Devocional de Navidad

Devocional de Navidad de la Primera Presidencia
03 Diciembre de 2017

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El gozo de Dar

El gozo de Dar

por el élder Henry B. Eyring
del Quorum de los Doce Apóstoles

Siempre he soñado con ser especialista en hacer regalos. Me imagino a alguien abriendo un regalo que yo le haya hecho, con lágrimas de gozo y una sonrisa, demostrando así que no sólo el regalo sino también mi acción de regalar le ha tocado el corazón. Estoy seguro de que otras personas también sueñan con eso, y segura­mente muchas son ya expertas en el arte de regalar. Pero quizás incluso los expertos compartan algo de la curiosidad que yo ciento por saber qué es lo que hace que un regalo sea perfecto.

Toda mi vida he estado rodeado de expertos en hacer regalos, y aun­que ninguno me ha enseñado nunca cómo hacerlo, he observado y desa­rrollado una teoría; ésta ha surgido rememorando muchos regalos y muchos días festivos, pero el recuerdo de un día y de un regalo particular lo ilustra a la perfección.

El día no estaba ni cerca de la Navidad, sino que era un día de verano. Mi madre había muerto esa tarde, temprano; mi padre, mi her­mano y yo habíamos regresado del hospital a casa, los tres solos. Después, nos preparamos una merienda sencilla y más tarde recibi­mos algunas visitas; pasó el tiempo, llegó el anochecer y me acuerdo de que ni siquiera nos dimos cuenta de encender las luces.

Alguien tocó el timbre y papá abrió la puerta. Eran la tía Catherine y el tío Bill, y vi que él tenía en la mano un frasco de cere­zas; todavía tengo un claro recuerdo de esas cerezas maduras, de un color rojo casi púrpura, y la tapa brillante y dorada del frasco. El tío Bill dijo, señalando las cerezas: “Pensamos que les gustarían, Seguramente no habrán comido nada de postre”.

No, no habíamos comido postre. Los tres nos sentamos alrededor de la mesa, nos servimos unas cerezas y las comimos, mientras los tíos reco­gían unos platos sucios y los lava­ban. El tío Bill nos dijo: “¿Hay algunas personas a las que todavía no se les haya avisado? Denme los nombres y yo les avisaré”. Le dijimos de unos cuantos parientes a quienes debíamos darles la noticia de la muerte de mamá. Cuando quisimos acordar, los tíos ya se habían ido; no deben de haber estado con nosotros más de veinte minutos.

Mi teoría será más fácil de entender si nos concentramos en un regalo; el frasco de cerezas; y quiero explicarla desde el punto de vista del que recibió el regalo; yo mismo. Esto es fundamental, puesto que lo que realmente importa con respecto a la acción del que hace el regalo es lo que siente el que lo recibe.

En mi opinión, el hacer y el reci­bir un regalo siempre se componen de tres partes, que son las siguientes, según lo ilustra aquel que recibí en un atardecer de verano:

Primero, supe que mis tíos habían percibido lo que yo sentía y que eso los había conmovido. Al recordarlo todavía me emociono. Deben de haber pensado que estaríamos muy cansados para prepararnos comida, y que tal vez un plato de cerezas enva­sadas en casa nos harían sentir, aun­que fuera un momento, que éramos otra vez una familia. El solo hecho de saber que alguien había compren­dido lo que yo sentía tuvo para mí mucho más significado que las cere­zas en sí. Se me ha olvidado el sabor de las frutas, pero en cambio recuerdo que alguien percibió los sentimientos que me abrumaban el corazón y se ocupó de mí.

Segundo, sentí que el regalo era sincero y generoso. Sabía que el tío Bill y la tía Catherine habían deci­dido de buena voluntad ir a llevár­noslo, que no lo hacían para recibir nada a cambio, sino que parecería que el hacerlo les causaba gozo.

Y tercero, había en el regalo un elemento de sacrificio. Habrá quien piense: “¿Cómo podían sentir gozo si era un sacrificio?” Y bien, el sacri­ficio estaba a la vista. Yo sabía que mi tía había envasado esas cerezas para su familia, porque de seguro les gustaban; no obstante, tomó lo que a ellos les causaría placer y me lo dio a mí. Eso es un sacrificio y desde entonces he llegado a comprender este concepto maravilloso: el tío Bill y la tía Catherine deben de haber pensado que tendrían mayor placer si yo me comía las cerezas que si se las comían ellos. Fue un sacrificio, pero se hizo a cambio de una recompensa más grande para ellos: mí felicidad. Cualquiera puede dar a conocer a la persona que recibe un regalo el sacrificio que éste haya sig­nificado para el dador, pero sólo el experto puede hacemos sentir en el corazón que ese sacrificio trae gozo al que hizo el regalo porque bendice al recipiente.

Así que ésa es mi teoría. El arte de hacer regalos encierra tres ele­mentos: se siente lo que siente la otra persona, se da con sinceridad y generosidad, y se considera que el sacrificio es una bendición para el que lo hace.

Ahora bien, no será fácil emplear mi teoría para lograr gran progreso en nuestra presentación de obse­quios esta Navidad; el aprender a conmoverse con lo que piensen o sientan los demás requerirá cierta práctica y más de una ocasión fes­tiva. Y el aprender a dar generosa y sinceramente, considerando que el sacrificio es un gozo, llevará un tiempo. Pero en esta Navidad pode­mos empezar por lo menos siendo buenos recibidores. Según lo que percibamos, podemos hacer que los demás lleguen a ser expertos en el arte de regalar; y por lo que perciba­mos en lo que se nos regale, pode­mos hacer que cualquier obsequio sea mejor. Por otra parte, si no somos capaces de percibir el verda­dero intento detrás de lo que se nos regale, podemos hacer que cualquier regalo sea un fracaso. El arte de regalar incluye tanto al dador como al recibidor. Espero que empleemos esta teoría no para criticar los rega­los que recibamos o hagamos este año, sino para observar cuántas veces se comprende lo que llevamos en el corazón y cuántos regalos se hacen gozosamente, aun cuando impliquen un sacrificio.

No obstante, nos es posible hacer algo esta Navidad para perfeccionar el arte de regalar: podemos empezar a poner en reserva algunos regalos —grandes regalos— para futuras Navidades.

En una clase de religión que daba en el Colegio Ricks [estado de Idaho], estaba un día enseñando la sección 25 de Doctrina y Convenios, en la cual se le dice a Emma Smith que debe dedicar “tiempo a escribir, y a aprender mucho” (D. y C. 25:8). En una de las filas del frente había una mujer de cabello rubio que frunció el ceño ante mi insistencia en que los alum­nos desarrollaran su habilidad de escribir; después levantó la mano y me dijo: “Eso me parece poco dotado de razón. Lo único que escribiré yo en toda mi vida serán cartas a mis hijos”. Sus palabras provocaron risas.

A continuación, un joven que estaba atrás se puso de pie; no había hablado mucho desde que habían empezado las clases; era mayor que los demás estudiantes y se notaba que era tímido. Me pidió permiso para hablar, y procedió a contar sosegadamente que había sido sol­dado en la guerra de Vietnam. Contó que un día había puesto a un lado el rifle para dirigirse a través del recinto cercado adonde estaban entregando la correspondencia; en el momento en que le pusieron una carta en las manos, oyó un toque de clarín y los disparos de rifle proce­dentes del enemigo que atacaba por todos lados. Corrió hacia donde había dejado el arma, empleando las manos para defenderse y, junto con los otros sobrevivientes entre todos hicieron huir al enemigo; a conti­nuación, sacaron a los heridos. Después, se sentó entre los que habían quedado con vida, y entre algunos muertos, y abrió la carta para leerla.

