El Diezmo un privilegio

Conferencia General Abril 1998
El Diezmo un privilegio
Elder Ronald E. Poelman
De los Setenta

Ronald E. Poelman

“Ustedes y yo estamos ahora entre esos generaciones a los que se ha dado el privilegio de conocer y de vivir la ley del diezmo. Las bendiciones que derivan de la obediencia a esa ley son tanto temporales como espirituales”.

En la década de los años 30, los Estados Unidos se encontraban sumidos en la depresión económica. Yo era uno de varios niños pequeños en mi familia y mi padre había estado sin empleo desde hacía varios meses. No había ayuda del gobierno para los desempleados y el programa de bienestar de la Iglesia todavía no estaba en funcionamiento. Teníamos muchas necesidades. Se podría decir que éramos muy pobres. Aun cuando yo sólo era un niño, captaba la angustia y la preocupación de mis padres.

Nos arrodillábamos todas las mañanas y por turnos cada uno ofrecía la oración. Una memorable mañana le tocó el turno a mi madre; ella describió algunas de nuestras necesidades inmediatas y luego le agradeció a nuestro Padre Celestial el privilegio de vivir la ley del diezmo. De inmediato experimenté un sentimiento de consuelo y seguridad. El vivir la ley del diezmo era un privilegio y nos traería bendiciones; no lo dudé, porque mi madre lo sabía. Ese sentimiento ha permanecido en mí y se ha intensificado durante toda mi vida.

La primera vez que pagué el diezmo la cantidad fue de cinco centavos. Fui con mi padre a la oficina del obispo, quien en forma solemne aceptó mis cinco centavos y me extendió un recibo. Luego se levantó y salió de detrás de su escritorio para sentarse a mi lado. Con una mano sobre mi hombro me dio ese pequeño pero importante papel y me dijo: “Ronald, has empezado bien y si continúas como empezaste, serás un perfecto pagador de diezmos”. La idea de llegar a ser perfecto en cualquier cosa parecía estar muy lejos de mis posibilidades; estaba tratando de ser un buen niño, pero, con esas palabras, el obispo me inspiró para esforzarme a ser perfecto en ese aspecto básico del Evangelio. Las bendiciones, tanto temporales como espirituales, ha sido abundantes.

Durante los años que siguieron, mi testimonio con respecto a que el diezmo es un privilegio se confirmó con frecuencia. La obediencia a esa ley, entre otras, me dio la posibilidad de ser ordenado al santo sacerdocio, de recibir mi investidura en la Casa del Señor, de servir en una misión regular y de ser sellado a miembros de la familia por esta vida y la eternidad. Además, he tenido el privilegio de regresar al templo en reiteradas ocasiones a servir a otras personas y a recibir instrucciones con respecto a cosas de importancia eterna.

El Salvador mismo confirmó la importancia sagrada de la ley del diezmo después de Su resurrección y durante Su visita a la gente que habitaba lo que hoy se conoce como las Américas.

El Libro de Mormón indica que el Salvador enseñó a los nefitas de las Escrituras que ellos tenían, pero habló de otras Escrituras que no tenían, y les mandó escribir las palabras que el Padre había dado a Malaquías, en las que se incluyen éstas:

“¿Robará el hombre a Dios? Más vosotros me habéis robado. Pero decís: ¿En qué te hemos robado? En los diezmos y en las ofrendas.

“Traed todos los diezmos al alfolí para que haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice el Señor de los Ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros una bendición tal que no haya donde contenerla” (3 Nefi 24:8, 10).

El Salvador nos hace mayor hincapié sobre la importancia de este mandamiento cuando dice a los nefitas:

“Estas Escrituras que no habíais tenido con vosotros, el Padre mandó que yo os las diera; porque en su sabiduría dispuso que se dieran a las generaciones futuras” (3 Nefi 26:2).

Ustedes y yo estamos ahora entre esas generaciones a las que se ha dado el privilegio de conocer y de vivir la ley del diezmo. Las bendiciones que derivan de la obediencia a esa ley son tanto temporales como espirituales, y muchos de entre nosotros pueden testificarlo.

En estos últimos días el Señor ha dicho: “He aquí, el tiempo presente es llamado hoy hasta la venida del Hijo del Hombre; y en verdad, es un día de sacrificio y de requerir el diezmo de mi pueblo” (D. y C. 64:23).

