Matrimonio Celestial

Devocional Universidad Brigham Young 6 Noviembre 1977.
Matrimonio Celestial
por el élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce

A fin de que todos podamos estar unidos en pensamiento y estemos capacitados para edificar el mismo fundamento, teniendo presente los mismos principios eternos, comenzaré por citar tres o cuatro pasajes breves de las Escrituras. Ruego que seamos uno en sentimiento y actitud, en lo que concierne a estos grandes principios de doctrina, y que hayamos afianzado en nuestras almas la determinación de hacer todas las cosas que deben hacerse durante nuestra probación terrenal para heredar la plenitud de la gloria del reino de nuestro Padre.

Tomo como texto estas palabras de la sección 42, la revelación intitulada “La ley de la Iglesia”:

”Amarás a tu esposa con todo tu corazón, y te allegarás a ella, y a ninguna otra.” (D. yC. 42:22.)

Y con el espíritu de esas palabras, tomo del libro de Rut, en el Antiguo Testamento, estas expresiones, que aunque originalmente no fueron pronunciadas con referencia al matrimonio, contienen un principio que es totalmente aplicable:

”No me niegues que te deje, y me aparte de ti; porque a donde quiera que tú fueres, iré yo, y donde quiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.

Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada; así me haga Jehová, y aún me añada”, y ahora haré un leve cambio: que ni “la muerte hará separación entre nosotras dos.” (Rut 1:16-17.)

Un pasaje de la sección 49 de Doctrinas y Convenios resume la declaración respecto al matrimonio para nuestra dispensación. El Señor dijo:

“Y además de cierto os digo, que quien prohibiere el matrimonio, no es ordenado de Dios; porque el matrimonio es instituido de Dios para el hombre.

Por lo tanto, es lícito que tenga una esposa, y los dos serán una carne, y todo esto para que la tierra cumpla el objeto de su creación;

Y para que sea henchida con la medida del hombre, conforme a la creación de éste, antes que el mundo fuera formado”. (D. y C. 49:15-17.)

Cuando nosotros como Santos de los Últimos Días hablamos acerca del matrimonio, estamos hablando acerca de una orden celestial y santa; estamos hablando acerca de un sistema del cual puede emanar el mayor amor, gozo, paz, felicidad y serenidad que la humanidad haya conocido; estamos hablando acerca de crear una unidad familiar la cual tiene el potencial de ser perpetua y eterna, una unidad familiar donde el hombre y la mujer pueden continuar en esa asociación por toda la eternidad, y donde la madre, la hija, el padre y el hijo están unidos por lazos eternos que nunca serán destruidos. Estamos hablando acerca de crear una unidad más importante que la Iglesia, más importante que cualquier otra organización que existe sobre la tierra o en los cielos, una unidad la cual conduzca a la exaltación y la vida eterna; y cuando hablamos acerca de la vida eterna, nos referimos a la clase de vida que lleva Dios, nuestro Padre Celestial.

En esta última y gloriosa dispensación del evangelio hemos recibido la verdad más básica de toda la eternidad, y dicha verdad concierne a la naturaleza y clase de ser que Dios es; la vida eterna es conocer al Padre y al Hijo. ( Juan 17:3.) No hay manera posible de avanzar grado por grado, paso por paso a la exaltación que buscamos, a menos y hasta que lleguemos a un conocimiento de la naturaleza y clase de ser que Dios es; por lo tanto, cuando hablamos de la vida eterna, nos referimos a la clase de vida que Dios, nuestro Padre, vive; y cuando hablamos acerca de El, nos referimos a un hombre santo, perfecto, exaltado y noble, un individuo, un personaje, un ser con “un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre” (D. y C. 130:22). Nos referimos a alguien que es un padre literal, que es el Padre de los espíritus de todos los hombres. Todos nacimos como miembros de su familia; hemos visto su rostro; hemos oído su voz; hemos recibido su consejo, personalmente, así también como a través de sus representantes y agentes; lo conocimos en la preexistencia. Ahora se ha puesto un velo frente a nosotros y no tenemos el recuerdo que una vez tuvimos, pero estamos tratando de hacer las cosas que nos permitirán llegar a ser como El. Después que nos concibió como hijos espirituales, nos dio nuestro álbedrío el cual es el poder y la habilidad para elegir; asimismo nos dio leyes y nos permitió obedecer o desobedecer; en consecuencia podemos desarrollar talentos, habilidades, aptitudes y características de diversas clases. Decretó y estableció un plan de salvación, el cual fue llamado el Evangelio de Dios, significando Dios, nuestro Padre Celestial, y consistía en todas las leyes, poderes, y derechos, todas las experiencias, todos los dones y gracias requeridos para llevarnos, a sus hijos e hijas espirituales, de aquel estado de inteligencia decadente, al plano sublime y exaltado en donde podríamos ser como El.

