El buen Servicio Diario

Liahona Julio 1963

El buen Servicio Diario

Por el presidente David O. McKay

Elogiando a los muchachos que observan las buenas normas de conducta, Sir Robert Baden-Powell, el padre del escultismo mundial, escribió:

“. . . Siendo que no basta simplemente que os defendáis contra los malos hábitos, debéis ser también activos en hacer bien las cosas. Con esto quiero decir que debéis convertiros en algo útil, realizando pequeños actos de bondad hacia otras personas — sean amigos o extraños. Esto no es difícil. La mejor manera de llevarlo a cabo consiste en decidirse a hacer por lo menos un ‘buen servicio’ a alguien cada día, y pronto habréis adoptado el hábito de hacer buenos servicios conti­nuamente.

‘‘No importa cuán pequeño este ‘buen servicio’ pueda ser — aunque sólo se trate de ayudar a una anciana a cruzar la calle o decir una palabra cariñosa a alguien que nadie quiere. Lo principal es hacer algo. . . Debéis comenzar este mismo día y si queréis escribirme para hacerme saber cuál ha sido vuestro primer ‘buen servicio’, será para mí una gran satisfacción.”

Se cree que ésta ha sido la primera mención del “buen servicio diario” en el programa del escultismo; y la transcrip­ción proviene de una caita que el gran líder escribió desde Sud África a los jóvenes en Londres.

En el año de 1924, mi esposa y yo tuvimos la oportunidad de asistir a la primera conferencia de la Misión Armenia, en Siria. La experiencia del Salvador con la mujer de Samaría junto al Pozo de Jacob, siempre fue una de mis referencias favoritas, y en aquella ocasión yo esperaba que el conductor del automóvil en que viajábamos, pararía en el pueblo de Sicar y que entonces tendríamos el privilegio de visitar aquel histórico lugar. Sin embargo, el hombre nos dijo que no habría tiempo para hacer tal escala.

Por más extraño que pueda parecer, justa­mente al entrar al pueblo de Sicar reventó unas- de las gomas del automóvil. El conductor parecía muy contrariado, pero yo consideré la circuns­tancia casi providencial. Inmediatamente la hermana McKay y yo aprovechamos la oportuni­dad de visitar el Pozo de Jacob.

Cerca del mismo encontramos a un joven nativo que parecía ser el único que podía en­tender el idioma inglés y quien nos dijo que se sentiría muy halagado de ser nuestro guía. Entonces disfrutamos, a continuación, de unos 45 minutos de interesante visita y exploración, cosa que habíamos estado saboreando de ante­mano.

Al regresar al lugar donde se encontraba nuestro automóvil para continuar nuestro viaje, ofrecí al joven una propina; en verdad yo había pensado que su consideración obedecía a la esperanza de recibir alguna recompensa. Pero cual no fue mi sorpresa cuando el mucha­cho, irguiéndose, me dijo: “No, muchas gracias; ha sido un placer señales — yo soy un Boy Scout.”

¡Pensemos en el significado y alcance de tener en todo el mundo a estos muchachos adiestrados para pensar en los demás! ¡Meditemos en el principio sobre el cual esta conducta se basa! “. . . De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” (Mateo 25:40.)

La primera parte del juramento del escultismo, reza: “Por mi honor prometo hacer lo mejor por servir a Dios. . . Algunas veces los jóvenes suelen sentirse descorazonados. Con frecuencia sollozan en silencio porque sienten que sus com­pañeros se alejan de ellos. Es entonces cuando debemos recomendarles que se dirijan a nuestro Padre Celestial en oración.

El mundo sería mucho mejor si todos los jóvenes, padres y también los hombres de negocio siguieran el ejemplo del hombre a quien he de referirme, el cual era superintendente de una fábrica.

Cierto director influyente, llegando cierta mañana temprano a la oficina ele nuestro hombre, dijo a su secretaría: “Quiero ver al superintendente.”

“Lo siento,” respondió ella, “pero él está teniendo una conferencia y pidió no ser perturbado.”

“¿Cómo puede estar en conferencia si no hay nadie en la oficina, salvo él mismo? Es muy importante que le vea inmediatamente.”

“Si usted desea,” respondió la secretaría, “puede vol­ver en quince minutos o dejarle un mensaje; yo le haré saber que usted estuvo aquí, apenas él se desocupe. Pero por el momento no puede ser perturbado.”

El airado director, haciendo a un lado a la secretaría, abrió impulsivamente la puerta de la oficina privada del superintendente. Luego de un ligero vistazo, tan rápidamente como había entrado, volvió a salir y con sem­blante asombrado dijo a la secretaria: “Pero. . . él está allí arrodillado.” Con sencillez, la secretaria le respondió: “Sí, tal como le dije, está teniendo una conferencia.”

“Lo siento, lo siento,” balbuceó el director, “no sabía yo que él era de esta clase de hombre. En efecto, está hablando con alguien mucho más importante que yo. Y habiendo dicho esto, se retiró,

Dios nos bendiga a todos con estas virtudes e ideales, que son parte fundamental del evangelio de Jesucristo.

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El Juramento y Convenio del Sacerdocio

Liahona Julio 1963

El Juramento y Convenio del Sacerdocio

Por Marion G. Romney
Del Consejo de los Doc
(Tomado de The Improvement Era)

El presente artículo ha sido tomado de un discurso que el élder Marión G. Romney pronunció en oportunidad de la Con­ferencia General celebrada en abril de 1962, “Liahona” se com­place en publicarlo con motivo de haberse cumplido en junio el mes aniversario de la restauración del Sacerdocio de Melquisedec. (N. del Editor,)

Al meditar acerca de la solemne oportunidad en que José Smith y otros cinco hermanos se reunieron en el hogar de Pedro Whítmer para organizar la Iglesia, no puedo dejar de reconocer la transcendencia del hecho sucedido unos diez meses antes de aquel seis de abril de 1830, cuando José y Oliverio recibieron de Pedro, Santiago y Juan el poder por el cual quedaban autori­zados para iniciar la restauración. Ese poder fue el Sacerdocio de Melquisedec — el poder más grande que haya venido a la tierra en cualquier dispensación,-y que superará y controlará todos los demás poderes des­cubiertos y aún por descubrir por el hombre.

En relación con esta declaración, os aseguro, madres y novias, que cuando recibáis la exaltación por la cual todo verdadero Santo de los Últimos Días honestamente lucha, estaréis de la mano de un poseedor del Sacer­docio de Melquisedec que haya magnificado ese llamamiento. Por consiguiente, todo lo que podáis hacer para alentar en vuestros seres amados el deseo de magnificar su sacerdocio, os será infinitamente recom­pensado.

Tradicionalmente, el pueblo de Dios ha sido conocido como uno de alianza. El evangelio mismo es un nuevo y sempiterno convenio. La posteridad de Abrahán, Isaac y Jacob constituye una raza de alianza. Entramos a la Iglesia por convenio, el cual es establecido por medio del bautismo. El nuevo y sempiterno convenio del matrimonio eterno es la puerta que conduce a la exalta­ción en el reino celestial. Los hombres dignos reciben el Sacerdocio de Melquisedec como un convenio por medio de un juramento.