Era de su madre, y en ella le contaba que había tenido una experiencia espiritual que le había hecho saber que, si él guardaba su rectitud, viviría y regresaría a su hogar. El muchacho dijo serena­mente a la clase: “Esa carta fue escritura para mí. Y la guardé”. Luego volvió a sentarse.

Si ustedes todavía no tienen hijos, probablemente los tendrán algún día. ¿Pueden imaginar sus ros­tros? ¿Los ven enfrentando un día una situación de gran peligro en algún lugar? ¿Se imaginan el temor que les oprimirá el corazón? ¿Estarían dispuestos a dar, sincera y generosamente? ¿Qué sacrificio ten­drían que hacer para escribir la carta que desearían enviarles enton­ces? No les será posible hacer ese sacrificio si apenas empiezan un poco antes de que llegue el cartero; ni tampoco podrán hacerlo en un día ni en una semana. Tal vez les lleve años, pero pueden empezar a prepararse ahora; un buen sistema para lograr esa preparación es llevar un diario personal. Y no les pare­cerá un sacrificio si se imaginan a esos hijos, si perciben sus sentimien­tos y meditan sobre el tipo de cartas que les harán falta.

Hay otro regalo que quizás algu­nos queramos hacer y para el que es necesario empezar a prepararse temprano. Siendo obispo, lo vi una vez en sus comienzos. Un joven estudiante, sentado frente a mí, me habló de los errores que había cometido; me dijo cuánto deseaba que los hijos que tal vez trajera al mundo algún día tuvieran un padre que pudiera ejercer el sacerdocio y a quien estuvieran sellados para la eternidad, Agregó que sabía bien que el precio y el dolor del arrepen­timiento podían ser grandes; y des­pués dijo algo que nunca olvidaré:

“Obispo, quiero regresar. Haré cual­quier cosa que se me exija, pero quiero regresar”. Sentía pesar, tenía fe en Cristo, pero aun así, lograr su meta le llevó meses de doloroso esfuerzo.

Y sin embargo, en esta Navidad, en alguna parte, hay una familia cuyo padre fue una vez aquel joven estudiante, mas ahora posee el sacerdocio; una familia con esperan­zas eternas, que goza de paz en la tierra. Posiblemente él les dé a todos muchas clases de regalos envueltos en papel de colores brillantes, pero ninguno tendrá la importancia de aquel que empezó a preparar ese día en mi oficina. Ya entonces percibía las necesidades de los hijos con los que apenas soñaba, y estuvo dis­puesto a empezar a preparar su regalo temprano y generosamente; sacrificó su orgullo, su inercia, su falta de consideración. Estoy seguro de que ahora lo que hizo no le pare­cerá un sacrificio.

No obstante, tengamos en cuenta que él pudo hacer ese regalo por causa de otros regalos que se nos hicieron hace mucho tiempo: Dios el Padre nos dio a Su Hijo, y Jesucristo nos dio la Expiación, rega­los de profundidad y valor indescrip­tibles para nosotros.

Jesús nos hizo a todos Su regalo con abnegación y buena voluntad. Estas son Sus palabras:

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar…

“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo…” (Juan 10:17-18).

Testifico que el aceptar ese regalo que Él nos dio con un sacrificio infi­nito produce gozo al Dador. Jesús mismo enseñó:

“Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepen­timiento” (Lucas 15:7).

Si eso les emociona como a mí, tal vez quieran hacerle un regalo al Salvador. Pero Él lo tiene todo ¿ver­dad? En realidad, no. No nos tiene a todos de regreso junto a Él para la eternidad, al menos no por ahora. Espero que lo que Él siente nos con­mueva, hasta el punto de que poda­mos percibir cuán grandes son Sus deseos de que cada uno de nosotros regrese a Su presencia. Ése es un regalo que no podemos hacerle en un día ni en una Navidad; en cam­bio, nos es posible demostrarle a partir de hoy que estamos en el camino de regreso.

Si ya lo hemos hecho, todavía nos queda algo para regalarle: A nuestro alrededor, hay seres a los que Él ama y a quienes desea ayu­dar… valiéndose de nosotros.

Una de las señales más seguras de que las personas han aceptado el regalo de la expiación del Salvador es la disposición a dar. Parece que el proceso de purificar nuestra vida nos hace más sensibles, más generosos, más complacidos de poder compartir algo que tiene para nosotros una importancia tan fundamental. Supongo que ésa debe de haber sido la razón por la cual el Salvador uti­lizó el ejemplo del arte de regalar para describir a aquellos que al fin regresarán al hogar donde Él está:

“Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para voso­tros desde la fundación del mundo.

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

“estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cár­cel, y vinisteis a mí…

“…De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:34-36, 40).

Y me imagino que ése es el mejor efecto de recibir grandes regalos: despierta en nosotros el deseo de hacer regalos, buenos regalos. Toda mi vida he sido bendecido por rega­los así, y lo reconozco.

Varios de esos regalos se dieron mucho tiempo atrás. Nos acercamos al aniversario del nacimiento del profeta José Smith, el 23 de diciem­bre. Él dio su gran talento y su vida para que el Evangelio de Jesucristo fuera restaurado. Mis propios ante­pasados abandonaron su tierra natal y sus costumbres para abrazar ese evangelio restaurado, quizás más por mí que por ellos mismos.

Por lo tanto, ¿qué debemos hacer para apreciar un regalo recibido y hacer la Navidad más feliz para alguien? “…De gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8).

Ruego que demos generosa y sin­ceramente. Ruego que podamos conmovernos con los sentimientos de los demás, que demos sin sentir­nos obligados a hacerlo ni esperar recompensa, y que sepamos que el sacrificio se nos hará dulce si ateso­ramos el gozo que lleve al corazón de otra persona. □

Liahona Diciembre 1996

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Citas para Compartir

Ese pequeñito, nacido en un establo y mecido en un pesebre, fue la dádiva de nuestro amoroso Padre Celestial. Él fue el prometido Redentor del mundo, el Salvador de la humanidad, el Hijo del Dios viviente. Él estaba con Su Padre antes de venir a la tierra en la vida terrenal y fue el Creador del mundo en el que nos hallamos.

El gran apóstol Juan nos da una idea de la grandeza de este niño que provino de las cortes de lo alto: “Sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” 2 . Aún así, vino a la tierra en circunstancias humildes.

Discurso completo: La dádiva de un Salvador

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La gratitud: un principio salvador

La gratitud: un principio salvador

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

“Entonces uno de ellos [un leproso], viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, “y se postró… a sus pies, dándole gra­cias…” (Lucas 17:15-16).

Quisiera hablar sobre la gratitud como una expresión de fe y como un principio salvador. El Señor ha dicho: “Y en nada ofende el hombre a Dios, ni contra ninguno está encendida su ira, sino contra aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas y no obedecen sus mandamientos” (D. y C. 59:21). Para mí es obvio que este pasaje de las Escrituras nos dice que el dar “…las gracias al Señor tu Dios en todas las cosas” (D. y C. 59:7) es más que una cortesía; es un mandamiento.