El profeta José Smith nos dice que Dios, al ver que se encontraba en medio de espíritus y gloria, decretó leyes mediante las cuales éstos pudiesen avanzar y progresar para llegar a ser como El. Esas leyes incluyeron la creación de esta tierra; el darnos un cuerpo mortal con el cual pudiésemos ser probados en un estado transitorio y recibir experiencias que sería imposible obtener en cualquier otra forma; incluyeron la oportunidad de elegir entre el bien y el mal, hacer lo bueno o lo malo, la oportunidad de progresar y desarrollarnos en las cosas del espíritu; también incluyeron la oportunidad de entrar en una relación matrimonial que tiene el potencial de convertirse en eterna. Comenzamos este curso en la vida preterrenal; ahora nos encontramos aquí, tomando el examen final de toda la vida que vivimos en aquel entonces, el cual también es el examen de admisión para los reinos que están por delante.

La vida que vive nuestro Padre Celestial se llama vida eterna, y consiste de dos cosas: la continuación de la unidad familiar en la eternidad, y una herencia de lo que las Escrituras llaman la plenitud del Padre o la plenitud de la gloria del Padre (D. y C. 76:56), significando el poder, dominio y exaltación que El mismo posee. En nuestro medio limitado no poseemos la habilidad o el poder para comprender la omnipotencia del Padre; podemos mirar las estrellas en el cielo, podemos ver todos los mundos y órbitas que han sido creados en sus esferas, y mediante ello podemos empezar a obtener un concepto de la gloriosa e ilimitada inteligencia por la cual todas estas cosas existen; todas estas cosas, y muchas más, representan la plenitud de la gloria del Padre.

Estamos buscando la vida eterna, o sea, se nos ha dado el privilegio de seguir adelante como hijos de Dios, hasta que lleguemos a ser como nuestro Padre Eterno, y si lo logramos, tenemos la obligación de edificar en el fundamento del sacrificio expiatorio del Señor Jesús. Se requiere que guardemos los mandamientos y sembremos las semillas de rectitud, a fin de lograr una cosecha de gloria y honor. Si hacemos todas las cosas que el evangelio requiere de nosotros, podemos lograr esa clase de progreso. El evangelio, el cual es el plan de salvación, ahora se conoce como el Evangelio de Jesucristo, para darle honra a Aquel que llevó a cabo el sacrificio expiatorio infinito y eterno, y puso en marcha todas las estipulaciones del plan del Padre.

Dios nuestro Padre es el Creador de todas las cosas, y glorificamos su santo nombre y le cantamos alabanzas porque nos creó a nosotros y todas las cosas en los cielos. Dios nuestro Padre es el Creador perfecto. Jesucristo, su Hijo, es el Redentor; El vino a rescatarnos de la muerte temporal y espiritual introducida al mundo por causa de la caída de Adán. El rescate de la muerte temporal da a cada uno de nosotros la inmortalidad:

“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.” (1 Cor. 15:22.)

Y toda alma viviente se levantará en la resurrección con inmortalidad, y habiéndose levantado, será juzgada de acuerdo con sus obras y le será asignado un lugar en los reinos que han sido preparados. Algunos serán resucitados en inmortalidad y luego a vida eterna, y vida eterna es el nombre de la clase de vida que Dios vive.