Un convenio o alianza es un acuerdo establecido entre dos o más partes. Un juramento es un voto de atestación en cuanto a la inviolabilidad de las prome­sas comprendidas en un convenio, En el convenio del sacerdocio, las partes contratantes son el Padre Celes­tial y el recibidor del poder o autoridad de aquel sacerdocio, Cada una de estas partes se hace cargo de ciertas obligaciones específicas, EL recibidor se compromete a magnificar su llamamiento en el sacer­docio. El Padre, por juramento y convenio, promete al recibidor que sí magnífica su sacerdocio será santificado por el Espíritu para la renovación de su cuerpo; (véase Doc. y Con. 84:33), a fin de que llegue a ser miembro de “. . . la Iglesia y el reino, y elegido de Dios,” (Ibid 84:34) y recibir “el reino del Padre [y] por tanto,” dice el Salvador, “todo lo que mi Padre tiene le será dado.” (Ibid84:38.)

De éstos — es decir, de los que reciben el Sacerdocio y lo magnifican — se ha dicho:

Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas
Son sacerdotes y reyes, quienes han recibido de su plenitud y de su gloria,
Y son sacerdotes del Altísimo} según el orden de Melquisedec, que fue según el orden de Enoc, que fue según el orden del Hijo Unigénito.
De modo que, como está escrito, ellos son dioses, aun los hijos de Dios(Ibid., 76:55-58.)…

El Padre ha prometida estas transcendentes bendi­ciones al recibidor del Sacerdocio de Melquisedec por medio de un juramento y convenio “que no se puede quebrantar, ni tampoco puede ser traspasado.” (Ibid 84:40.) Estas bendiciones, como podemos comprender, no se reciben por la simple ordenación. La ordenación al sacerdocio es un requisito previo a la recepción de estas bendiciones, pero en sí no las garantiza. Para que un hombre pueda obtenerlas, debe primeramente cum­plir con fidelidad cada una de las obligaciones per­tinentes al propio sacerdocio — es decir, tiene que magnificar su llamamiento.

Más, ¿qué significa magnificar nuestro llamamiento?

En/oportunidad de haber sido revelado el “juramento y convenio”, el Señor, hablando a los poseedores del sacerdocio que se habían congregado, dijo: “. . . ¡Ay de todos aquellos que no aceptan este sacerdocio que habéis redhibo! El cual ahora os confirmo, por mí propia voz desde los cielos, a vosotros los que estáis presentes en este día; y aun a las huestes celestiales y a mis ángeles he mandado que os cuiden,” (Ibid, 84:42.) ¿No es acaso impresionante pensar que el Señor ha dis­puesto que Sus ángeles y huestes celestiales tengan incumbencia en las actividades de aquellos que reciben el sacerdocio?

En la misma ocasión, dirigiéndose especialmente a los élderes, continuó: “Y ahora os doy el mandamiento de estar apercibidos en cuanto a vosotros mismos, y de atender diligentemente las palabras de vida eterna.

“Porque viviréis con cada palabra que sale de la boca de Dios.” (Ibid., 84:43-44,) Es cuando con esto cumple que el poseedor del sacerdocio puede recibir las bendiciones y recompensas ofrecidas por el Padre Celes­tial en “el juramento y convenio que pertenecen al sacerdocio.”

El estado de aquellos que descuidan o faltan a sus obligaciones en el sacerdocio, es definido en esta forma por el Señor: “. . . El que violare este convenio, después de haberlo recibido, y lo abandonare toralmente, no logrará el perdón de sus pecados ni en este mundo ni en el venidero.” (Ibid., 84:41.)

Considerando tal penalidad por la violación del convenio, uno debe meditar bien antes de aceptar las obligaciones del mismo; sin embargo, no debemos dejar de considerar las palabras previas del Señor: “. .  . ¡Ay de todos aquellos que no aceptan este sacerdocio. . . !” (Ibid., 84:42; cursiva agregada.)

Tal es la seria importancia del “juramento y convenio que pertenecen al sacerdocio,” Podemos encontrar una interesante explicación al respecto en la sección 84 de las Doctrinas y Convenios, comenzando con el versículo 33.

A juzgar por este revelación, es aparente que para que un hombre pueda progresar cabalmente hacia la vida eterna, propósito para el cual la mortalidad ha sido dispuesta, consiste en obtener y magnificar el Sacerdocio de Melquisedec. Siendo nuestro propósito “. . .la vida eterna,… el máximo de todos los dones de Dios” (Ibid. 14:7), es de incalculable importancia que comprendamos lo que la magnificación de nuestros llamamientos en el sacerdocio requiere de nosotros:

1.- Que obtengamos un conocimiento del evangelio.
2.- Que vivamos en armonía con las normas del evan­gelio.
3.- Que sirvamos con dedicación.

En cuanto a la importancia de un conocimiento del evangelio, el profeta José Smith dijo que “es imposible que el hombre se salve en la ignorancia.” (Ibid., 131:6.) Que al decir esto él tenía en mente la ignorancia en cuanto a las verdades del evangelio, se desprende a raíz de otra ocasión en la que dijo: “El hombre no puede ser salvo sino al paso que adquiere conocimiento, porque si no obtiene conocimiento, algún poder maligno lo dominará en el otro mundo; porque los espíritus malos tendrán más conocimiento, y por consiguiente, más poder que muchos de los hombres que se hallan en el mundo. De modo que se precisa la revelación para que nos ayude y nos dé conocimiento de las cosas de Dios”. (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 264.)

No existe otro conocimiento que no sea el de las cosas de Dios, que pueda salvarnos. En los primeros días de la Iglesia en esta dispensación, el Señor declaró a los hermanos: “. . . Debéis crecer en gracia y en el conocimiento de la verdad.” (Doc. y Con. 50:40.)

En la revelación dada al presidente Brigham Young en Winter Quarters, en enero de 1847, el Señor dijo: “Aprenda sabiduría el ignorante, humillándose y supli­cando al señor su Dios, a fin de que sean abiertos sus ojos para que vea, y sean destapados sus oídos para que oiga.

“Porque se envía mi Espíritu al mundo para iluminar a los humildes y a los contritos, v para condenar a los impíos,” (Ibid., 136:32-33.)

Catorce años antes el Todopoderoso había aconse­jado a los hermanos: “. . . Os doy el mandamiento de perseverar en la oración y el ayuno, desde ahora en adelante.

“Y os mando que os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino.
“Enseñaos diligentemente, y mi gracia os atenderá, para que seáis más perfectamente instruidos, en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os es conveniente comprender;… (Ibid., 88:76-78.)

Una de las mejores maneras de aprender el evan­gelio consiste en escudriñar las Escrituras. Nuestro propósito en exhortar a los poseedores del sacerdocio a que lean el Libro de Mormón, ha sido para que quedan aprender más acerca del evangelio. No podemos estudiar honestamente el Libro de Mormón sin aprender las verdades del plan de Dios, puesto que contiene.  . . la plenitud del evangelio de Jesucristo a los gentiles, y también a los judíos;. . .” (Ibid., 20:9). Tan impresio­nado quedó el profeta José Smith con esta revelación, que algo después dijo a los hermanos del sacerdocio que “el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, páginas 233-234.)

Pero aprender el evangelio leyendo libros, no es suficiente. A fin de que podamos magnificar nuestro llamamiento en el sacerdocio, debemos vivir el evan­gelio. En realidad, el obtener un conocimiento del evangelio es un proceso gradual. Aprendemos un poco, y entonces obedecemos lo que aprendemos; apren­demos algo más, y obedecemos esto; y eventualmente, la proyección de este ciclo va constituyendo el progreso eterno.

Juan el Amado nos dice que este fue el modo en que Jesús llegó a la plenitud:

Y yo, Juan, vi que no recibió de la plenitud al principio, más recibía gracia por gracia;

Y no recibió de la plenitud al principio, más progresó de gracia en gracia, hasta que recibió la plenitud. (Doc. y Con. 93:12-13.)