Una de las ventajas de haber vivido mucho tiempo es que podemos recor­dar a menudo las épocas en que hemos pasado por situaciones peores que las de ahora. Estoy agradecido por haber vivido lo suficiente para conocer algu­nas de las bendiciones que provienen de la adversidad. Recuerdo la época de la Gran Depresión en los Estados Unidos, cuando teníamos ciertos valores grabados en nuestra alma. Uno de esos valores era la gratitud por lo que teníamos, ya que nuestras’ posesiones eran muy pocas. Para poder sobrevivir tuvimos que aprender a llevar una vida próvida. Esa situación, en lugar de crear en nosotros un sentimiento de envidia o enojo por lo que no teníamos, hizo que muchos desarrollaran un espíritu de agradecimiento por las escasas y sencillas cosas con las que habíamos sido bendecidos, como el pan casero recién horneado y los cereales, y muchas otras cosas.

Otro ejemplo: recuerdo a mi querida abuela, Mary Caroline Roper Finlinson, haciendo jabón casero en la granja; su receta incluía grasa animal, una pequeña parte de lejía como detergente y cenizas de leña como abrasivo. El jabón tenía un aroma extraño y era casi tan duro como un ladrillo. No había dinero para comprar un jabón suave y perfumado. En la granja había mucha ropa llena de tierra y transpirada que lavar y muchos cuerpos que necesitaban desesperadamente el baño del sábado por la noche. Si había necesidad de bañarse con el jabón hecho en casa, las personas salían impecables pero olían peor que antes del baño. Como ahora uso el jabón más que cuando era niño, be desarrollado un sentido diario de agradecimiento por su aroma delicado.

Es muy lamentable el que, en nuestra época, no sepa­mos agradecer las muchas cosas que disfrutamos. Esto lo dijo el Señor: “Porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe?” (D. y C. 88:33). El apóstol Pablo describió nuestros días al indicar a Timoteo que en los últimos días “…habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos” (2 Timoteo 3:2). Esos pecados son compañeros insepara­bles y la ingratitud es lo que nos hace susceptibles a ellos.

La historia del samaritano agradecido tiene un gran significado. Cuando el Salvador pasaba entre Samaría y Galilea, “…al entrar en una aldea, le salieron al encuen­tro diez hombres leprosos… los cuales alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” Y Jesús les dijo que fueran a mostrarse a los sacerdotes.

“…Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.
“Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,
“y se postró… a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano.
“Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fue­ron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?
“¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?
“Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado” (Lucas 17:12-19).

En esa época la lepra era una enfermedad tan repulsiva que a los afectados no se les permitía por ley acercarse a Jesús. Se esperaba que los que sufrían esa horrible enfermedad agonizaran juntos compartiendo su desgracia (véase Levítíco 13:45-46). El afligido clamor: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” tuvo que haber llegado al corazón del Salvador. Una vez que fueron sana­dos y recibieron la aprobación de los sacerdotes de que ya eran limpios y aceptables ante la sociedad, debieron de haberse regocijado y sorprendido, y el hecho de haber recibido tan grande milagro tuvo que haberlos dejado muy satisfechos; sin embargo, olvidaron a su benefactor. Es difícil entender por qué fueron tan desagradecidos. Tal ingratitud es egoísta; es una forma de orgullo. ¿Cuál es el significado de que el único que regresó para agradecer era samaritano? Al igual que la historia del buen samaritano, la experiencia parece demostrar que aquellos que están en un estado económico o social inferior a menudo se elevan mostrándose muy nobles y capaces de asumir grandes responsabilidades.

Además de la gratitud personal como un principio de salvación, quisiera expresar lo que siento con respecto a la gratitud que debemos tener por las muchas bendicio­nes que disfrutamos.

Aquellos de entre vosotros que se han unido a la Iglesia en esta generación se han hermanado con un pueblo entre quienes hay muchos que tienen una gran herencia de sufrimiento y sacrificio. Ese sacrificio se transforma también en herencia suya, porque es la herencia de un pueblo con faltas e imperfecciones, pero con un propósito grande y noble. Ese propósito es ayu­dar a todo el género humano a entender en forma dulce y pacífica quiénes son, a sentir amor por sus semejantes y a tomar la determinación de guardar los mandamien­tos de Dios. Este es el llamado sagrado del evangelio; es la esencia de la adoración.

No hay duda de que necesitamos estar informados en cuanto a lo que sucede en el mundo; pero los medios modernos de comunicación traen a nuestros hogares una avalancha de violencia y desdicha humana, y llega el momento en que necesitamos encontrar una renova­ción espiritual pacífica.

Reconozco con gran agradecimiento la paz y la satis­facción que podemos encontrar en el nido espiritual de nuestro hogar, en nuestras reuniones sacramentales y en nuestros templos sagrados. En estos lugares serenos, nuestra alma descansa y sentimos lo que se siente al vol­ver a casa después de una larga ausencia.

Tiempo atrás estuve en el reino de Tonga. El presi­dente de la Estaca Nuku’alofa Tonga Sur, Penisimani Mu ti, preparó en el centro de estaca una noche de hogar con música y mensajes de inspiración. La reunión era en honor de su Majestad el rey Taufa’ahau Tupou Cuarto, monarca de Tonga. El rey, su hija y sus nietas amable­mente aceptaron la invitación, al igual que muchos nobles y representantes diplomáticos que se encontra­ban en Tonga. Nuestros miembros presentaron un pro­grama hermoso con cantos y versos. Una de las nietas del rey cantó una canción titulada “Cuánto amo a mi abuelo”. Al finalizar se invitó al élder Sonnenberg y a mí a decir unas breves palabras a la congregación, lo cual hicimos gozosamente.

Al terminar el programa, y haciendo caso omiso del protocolo, el rey vino a saludarnos a nosotros y a nues­tras respectivas esposas en señal de agradecimiento por la actuación de sus súbditos miembros de la Iglesia. El protocolo social se observa en muchos lugares, pero las expresiones de bondad son adecuadas universalmente.

Parece que en nuestro interior se libra una lucha entre los distintos rasgos de carácter, lo cual no permite que en nuestra alma haya un lugar vacío: si en ésta no hay agradecimiento o éste desaparece, a menudo se reemplaza con la rebelión. No hablo de rebelión en contra de la opresión civil; me refiero a la rebelión en contra de la limpieza moral, de la belleza, de la decencia, de la honradez, de la reverencia y del respeto por la autoridad paterna. Un corazón agradecido es el comienzo de la grandeza. Es una expresión de humildad. Es el fundamento para que se desarrollen virtudes como la oración, la fe, la valentía, el contentamiento, la felici­dad, el amor y el bienestar.

Pero hay una verdad indiscutible asociada con todo tipo de fortaleza humana: “Usalo o piérdelo”. Cuando no se utilizan, los músculos se debilitan, las habilidades se deterioran y la fe desaparece. El presidente Thomas S. Monson, en aquel entonces miembro del Quorum de los Doce Apóstoles, declaró: “Piensa en agradecer. En estas tres palabras está la fórmula del matrimonio feliz, de la amistad duradera y de la felicidad personal” (Pathways to Perfection [1973], pág. 254). El Señor dijo: “Y el que reciba todas las cosas con gratitud será glorificado; y le serán añadidas las cosas de esta tierra, hasta cien tantos, sí, y más” (D. y C. 78:19).