No es suficiente el elogio que damos al nombre del Señor Jehová, quien es el Señor Jesús, para rendirle tributo adecuado por todo lo que ha hecho por nosotros y por las posibilidades que yacen en lo futuro a causa de que tomó sobre sí nuestros pecados con la condición de que nos arrepintiésemos. La obra de Dios el Padre fue la creación, y la obra de Cristo el Hijo fue la redención. Somos hombres y nuestra obra —edificar en el funda¬mento que Dios nuestro Padre puso y que Cristo su Hijo ha establecido— es efectuar la parte de que os he hablado. En términos generales, significa que debemos aceptar y vivir la ley. Debemos creer en Cristo y vivir su ley, ser rectos y limpios, lavar nuestros pecados en las aguas del bautismo, convertirnos en nuevas criaturas mediante el poder del Espíritu Santo y andar en los senderos de verdad y rectitud.

Mientras continuamos hablando en esta forma, lo estamos haciendo en términos generales, los cuales son la base para algo específico y particular que deseamos señalar: el matrimonio eterno.

Todo lo que hagamos en la Iglesia está directamente relacionado y ligado al eterno convenio del matrimonio que Dios ha instituido. Todo lo que hagamos desde que tenemos uso de razón hasta el momento en que nos casamos, pasando por todo tipo de experiencias y considerando todo tipo de consejos y guía que recibamos, todo eso tiene el propósito de prepararnos para entrar dentro de un convenio matrimonial condicional, un convenio que solamente llega a ser eterno si cumplimos con las promesas que hacemos al recibir esta ordenanza sagrada. Entonces, todo lo que hagamos el resto de nuestra vida, fuera lo que fuese, está ligado al orden celestial del matrimonio en el cual hemos entrado y está programado para ayudarnos a guardar los con¬venios que hemos hecho en el templo. Brevemente explicado, éste es el concepto general dentro del cual funciona la Iglesia.

Permitidme citar de una revelación sobre el matrimonio, el concepto general que rige esta ordenanza y todo lo pertinente a ella:

“Porque todos los que quisieren recibir una bendición de mi mano han de cumplir con la ley que rige esa bendición, así como con sus condiciones, cual quedaron instituidas desde antes de la fundación del mundo.” (D. y C. 132:5.)

Este es el principio básico, regulador y predominante que rige los hechos de los hombres de todas las épocas. Nadie obtiene algo de la nada. Todos hemos recibido la resurrección como un don gratuito; pero en cierto sentido, ni siquiera ésta es gratuita, ya que en la preexistencia hemos vivido dignamente en justicia y de este modo ganado el derecho a pasar por este estado de probación mortal y de resurrección posterior.

En la perspectiva más amplia y eterna, nadie obtiene algo sin tener que pagar un precio por ello; de manera que vivimos la ley y como consecuencia natural obtenemos la bendición prometida. El Señor dijo más adelante:

“Y en cuanto al nuevo y sempiterno convenio, fue instituido para la plenitud de mi gloria; y el que reciba la plenitud de ella tendrá que cumplir con la ley, o será condenado, dice el Señor Dios.” (D. y C. 132:6.)

El “nuevo y sempiterno convenio” es la plenitud del Evangelio, y éste es el convenio de salvación que el Señor hace con los hombres. Es “nuevo” porque ha sido revelado nuevamente en esta época; es sempiterno porque siempre ha sido posesión de los fieles, no solamente en este mundo, sino en todos los mundos habitados por los hijos de nuestro Padre Celestial.

El versículo siguiente, número siete, es el resumen de toda la ley del Evangelio. Como lo requiere la ocasión, está escrito en lenguaje legal porque marca o establece los términos y condiciones que se imponen, y por supuesto es el Señor quien habla y dice:

“Y de cierto te digo que las condiciones de dicha ley son éstas:” (aquí menciona las condiciones de la ley que gobierna todos los aspectos de la religión revelada, pero aplicaremos esto más específicamente a nuestra responsabilidad mayor, que es el matrimonio). Todos los convenios, contratos, vínculos, compromisos, juramentos, votos, efectuaciones, uniones, asociaciones o aspiraciones que por el Santo Espíritu de la promesa, bajo las manos del que es ungido, no se hacen, se celebran y se ligan, tanto por esta vida como por toda la eternidad, y eso también de la manera más santa, por revelación y mandamiento, mediante la instrumentalidad de mi ungido, al que he señalado sobre la tierra para tener este poder (y he nombrado a mi siervo José para que tenga este poder en los últimos días, y nunca hay más de una persona a la vez sobre la tierra a quien se confieren este poder y las llaves de este Sacerdocio), ninguna eficacia, virtud o fuerza tienen en la resurrección de los muertos, ni después de ella; porque todo contrato que no se hace con este fin, termina cuando mueren los hombres.” (D. y C. 132:7.)

¿Qué es lo que implica esto? Como mortales, tenemos el poder de hacer entre nosotros cualquier clase de arreglo o convenio que deseemos hacer, siempre que sea legal dentro de la sociedad en que vivimos, el cual nos ligará tanto tiempo como acordemos estar ligados, aun hasta la muerte. Pero como mortales, no tenemos poder para ligarnos más allá de la muerte; ninguno de nosotros puede entrar en un contrato que le permita hacer algo en la esfera del más allá. Dios nos ha dado el libre albedrío para que lo ejerzamos aquí y ahora, mientras estamos en la mortalidad.

Somos mortales; ésta es una esfera que está limitada por el tiempo; y si aquí, en esta vida, vamos a hacer algo que nos permita pasar el puente de la muerte, algo que perdure en el mundo de los espíritus, entonces tendremos que efectuarlo por medio de un poder que sea superior al del hombre, tiene que ser por el poder de Dios. El hombre es mortal, y como tal está limitado; Dios es eterno y sus obras no tienen fin.

El Señor confirió a Pedro las llaves del reino de Dios, para que él tuviera el poder de ligar en la tierra y sellar eternamente en los cielos; luego extendió ese poder a Santiago, a Juan, y al resto de los apóstoles de Su tiempo, para que tuvieran el mismo poder; y hoy en día lo ha restaurado tal como existió en la antigüedad. Ha llamado apóstoles y profetas y les ha dado las llaves del reino de Dios, y una vez más ellos tienen el poder de ligar en la tierra y sellar eternamente en los cielos.

Envió a Elias el Profeta a traer el poder de sellamiento y mandó que Elias confiriera a José Smith y Oliverio Cowdery el Evangelio de Abraham, con la promesa de que en ellos y en su posteridad serían bendecidas todas las generaciones siguientes.

Vino Elias el Profeta y también el otro Elias, con el poder y la autoridad del Todopoderoso, para entregar otra vez las llaves, poderes, prerrogativas y derechos a los hombres mortales. ¡Agradezcamos al Señor por algo tan glorioso!

Tenemos el poder de efectuar un matrimonio eterno, y de esta forma el hombre y la mujer llegan a ser esposos por esta vida y —si guardan el convenio que hacen— permanecerán casados en el mundo de los espíritus, y se levantarán con gloria y poder, con reinos y exaltación en la resurrección, siendo esposo y esposa para siempre jamás. Y esto es así porque el Señor Omnipotente ha dado a esta Iglesia, y solamente a ésta, el poder de sellamiento. Estas son nuestras posibilidades, y debemos esforzarnos por lograrlas.

En esta escritura, que como ya he dicho resume la ley del Evangelio en su plenitud, leemos sobre tres requisitos esenciales. Si por ejemplo, una persona quisiera tener un bautismo que fuera para toda la eternidad, primero debería encontrar la ceremonia bautismal correcta; en segundo lugar, debería encontrar a la persona que pudiera efectuar legalmente esta ordenanza; y por último, tendría que conseguir que esta ordenanza fuera sellada por el poder del Espíritu Santo. Si fuera así, este bautismo haría entrar a la persona arrepentida a una esfera celestial.

Este concepto de ser sellados por el Santo Espíritu de la promesa, se aplica a toda ordenanza, convenio, y a todas las ceremonias que se efectúan dentro de la Iglesia. No habléis sobre el matrimonio o el Santo Espíritu de la promesa a menos que entendáis primero el concepto, el principio que a él pertenece y su aplicación universal.