Jesús prescribió el mismo proceso con las siguientes palabras: “. . . Si guardáis mis mandamientos, recibiréis de su plenitud, y seréis glorificados en mí, como yo lo soy en el Padre; por lo tanto, os digo, recibiréis gracia por gracia.” (Ibid., 93:20.)

Algo más adelante, en la misma Escritura leemos: “Y ningún hombre recibe la plenitud, a no ser que guarde sus mandamientos.
“El que guarda sus mandamientos recibe verdad y luz, hasta que es glorificado en la verdad y sabe todas las cosas.” (Ibid., 93:27-28.)

Al leer estas cosas, ¡cómo no ha de llenarse nuestro corazón de gozo!

Jesús declaró que los mandamientos que debemos guardar están contenidos en las Escrituras; y agregó: “Si me amas, me servirás, y guardarás todos mis man­damientos.” (Ibid., 42:29.) Y también, “. . . A quien guardare mis mandamientos, revelaré los misterios de mi reino, y serán en él un manantial de aguas vivas, brotando a vida eterna.” (Ibid., 63:23.)

Muchos de los mandamientos relacionados con nuestra conducta personal, se encuentran en la Sección 42 de las Doctrinas y Convenios, la cual, según el Profeta lo especificó, “contiene la ley de la Iglesia.” Todo poseedor del sacerdocio debe estar familiarizado con esta revelación, como así también con las Secciones 59 y 88 — de esta última, particularmente los versículos 117 a 126. En verdad, un poseedor del sacerdocio que seriamente intente magnificar su llamamiento para merecer las bendiciones del “convenio que pertenece al sacerdocio”, debe estar al corriente de todas las instrucciones dadas para guiarnos en nuestra conducta personal — tanto las que están registradas en las Es­crituras como las que son dadas eventualmente por medio de los profetas vivientes. Difícilmente podemos “estar firmes contra las asechanzas del diablo,” vis­tiéndonos con “la armadura de Dios” (Véase Efesios 6:11), a menos que sepamos qué es esta armadura.

No obstante, los mandamientos no se aplican sola­mente a la conducta personal del individuo. Los mismos colocan sobre todo poseedor del sacerdocio la esti­mulante responsabilidad de rendir servicio — el servicio de predicar el evangelio restaurado, con todas las ben­diciones del sacerdocio — a los pueblos de la tierra; el servicio de consolar, fortalecer y perfeccionar las vidas de sus semejantes y todos los Santos de Dios.

De cierto os digo, los hombres deberían estar an­helosamente consagrados a una causa justa, haciendo muchas cosas de su propia voluntad, y efectuando mucha Justicia;
Porque el poder está en ellos. . . . (Doc. y Con. 58:27-28.)

Es de esta manera que magnificaremos nuestros llamamientos, y obtendremos las recompensas prome­tidas por el Señor en el juramento y convenio que pertenecen al sacerdocio.

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Escudriñad las Escrituras

Liahona Julio 1963

Escudriñad las Escrituras

Por Belle S. Spafford
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Discurso pronunciado por la hermana Spafford en la Sesión General de la Conferencia Anual de la Sociedad de Socorro, realizada en el Tabernáculo de la Manzana del Templo el 3 de octubre de 1962. (N. del Editor)

Durante las diferentes sesiones de estas confe­rencias, como así también en casi todas las re­uniones de la Iglesia, frecuentemente se hace referencia a la palabra del Señor, tal como se encuentra registrada en las Sagradas Escrituras. La Iglesia tiene cuatro vo­lúmenes de Escrituras, considerados como “Libros Canónicos”:

(1) La Biblia, conteniendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, traducida de los idiomas originales.

(2) El Libro de Mormón, el cual es un compendio de los anales de pueblos que antiguamente vivieron en el continente americano. Este libro, de acuerdo a su prefacio, intenta “mostrar al resto de la casa de Israel cuán grandes cosas el Señor ha hecho por sus padres… y también para convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios” Este volumen de Escrituras tiene un lugar de privilegio al lado de la Biblia, como una guía espiritual para la humanidad. El profeta Ezequiel declaró una significativa profecía con relación a ambos compendios, los cuales habrían de ser uno en las manos del Señor en los últimos días:

Vino a mí palabra de Jehová, diciendo:

Hijo de hombre, toma ahora un palo, y escribe en él: Para Judá, y para los hijos de Israel sus com­pañeros. Toma después otro palo, y escribe en él: Para José, palo de Efraín, y para toda la casa de Israel sus compañeros.

Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno solo en tus manos. (Ezequiel 37:15-17.)

(3) Otro tomo es el de las Doctrinas y Convenios, que contiene las revelaciones dadas al profeta José Smith, con algunos agregados de sus sucesores en la Presidencia de la Iglesia.

(4)  Un cuarto volumen, el de la Perla de Gran Precio, contiene las visiones de Moisés, tal como fueron reveladas a José Smith, y la traducción de algunos regis­tros antiguos — los escritos de Abrahán durante su per­manencia en Egipto — que llegaron a las manos del Profeta.

Sin embargo, éstas no son las únicas Escrituras. No todas las Escrituras son encontradas en los libros canónicos. Nosotros creemos en la revelación continua y que aquellas enseñanzas que recibimos de nuestros Profetas modernos,

. . . cuando fueren inspirados por el Espíritu Santo, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para la salvación. (Doc. y Con. 68:4.)

¿Cuán frecuentemente meditamos, como individuos, sobre la importancia y significado que estas Sagradas Escrituras tienen en nuestras vidas? Muchas veces pienso cómo seríamos si estos volúmenes estuvieran sellados. La pérdida de bendiciones sería incalculable.

El Señor hizo notar a Nefi lo que significaba poseer los sagrados registros de los judíos que estaban en manos de Labán. Cuando habiéndosele indicado a Lehi y su familia que debían procurar estos anales y Lamán trató de obtenerlos, Labán se enfadó sobremanera ex­pulsándolo de su presencia. Entonces, por expreso man­damiento del Señor, Nefi intentó conseguir los anales. A fin de que pudiera lograrlo, el Señor puso a Labán en manos de Nefi, indicando a éste que era necesario que le matara para evitar que Sus propósitos fracasaran. Nefi jamás había, hasta entonces, derramado sangre humana y por tanto se estremeció. Entonces el Espíritu del Señor le dijo:

. . Vale más que muera un hombre, que dejar que una nación degenere y perezca en la incredulidad, (1 Nefi 4:13.)

Nefi recordó entonces las palabras que el Señor le había dicho estando en el desierto:

,. . En tanto que tus descendientes guarden mis man­damientos, prosperarán en la tierra de promisión. Sí, y también consideré que no podrían guardar los man­damientos del Señor según la ley de Moisés, a menos que la tuvieran,

Y además, sabía que esta ley se hallaba grabada sobre las planchas de bronce. (Ibid., 4:14-16.)

Por consiguiente, Nefi obedeció la voz del Espíritu y obtuvo los anales para su pueblo.