¿Se puede considerar el diezmo como un sacrificio? Sí, especialmente si entendemos el significado de las dos palabras en latín de las que se deriva la palabra sacrificio. Estas dos palabras (sacer y facere) usadas juntas significan “hacer sagrado”. Lo que devolvemos al Señor como diezmo es, en realidad, hecho sagrado, y los obedientes son santificados.

Mucho antes el Señor puso énfasis en lo sagrado del diezmo ante Moisés, en estas palabras que se registran en el Libro de Levítico: “Y el diezmo de la tierra… de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová” (Levítico 27:30).

Cuando estábamos recién casados, mi esposa y yo esperábamos el nacimiento de nuestro primer hijo. Yo estudiaba leyes en la universidad y trabajaba en una gasolinera por las noches. Teníamos muy poco dinero. Habíamos amueblado nuestro pequeño apartamento en un sótano con muebles usados y varias cajas de madera.

Al aproximarse el momento del nacimiento, habíamos reunido todo lo que necesitábamos, excepto una cama para el bebé y no teníamos el dinero para comprarla.

Nuestra costumbre en aquel entonces era pagar el diezmo mensualmente el domingo de ayuno. Al acercarse ese día, conversamos sobre la posibilidad de posponer el pago de nuestro diezmo para poder hacer un pago inicial por la cama. En el espíritu de ayuno, y luego de orar, decidimos pagar nuestro diezmo y confiar en el Señor.

Pocos días más tarde, mientras caminaba por un distrito comercial de la ciudad, inesperadamente me encontré con mi ex presidente de misión, quien me preguntó si estaba estudiando o trabajando. Le contesté que estaba haciendo ambas cosas.

¿Me había casado? “¡Sí!”

¿Teníamos hijos? “No, pero el primero nacerá dentro de unas pocas semanas”.

“¿Tienen una cama para el bebé?”, me preguntó. “No”, contesté con cierta reserva, sorprendido por la pregunta tan directa.

“Bueno”, dijo él, “ahora yo estoy en el negocio de muebles y me encantaría enviarte una cama para el bebé a tu apartamento, como regalo”.

Me sobrecogió un gran sentimiento de alivio, agradecimiento y testimonio.

El regalo satisfizo una necesidad temporal, pero todavía es un recordatorio conmovedor de la experiencia espiritual que lo acompañó, que confirmó una vez más que la ley del diezmo es un mandamiento con promesa.

Los desafíos realmente serios de la vida no requieren tanto los recursos temporales, como los dones del Espíritu. Entre esos desafíos podemos encontrar la enfermedad, el sufrimiento o la muerte de un ser querido; un miembro de la familia que sea rebelde o desobediente; acusaciones falsas; y otras desilusiones grandes. Durante tales pruebas necesitamos mayor fe, inspiración, consuelo, valentía, paciencia y la capacidad de perdonar.

Esas bendiciones se derramarán de las ventanas del cielo.

Me viene a la mente ese pueblo bueno y obediente que creyó las enseñanzas de Alma, padre, y vino al redil de Dios. El Libro de Mormón registra que fueron obedientes y justos (véase Mosíah 18). A pesar de su bondad, sufrieron grandes aflicciones a manos de sus enemigos. Cuando oraron fervientemente a Dios, Él les contestó con palabras de consuelo, asegurándoles que los visitaría en sus aflicciones (véase Mosíah 24:14).

Luego leemos: “el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor” (Mosíah 24:15).

Ruego que nosotros también seamos tan fortalecidos y sumisos.

Aun cuando vivamos la ley del diezmo, con toda seguridad experimentaremos las pruebas y tribulaciones de la vida terrenal. Sin embargo, si somos justos con el Señor, cuando nos enfrentemos con la adversidad, podremos estar seguros de que seremos bendecidos con fe, fortaleza, sabiduría y ayuda de otra gente, con todo lo que sea necesario, no sólo para sobreponernos, sino para aprender y madurar con esas experiencias.

Nuestro Profeta líder nos ha dicho:

“Yo puedo testificar sobre la ley del diezmo y sus bendiciones porque las he experimentado, y cada hombre o mujer de esta Iglesia que sea honrado en el pago del diezmo, y honrado con el Señor, puede testificar sobre la naturaleza divina de este principio” (Ensign, julio de 1995, pág. 73).