Estoy agradecido por la gente de esta tierra que ama y aprecia a los niños pequeños. Hace algunos años, ya entrada la noche, me encontraba en un avión lleno de pasajeros, volando desde la Ciudad de México basta Culiacán. Los asientos del avión eran algo estrechos y todos estaban ocupados, la mayoría con la agradable gente de México. En todas partes había paquetes y male­tas de todo tamaño. Una mujer joven apareció en el pasillo con cuatro pequeños, el mayor de unos cuatro años y el menor un recién nacido. Además tenía una bolsa con pañales, un coche plegadizo para bebé y algu­nos paquetes. Los niños estaban cansados, llorando e inquietos. Al encontrar su asiento en el avión, los demás pasajeros a su alrededor, tanto hombres como mujeres, se levantaron de inmediato para ayudarle y pronto los niños sintieron el amor y la tierna atención de los pasa­jeros. Pasaron de brazo en brazo por todo el avión y el resultado fue un avión lleno de niñeras y niñeros. Los niños se calmaron en los brazos de los que los cuidaban y poco después se quedaron dormidos. Lo más admirable fue ver a algunos de los hombres, que obviamente eran padres o abuelos, mecer y acariciar con ternura al recién nacido. La madre estuvo liberada del cuidado de los niños durante la mayor parte del vuelo. ¡Lo único que no me gustó fue que nadie me pasó al niñito a mí! Volvía aprender que el aprecio y la bondad hacia los niños es una expresión del amor que el Salvador tiene por ellos.

¿Cómo podemos pagar nuestra deuda de gratitud por la herencia de fe demostrada por los pioneros de muchos países a través del mundo, que se sacrificaron y lucharon por que el evangelio echara raíces? ¿Cómo expresar el agradecimiento a los intrépidos pioneros de los carros de mano que arrastraron en esos carros a través de las pra­deras y de la nieve en las altas montañas sus escasas posesiones a fin de escapar de la persecución y encontrar la paz para adorar tranquilos en estos valles? ¿Cómo pueden pagar los descendientes de los que atravesaron las llanuras en las compañías de carros de mano la fe de sus antepasados?

Una de esas almas intrépidas fue Emma Batchelor, una joven inglesa que viajaba sin su familia. Salió con la compañía de carros de mano de Willie, pero al llegar al Fuerte Laramie (en el estado de Wyoming), se les ordenó alivianar las cargas. A Emma se le pidió que dejara su cofre de cobre en el que guardaba todas sus pertenencias. Emma rehusó hacerlo y se sentó sobre su cofre a la orilla del camino; sabía que la compañía de Martin pasaría dentro de unos días. Cuando la compañía de Martin la encontró, se unió a la familia de Paul Gourley.

Muchos años más tarde un hijo de esa familia escri­bió: “Aquí se unió a nuestra familia la hermana Emma Batchelor; cosa que nos alegró porque ella era joven y fuerte, y significaba más harina para nuestro grupo”. Fue entonces cuando la hermana Gourley dio a luz un hijo y Emma actuó como partera y cargó a la madre y al hijo en el carro de mano, que luego ayudó a tirar durante dos días, mientras se reponía la madre.

Aquellos que murieron mientras viajaban con la com­pañía de Martin fueron relevados misericordiosamente de los sufrimientos que experimentaron otros viajeros que resultaron con pies, orejas, narices o dedos congelados, los que más tarde les tuvieron que amputar. Sin embargo, Emma, que entonces tenía veintiún años de edad, fue una de las afortunadas y superó todas las pruebas.

Un año más tarde conoció a Brigham Young, quien se sorprendió al verla que no tenía ninguna mutilación, y ella le dijo: “Hermano Young, yo no tenía a nadie que me cuidara ni que se preocupara de mí, así es que decidí cuidarme a mí misma. Yo fui la que reclamó cuando el hermano Savage nos advirtió no viajar en esas circunstancias, y me equivoqué en eso, pero traté de compensar mi equivocación. Cada día tiré del carro cuando me tocaba mi turno; cuando llegábamos a un arroyo me sacaba los zapatos, los calcetines y la falda y los ponía sobre el carro, y cuando llegaba al otro lado con el carro, regresaba a buscar a Pablito para cargarlo sobre mi espalda. Luego me sentaba, me frotaba muy fuerte los pies con una bufanda de lana y me ponía los zapatos y los calcetines secos”.

Los descendientes de esos pioneros pueden saldar parcialmente esa deuda siendo fieles a la causa por la cual sus antepasados sufrieron tanto.

Como en todos los mandamientos, la gratitud es la descripción de un modo de vivir que da resultados. El corazón agradecido abre los ojos a una multitud de ben­diciones que nos rodean. El presidente J, Reuben Clark, anteriormente el Primer Consejero de la Primera Presidencia, dijo: “Aferraos a las bendiciones que Dios os ha dado; vuestra tarea no es ganarlas, ya están aquí; vuestra tarea es apreciarlas” (Church News, 14 de junio de 1969, pág. 2), En esta época navideña, espero que podamos cultivar corazones agradecidos para apreciar la multitud de bendiciones que Dios con tanta bondad nos ha concedido. Ruego que sepamos expresar abierta­mente tal gratitud a nuestro Padre Celestial y a nuestros semejantes. □

Liahona Diciembre 1996

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Asombro me da el amor que me da Jesús

Asombro me da el amor que me da Jesús

Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

De un discurso dado a los obreros del Templo de Salt Lake el 24 de noviembre de 1985.

Al pensar en la vida de Cristo, realmente nos asombramos en todos los sentidos. Él fue la única persona perfecta y la más pura que jamás haya vivido en esta tierra.

Uno de nuestros himnos favoritos comienza con las palabras “Asombro me da”1. Al pensar en la vida de Cristo, realmente nos asombramos en todos los sentidos. Nos asombra el papel que desempeñó en la vida preterrenal como el gran Jehová, agente de Su Padre, Creador de la tierra, guardián de toda la familia humana. Nos asombra Su venida a la tierra y las circunstancias que acompañaron Su advenimiento.

Nos asombra saber que cuando tenía sólo doce años, ya estaba en los negocios de Su Padre. Nos asombran el comienzo formal de Su ministerio, Su bautismo y Sus dones espirituales.

Nos asombra que Jesús echaba fuera y vencía las fuerzas del mal dondequiera que iba, incluso que hacía que el cojo caminara, que el ciego viera, que el sordo oyera y que el enfermo sanara. Al meditar en el ministerio del Salvador, me pregunto: “¿Cómo lo hizo?”.

Él perdona

Lo que más me asombra es el momento en que Jesús, después de haber sufrido intensa agonía al llevar encima Su gran carga hacia la cima del lugar llamado de la Calavera, dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Si hay un momento que verdaderamente me causa asombro, es éste. Cuando pienso en Él, soportando el peso de todos nuestros pecados y perdonando a aquellos que lo clavaron en la cruz, mi pregunta no es: “¿Cómo lo hizo?”, sino “¿Por quélo hizo?”. Cuando llevo a cabo un examen crítico de mi vida y la comparo con la de Él, una vida llena de misericordia, me doy cuenta de que no hago todo lo que debería para seguir al Maestro.

Para mí, esto constituye un asombro superior a cualquier otro. Me asombra muchísimo Su habilidad de sanar a los enfermos y de levantar a los muertos, pero yo también, en cierta medida, he tenido alguna que otra experiencia en sanar. A pesar de que ninguno de nosotros es tan digno como Él, todos hemos sido testigos, una y otra vez, de los milagros del Señor en nuestra propia vida, en nuestro propio hogar y con nuestra propia porción del sacerdocio. Pero ¿Misericordia? ¿Perdón? ¿Expiación? ¿Reconciliación? Las más de las veces, eso es otra cosa.