Una de nuestras revelaciones habla del “Santo Espíritu de la promesa, el cual el Padre derrama sobre todos los que son justos y fieles” (D. y C. 76:53). Esto quiere decir que cada persona que obra en justicia, que hace todo del mejor modo posible, que vence las cosas mundanas, que se eleva por sobre lo carnal y que camina por los senderos de rectitud, tendrá sus hechos y buenas obras sellados y aprobados por el Espíritu Santo. Será, como dijo Pablo, “justificado… por el Espíritu” (1. Cor. 6:11). Por lo tanto, si un joven quiere casarse y desea que su matrimonio dure semanas, o meses, o “hasta que la muerte los separe”, entonces debe casarse por el poder del hombre y dentro del perímetro y límites establecidos; tiene esa prerrogativa gracias al libre albedrío que el Señor le ha dado. Pero si quiere que su esposa sea suya para siempre, aún después de la muerte, entonces debe encontrar a alguien que tenga el poder de ligar en la tierra y sellar en el cielo.

Para poder entrar dentro del vínculo correcto del matrimonio, uno debe hacer lo siguiente: Primero, buscar y encontrar el matrimonio celestial y la ordenanza apropiada; segundo, hallar a la persona que pueda administrar autorizadamente la ordenanza, alguien que posea el poder para sellar y que lo ejerza solamente en los templos del Señor, que han sido construidos mediante el diezmo y los sacrificios de Su pueblo; y tercero, debe vivir en justicia, rectitud, integridad, virtud y moralidad, de modo tal que tenga derecho a que el Espíritu de Dios ratifique, selle, justifique y apruebe lo que haga. Si ésta es la situación, su matrimonio es sellado por el Santo Espíritu de la promesa, quedando así ligado por tiempo y eternidad.

Así nosotros, los Santos de los Últimos Días, luchamos y nos esforzamos por ser dignos de tener una recomendación para poder entrar al templo, porque el Espíritu no puede morar en un tabernáculo impuro. Luchamos a fin de que nuestroxtabernáculo sea limpio, por ser puros, refinados, educados, y por tener siempre la compañía del Espíritu Santo; cuando llegamos a ese punto, nuestro obispo y el presidente de estaca, nos dan la tan deseada recomendación.

Entonces vamos al templo y allí hacemos serios y solemnes convenios, y después de haberlos hecho luchamos con toda nuestra fuerza por seguir teniendo la luz del Espíritu, a fin de que el convenio que hemos hecho no se disuelva. Si hacemos esto, tenemos la vida eterna asegurada. No tenemos por qué temer o estar preocupados si es que estamos esforzándonos al máximo y naciendo todo lo que podemos. Aunque no lleguemos a ser perfectos, aunque no venzamos todos los problemas, si nuestras intenciones son buenas, y tratamos honestamente de seguir el sendero que nos lleva a la vida eterna, nuestro matrimonio seguirá eternamente. Llegaremos al paraíso de Dios y seremos marido y mujer; nos levantaremos en la resurrección y continuaremos siendo marido y mujer.

Cualquiera que se levante en la resurrección dentro del vínculo matrimonial apropiado, tiene la garantía absoluta de la vida eterna; pero, eso no le garantiza que vaya a ser poseedor y heredero de las mansiones celestiales y de todas las cosas que se le han prometido; tendrá que progresar y avanzar mucho después de la muerte y aún después de la resurrección, mas así estará siguiendo el sendero por donde continuará su preparación y aprendizaje, hasta que finalmente llegue a conocer todas las cosas y llegue a ser como Dios, nuestro Padre Celestial, es decir, un digno heredero de la vida eterna.