Como uno de esos miembros de la Iglesia, añado mi propio testimonio. Las bendiciones del vivir el principio del diezmo traen consigo paz mental, aumento de la fe, inspiración y el deseo de vivir en forma más completa todos los mandamientos de nuestro Padre Celestial.

Por último, y lo más importante, testifico que sé que Dios vive, que es nuestro Padre y que nos ama. Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios y nuestro Salvador y Redentor. Hoy día somos guiados por un profeta viviente: Gordon B. Hinckley. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Caminando a la luz del Señor

Conferencia General Octubre 1998
Caminando a la luz del Señor
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“De modo que esta noche, mis queridas hermanas, el mensaje que tengo para ustedes, el reto que les doy y mi oración es que se dediquen una vez más al fortalecimiento de sus hogares”.

Mis queridas hermanas, deseo decirles, para comenzar, lo mucho que apreciamos a las mujeres de esta Iglesia. Ustedes son una parte esencial de ella, la parte más importante. No podríamos desempeñar debidamente nuestra función sin ustedes.

Ustedes brindan inspiración, brindan equilibrio. Ustedes constituyen una gran reserva de fe y de buenas obras; ustedes son un ancora de devoción, de lealtad y de logros. Nadie puede negar la importante parte que desempeñan en el progreso de esta obra en toda la tierra. Ustedes enseñan en las organizaciones [auxiliares] y lo hacen tan bien. Su preparación es un ejemplo para todos nosotros. Cada una de ustedes es parte de esta enorme empresa, la Sociedad de Socorro, una gran familia de hermanas, de más de cuatro millones en número. En ese número de ustedes en todo el mundo yace el poder de realizar un bien incalculable.

Ustedes son las guardas de los hogares; dan aliento a su marido, enseñan y crían con ternura a sus hijos en la fe. Para algunas de ustedes, la vida es difícil e incluso muy dura; pero apenas se quejan y hacen tanto. ¡Cuánto estamos en deuda con ustedes!

Al hablar de la Sociedad de Socorro, el presidente Joseph F. Smith dijo en una ocasión:

“Esta organización ha sido divinamente establecida, divinamente autorizada, divinamente instituida, divinamente ordenada por Dios para ministrar en bien de la salvación del alma de mujeres y de hombres. Por consiguiente, no hay ninguna organización que pueda compararse con ella… que pueda ocupar el mismo lugar que esta ocupa…

“Hagan de [la Sociedad de Socorro] la primera, la más importante, la más elevada, la mejor y la más profunda de todas las organizaciones que existen en el mundo. Ustedes son llamadas por la voz del Profeta de Dios para hacerlo, para ser la más eminente, para ser la más grandiosa y la mejor, la más pura y la más dedicada al bien …” (Teachings of Joseph E Smith, págs. 164-165).

Al casarse cada una de nuestras hijas y de nuestras nietas, mi esposa les ha hecho un regalo especial; no ha sido una aspiradora ni una vajilla, ni nada por el estilo, sino un cuadro de historia familiar de siete generaciones de su línea materna, hermosamente enmarcado; está compuesto de fotografías de su tatarabuela, de su bisabuela y de su abuela maternas, y de su madre, de ella misma, de su hija y de su recién casada nieta.

Todas las mujeres de ese cuadro de siete generaciones han trabajado o trabajan en la Sociedad de Socorro. Ese bello cuadro de historia familiar ha llegado a ser un recordatorio constante para las más jóvenes de esta generación de la gran responsabilidad que tienen, de la gran obligación que tienen de continuar con la tradición de sus madres y de sus abuelas del servicio en la organización de la Sociedad de Socorro.

Ustedes y las mujeres que las han antecedido han caminado en la luz del Señor. Desde el principio ha sido la responsabilidad más importante de ustedes velar por que nadie pase hambre, porque nadie carezca de la ropa adecuada, porque nadie quede sin albergue. Ha sido y sigue siendo responsabilidad de ustedes visitar a las hermanas dondequiera que ellas se encuentren, darles el aliento que necesiten, asegurarles que las quieren y que se interesan en ellas. Es y ha sido la oportunidad de ustedes descorrer la cortina de tinieblas que envuelve a quienes no han recibido alfabetización y llevar a sus vidas la luz del conocimiento al enseñarles a leer y a escribir.