No todas las personas han tenido la fortuna de poseer copias de las Escrituras para su uso individual. Hubo un tiempo en que la gente tenía que depender de las enseñanzas provenientes de sus escribas y sacerdotes. En la actualidad, somos abundantemente bendecidos de poder, sí queremos, poseer estos valiosos volúmenes que contienen la voluntad de Dios para Sus hijos, el divino plan de la vida eterna, el evangelio de Jesucristo — que es poder de Dios para salvación. Pode­mos disponer de ellos en nuestros hogares y leer las enseñanzas y mandamientos del Señor, estudiarlos y aplicarlos en nuestra propias vidas y circunstancias. Seguir leyendo

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“No temáis”

Liahona, Octubre 2002

“No temáis”

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Cuando pensamos en el profeta José Smith, nos damos cuenta de que fue un hombre que poseía muchos atributos extraordinarios. Ciertamente, el valor era uno de esos atributos. Aun a la tierna edad de siete años, no permitió que el temor influyera en sus decisiones. Contrajo un tifus que degeneró en una llaga supurante que se le alojó en la pierna izquierda. Para salvarle la pierna, los médicos realizaron una incisión profunda y le extirparon varios fragmentos del hueso afectado. Por aquel entonces no había anestesia, pero ya despuntaban los brotes de la grandeza mientras el joven José soportaba esa dolorosísima operación, con tan sólo el consuelo que recibía mientras su padre lo sostenía entre sus brazos.

Miedo Al Dolor

Puedo entender la experiencia del profeta José porque me sucedió algo parecido. Cuando era niño, me gustaba mucho caminar por los campos y los prados, y nadar en los arroyos y en los estanques. Mi padre me enseñó a cazar y a pescar. Un verano, mi familia se fue de excursión a Wanship, Utah. Acampamos en unas tiendas entre los árboles que crecían en las orillas del río. Nos acompañaban otras familias, amigos de nuestros padres, las que acamparon cerca de nosotros. Una tarde, unos de mis jóvenes amigos y yo nos fuimos a cazar alimañas, a las que se consideraba una plaga, pues se comían los brotes que servían de pasto para las ovejas. Teníamos rifles del calibre 22 y yo recibí un disparo accidental en la pierna, por encima de la rodilla, casi a bocajarro. Cuando la bala me atravesó la pierna, sentí como si un atizador al rojo vivo me atravesara la carne. A continuación sentí la sangre cálida manar del agujero en la pierna, por donde había pasado la bala. Llamé a mi padre para mostrarle lo sucedido, y tanto él como otros hombres me administraron los primeros auxilios para detener la hemorragia, y luego me metieron en nuestro auto para llevarme al médico más cercano, que estaba en Coalville.

Luego de depositarme sobre la mesa de operaciones y examinar la herida con detenimiento, el médico decidió que lo primero que debía hacer era esterilizar el agujero que la bala había causado en la pierna. Cuando vi cómo iba a hacerlo, tuve miedo de dos cosas: tuve miedo del dolor y también de echarme a llorar. No quería llorar porque deseaba que mi padre supiera que ya no era un niño. En mi corazón, ofrecí una oración para que mi Padre Celestial me ayudara a no llorar, sin importar lo mucho que me doliera aquello.

El médico tomó una varilla como las que se usan para limpiar los cañones de las armas. En el extremo de la varilla había un hueco al que sujetó una gasa que impregnó de solución esterilizante. Entonces tomó la varilla y la pasó por el agujero de la pierna. Cuando salió del otro extremo, cambió la gasa, puso más antiséptico y la extrajo nuevamente por el agujero, operación que repitió tres o cuatro veces más. Dolía bastante, especialmente cuando pasaba cerca del hueso, pero mi padre me tomó de la mano y yo apretaba los dientes y cerraba los ojos, mientras intentaba mantenerme inmóvil. Mi Padre Celestial había escuchado mi callada oración, pues parecía no dolerme tanto como yo me había esperado, y no lloré. La herida sanó rápidamente y por completo; la pierna no volvió a molestarme jamás, ni siquiera cuando hacía deporte en la secundaria y en la universidad. Desde entonces he desarrollado cierta empatía hacia el profeta José, pues sabía que también él había padecido una terrible herida en la pierna, que ésta se había curado y que más tarde se le describió como un hombre fuerte y sano.

El Temor No Tiene Por Qué Dominarnos

Aunque desde entonces he tenido problemas y dificultades en la vida, he intentado hacerles frente de la mejor manera posible, confiando más en la ayuda de nuestro Padre Celestial que en el consuelo de las lágrimas. Aprendí la lección que dice que, si no permitimos que la pena y el dolor nos paralicen con un estupor de inactividad, las cargas de la vida no parecen ser tan grandes. Como hijos de nuestro Padre Celestial, debemos aprender a ser felices, a confiar en Él y a no tener miedo.

Los Estados Unidos de América y muchos otros países han caído en un estado de temor a causa de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Esto no es nada nuevo en la historia del mundo. En la historia de los nefitas, el terror y el asesinato desempeñaban un papel fundamental en la estrategia de los ladrones de Gadiantón. El terror desencadenado en este nuevo milenio ha sido hábilmente ideado para asustarnos, pero el temor no tiene por qué dominarnos. La consiguiente amenaza del ántrax se contempla como un daño de carácter más psicológico, pues es menos obvio que el choque de un avión. Sin embargo, hacemos frente a riesgos mucho más comunes, como las infecciones bacteriológicas, que se suceden a diario. Tenemos una mayor disposición para aceptar riesgos con los que estamos familiarizados, como manejar un auto o incluso cruzar la calle.

Satanás es nuestro mayor enemigo y trabaja noche y día para destruirnos. Sin embargo, el temor al poder de Satanás no tiene por qué paralizarnos, puesto que no puede tener poder sobre nosotros a menos que se lo permitamos. En realidad él es un cobarde y si nos mantenemos firmes, se retirará.

En la obra clásica infantil El jardín secreto, la escritora Frances Hodgson Burnett relata la historia de una huérfana, Mary Lennox, que es llevada a la casa de su tío, donde conoce a su primo, Colin, que lleva una vida de reclusión. Aunque no le sucede nada malo, le paraliza el temor de convertirse en un jorobado si sigue viviendo y se ha convencido de que morirá pronto.

Mary Lennox es una niña solitaria que ha decidido no tener interés por nada. Un día, mientras camina por la hacienda de su tío, tropieza con la llave para entrar a un jardín circundado por un muro elevado. Una vez que entra en el jardín, tiene lugar una transformación. Al trabajar por devolver al jardín su esplendor pasado, ella experimenta un rejuvenecimiento de ánimo. Se persuade a Colin para que abandone su sombrío cuarto y vaya al jardín, y la autora escribe este comentario:

“Mientras Colin se encerraba en su cuarto y pensaba sólo en sus temores y debilidades, en cuánto detestaba a la gente que le miraba, y reflexionaba a cada hora en jorobas y en una muerte temprana, se convertía en un pequeño hipocondríaco histérico y medio loco que no sabía nada de la luz del sol ni de la primavera, y que tampoco sabía que podía curarse y ponerse de pie si tan sólo lo intentaba. Cuando los pensamientos nuevos y hermosos comenzaron a reemplazar a los espantosos anteriores, empezó a gozar de la vida, la sangre manó saludablemente por entre sus venas y la fortaleza se derramó sobre él como un diluvio… Pueden acontecerle cosas mucho más sorprendentes a cualquiera que, teniendo un pensamiento desagradable o desanimado, tenga la sensatez de recordar a tiempo el poder expulsarlo y sustituirlo por uno agradable y valeroso. No puede haber dos cosas en un mismo lugar.

“‘Donde se plantan rosas, querido amigo,
no crecen cardos’” 1 .