¿Cómo pudo perdonar a los que lo atormentaban en ese momento? Aun padeciendo todo ese dolor, con la sangre que le brotaba por cada poro, seguía pensando en otras personas. Ésta es todavía otra evidencia asombrosa de que en verdad es perfecto y que espera que nosotros también lo seamos. En el Sermón del Monte, antes de declarar que la perfección es nuestra meta, mencionó un último requisito; dijo que todos debemos amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer bien a los que nos aborrecen, y orar por los que nos ultrajan y nos persiguen” (véase Mateo 5:44).

Ésa es una de las cosas más difíciles de hacer.

Jesucristo fue la única persona perfecta y la más pura que jamás haya vivido en esta tierra. Él es la única persona de todo el mundo, desde Adán hasta este momento, que merecía adoración, respeto, admiración y amor; sin embargo, lo persiguieron, lo abandonaron y lo mataron. Pese a todo eso, no condenó a los que lo persiguieron.

Él es el sacrificio perfecto

Cuando nuestros primeros padres, Adán y Eva, fueron expulsados del Jardín de Edén, el Señor les mandó que “adorasen al Señor su Dios y ofreciesen de las primicias de sus rebaños como ofrenda al Señor” (Moisés 5:5). El ángel le dijo a Adán: “Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad” (Moisés 5:7).

El sacrificio servía como recordatorio constante de la humillación y del sufrimiento que el Hijo soportaría para rescatarnos. Era un recordatorio constante de la mansedumbre, la misericordia y la bondad, sí, el perdón que habría de marcar la vida de todas las personas cristianas. Por todas estas razones y otras más, se ofrecían las primeras crías de esos corderos, limpias y sin mancha, perfectas en todo aspecto, sobre aquellos altares de piedra, año tras año y generación tras generación; y ellos nos mostraban la relación que guardaban con el gran Cordero de Dios, Su Hijo Unigénito, Su Primogénito, perfecto y sin mancha.

En nuestra dispensación, participamos de la Santa Cena: una ofrenda simbólica que refleja nuestro corazón quebrantado y nuestro espíritu contrito (véase D. y C. 59:8). Al participar, prometemos “recordarle siempre, y… guardar sus mandamientos…, para que siempre [podamos] tener su Espíritu [con nosotros]” (D. y C. 20:77).

Los símbolos del sacrificio del Señor, ya sea en los días de Adán o en los nuestros, tienen el objetivo de ayudarnos a recordar que debemos vivir de manera pacífica, obediente y misericordiosa. Estas ordenanzas sirven para ayudarnos a recordar que debemos ser ejemplos del evangelio de Jesucristo al mostrar longanimidad y bondad a nuestro prójimo, tal como Él nos lo demostró en la cruz.

Sin embargo, a través de los siglos, muy pocos de nosotros hemos usado estas ordenanzas de la manera apropiada. Caín fue el primero en ofrecer una ofrenda inaceptable. Tal como el profeta José Smith observó: “Abel ofreció a Dios un sacrificio aceptable de las primicias del rebaño. Caín ofreció del fruto de la tierra, y no fue aceptado porque… no podía ejercer una fe que se opusiera al plan celestial. Para expiar por el hombre, era necesario el derramamiento de la sangre del Unigénito, porque así lo disponía el plan de redención; y sin el derramamiento de sangre no había remisión; y en vista de que se instituyó el sacrificio como símbolo mediante el cual el hombre habría de discernir el gran Sacrificio que Dios había preparado, no se podría ejercer la fe en un sacrificio contrario, porque la redención no se pagó de esa manera, ni se instituyó el poder de la Expiación según ese orden… Ciertamente, verter la sangre de un animal no beneficiaría a nadie, a menos que se hiciese como imitación o símbolo o explicación de lo que se iba a ofrecer por medio del don de Dios mismo”2.

Asimismo, muchas personas en nuestros días, al estilo de Caín, regresan a su hogar después de participar de la Santa Cena y discuten con algún integrante de la familia, mienten, engañan o se enojan con un vecino.

Samuel, un profeta de Israel, habló acerca de lo inútil que es ofrecer un sacrificio sin hacer honor al significado de ese sacrificio. Cuando Saúl, rey de Israel, desafió las instrucciones del Señor al llevar consigo, de los de Amalec, “lo mejor de las ovejas y de las vacas, para sacrificarlas a Jehová [su] Dios”, Samuel exclamó: “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:15, 22).

Saúl ofreció un sacrificio sin comprender el significado de él. Los Santos de los Últimos Días que asisten fielmente a la reunión sacramental, pero que no por ello tienen más misericordia, paciencia o disposición a perdonar, se parecen en mucho a Saúl; participan de las ordenanzas sin llegar a comprender el propósito por el cual se establecieron, el cual es ayudarnos a ser obedientes y mansos al buscar el perdón de nuestros pecados.

La manera de recordar Su sacrificio

Hace muchos años, el élder Melvin J. Ballard (1873–1939) enseñó que Dios “es un Dios celoso; celoso, no sea que [alguna vez] hagamos caso omiso y olvidemos y consideremos sin importancia el mayor don que nos dio”3: la vida de Su Hijo Primogénito.

Entonces, ¿cómo nos aseguramos de que nunca haremos caso omiso del más grandioso de todos Sus dones, ni lo pasaremos por alto ni lo olvidaremos?

Lo hacemos al demostrar nuestro deseo de recibir la remisión de nuestros pecados y nuestra eterna gratitud por la súplica más valiente de todas: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lo hacemos al unirnos a la obra de perdonar pecados.

“‘Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo’ (Gálatas 6:2) [nos manda Pablo]… La ley de Cristo, con la cual es nuestro deber cumplir, es llevar la cruz. La carga de mi hermano, que yo debo sobrellevar, no es sólo su situación [y circunstancia] externa… sino, literalmente, su pecado; y la única manera de sobrellevar ese pecado es perdonarlo… El perdón implica un sufrimiento semejante al de Cristo, el cual todo cristiano tiene el deber de sobrellevar”4.

Sin duda, la razón por la cual Cristo dijo: “Padre, perdónalos” fue porque, aun en esa terrible hora, Él sabía que ése era el mensaje que había venido a dejar a través de toda la eternidad. El plan de salvación se habría perdido por completo si Él hubiera olvidado que había venido a extender el perdón a la familia humana, no a pesar de la injusticia, la bestialidad, la crueldad y la desobediencia, sino precisamente por causa de ellas. Cualquiera puede ser afable y paciente y perdonar cuando está pasando por un día bueno; pero la persona cristiana debe ser afable y paciente, y perdonar todos los días.

¿Hay alguien que ustedes conozcan que necesite ser perdonado? ¿Hay alguien de su casa, de su familia, de su vecindario que haya hecho algo injusto, algo cruel o algo que una persona cristiana no debería hacer? Todos somos culpables de tales transgresiones; por eso, seguramente hay alguien que necesita su perdón.

Y les ruego que no pregunten si es justo que las víctimas tengan que llevar la carga del perdón en lugar del ofensor; no pregunten si la “justicia” no exige lo contrario. Cuando se trata de nuestros propios pecados, no pedimos justicia; lo que pedimos es misericordia, y eso es lo que debemos estar dispuestos a ofrecer.

¿Somos conscientes de la trágica ironía que implica el no darles a los demás lo que nosotros mismos tanto necesitamos? Al enfrentarnos con la crueldad y la injusticia, tal vez el acto más sublime, sagrado y puro sería decir, con mucha sinceridad, que, aún así “aman a sus enemigos, bendicen a los que los maldicen, hacen bien a los que los aborrecen, y oran por los que los ultrajan y los persiguen”. Ése es el exigente camino hacia la perfección.