Es y ha sido oportunidad de ustedes relacionarse como hermanas que se aman, se honran y se respetan unas a otras, para llevar las bendiciones de la agradable sociabilidad a la vida de decenas de miles de mujeres que, sin ustedes, se encontrarían en circunstancias muy lóbregas y solitarias.

Escogí un libro la otra noche y leí de nuevo la vida de Mary Fielding Smith, esposa de Hyrum Smith, cuñada de José Smith, madre y abuela de dos presidentes de la Iglesia. Habiéndose convertido a la Iglesia, oriunda de Inglaterra, se trasladó a Canadá y luego a

Nauvoo, adonde llegó cuando tenía treinta y tantos años. Allí conoció a Hyrum Smith y se casó con él; él había quedado con seis hijos después de la muerte de su primera esposa.

Mary lo amaba e hizo su vida más plena. De ese modo dio comienzo a una vida que le brindó felicidad sólo para convertirse después en una congoja inmensurable, puesto que yacía ante ella la espantosa y terrible responsabilidad que la lleves de Nauvoo a través de Iowa hasta Winter Quarters y, en 1848, en la larga caminata al Valle del Lago Salado. A los 51 años de edad, estaba agotada, cansada de luchar, y falleció el 21 de septiembre de 1852. Seguir leyendo

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No estamos solas

Conferencia General Octubre 1998
No estamos solas
Sheri L. Dew
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Sheri L. Dew

“A nosotros se nos ha prometido la compañía constante del tercer miembro de la Trinidad y, por ende, el privilegio de recibir revelación con respecto a nuestra propia vida”.

Han pasado casi tres años desde que recibí una de esas temidas llamadas telefónicas de muy temprano por la mañana. Mi hermano menor Steve había sufrido un masivo ataque al corazón y había fallecido durante la noche. En un instante, y, sin previo aviso, perdí a mi amigo más leal.

En los días siguientes, las personas que querían mucho a Steve y a su familia se reunieron en casa de ellos, en Colorado. Peto fue después del funeral cuando caí en la cuenta de que siete queridas amigas mías habían hecho el largo viaje desde Salt Lake City para asistir al funeral y de que ninguna de ellas conocía a mi hermano; habían ido sólo para apoyarme a mí. Podrán imaginar la emoción que sentí cuando me rodearon y una de ellas me dijo: “No queríamos que estuvieras sola hoy”. Con palabras y hechos enseñaron un principio divino: No es ni deseado ni bueno que estemos solas.

El dolor de la soledad parece ser parte de la existencia terrenal, pero el Señor, en Su misericordia, ha dispuesto que nunca tengamos que enfrentar solas las dificultades de la vida mortal.

Hace poco pensé en eso al encontrarme en una reunión en la que al discursante parecía preocuparle lo difícil que es vivir el Evangelio. Al final de la reunión, me sentía deprimida. Había hecho que el vivir el Evangelio pareciera una condena a trabajos forzados. No es vivir el Evangelio lo difícil, sino la vida en sí. Lo difícil es seguir adelante después de que alguien ha violado los convenios que ha hecho o sus valores. El Evangelio es las Buenas Nuevas que nos proporciona los medios para hacer frente a los errores, a los dolores y a los desalientos que sabemos experimentaremos aquí. El ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tiene sus privilegios. Estos son unos cuantos: Somos guiados por hombres que poseen el sacerdocio de Dios, la fuerza más poderosa y santa de la tierra. Somos miembros de la Sociedad de Socorro, la única organización para la mujer fundada por un Profeta de Dios. Y en esta ocasión recibiremos las enseñanzas de un Profeta viviente, el presidente Gordon B. Hinckley, que es el ungido del Señor en estos días. Testifico que él es un profeta en todo el sentido de la palabra y que recibe revelaciones que bendicen a todos los que tienen oídos para oír.