Nuestro Padre Celestial Nos Consolará

Recordemos que el Señor ha dicho: “Pues aun vuestros cabellos están todos contados” para el Padre. “Así que, no temáis” (Mateo 10:30–31). Él nos conoce, nos ama y conoce nuestras necesidades; nos consolará si tan sólo confiamos en Él, en Su bondad y sabiduría.

Hay muchas cosas que no podemos cambiar. Todos tenemos dificultades y padecemos decepciones, pero éstas se convierten con frecuencia en oportunidades. El Señor puede medir nuestra fortaleza según cómo resolvamos las dificultades que surjan en la vida. Él dijo al profeta José Smith: “…entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7).

En ocasiones el Señor permite que tengamos pruebas a fin de que nos transformemos en siervos productivos. En nuestro afán por tener éxito, a menudo no nos damos cuenta de que el Señor está intentando alejarnos del falso orgullo y de la vana ambición para poder instruirnos en el discipulado. Su ojo que todo lo ve está sobre nosotros y siempre nos observa, ya que Él es nuestro Padre Celestial Eterno. Cuando vengan las pruebas —y de seguro que todos tendremos pruebas durante nuestra vida terrenal— no nos hundamos en el abismo de la auto conmiseración, sino recordemos quién está al timón; recordemos que Él está ahí para guiarnos por entre las tormentas de la vida.

No Permitamos Que el Temor Influya En Nuestras Decisiones

Se cuenta la historia de un barco que pasaba por dificultades durante una fuerte tormenta cerca de las costas de Holanda:

“Partieron varios hombres en un bote de remos para rescatar a la tripulación de la barca pesquera. Las olas eran enormes y cada uno de esos hombres tenía que hacer un tremendo esfuerzo con los remos a fin de llegar hasta los desafortunados marineros en medio de la oscuridad de la noche y la furia de los elementos.

“Finalmente llegaron hasta ellos, pero resultó que el bote era demasiado pequeño para acomodar a todos los náufragos y, debido a que simplemente no había lugar para él, uno de los hombres tuvo que quedarse a bordo de la barca pesquera; de otro modo habría sido demasiado grande el riesgo de hundirse en el mar. Cuando los salvadores llegaron a la playa, había muchas personas esperando ansiosas con antorchas para alumbrar la negra noche. Los mismos hombres no podían regresar a buscar al náufrago, pues se encontraban exhaustos por haber luchado contra los vientos violentos, las olas y la lluvia arrolladora.

“Entonces, el capitán de guardacostas pidió voluntarios para hacer un segundo viaje; entre los que dieron un paso al frente sin vacilar había un joven de diecinueve años llamado Hans; éste, vestido con ropas impermeables, estaba allí acompañado por su madre, viendo las operaciones de rescate.

“Cuando el joven se adelantó, la madre, aterrada, le rogó: ‘Hans, te lo suplico, no vayas. Tu padre murió en el mar cuando tenías cuatro años y tu hermano mayor Pete lleva más de tres meses desaparecido. ¡Eres el único hijo que me queda!’

“Pero Hans le respondió: ‘Madre, siento que debo hacerlo. Es mi deber’. Su madre se echó a llorar y cuando Hans subió al bote, tomó los remos y desapareció en la noche; ella, inquieta, empezó a caminar de arriba para abajo en la playa.

“Tras una ardua lucha con aquella mar embravecida, una lucha que duró más de una hora (que para la afligida madre de Hans debe de haber sido como una eternidad), el bote apareció ante la vista. Cuando los rescatadores llegaron lo bastante cerca de la playa para escucharlo, el capitán de guardacostas hizo bocina con las manos y preguntó, gritando con todas sus fuerzas para hacerse oír a través de la tormenta: ‘¿Lo salvaron?’.

“La gente que iluminaba el mar con sus antorchas vio a Hans levantarse de su asiento de remero y gritar con todas sus fuerzas: ‘¡Sí! ¡Y dígale a mi madre que es mi hermano Pete!’” 2 .

En otra ocasión, en otro mar, los Apóstoles de la antigüedad estaban en una barca “azotada por las olas; porque el viento era contrario.

“Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar.

“Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo.

“Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!” (Mateo 14:24–27).

No permitamos que el temor influya en nuestras decisiones y recordemos siempre ser de buen ánimo, depositar nuestra fe en Dios y vivir dignos de Su dirección. Cada uno de nosotros tiene derecho a recibir inspiración personal para guiarnos a lo largo de nuestro período de prueba aquí en la tierra. Ruego que vivamos así, para que nuestro corazón esté siempre receptivo en todo momento a los susurros y al consuelo del Espíritu.

Notas

1. The Secret Garden (1987), págs. 338–339.
2. Jacob de Jager, “¿A quién salvaremos?”, Liahona, febrero de 1977, pág. 24.

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Cocodrilos espirituales

Liahona, Octubre 2002

Cocodrilos espirituales

por el presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

Siempre he tenido interés en los animales y en los pájaros. Cuando aprendí a leer, buscaba libros sobre éstos y llegué a saber mucho en cuanto al tema. De adolescente podía nombrar a casi todos los animales africanos y podía distinguir un antílope de un impala, o una gacela de un ñu.

Siempre había querido ir a África y ver los animales de cerca y, por fin, un día se me presentó la oportunidad. A la hermana Packer y a mí se nos asignó viajar por Sudáfrica. Teníamos un horario muy agotador y habíamos dedicado ocho capillas en siete días.

El presidente de la misión fue poco explícito acerca del programa para el 10 de septiembre, que es el día de mi cumpleaños. Yo pensaba que regresaríamos a Johannesburgo, Sudáfrica, pero él tenía otros planes. “A algo de distancia hay un parque zoológico”, explicó; “he alquilado un auto y mañana, para festejar su cumpleaños, lo recorreremos para ver de cerca los animales africanos”.

Debo aclarar que en esos parques zoológicos de África la situación es diferente: allí las personas son quienes están en “jaulas”, y a los animales los dejan sueltos en completa libertad. Para ello, los visitantes llegan ya avanzada la tarde a unos refugios donde pasan la noche, protegidos por altas verjas. Después del amanecer se les permite salir en auto a recorrer el parque, pero está prohibido bajarse del vehículo.

La cena se retrasó un poco y, por lo tanto, hacía buen rato que había oscurecido cuando nos pusimos en camino para dirigirnos a nuestra aislada cabaña. Habíamos recorrido una distancia relativamente corta por la angosta senda, cuando el motor dejó de funcionar. Encontramos una linterna en el auto y me bajé por un momento para ver si podía darme cuenta de lo que tenía. Al bajarme, la luz de la linterna iluminó el suelo, ¡y lo primero que vi fueron las inconfundibles huellas de un león!

De vuelta en el auto, nos dimos por satisfechos con pasar la noche allí. Afortunadamente, fuimos rescatados por el conductor de un camión de combustible que había salido tarde del refugio porque había tenido un problema.

A la mañana siguiente nos llevaron de regreso al refugio. No teníamos automóvil y no podíamos disponer de otro sino hasta esa tarde. Nuestro día en el parque se había quedado en nada, y yo le dije adiós al sueño de toda mi vida.

Me puse a hablar con un joven guarda del parque y él se sorprendió mucho al ver que yo conocía y distinguía muchas de las aves africanas, y se ofreció a ayudarnos. “Estamos edificando un nuevo punto de observación cerca de una charca. Queda a unos 32 km del refugio”, dijo. “Aunque todavía no está terminado, es un lugar seguro. Les llevaré hasta allá con el almuerzo. Desde allí podrán ver muchos animales más que si hubieran recorrido el parque en auto”.