Podríamos decir que en esta vida tenemos familias condicionales y aunque nos hayamos casado en el templo, nuestro matrimonio es condicional: está condicionado a nuestra obediencia a las leyes, los términos y las condiciones del convenio que hemos hecho. Cuando nos casamos en el templo, nos colocamos en una posición en la cual podemos esforzarnos, luchar y aprender a amarnos con la perfección que debe existir si deseamos ser herederos de la plenitud de gloria que acompaña a este convenio en la eternidad, y nos pone en la situación de aprender a amarnos el uno al otro de la misma manera. Este matrimonio nos da la responsabilidad de criar a nuestros hijos dentro de los senderos de luz y verdad, y de instruirlos y prepararlos para ser miembros de una unidad familiar eterna. También nos coloca a nosotros, como hijos, en posición de honrar a nuestros padres y hacer todo lo necesario para que estos vínculos eternos estén ligados de generación en generación.

Por último habrá una cadena patriarcal de seres exaltados que comenzará con Adán y culminará con el último hombre, siendo los eslabones sueltos aquellos individuos que no cumplen con los requisitos ni son dignos de heredar, poseer y recibir todo lo que hemos mencionado.

Ahora hablo a aquellos que tienen la oportunidad de vivir la ley; a toda persona que tiene este privilegio se le pide que lo haga; es una obligación. Por supuesto que hay quienes no tuvieron esta oportunidad, pero que habrían vivido la ley si la hubieran conocido. Esas personas serán juzgadas por un Dios misericordioso de acuerdo cpn sus obras y los deseos de sus corazones. Este es el principio de la salvación y exaltación de los muertos.

He hablado solamente en términos generales, y deliberadamente no he sido específico en mi explicación. He intentado solamente exponer principios de verdad, como lo señaló el profeta José Smith: “Yo les enseño principios correctos y ellos se gobiernan a sí mismos’ ‘. He querido y planeado exponer el concepto general que implica, con la esperanza de que, teniendo frente a nosotros el concepto, nos decidamos a establecer las metas a que debemos aspirar como individuos a fin de alcanzar las promesas y galardones mencionados.

Creo que la idea más noble que puede albergar el corazón de un hombre, es el hecho de que la unidad familiar continúa en la eternidad. No creo que nadie pueda concebir una idea más gloriosa que esa, teniendo como base, por supuesto, el sacrificio expiatorio de nuestro Señor Jesucristo. El matrimonio celestial es lo que abre la puerta a la vida eterna en el reino de nuestro Padre.

Si podemos pasar las experiencias probatorias que encontramos en la unidad familiar, el Señor nos dirá en algún día futuro:

“Bien, buen siervo y fiel. . . entra en el gozo de tu señor.” (Mat. 25:21.)
Las cosas a las que nos estamos refiriendo son verdaderas. Esta es la gloria, el prodigio y la belleza de todo lo relacionado con nuestra religión revelada, que es verdadera. Y en ella no hay nada más glorioso que el simple hecho de que es verdadera, y por esta razón la doctrina que enseñamos también lo es; y a causa de la verdad de esta doctrina tendremos paz, gozo y felicidad en esta vida; nos ayudará a apartarnos de la esclavitud, maldad e iniquidades del mundo; y nos dará el poder para tomar sobre nosotros el nombre de Cristo y la gloria y belleza de la religión pura, y llegar a convertirnos en nuevas criaturas por el poder del Espíritu Santo. El estar embarcado en el único sistema religioso verdadero y perfecto, fundado en el cimiento firme de la verdad eterna, es lo más maravilloso que hay y va más allá de toda comprensión.

Mi esperanza, al daros mi testimonio de la divinidad y belleza de esta obra, es que mis palabras sean el simple eco de los pensamientos que anidan en vuestro corazón. Sé, con seguridad total, que Dios ha hablado en nuestra época, que Jesús es el Cristo, que El ha llevado a cabo el sacrificio expiatorio, infinito y eterno. Sé que el Señor ha establecido Su reino por última vez entre los hombres; que Spencer W. Kimball es en este momento el Profeta, revelador y portavoz del Todopoderoso sobre la tierra; y que esta Iglesia, por humilde y débil que sea ahora, va a avanzar, crecer y progresar hasta que el conocimiento de Dios cubra la tierra, así como las aguas cubren el mar. Nuestro destino es cubrir la tierra porque estamos fundados sobre la roca de la verdad eterna.

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