A esos privilegios asombrosos agrego otro más. Nefi enseñó: “… si… recibís el Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:5). ¡Qué privilegio y promesa notables! Lorenzo Snow dijo que es el “gran privilegio de todo Santo de los Últimos Días… recibir las manifestaciones del Espíritu todos los días de nuestra vida… [para] que conozcamos la luz, y no nos arrastremos continuamente en la obscuridad” (en “Conference Report”, abril de 1899, pág. 52). Y su hermana Eliza R. Snow declaró: “Podemos hablar a los [santos] hasta el fin del mundo en cuanto a la insensatez del mundo… y no entenderán. Pero… si los colocamos en la situación de contar con el Espíritu Santo, este será una protección segura contra las influencias externas” (Woman’s Exponent, 15 de septiembre de 1873, pág. 63). A nosotros se nos ha prometido la compañía constante del tercer miembro de la Trinidad y, por ende, el privilegio de recibir revelación con respecto a nuestra propia vida. ¡No estamos solas! Seguir leyendo

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Vayan a la Sociedad de Socorro

Conferencia General Octubre 1998
Vayan a la Sociedad de Socorro
Virginia U. Jensen
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Virginia U. Jensen

“No importa de dónde provengan, ni cuales sean sus debilidades, ni que apariencia tengan: ¡aquí es donde deben estar! El Señor ama a coda una de ustedes, en forma individual y colectiva”.

Durante la última conferencia general de abril, nosotras, como presidencia de la Sociedad de Socorro, nos regocijamos cuando el presidente Boyd K. Packer se puso de pie ante este púlpito y dijo: “Tengo el propósito de dar incondicional encomio y apoyo a la Sociedad de Socorro, de instar a todas las mujeres a unirse a ella y asistir a sus reuniones; y a los líderes del sacerdocio, de todos los oficios, a hacer cuanto este de su parte para que la Sociedad de Socorro florezca” (1).

Hermanas, ese es también mi propósito esta noche. La presidenta Mary Ellen Smoot les ha hablado acerca de invitaciones. Pues bien, yo tengo una invitación para ustedes: ¡vayan a la Sociedad de Socorro!

La Sociedad de Socorro fue organizada mediante la autoridad del sacerdocio y es dirigida hoy por esa misma autoridad. El profeta José Smith dijo del sacerdocio: “Es la autoridad eterna de Dios por medio de la cual se creó y se gobernó el universo, y se crearon las estrellas del firmamento” (2). Al hablar específicamente a las mujeres de la Iglesia en 1945, el presidente George Albert Smith dijo de la Sociedad de Socorro: “Es de Dios que viene tal concesión y vino como resultado de la revelación a un profeta del Señor” (3). ¿Cómo debemos considerar una organización que fue creada a través de esta autoridad profética del sacerdocio? Como líderes de la Sociedad de Socorro, servimos como una organización auxiliar del sacerdocio para traer mujeres y sus familias a Cristo.

¿Qué hay en la Sociedad de Socorro que las debe compeler a “unirse y a asistir”, como dijo el presidente Packer?

Dentro de la Sociedad de Socorro hay programas diseñados para ayudarnos a las mujeres a hallar significado y propósito en la vida para nosotras mismas y para nuestras familias. Según el presidente Spencer W. Kimball: “No hay promesas más grandiosas ni más gloriosas para las mujeres que las que vienen por medio del Evangelio y la Iglesia de Jesucristo” (4). Esta es una época en la cual a dondequiera que miremos en la sociedad, las mujeres y sus familias están en crisis. Los matrimonios están fracasando a un ritmo alarmante. Hay demasiados niños maltratados y descuidados. Las mujeres luchan por escuchar la voz de la justa verdad en medio de una confusa cacofonía de voces que las instan con persuasión a hacer lo que es fácil o lo que es aceptable desde un punto de vista liberal o social. Hay muchas entre los 4.2 millones de miembros de la Sociedad de Socorro que están sufriendo y están confusas. ¿Nos damos cuenta de lo que tenemos, hermanas? ¿Entendemos quiénes somos? ¿Apreciamos cabalmente el hecho de que dentro de la organización de la Sociedad de Socorro tenemos todos los elementos y todos los recursos que necesitamos para aliviar una sola alma o para sanar un mundo trastornado?

El primer objetivo de la Sociedad de Socorro es desarrollar la fe en Jesucristo y enseñarse unas a otras las doctrinas del reino de Dios. Mediante las lecciones de la Sociedad de Socorro, las actividades y las experiencias compartidas, ustedes pueden obtener un testimonio o pueden fortalecer el testimonio que ya tienen. Al final de todo, eso puede ser lo más importante que hagamos en la Sociedad de Socorro, ya que la fortaleza espiritual y los testimonios firmes de las mujeres de la Iglesia son absolutamente fundamentales tanto para ellas mismas como para sus familias, para sus ramas y barrios, y para el mundo mismo. Seguir leyendo

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Venid… y caminemos a la luz del Señor

Conferencia General Octubre 1998
“Venid… y caminemos a la luz del Señor”
Mary Ellen Smoot
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Mary Ellen Smoot

“Él tiene los brazos abiertos para cada una de nosotras. Sus verdades son sencillas y claras y Su invitación es real”.