Mientras nos dirigíamos al lugar, se ofreció a mostrarnos algunos leones. Manejó por entre la maleza y rápidamente localizó un grupo de diecisiete leones dormidos y pasamos por entre ellos.

En el camino, nos detuvimos también en las cercanías de una charca para observar a los animales que iban a beber. Había habido una gran sequía y el agua escaseaba por todos lados; realmente lo único que se veía eran barrizales. Cuando los pesados elefantes caminaban sobre aquel fango, el agua se filtraba a través de la depresión que sus patas dejaban en el terreno, y allí bebían los animales.

Los antílopes, en particular, se ponían muy nerviosos al acercarse a los pequeños charcos; lo hacían cautelosamente y después, sin razón aparente, salían corriendo asustados sin haber bebido. Miré alrededor para ver si había algún león o tigre en las inmediaciones, pero no vi nada. Entonces le pregunté a nuestro guía por qué no bebían. Su respuesta encerró toda una lección para mí: “Los cocodrilos”.

Pensé que estaría bromeando, así que repetí la pregunta con seriedad. “¿Cuál es el problema?” “Los cocodrilos”, volvió a decirme.

“No puede ser”, le repliqué. “Cualquiera puede ver que no hay cocodrilos ahí”.

Pensé que estaba divirtiéndose a costa de un extranjero a quien consideraba inexperto. Por fin, le supliqué que nos dijera la verdad. Quisiera recordarles que yo estaba bastante bien informado, pues había leído muchos libros. Además, cualquiera puede darse cuenta de que es imposible que un cocodrilo se esconda en la huella que deja un elefante en el barro.

El joven se dio perfecta cuenta de que yo no le creía y supongo que decidió darme una lección. Para ello dirigió el vehículo hacia un alto terraplén desde donde se podía ver toda la charca. “Allí los tiene”, me dijo. “Véalos usted mismo”.

No podía ver nada más que el lodo, las porciones de agua empozada y, en la distancia, los animales asustados ¡Pero de pronto, lo vi! Era un enorme cocodrilo, acechando desde el lodo que lo cubría casi totalmente, en espera de algún incauto animal que, vencido por la sed, bajara a beber.

¡Y de repente, creí! Cuando el guarda vio que estaba dispuesto a escuchar, prosiguió con la lección. “No sólo hay cocodrilos en los ríos, sino que están por todo el parque y especialmente cerca de los depósitos de agua. ¡Más vale que lo crea!”.

La verdad es que fue más bondadoso conmigo de lo que yo merecía, por mi incredulidad. Mi actitud de “sabelotodo” ante su primera advertencia sobre los “cocodrilos” podría haber traído aparejada una invitación suya de que me acercara para salir de dudas.

Me parecía tan claro que no podía haber ningún cocodrilo escondido allí y me sentía tan seguro de mí, que probablemente me hubiera acercado sin temor. Mi arrogancia me hubiera costado la vida. Pero el guía fue lo suficientemente paciente como para enseñarme.

Espero que al hablar con sus guías sean más sabios de lo que yo fui en aquella ocasión. La presumida idea que tenía sobre mis conocimientos no era digna de mí, ni tampoco lo sería de ninguno de ustedes. No me siento orgulloso de ello y me daría vergüenza contarlo si no fuera porque creo que puede servirles de ayuda.

Aquellos que los han precedido en la vida han inspeccionado las “charcas” y elevan su voz de advertencia para prevenirles contra los “cocodrilos”; no los grandes reptiles que pueden devorarlos en un abrir y cerrar de ojos, sino los cocodrilos espirituales, que son infinitamente más peligrosos, por ser aún más engañosos y menos visibles que los que se esconden al acecho en las charcas de África.

Esos cocodrilos espirituales pueden matar o mutilar su alma y destruir su paz mental y la de aquellos que les aman. Ésos son los “reptiles” contra los cuales es necesario que estén prevenidos, porque difícilmente encontrarán un lugar en el mundo que no esté infestado de ellos.

En otro viaje que hice a África comenté esta experiencia a un guarda de otro parque y me confirmó que en la huella de un elefante puede esconderse un cocodrilo de tamaño suficiente como para partir a un hombre en dos.

Me mostró el lugar donde ocurrió una tragedia. Un joven de Inglaterra se encontraba trabajando en el hotel durante la temporada de verano. A pesar de las repetidas y constantes advertencias que le habían hecho, un día saltó la verja protectora y se dirigió hacia un charco cuya agua no alcanzaba a cubrir los zapatos.

“No se había internado ni dos pasos cuando lo atacó un cocodrilo”, me dijo el guarda. “No pudimos hacer nada para salvarle”.

Aceptar guía y consejo de otras personas parecería ir en contra de nuestra naturaleza humana, especialmente en la época de la juventud. Sin embargo, no obstante la convicción que podamos tener de lo mucho que sabemos, o el deseo que sintamos de hacer algo, hay veces en que nuestra existencia misma depende de la atención que pongamos a nuestros guías.

Es terrible pensar en lo que le sucedió al joven que fue devorado por el cocodrilo. Pero eso no es lo más terrible que le puede suceder a una persona. Hay peligros morales y espirituales mucho más aterradores que la idea de ser devorado por un monstruoso reptil.

Afortunadamente, contamos con suficientes guías para evitar que estas cosas nos sucedan, si estamos dispuestos a oír su voz de advertencia. Si prestan atención al consejo de sus padres, sus líderes y sus maestros mientras son jóvenes, aprenderán también a seguir al guía más seguro e infalible de todos: los susurros del Espíritu Santo. Y a eso se le llama revelación personal. Hay medios por los cuales recibimos un aviso sobre los peligros espirituales. De igual modo que ese guía me previno contra los cocodrilos, ustedes pueden percibir las señales de advertencia contra los cocodrilos espirituales que acechan.

Afortunadamente, contamos con primeros auxilios espirituales para aquellos que hayan recibido esos “mordiscos”. El obispo del barrio es el encargado de administrarlos y él también cuenta con el poder de curar a aquellos que hayan sido moralmente mutilados por esos enemigos, curarlos hasta el punto de que sean completamente sanados.

La experiencia que tuve en África fue para mí otra señal de que debo seguir al Guía, y lo sigo porque así lo deseo. Testifico que Él vive, que Jesús es el Cristo. Y sé que Él tiene un cuerpo de carne y huesos, que dirige Su Iglesia y que Su propósito es conducirnos sanos y salvos de regreso a Su presencia.

Adaptado de un discurso pronunciado en la conferencia general de abril de 1976.

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Jeremías: Como el barro del alfarero

Liahona, Octubre 2002

Jeremías: Como el barro del alfarero

por el élder Jean A. Tefan
Setenta Autoridad de Área

La forma en que tiernamente el Señor dio forma a la vida del profeta Jeremías nos recuerda que también puede dar forma a la nuestra.

Su nombre significa “Jehová exaltará” y fue intrépido en su servicio al Señor; a pesar de ello, en su alma el profeta Jeremías padeció mucha angustia.

En algún momento de la primera parte del ministerio de más de cuarenta años de Jeremías en Jerusalén, el Señor le mandó visitar la casa de un alfarero (véase Jeremías 18:1–2). Allí observó cómo éste trabajaba, haciendo girar una rueda con el pie mientras con las manos daba forma a un pedazo de barro húmedo situado en una rueda elevada. La alfarería es una de las actividades más antiguas de la civilización. Jeremías observaba mientras el alfarero descubrió una imperfección en la vasija que estaba haciendo. Le llamó la atención que el alfarero deshiciera la vasija y volviera a empezar a darle forma (véase Jeremías 18:3–4). Entonces, el Señor hizo una pregunta retórica: “¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel?” (Jeremías 18:6). La pregunta también podría haber ido dirigida al profeta.

