cierto. Nuestra generación ha presenciado enormes adelantos en el campo de la medicina, el transporte, la comunicación, exploración, etc.  No obstante, existen esas islas alejadas de constancia en medio del inmenso mar de cambios; por ejemplo, los muchachos todavía son muchachos, y continúan haciendo las mismas fanfarronadas pueriles.

Hace algún tiempo por casualidad escuché lo que estoy seguro es una conversación muy común: Tres niños estaban discutiendo las virtudes de sus padres; uno de ellos dijo: “Mi papá es más alto que tu papá”, a lo cual el otro contestó: “Bueno, mi papá es más listo que tu papá.” El tercer niño comento: “Mi papá es doctor”; entonces, volviéndose a uno de los demás, dijo en tono de mofa: y tu, papá es sólo un maestro.”

El llamado de una de las madres concluyó la conversación, pero las palabras continuaron resonando en mis oídos.  “Sólo un maestro, sólo un maestro.” Un día, cada uno de esos niños llegará a apreciar el valor de los maestros inspirados y reconocerá con gratitud sincera la marca indeleble que tales maestros les dejarán en sus vidas.

“El maestro”, como dijo Henry Brook Adams (1838-1918, historiador norteamericano), “influye hasta en la eternidad; nunca sabe hasta qué punto llegará su influencia’.  Esta verdad es aplicable a cada uno de nuestros maestros: primero, el maestro en el hogar; segundo, el maestro en la escuela; tercero, el maestro en la Iglesia.

Quizás la maestra que vosotros y yo recordamos mejor sea aquella que influyó más en nosotros; quizás no utilizó el pizarrón ni poseyó un certificado universitario pero sus lecciones fueron eternas y su preocupación sincera.  Sí, me refiero a nuestra madre, y a la misma vez, también incluyo a nuestro padre; en realidad, cada padre es un maestro.

El alumno que se encuentra en el aula divinamente comisionada de tal maestro —en realidad, la criatura que viene a vuestro hogar o el mío— es un dulce retoño de la humanidad, recién caído del hogar de Dios; para florecer en la tierra.

El valioso tiempo para enseñar es transitorio; las oportunidades son perecederas.  El padre que descuida su responsabilidad como maestro podrá, en años futuros, cosechar una amarga perspectiva en la frase frecuentemente repetida: “Podría haber sido.”

Si un padre requiere inspiración adicional para comenzar su tarea de enseñanza encomendada por Dios, recuerde que la combinación más poderosa de emociones en el mundo no sucede por ningún grandioso evento cósmico ni se encuentra en las novelas o libros de historia, sino simplemente cuando un padre contempla al niño que duerme. “Y creó Dios al hombre a su imagen” (Génesis 1:27); ese glorioso pasaje bíblico adquiere un nuevo y vibrante significado cuando un padre repite esta experiencia.  El hogar se convierte en un refugio llamado cielo, y los padres amorosos enseñan a sus hijos “a orar y a andar rectamente delante del Señor” (D. y C. 68:28).  Un padre inspirado nunca cabe en la descripción: “solo un maestro.”

Ahora consideremos al maestro en la escuela.  Inevitablemente ahí nace esa triste mañana cuando el hogar le cede al salón de clases una parte del tiempo de enseñanza.  Juanito y María se unen al grupo feliz que diariamente continúa por su camino desde los portales de casa hasta las aulas escolares.  Ahí se descubre un nuevo mundo; nuestro hijos conocen a sus maestros.

El maestro no sólo modela las expectaciones y ambiciones de sus discípulos, sino que también influye en sus actitudes hacia lo futuro y hacia sí mismos.  Si un maestro no está preparado, dejará cicatrices en la vida de los jóvenes, y huellas profundas en su amor propio, también distorsionará la imagen de sí mismo como seres humanos. Si ama a sus alumnos y espera grandes cosas de ellos, la autoconfianza de éstos aumentará, sus capacidades se desarrollarán y tendrán un futuro asegurado.

Desafortunadamente, hay algunos maestros que se deleitan en destruir la fe en vez de edificar caminos hacia una vida buena.  Siempre debemos recordar que el poder para dirigir es también el poder para descarriar, y el poder para descarriar es el poder para destruir.

En las palabras del presidente J. Reuben Clark Jr.: ‘Hiere mutila y entorpece a un alma aquel que siembra la duda o destruye la fe en las verdades fundamentales.  Dios considerará a esa persona completamente responsable; ¿y quién puede medir las profundidades a las que caerá aquel que intencionalmente priva a otro de la oportunidad de lograr la gloria celestial?” (Immortality and Eternal Life, Vol. 2, pág. 128).

Siendo que no podemos tener control la clase, por lo menos podemos preparar al alumno.  Os hacéis la pregunta: “¿Cómo?” Yo os digo: “Proveed una guía para la gloria del reino celestial de Dios; aun un barómetro para distinguir entre las verdades de Dios y las teorías de los hombres.”

Hace varios años sostuve entre mis manos dicha guía; era un volumen de Escrituras, el que comúnmente llamamos Combinación Triple. la cual contiene el Libro de Mormón, Doctrinas y Convenios y la Perla de Gran Precio.  El libro era el regalo de un padre amoroso a su hermosa hija quien siguió cuidadosamente su consejo.  En la primera página su padre había escrito estas inspiradas palabras:

“9 de abril de 1944

A mi querida hija Maurine:

Que puedas tener una medida constante mediante la cual puedas juzgar entre la verdad y los errores de las filosofías del hombre, y de esta manera progresar espiritualmente a medida que aumentes en conocimiento.  Te obsequio este libro sagrado para que lo leas frecuentemente y lo atesores durante toda tu vida.