Siempre me ha gustado mucho recibir invitaciones. ¿Y a ustedes? ¿Les gusta imaginar que algún día las invitaran a algo magnifico, a algún acontecimiento en el que se reconocerán su importancia y su inconmensurable valía? La expectativa es casi tan agradable como el acontecimiento mismo. Aun lo trivial adquiere un nuevo rasgo emocionante y un nuevo significado cuando nos preparamos para un acontecimiento al que se nos ha invitado. Hasta hoy, cualquier sobre que llegue en el correo y que tan sólo se asemeje a una invitación es lo primero que abro.

Lamentablemente, no todas las invitaciones son de igual valor; algunas son solo señuelos para que uno compre algo. Ya sea que lleguen por correo, por medio de la computadora o de la televisión son tentadoras y, en realidad, engañan.

Felizmente, las invitaciones que recibimos de las Escrituras, de los profetas y del Espíritu Santo son invitaciones con las que podemos contar; nos brindan orientación, paz, consuelo y alegría. La voz apacible y delicada nos habla y nos anima a vivir con rectitud. Debemos escuchar atentamente Su llamado y escudriñar nuestra alma. Al hacerlo, las nubes tenebrosas se disiparán y la maravillosa luz de Dios llenara nuestro ser.

Las invitaciones del Señor son de importancia esencial; nos guían de regreso a nuestro Padre Celestial y nos conducen por el camino de la verdad y la felicidad. En verdad, constituyen un reconocimiento de nuestra infinita valía como hijas de Dios: son tan amorosamente individualizadas; provienen de nuestro Padre Celestial. Él nos habla con palabras que invitan “Venid a mí”, “Seguidme”, “Venid, vosotros…”.

Esta noche, la presidencia general de la Sociedad de Socorro desea invitar a cada una de ustedes:

“Venid… y caminemos a la luz del Señor” (2 Nefi 12:5; Isaías 2:5).

Por favor, decídanse por responder a la invitación y aceptarla.

Isaías vio a muchos pueblos ir a la casa del Señor, aprender las vías de Dios y vivir en paz unos con otros. Él deseaba que todos participaran, por lo que los invitó tal como nosotros las invitamos ahora: “Venid… y caminaremos a la luz de Jehová” (Isaías 2:5).

Mi tatarabuelo, Israel Stoddard, acepto la invitación a unirse a la Iglesia en 1842. Posteriormente, aceptó otra invitación, la de unirse a los santos, y la familia se trasladó de Nueva Jersey a Nauvoo. Cuando el presidente Brigham Young los invitó a seguirle hacia el Oeste, ellos aceptaron.

Al cruzar el río Misisipi, miraron hacia atrás y vieron su casa en llamas. Por haber estado expuesta a las inclemencias del tiempo y por las privaciones, la madre murió; cinco semanas más tarde murió el bebé y poco después murió el padre. Mi abuela escribió: “Así quedaron los cinco niños Stoddard sin hogar y casi sin un centavo, pero no quedaron sin amigos, puesto que los santos fueron buenos con ellos”.

Esa invitación costó la vida de los padres y del bebe; sin embargo, los dejo eternamente atados.

Examinemos un momento lo que significa caminar a la luz del Señor. Primero, tendremos luz: luz en el rostro, luz en nuestra actitud, luz aun cuando las tinieblas nos rodeen. También significa que caminaremos con un propósito y en una dirección. Seguir leyendo

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Bendición

Conferencia General Octubre 1998
Bendición
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Estos son tiempos de enorme trascendencia en los que vivimos como santos del Altísimo… Continuemos criando a nuestros hijos en rectitud y verdad. Seamos buenos vecinos y buenos amigos”.

Como santos del Altísimo, vivimos en tiempos de enorme trascendencia…

Quisiera decir solo algo más para concluir. Hemos estado aquí mucho tiempo, lo digo por aquellos que han estado sentados aquí en el tabernáculo en asientos duros. Espero con ansias el día en que efectuaremos la conferencia en el nuevo edificio que tendrá asientos acolchonados.