Él fue el profeta que presenció algunos de los días más tenebrosos de la iniquidad de Israel, pero a pesar de ello reconoció las manos habilidosas del Maestro alfarero, que moldeó su carácter y lo convirtió en una hermosa obra de arte. Los hechos de su vida nos recuerdan la necesidad de depositar toda nuestra vida, sin importar lo difícil que pueda ser, en las manos amorosas del Señor.

Su Llamamiento a Servir

Jeremías nació en la ciudad de Anatot, a unos cinco kilómetros al nordeste de Jerusalén. Su padre, Hilcías, era “de los sacerdotes que estuvieron en Anatot, en tierra de Benjamín” (Jeremías 1:1). Siendo joven, el Señor lo llamó a ser Su profeta: “…a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande” (Jeremías 1:7). Al principio se resistió a la confianza que el Señor había depositado en él: “…no sé hablar, porque soy niño” (Jeremías 1:6), pero el Señor era consciente de su potencial: “Antes que te formase en el vientre te conocí… te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).

De igual modo, el Señor nos conoce a cada uno y nos ha escogido para venir a la vida terrenal en el tiempo y el lugar más adecuado para nosotros, y nos moldea a través de los llamamientos para servir en el hogar o en la Iglesia. Mi esposa y yo aumentamos nuestro aprecio por este principio cuando se nos llamó a presidir la Misión Fidji Suva. No hablábamos inglés con fluidez y mi esposa estaba particularmente desanimada. Al ser apartada, ella recibió una bendición especial referente a este don; estudiaba mucho y practicaba inglés en casa y con los misioneros. Pronto pudo dirigirse en inglés a los misioneros en las conferencias de zona en Fidji, Vanuatu y Kiribati; por otro lado, enseñó francés a los misioneros que servían en Nueva Caledonia. Ella tenía la impresión de que el Señor la había llamado a servir a la gente de ambas lenguas, así que necesitaba hablarlas. Esa experiencia la ha moldeado y bendecido a ella, a nuestra familia y a la gente a la que ha tenido la oportunidad de enseñar, aun cuando su inglés tenga un ligero acento francés.

Su Moldeamiento

Un factor principal del moldeado de la vida de Jeremías fue su flexibilidad, es decir, su disposición para someterse a los mandamientos de Dios, para ser flexible al escoger libre y repetidamente hacer la voluntad de Dios en vez de la suya. La humildad, la obediencia, la fe y el ser libres del orgullo son cualidades del carácter que fomentan la cualidad de ser moldeable. El Maestro alfarero probó con frecuencia la disposición que Jeremías tenía para ser obediente.

En una ocasión, el Señor le mandó a Jeremías que comprara una vasija de barro, que la rompiera delante de los líderes del pueblo y que luego profetizara con audacia: “…Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Así quebrantaré a este pueblo y a esta ciudad, como quien quiebra una vasija de barro, que no se puede restaurar más” (Jeremías 19:11; véase 19:1–15). Para cumplir con esta asignación de hacer una denuncia tan osada de los líderes gubernamentales, Jeremías tuvo que obedecer con valentía y poner a un lado cualquier interés en su propia seguridad.

Entonces la palabra del Señor vino a Jeremías para convertirse él mismo en una lección. Se le mandó que tomara un listón y unas correas para hacerse un yugo y ponérselo al cuello en presencia del rey Sedequías y del cuerpo diplomático de Jerusalén. ¡Qué espectáculo tan extraño debió haber sido Jeremías ante esos hombres de gran influencia y poder! Jeremías les dijo que si no se inclinaban y servían voluntariamente al rey de Babilonia, como bueyes con un yugo, el Señor los destruiría (véase Jeremías 27:1–11).

En éstas y otras muchas circunstancias, Jeremías fue lo suficientemente moldeable para hacer lo que el Señor le mandaba, sin importar lo peculiar, lo impopular o lo absurdo que hubiera podido parecerle a la gente.

Durante mi servicio como presidente de misión conocí a muchos jóvenes que también demostraron ese tipo de moldeamiento. De visita en Nueva Caledonia, conocí por primera vez a Olivier Pecqueux. Tenía veinticuatro años y prestaba servicio en el ejército. No era activo en la Iglesia y llevaba un estilo de vida mundano, pero el Señor tenía otros planes para él. A petición suya nos reunimos y comentamos su bendición patriarcal; decidió humillarse, arrepentirse y dejar que el Señor moldeara Su vida. Al poco tiempo se le llamó a una misión regular y llegó a ser uno de mis misioneros más capaces. Hoy día asiste a la universidad y recientemente se casó en el Templo de Tahití.

Nuestras decisiones deben, de igual modo, ejemplificar la cualidad moldeable y la esperanza en Cristo tal y como expresó el élder Hugh W. Pinnock (1934–2001), de los Setenta: “Cuando cometemos errores, como los que cometía el antiguo Israel, podemos tomar lo que hemos estropeado y empezar de nuevo. El alfarero no se dio por vencido y tiró el barro… nosotros no debemos perder la esperanza ni menospreciarnos; sí, nuestra tarea es superar nuestros problemas, aceptar lo que tenemos y somos y empezar de nuevo” 1 .

Las Cosas Que Padeció

Jeremías fue un hombre que vio muchas aflicciones (véase Lamentaciones 3:1). De hecho, el Señor le advirtió en el momento de llamarlo que los reyes, los príncipes y los sacerdotes, y la gente en general, lucharían en su contra. El Señor le prometió: “Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo… para librarte” (Jeremías 1:19). A continuación se encuentran sólo dos de las muchas circunstancias difíciles que Jeremías tuvo que soportar.

Cuando Pasur, el sacerdote encargado de mantener el orden en el recinto del templo, oyó el estruendo que causó Jeremías al romper la vasija de barro y profetizar ante el pueblo, mandó que lo arrestaran, lo azotaran y lo pusieran en el cepo. Al día siguiente mandó que le trajeran a Jeremías, pero éste repitió sin temor las palabras del Señor sobre la inminente destrucción, añadiendo: “Y tú, Pasur, y todos los moradores de tu casa iréis cautivos” (Jeremías 20:6).

Cuando el ejército babilónico sitió Jerusalén, Jeremías transmitió al rey Sedequías y a su pueblo la palabra del Señor de que debían rendirse, lo cual molestó a ciertos oficiales, quienes utilizaron el intento de Jeremías de abandonar la ciudad como pretexto para arrestarlo y encarcelarlo acusado de traición (véase Jeremías 37:6–15).

Jeremías fue arrojado a una cisterna que hacía las veces de mazmorra, para que muriese de hambre. Las cisternas son cavidades en forma de pera excavadas en la roca, cuyo objeto es recoger y almacenar el agua. Con el correr de los años, los sedimentos se habían ido acumulando en el fondo de la cisterna, hasta que era tal la cantidad, que “se hundió Jeremías en el cieno” (Jeremías 38:6). De no ser por el valor y el servicio cristiano de Ebed-melec, un etíope siervo del rey, Jeremías habría muerto sin remedio (véase Jeremías 38:7–13; véase también 1 Nefi 7:14).

Cuando el rey babilonio invadió Jerusalén, Jeremías escogió permanecer con su pueblo en la ciudad, para así continuar proclamando la palabra del Señor a pesar del rechazo constante del pueblo a seguir su consejo. Se cree que Jeremías falleció en Egipto no mucho después de una última apelación a su pueblo para que se volviese al Señor (véase Jeremías 44).