El gozo del reencuentro

Recuerdo haber presenciado hace algunos años una situación especial en el Aeropuerto Internacional de Salt Lake. Ese día, bajé del avión y caminé hacia la terminal. Era evidente que un misionero regresaba a su casa, ya que el aeropuerto estaba lleno de personas que indiscutiblemente eran amigos y familiares de ese misionero.

Intenté reconocer a la familia inmediata. Había un padre que no se veía exactamente cómodo; llevaba un traje que lucía raro en él y que estaba un tanto pasado de moda. Parecía ser un hombre que trabajaba la tierra, ya que tenía la piel bronceada y manos grandes y agrietadas por el trabajo.

Había una madre bastante delgada que parecía haber trabajado arduamente durante su vida. Tenía un pañuelo en la mano, uno que creo que alguna vez fue de lino, pero que en ese momento parecía de papel. Estaba casi deshilachado por la expectativa que sólo la madre de un misionero que regresa a casa podría conocer.

Dos o tres hermanos menores correteaban, totalmente ajenos a la situación que se desarrollaba en ese momento.

Me preguntaba quién sería el primero en apartarse del grupo para darle la bienvenida al misionero; al echarle un vistazo al pañuelo de la madre, no me quedó duda de que probablemente sería ella.

Mientras permanecía allí sentado, vi aparecer al misionero que regresaba; supe que era él por los gritos de emoción de la multitud. Parecía el capitán Moroni: limpio y apuesto, erguido y alto. Sin duda alguna, él había llegado a apreciar el sacrificio que esa misión había significado para su padre y para su madre.

Cuando se acercó al grupo, efectivamente, alguien no soportó la espera. No fue la madre ni tampoco fue ninguno de los niños. Fue el padre. Ese hombre, grande, algo torpe, callado y bronceado, corrió y tomó a su hijo entre sus brazos.

El misionero debía de medir casi un metro noventa, más o menos, pero ese padre robusto lo agarró y lo levantó del suelo, y siguió abrazándolo por un largo, largo tiempo. Sólo lo abrazaba, sin pronunciar palabra. El joven puso sus brazos alrededor de su padre y permanecieron abrazados fuertemente. Parecía como si toda la eternidad se hubiese detenido, como si el mundo entero hubiese enmudecido para mostrar respeto por tan sagrado momento.

Fue entonces que pensé en Dios, el Padre Eterno, viendo a Su Hijo salir a servir, a sacrificarse aun cuando no tenía que hacerlo, costeándose Sus propios gastos, por así decirlo, costándole todo lo que había ahorrado durante toda Su vida para darlo a los demás. En ese momento tan maravilloso, no era difícil imaginar a ese Padre decirles con cierta emoción a quienes pudieran escuchar: “Este es mi Hijo Amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Y también era posible imaginar a ese hijo que regresaba triunfante decir: “Consumado es” (Juan 19:30). “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).

Cuán asombroso es

Aun con mi limitada imaginación, puedo ver esa reunión en los cielos; y ruego que ustedes y yo tengamos una similar. Ruego que haya reconciliación, perdón y misericordia, y que tengamos la estatura y el carácter cristianos que debemos cultivar si queremos gozar plenamente de ese momento.

Me asombra que, aun para un hombre como yo, exista esa posibilidad. Si es que he entendido las “buenas nuevas” correctamente, para ustedes y para mí de verdad existe tal posibilidad, de la misma manera que existe para todos los que estén dispuestos a seguir con esperanza y a seguir esforzándose y a brindar a otras personas el mismo privilegio.

Me cuesta entender que quisiera Jesús bajar
del trono divino para mi alma rescatar…
Comprendo que Él en la cruz se dejó clavar.
Pagó mi rescate; no lo podré olvidar.
Por siempre jamás al Señor agradeceré;
mi vida y cuanto yo tengo a Él daré….
Cuán asombroso es lo que dio por mí5.

Se ofrecían esas primeras crías de corderos, limpias y sin mancha, perfectas en todo aspecto, sobre aquellos altares de piedra, año tras año y generación tras generación; y ellos nos mostraban la relación que guardaban con el gran Cordero de Dios, Su Hijo Unigénito, Su Primogénito, perfecto y sin mancha.

¿Cómo nos aseguramos de que nunca haremos caso omiso del más grandioso de todos Sus dones, ni lo pasaremos por alto ni lo olvidaremos: la vida de Su Hijo Primogénito? Lo hacemos al demostrar nuestro deseo de recibir la remisión de nuestros pecados y nuestra eterna gratitud por la súplica más valiente de todas: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lo hacemos al unirnos a la obra de perdonar pecados.

Notas

  1. “Asombro me da”, Himnos, N° 118.
  2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith (curso de estudio para el Sacerdocio de Melquisedec y la Sociedad de Socorro, 2007) pág. 50.
  3. Melvin J. Ballard: Crusader for Righteousness, 1966, págs. 136–137.
  4. Dietrich Bonhoeffer, The Cost of Discipleship, segunda edición, 1959, pág. 100.
  5. Himnos, N° 118.
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Consagra tu acción

Consagra tu acción

Por el élder Neal A. Maxwell (1926–2004)
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell prestó servicio durante dos años como Ayudante de los Doce y durante cinco en la Presidencia de los Setenta hasta el 3 de octubre de 1981, cuando se le sostuvo como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. El élder Maxwell murió el 21 de julio de 2004, en Salt Lake City, después de librar una lucha de ocho años con la leucemia. Pronunció este memorable discurso sobre la consagración en la conferencia general de abril de 2002.

Al meditar sobre la consagración y procurarla, es natural que, por dentro, temblemos de miedo ante lo que se nos pueda exigir. No obstante, el Señor ha dicho, consolándonos: “…mi gracia os es suficiente”.

Estos comentarios se dirigen a los que son imperfectos pero que aún están esforzándose por mejorar en la familia de la fe. Como siempre, los dirijo a mí mismo antes que a nadie.

Tenemos la tendencia a interpretar la consagración sólo como una renuncia a nuestros bienes materiales cuando nos lo sea indicado por mandato divino, pero la consagración total es la renuncia de sí mismo para entregarse a Dios. El corazón, el alma la mente fueron las palabras inclusivas de Cristo cuando describió el primer mandamiento, que está constantemente en vigencia y no de vez en cuando (véase Mateo 22:37). Si guardamos este mandamiento, nuestras acciones serán a su vez consagradas para el bienestar perdurable de nuestra alma (véase 2 Nefi 32:9).

Esa entrega total abarca la sumisa unión convergente de sentimientos, pensamientos, palabras y acciones, que es precisamente lo opuesto al distanciamiento: “Porque, ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13).

Muchas personas hacen caso omiso de la consagración porque les parece o muy abstracta o muy abrumadora. No obstante, los que somos conscientes sentimos un descontento inspirado por Dios ante la mezcla de progreso y dejadez que nos afecta. Por eso, ofrezco un afectuoso consejo para continuar en ese progreso, aliento para seguir adelante en la jornada y consuelo para hacer frente a nuestras propias dificultades en las variaciones que le son inherentes.

Seamos totalmente sumisos

La sumisión espiritual no se logra en un instante sino al ir mejorando poco a poco y con pasos sucesivos, peldaño a peldaño. De todos modos, esos peldaños se deben subir uno a uno. Finalmente, nuestra voluntad queda “absorbida en la voluntad del Padre” a medida que estemos “dispuesto[s] a someter[nos]… tal como un niño se somete a su padre” (Mosíah 15:73:19). De otra forma, aun cuando sigamos intentándolo, la conmoción del mundo nos mantendrá, hasta cierto punto, desviados de nuestra meta.