Con cariño tu padre

Harold B. Lee”

Hago la pregunta: “¿Sólo un maestro?”

Finalmente, volvámonos al maestro que generalmente vemos los domingos: el maestro en la Iglesia.  En este marco, se unen la historia de lo pasado, la esperanza de lo presente y la promesa de lo futuro.  Aquí, especialmente, el maestro aprende que es fácil ser fariseo, y difícil ser discípulo.  El maestro es juzgado por sus alumnos, no sólo por lo que hace y la manera en que enseña, sino cómo vive.

El apóstol Pablo aconsejó a los Romanos:

“Tú… que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?  Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas?  Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras?” (Romanos 2:2122).

Pablo, ese maestro inspirado y dinámico nos pone un buen ejemplo.  Quizás el secreto de su éxito quede revelado a través de la experiencia que tuvo en el calabozo cuando estuvo prisionero.  Pablo conocía el andar de los soldados y el rechinar de las cadenas que lo tenían cautivo.  Cuando el carcelero, que parecía estar favorablemente al lado de Pablo, le preguntó si necesitaba consejo respecto a cómo debla conducirse ante el emperador, éste le dijo que ya tenía un aconsejador: el Espíritu Santo.

Ese mismo Espíritu guió a Pablo cuando estuvo de pie en medio del Areópago y leyó la inscripción: “Al Dios no conocido”, y declaró: “. . . Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es quien yo os anuncio.

“El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay … no habita en templos hechos por manos humanas;

” … él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas;

“Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos:

Porque linaje suyo somos” (Hechos 17:23-24, 25, 28).

Nuevamente hago la pregunta: “¿Sólo un maestro?”

En el hogar, la escuela o en la casa de Dios, hay un maestro cuya vida opaca a todas las demás.  Enseñó acerca de la vida y la muerte, del deber y el destino; vivió, no para que le sirvieran, sino para servir; no para recibir, sino para dar; no para salvar su vida, sino para sacrificarla por otros.  Describió un amor más hermoso que la lujuria, una pobreza más rica que el tesoro.  Se dijo acerca de este maestro que enseñó con autoridad y no como lo hacen los escribas. (Véase Mateo 11:29.) En el mundo actual, cuando muchos hombres codician el oro y la gloria, y son dominados por una filosofía pedagógica de “publicar o perecer”, recordemos que este maestro nunca escribió; en una ocasión escribió sobre la arena, pero el viento borró su escritura para siempre.  Sus leyes no quedaron inscritas sobre piedra, sino en corazón humano.  Me refiero al Maestro, sí, Jesucristo, el Hijo de Dios, el Salvador y Redentor de toda la humanidad.

Cuando los maestros dedicados responden a su cálida invitación, “Aprended de mi”, lo hacen, pero también son partícipes de su divino poder.  Durante mi niñez tuve la experiencia de estar bajo la influencia de una maestra.  En nuestra clase de la Escuela Dominical nos enseñó acerca de la creación del mundo, la caída de Adán, el sacrificio expiatorio de Jesús.  Introdujo a nuestro salón de clases a personajes tan honorables como Moisés, Josué, Pedro, Tomás, Pablo y Jesús el Cristo.  A pesar de que no los vimos, aprendimos a quererlos, honrarlos y emularlos.

Su enseñanza nunca fue más dinámica ni su impacto tan perdurable como un domingo por la mañana cuando nos anunció tristemente el fallecimiento de la madre de un condiscípulo.  Esa mañana habíamos echado de menos a Billy, pero no sabíamos la razón de su ausencia.  El tema de la lección era: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35).  Al hacer la evaluación de la clase, nuestra maestra cerró el manual y abrió nuestros ojos, oídos y corazón hacia la gloria de Dios al hacernos la pregunta: “¿Cuánto dinero tenemos ahorrado en nuestro fondo de clase?”

Considerando que eran los días de la depresión, respondimos orgullosamente: “cuatro dólares y setenta y cinco centavos.”

Entonces sugirió tiernamente: “La familia de Billy está escasa de recursos y les ha sucedido una desgracia. ¿Qué les parecería la posibilidad de visitar a los miembros de la familia esta mañana y obsequiarles el ahorro que tenemos?”

Siempre recordaré la pequeña comitiva caminando esas tres cuadras, entrando a la casa de Billy, saludándolos a él, a sus hermanos, y a su padre. Claramente se notaba la ausencia de la madre. Por siempre atesoraré las lágrimas que resplandecían en los ojos de todos, cuando el sobre blanco que contenía nuestro preciado fondo para diversiones, pasó de la delicada mano de nuestra maestra a la mano necesitada de un padre afligido.  Con reverencia volvimos de nuevo a la capilla.  Nuestro corazón se regocijaba como nunca antes; nuestro gozo era más completo; nuestro entendimiento más profundo.  Una maestra inspirada de Dios les había enseñado a los niños y niñas a su cargo una lección eterna de verdad divina.  “Más bienaventurado es dar que recibir.”

Bien podríamos haber repetido las palabras de los discípulos que estaban en camino a Emaús: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros … cuando (ella) nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:32).

Vuelvo de nuevo al diálogo mencionado previamente.  Cuando el niño oyó las fanfarronadas: “Mi papá es más alto que el tuyo”, “Mi papá es más inteligente que el tuyo”, “Mi papá es doctor”, bien podría haber contestado: “Tu papá podrá ser más alto que el mío; tu papá podrá ser más inteligente que mi papá; tu papá podrá ser piloto, ingeniero, doctor, pero mi papá es maestro.”

Que cada uno de nosotros sea merecedor de tan sincero y digno cumplido, lo ruego humildemente, en el nombre del Maestro, el Hijo de Dios, Jesucristo el Señor.  Amén.

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