Hemos tenido una conferencia maravillosa. El Señor nos ha bendecido, por lo que nos sentimos profundamente agradecidos. Al regresar a nuestros hogares, reflexionemos en las cosas que hemos escuchado. Si es preciso hacer una reforma en nuestras vidas, hagamos los ajustes necesarios que servirán para lograrlo. Si se han despertado emociones en nuestro corazón, respondamos al Espíritu que nos ha conmovido. Si hemos descuidado nuestros deberes, tengamos la autodisciplina para vivir rectamente y hacer lo que se espera de nosotros.

Me complace informarles, mis hermanos y hermanas, acerca del programa de construir templos más pequeños, el cual se ha mencionado muchas veces en esta conferencia. Dedicamos el primero de ellos en Monticello, Utah, hace algunos meses. Edificamos un templo en ese lugar con el fin de que pudiésemos aprender de esa experiencia. Hemos aprendido varias cosas, y nos ha producido una gran satisfacción la reacción de los santos de esa región, así como el gran entusiasmo que han sentido por la magnífica estructura que se ha erigido entre ellos.

Dedicaremos varios templos nuevos a partir del primero del año. Algunos serán más grandes, otros más pequeños. Durante la última conferencia exprese la esperanza de que durante los próximos dos años edificaremos 30 templos nuevos. Estoy seguro de que muchos pensaron que este era tan solo un sueño inalcanzable de mi parte. Parecía algo totalmente lejos de la realidad.

Estoy agradecido de poder informarles que nuestro personal de construcción, nuestros arquitectos e ingenieros, nuestros diseñadores y decoradores, me han hecho saber que, con toda probabilidad, tendremos 100 templos o más en funcionamiento en el año 2000, casi el doble de los que tenemos en la actualidad. Les aseguro que nadie está perdiendo el tiempo, ninguno de todos aquellos que tienen que ver con esta inmensa tarea. Me refiero a estos templos como a templos más pequeños. En realidad, no se ven pequeños, sino más bien grandes. Son hermosos. Están construidos con los mejores materiales y de la mejor manera que nos es posible. Cada uno será una Casa del Señor, dedicada para Sus santos propósitos.

Estos no serán los últimos, ya que seguiremos edificando. Sabemos que hay tantos sitios donde son tan necesarios a fin de que ustedes, los fieles santos de esta Iglesia, vayan a recibir sus propias bendiciones y las hagan llegar a aquellos que han pasado al otro lado del velo de la muerte. Rogamos que nuestra gente sea digna de hacer buen uso de ellos. En los casos en los que sea necesario el arrepentimiento, ahora es el momento de cambiar y de prepararnos para utilizarlos.

Hermanos y hermanas, estos son tiempos de enorme trascendencia en los que vivimos como santos del Altísimo. Con la dadivosa bendición del Señor, con Su voluntad revelada ante nosotros, con los fieles santos de todo el mundo, nos es posible realizar aquello que se consideraba imposible hasta hace poco tiempo.

He sido oficial de esta Iglesia desde hace mucho tiempo. Soy un hombre viejo que no puede detener el paso del tiempo. He vivido lo suficiente y he servido en suficientes y diversos puestos para haber sacado de mi mente, si hubiese sido necesario, cualquier duda en cuanto a la divinidad de esta, la obra de Dios. Respetamos a los miembros de otras iglesias; deseamos contar con su amistad y esperamos prestar servicio al lado de ellos. Sabemos que todos ellos hacen cosas buenas, pero nosotros declaramos, sin reparo alguno -y esto con frecuencia acarrea críticas sobre nosotros-que esta es la Iglesia verdadera y viviente de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo, el Señor Jesucristo.

Antes de tomar asiento, quisiera rendir un momento de homenaje a este gran coro que hemos escuchado hoy. Son magníficos; están haciendo una labor estupenda; son mejores de lo que jamás lo han sido, y deben continuar mejorando. Lo mejor de hoy no será lo suficientemente bueno para el mañana. Sigan adelante, queridos amigos.