Es importante notar los hechos que ilustran lo que sucede cuando se trata de la consagración económica. Cuando Ananías y Safira vendieron sus posesiones, “sustrajeron del precio” (véase Hechos 5:1–11). Del mismo modo, muchos de nosotros nos aferramos tenazmente a determinada “parte”, tratando como una posesión algo que nos obsesione. Así es como, sea lo que sea que ya se haya dado, la última porción es la más difícil de ceder. Es cierto que una entrega parcial es todavía digna de encomio, pero se parece en gran parte a la conocida excusa: “Ya contribuí a esa causa” (véase Santiago 1:7–8).

Por ejemplo, quizás poseamos ciertas habilidades que erróneamente pensemos que nos pertenecen. Si continuamos aferrándonos a ellas más de lo que nos allegamos a Dios, estaremos retrocediendo ante el primer mandamiento consagrante. Puesto que Él nos da “aliento… momento tras momento”, ¡no es recomendable que quedemos sin aliento por dedicarnos demasiado a dichas distracciones! (Mosíah 2:21).

Cuando servimos a Dios generosamente con tiempo y dinero pero aún nos reservamos partes de nuestro yo íntimo, eso nos presenta una piedra de tropiezo, ¡pues significa que no somos completamente Suyos!

Hay personas que tienen dificultad cuando están a punto de completar alguna tarea en particular. Pero tenemos un modelo en Juan el Bautista cuando dijo con respecto al rebaño de Jesús que se acrecentaba: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). El considerar erróneamente que nuestras presentes asignaciones son el único indicador de cuánto nos ama Dios servirá sólo para aumentar nuestra renuencia a dejarlas. Hermanos y hermanas, Dios ya ha establecido que el valor que tiene cada uno de nosotros es “grande”, y no fluctúa como el mercado de valores.

Hay otros peldaños que no se utilizan porque, como el joven rico y justo, todavía no estamos dispuestos a reconocer lo que aún nos falta (véase Marcos 10:21). Queda expuesto así un residuo de nuestro egoísmo.

La vacilación para consagrarnos se presenta de diversas formas. Por ejemplo, en el reino terrestre estarán los “honorables”, quienes obviamente no hablan falso testimonio. Sin embargo, no fueron “valientes en el testimonio de Jesús” (D. y C. 76:75, 79). La mejor manera de testificar de Jesús valerosamente es parecernos cada vez más a Él, y ésa es la consagración que talla en nuestro carácter la facultad de emularlo (véase 3 Nefi 27:27).

No pongamos a otros dioses delante de Dios

Cuando enfrentamos las dificultades a que me he referido, la sumisión espiritual es una cualidad afortunada y útilmente sagaz, ayudándonos a veces a renunciar a algunas cosas, inclusive a la vida terrenal, y otras a asirnos e incluso a subir el siguiente peldaño (véase 1 Nefi 8:30).

No obstante, si carecemos de la debida perspectiva, los próximos metros, aunque sean pocos, pueden resultarnos terriblemente difíciles. Lamán y Lemuel, con su visión limitada, aun cuando sabían cómo bendijo Dios al antiguo Israel para escapar del poderoso Faraón y de sus huestes, carecían de la fe en que Dios les ayudaría a vencer a Labán, un insignificante líder local.

Es posible también que nos desviemos si estamos demasiado anhelosos por complacer a nuestros superiores en el nivel profesional o a los compañeros de esparcimiento. El complacer a “otros dioses” en lugar de al Dios verdadero es también una violación del primer mandamiento (Éxodo 20:3).

A veces defendemos incluso nuestras idiosincrasias como si esos rasgos constituyeran nuestra personalidad. En cierto modo, el discipulado es un “deporte de contacto”, como lo testificó el profeta José Smith:

“Soy como una enorme piedra áspera… y la única manera de pulirme es cuando una de las puntas de la piedra se alisa al entrar en contacto con otra cosa pegándose fuertemente contra ella… Así llegaré a ser un dardo liso y pulido en el carcaj del Todopoderoso”1.

Puesto que muchas veces las rodillas se doblan mucho antes que la mente, el hecho de retener esta “parte” priva a la obra de Dios de algunos de los mejores intelectos de la humanidad. Sería mucho mejor que fuéramos mansos como Moisés, que aprendió cosas “que… nunca… había imaginado” (Moisés 1:10). Sin embargo, hermanos y hermanas, lamentablemente existe mucha vacilación en la sutil interacción entre el albedrío y la identidad. La entrega de la mente es, en realidad, una victoria, porque nos introduce en los caminos ensanchadores y “más altos” de Dios (Isaías 55:9).

Irónicamente, aun cuando se ponga en cosas buenas, la atención desmesurada quizás haga que nuestra devoción a Dios disminuya. Por ejemplo, es posible envolverse demasiado en deportes y en un fanatismo por el aspecto del cuerpo, algo que observamos a diario; se puede venerar la naturaleza y aun así descuidar al Dios de la naturaleza; es posible sentir una admiración especial por la buena música, así como por una profesión meritoria hasta el punto de excluir todo lo demás. En esas circunstancias, muchas veces se omite “lo más importante” (Mateo 23:23; véase también 1 Corintios 2:16). Sólo el Altísimo puede guiarnos totalmente hacia el bien más sublime que podamos llevar a cabo.

Según lo que Jesús hizo destacar con énfasis, de los dos grandes mandamientos depende todo lo demás, y no viceversa (véase Mateo 22:40). No se suspende el primer mandamiento solamente porque vayamos entusiasmados en pos de un bien menor, porque no es un Dios menor al que adoramos.

Reconozcamos la mano de Dios

Por lo tanto, antes de disfrutar del producto de nuestros justos esfuerzos, reconozcamos primeramente la mano de Dios; de lo contrario, surgen justificativos tales como: “Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deuteronomio 8:17); o nos “alabamos” nosotros mismos, como lo habría hecho el antiguo Israel (excepto el ejército de Gedeón, que deliberadamente era pequeño), jactándonos: “Mi mano me ha salvado” (Jueces 7:2). El halago de nuestra propia “mano” hace que sea doblemente difícil confesar la mano de Dios en todas las cosas (véase Alma 14:11D. y C. 59:21).

En un lugar llamado Meriba, Moisés, uno de los más grandes hombres que han existido, estaba asediado por la gente que clamaba por agua. En ese momento, Moisés “habló precipitadamente”, diciendo: “¿Os hemos de hacer salir aguas?” (Salmos 106:33Números 20:10; véase también Deuteronomio 4:21). El Señor le enseñó una lección sobre el problema de pronombres [por haber dicho “os hemos” en lugar de “Dios os hará”], y lo magnificó aún más. Bien haríamos en ser tan mansos como Moisés (véase Números 12:3).

Jesús nunca, nunca, ¡nunca! perdió de vista Su perspectiva. Aun cuando anduvo haciendo tanto bien, siempre tuvo en cuenta que le esperaba la Expiación, suplicando con percepción: “Padre, sálvame de esta hora. Mas para esto he llegado a esta hora” (Juan 12:27; véase también 5:30; 6:38).

Al desarrollar nosotros más amor, paciencia y mansedumbre, más tendremos para ofrecer a Dios y a la humanidad. Más aún, ninguna otra persona ha sido colocada como lo hemos sido nosotros, exactamente, en nuestra esfera humana de oportunidades.