Las cosas que padeció Jeremías fueron algunos de los instrumentos más poderosos del Señor para moldear y purificar su vida. Igualmente, aquello que padecemos y soportamos con paciencia nos servirá de experiencia y puede ser para nuestro bien (véase D. y C. 122:7–8). El élder John B. Dickson, de los Setenta, ha dicho: “Nunca se nos dijo que la vida sería fácil, pero a los que trabajen fielmente… enfrentando toda dificultad con determinación y en la forma apropiada… les prometo que serán bendecidos con sentimientos de felicidad… que [les moldearán y ennoblecerán] y que nunca se [les] quitarán” 2 .

Vasos de Honor

El 19 de diciembre de 1841, el Quórum de los Doce Apóstoles se reunió en la casa del profeta José Smith. De acuerdo con las minutas tomadas por Wilford Woodruff, “el élder Heber C. Kimball predicó… sobre el barro en las manos del alfarero, en cuanto a que cuando se estropea, es retirado de la rueda y echado de nuevo al molino para ir en la próxima tanda, y que era un vaso de deshonra; pero que todo barro bien formado en las manos del alfarero… era un vaso de honor” 3 .

Jeremías fue un profeta que en verdad testificó de Cristo (véase Helamán 8:20). El Salvador mismo empleó sus palabras para enseñar y profetizar durante Su ministerio terrenal. Su vida fue un vaso de honor, un ejemplo de servicio, moldeamiento y longanimidad para los santos de hoy día.

También nuestra vida puede ser un vaso de honor, una obra de hermosura en las manos del Maestro alfarero si respondemos a Su llamado, somos moldeables en Sus manos y aprendemos de las cosas que padecemos.

El élder Jean A. Tefan es un Setenta Autoridad de Área que sirve en el Área Islas del Pacífico.

Notas

1. Véase “Volver a empezar”, Liahona, julio de 1982, pág. 23.
2. “Nadie nos dijo que sería fácil”, Liahona, enero de 1993, pág. 52.
3. History of the Church, tomo IV, pág. 478.

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“Llegará el momento”

Liahona, Octubre 2002

“Llegará el momento”

por Shauna Gibby
Relato verídico

En 1978, Isaac tenía ocho años y vivía en una pequeña aldea de Cross River State, Nigeria. Su casa estaba hecha de ramas de bambú unidas con adobe y un tejado de hojas de palmera. A Isaac le gustaba su aldea y quería a todas las personas que vivían en ella.

La aldea estaba rodeada de un bosque verde y frondoso, con palmeras, bananeros, helechos y bambú. Para ir a la aldea más cercana, Isaac caminaba por un camino de tierra a través del bosque o montaba en la vieja bicicleta de su primo.

Su familia tenía una pequeña granja donde cultivaban su propia comida. Comían sopa y gari, un plato hecho de raíces hervidas que se parece a los copos de avena. Isaac y sus hermanas tenían tareas que hacer; una de las tareas de Isaac era caminar hasta el río y traer agua para su familia.

Los domingos, Isaac y su familia iban a la Iglesia. El centro de reuniones también estaba hecho de bambú y adobe, y tenía un letrero blanco y limpio que decía: LA IGLESIA DE JESUCRISTO DE LOS SANTOS DE LOS ÚLTIMOS DÍAS. En la parte delantera había una gran campana de bronce.

En la Iglesia, el hermano Ekong les enseñaba sobre Jesucristo, les leía de los pocos libros que habían recibido de Salt Lake City y cantaban himnos. El favorito de Isaac era “¡Oh, está todo bien!” ( Himnos, Nº 17).

Al igual que muchas otras personas de su aldea, Isaac tenía un fuerte testimonio de que la Iglesia es verdadera. Estaban aguardando a que llegaran los misioneros para ayudarles a saber más sobre el Evangelio restaurado. El hermano Ekong no tenía el sacerdocio, por lo que no podía bautizarles. Más que nada, Isaac quería bautizarse y ser miembro de la Iglesia, por lo que su padre le dijo: “Llegará el momento en que seremos bautizados”.

Cuando Isaac y sus hermanas fueron al bosque a cortar leña para el fuego, Isaac oró para que fueran los misioneros, y mientras estaba sentado en la orilla del río contemplando el ir y venir de los peces de colores, cantaba himnos. Muchas veces se imaginaba que el Coro del Tabernáculo Mormón estaba cantando con él.

Un día, su padre dijo a la familia que el sábado iba a haber una reunión especial. Antes de la reunión iban a ayunar durante 24 horas, y durante la reunión iban a orar para que llegaran los misioneros.

El sábado, Isaac y su familia se pusieron sus mejores ropas. A Isaac le gruñía el estómago por el hambre, pero casi ni se dio cuenta porque estaba muy animado.

Al poco rato sonó la campana y toda la gente de la aldea se congregó en el pequeño centro de reuniones, el cual quedó totalmente lleno. El hermano Ekong dirigió un himno y luego oró para que el Señor enviara a los misioneros. Muchas personas más se turnaron para orar. La madre de Isaac tenía lágrimas en los ojos. Volvieron a cantar y luego llegó el momento de irse.

Cuando la gente estaba yéndose, un auto se estacionó delante del centro de reuniones y de él se bajaron dos hombres y dos mujeres. Isaac no había visto jamás a alguien con la piel tan pálida. El hermano Ekong les hablaba con mucha emoción; luego se fue a la campana y la tocó con fuerza. Todo el mundo regresó al centro de reuniones.

El hermano Ekong dio la bienvenida a los cuatro extraños y les dijo que la aldea había aguardado muchos años ese momento tan feliz. Uno de los hombres, el élder Rendell Mabey, se puso de pie y dijo que era un misionero enviado por el profeta, el presidente Spencer W. Kimball.

El élder Mabey compartió su testimonio del Evangelio restaurado, y lo mismo hicieron el élder Cannon y las hermanas Mabey y Cannon. Era un día muy caluroso, pero nadie quería irse. Todos tenían muchas preguntas. El élder Mabey prometió regresar y enseñarles más, y les dijo a los aldeanos que había llegado el momento y que pronto podrían bautizarse.

El último día de diciembre de 1978, la familia de Isaac y muchas otras personas se congregaron en las orillas donde el río estaba más hondo y tenía una corriente tranquila. Cuando llegó el turno de Isaac, entró en el agua. El élder Mabey lo tomó de la muñeca, dijo la oración bautismal y lo sumergió en el agua. La cálida luz del sol resplandecía en la superficie mientras Isaac volvía a la orilla. En su corazón él también tenía un sentimiento de calidez.

Veintiún años más tarde, Isaac se encontró en el mismo río con su hijo de ocho años, Raymond. Ahora Isaac tenía el sacerdocio y podía bautizar a su hijo. Su corazón rebosaba de gozo al recordar el hermoso día en que se había bautizado en ese mismo río. Se sentía muy agradecido de que por fin llegara el momento.

“Por medio de misioneros y miembros, el mensaje del Evangelio restaurado está llegando a todo el mundo…

“La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ofrece a todos los hijos de Dios la oportunidad de aprender la plenitud del Evangelio de Jesucristo tal cual fue restaurado en estos días postreros. Ofrecemos a todos el privilegio de recibir todas las ordenanzas de salvación y exaltación” —Élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles (“¿Ha sido usted salvo?”, Liahona, julio de 1998, pág. 67).

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