Continuemos criando a nuestros hijos en rectitud y verdad. Seamos buenos vecinos y buenos amigos, amando y tendiendo una mano de amistad a aquellos que no sean de nuestra fe, así como a aquellos que lo son. Que la gracia del cielo descanse sobre ustedes, mis amados compañeros, es mi humilde oración al dejar mi atestiguación y mi testimonio y mi amor por cada uno de ustedes, dondequiera se encuentren en este vasto mundo, es mi humilde oración y bendición, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Somos hijos de Dios

Conferencia General Octubre 1998
Somos hijos de Dios
Elder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Russell M. Nelson

“¿Quiénes somos? Somos hijos de Dios. Nuestro potencial no tiene límites; nuestra herencia es sagrada”.

Hace poco, observe a algunos jóvenes que llamaban la atención debido a su manera exagerada de vestir y de arreglarse; uno de ellos expresó una declaración reveladora al decir: “Trato de saber quién soy en realidad”. El hecho sucedió después de que yo asistiera a una reunión de la Iglesia donde los niños de la Primaria habían cantado “Soy un hijo de Dios” 1. El contraste entre las dos experiencias realza la importancia de saber que somos literalmente hijos de Dios.

Somos seres duales: cada alma está compuesta de cuerpo y de espíritu (2); ambos emanan de Dios. Un entendimiento correcto del cuerpo y del espíritu ejercerá influencia en nuestros pensamientos y en nuestros actos para hacer lo bueno.

El Cuerpo
Con frecuencia, pasa inadvertida la maravilla de nuestro cuerpo físico. ¿Quién no ha tenido pobres sentimientos de estima propia debido al físico o a la apariencia? Muchas personas desearían que sus cuerpos se parecieran más a lo que ellas prefieren: algunas personas con cabello lacio natural lo desean rizado; otras con cabello rizado lo desean lacio; en ocasiones, algunas damas, pensando en que “los caballeros las prefieren rubias”, se convierten en “rubias por opción”.

El cuerpo de ustedes, cualesquiera que sean sus dones naturales, es una magnifica creación de Dios (3); es un tabernáculo de carne, un templo para su espíritu (4). Un estudio del cuerpo atestigua su diseño divino:

Su formación comienza con la unión de dos células reproductoras, una de la madre y la otra del padre; juntas, estas dos células poseen toda la información hereditaria del nuevo ser almacenada en un espacio tan pequeño que el ojo natural no puede contemplarla. De cada uno de los padres, veintitrés cromosomas se unen para formar una nueva célula; dichos cromosomas contienen miles de genes, los cuales determinan todas las características físicas de la persona que todavía no ha nacido. Aproximadamente 22 días después de la unión de estas células, comienza a latir un diminuto corazón y a los 26 días empieza a circular la sangre. Las células se multiplican y se dividen: algunas se convierten en ojos que ven, y otras, en oídos que oyen.

Cada órgano es un maravilloso don de Dios. Los ojos tienen lentes que se enfocan por sí mismos; en ellos hay nervios y músculos que los controlan para brindar una única imagen tridimensional. Los ojos están conectados al cerebro, el cual registra lo que se divisa; no hacen falta cables ni baterías.

Cada oído está conectado a un equipo compacto diseñado para convertir las ondas de sonido en tonos audibles: un tímpano sirve como diafragma, diminutos huesecillos amplifican las vibraciones del sonido y transmiten la señal a través de los nervios al cerebro, el cual siente y recuerda los sonidos.

El corazón es una bomba increíble: tiene cuatro válvulas delicadas que controlan la dirección del flujo sanguíneo, las que se abren y se cierran más de l00.000 veces por día, es decir, 36 millones de veces por año. A pesar de ello, a menos que sean alteradas por una enfermedad, las válvulas tienen la facultad de soportar esta tensión casi indefinidamente. Ningún material hecho por el hombre hasta el día de hoy puede ser ejercitado con tanta frecuencia ni por tanto tiempo sin descomponerse.

Todos los días, el corazón de un adulto bombea el fluido que llenaría un tanque de casi 7600 litros (5). Esta labor equivaldría a levantar a un hombre maduro’ hasta la cúspide del edificio Empire State, de Nueva York (uno de los edificios más altos del mundo), con un gasto de sólo 4 vatios de energía. En la parte superior del corazón se halla un generador eléctrico que transmite energía a líneas especiales y hace que una miríada de fibras musculares trabaje a la par.

Se puede decir mucho sobre cada uno de los otros órganos preciosos del cuerpo funcionan de manera maravillosa, más allá del tiempo que dispongo y de mi capacidad para describirlos. Seguir leyendo

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