Es cierto que los mencionados peldaños sucesivos nos llevan a un territorio nuevo que tal vez no tengamos ningún deseo de explorar. De ahí que los que ya hayan recorrido con éxito esos peldaños sean una fuerza motivadora para el resto de nosotros; generalmente, prestamos más atención a aquellos a quienes admiramos. El hambriento hijo pródigo añoraba las comidas de su hogar, pero también lo atraían allí otros recuerdos, por lo que dijo: “Me levantaré e iré a mi padre” (Lucas 15:18).

La consagración devuelve a Dios lo que es Suyo

En nuestra lucha por lograr una total sumisión, de todas maneras nuestra voluntad es lo único que realmente tenemos para entregar a Dios. Los dones de costumbre y sus derivados que le ofrecemos podrían muy bien llevar una etiqueta que dijera: “Devuélvase al remitente”, con Rmayúscula. Aun cuando Dios reciba a cambio ese único don, los que sean totalmente fieles recibirán “todo lo que [el] Padre tiene” (D. y C. 84:38). ¡Qué extraordinario tipo de cambio!

Entretanto, hay todavía ciertas realidades a tener en cuenta: Dios nos ha dado la vida, el albedrío, diferentes tipos de talento y oportunidades; nos ha dado nuestros bienes; nos ha dado la porción de vida terrenal que nos corresponde, junto con el aliento que nos hace falta (véase D. y C. 64:32). Si nos dejamos guiar por esa perspectiva, evitaremos cometer errores graves en cuanto a lo que es o no es importante; esos errores serían mucho más serios que el de escuchar un cuarteto doble ¡y confundirlo con el Coro del Tabernáculo!

No es de extrañar que el presidente [Gordon B.] Hinckley… haya hecho hincapié en que somos un pueblo de convenios, poniendo énfasis en los convenios de la Santa Cena, del diezmo y del templo, y mencionando el sacrificio como “la esencia misma de la Expiación”2.

El ejemplo de sumisión de Jesús

El Salvador logró una asombrosa sumisión cuando se enfrentó a la angustia y al terrible sufrimiento de la Expiación y deseó “no tener que beber la amarga copa y desmayar” (D. y C. 19:18). En nuestra escala imperfecta y mucho menor, nosotros enfrentamos pruebas y deseamos que de algún modo se nos libre de ellas.

Consideren lo siguiente: ¿Cuán importante habría sido el ministerio de Jesús si hubiese efectuado más milagros pero sin el milagro trascendental de Getsemaní y el Calvario? Sus otros milagros brindaron benditas extensiones de vida y disminuyeron el sufrimiento de algunas personas; pero ¿cómo podrían compararse ésos con el milagro más grandioso de todos: la Resurrección universal? (véase 1 Corintios 15:22). La multiplicación de los panes y los peces alimentó a una multitud hambrienta; a pesar de ello, los que comieron tuvieron otra vez hambre muy pronto, mientras que los que coman del Pan Vivo no volverán a sentirla nunca (véase Juan 6:51, 58).

Al meditar sobre la consagración y cómo procurarla, es natural que, por dentro, temblemos de miedo ante lo que se nos pueda exigir. No obstante, el Señor ha dicho, consolándonos: “…mi gracia os es suficiente” (D. y C. 17:8). ¿Le creemos realmente? También ha prometido que hará que lo débil se haga fuerte (véase Éter 12:27). ¿Estamos realmente dispuestos a someternos a ese proceso? Y, sin embargo, ¡si deseamos la plenitud, no podemos reservarnos una parte!

El dejar que nuestra voluntad sea cada vez más absorbida en la voluntad del Padre significa en realidad que nuestra individualidad sea ensalzada y expandida y más capaz de recibir “todo lo que [Dios] tiene” (D. y C. 84:38). Además, ¿cómo nos puede confiar “todo” lo que es Suyo a menos que nuestra voluntad sea como la Suya? Tampoco podrían los que se comprometan a medias apreciar completamente “todo” lo que Él tiene.

Francamente, si nos reservamos una parte, sea cual sea, lo que traicionamos es nuestro propio potencial. Por lo tanto, no tenemos por qué preguntar: “¿Soy yo, Señor?” (Mateo 26:22). Preguntemos en cambio sobre nuestras propias piedras de tropiezo: “Señor, ¿es esto lo que debo cambiar?”. Quizás hayamos sabido la respuesta desde hace mucho tiempo y necesitemos más resolución personal que contestación del Señor.

En el generoso plan de Dios, la mayor felicidad está reservada al final para los que estén dispuestos a extenderse y a pagar el precio de la jornada hacia Su reino majestuoso. Hermanos y hermanas, “emprendamos otra vez esta jornada”3.

En el nombre del Señor del brazo extendido (véase D. y C. 103:17136:22), sí, el Señor Jesucristo. Amén.

Notas

1. Citado en la obra de James R. Clark, comp., Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 6 tomos, (1965–1975), tomo 1, pág.185.
2. Teachings of Gordon B. Hinckley [“Enseñanzas de Gordon B. Hinckley”], 1997, pág. 147.
3. “Come, Let Us Anew”, Hymns, Nº 217 [no se ha traducido al español].

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Las profecías sobre la venida de Cristo

Las profecías sobre la venida de Cristo

Puedes prepararte ahora para la Navidad al recordar cómo se prepararon otras personas para Él en aquel entonces.

En la Biblia y en el Libro de Mormón muchos profetas predijeron el nacimiento y el ministerio de Jesucristo cientos de años antes de que ocurrieran. Durante los doce días que preceden a la Navidad, este calendario de Adviento servirá como referencia para los pasajes de las Escrituras que mencionan el nacimiento y la vida del Salvador, así como para actividades que puedas realizar a fin de ser más como Cristo. Lee las Escrituras a diario y, si lo deseas, intenta realizar la actividad correspondiente. Con el permiso de tus padres, en la noche de hogar podrías utilizar ideas de este calendario.

El presidente Thomas S. Monson ha dicho: “Dejemos por algunos momentos los catálogos de Navidad con sus exóticos regalos. Más aún, dejemos a un lado las flores para mamá, la corbata especial para papá, la hermosa muñeca, el tren con su silbato, la tan ansiada bicicleta, incluso los libros y los videos, y dirijamos nuestros pensamientos hacia las dádivas perdurables de Dios”1.

Cuando la época navideña llegue a su fin, retengan en la mente y en el corazón lo que hayan aprendido y celebren la Navidad todo el año al prestar servicio a los demás.

13 de diciembre

Isaías, un profeta del Antiguo Testamento, profetizó que una mujer pura daría a luz al Hijo de nuestro Padre Celestial. Esas predicciones de las Escrituras se escribieron más de setecientos años antes de Su nacimiento.

“He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14; véase también 2 Nefi 17:14).

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6; véase también 2 Nefi 19:6).

Guiándote por la oración, elige a un amigo o a un miembro de la familia o del barrio o de la rama y, en secreto, déjale un pequeño obsequio, como por ejemplo una golosina, un pensamiento de las Escrituras o una tarjeta de Navidad.


14 de diciembre

Nefi vio en una visión a la virgen María y al niño Jesús:

“Y me dijo: He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según la carne.

“Y aconteció que vi que fue llevada en el Espíritu; y después que hubo sido llevada en el Espíritu por cierto espacio de tiempo, me habló el ángel, diciendo: ¡Mira!

“Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos.

“Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!” (1 Nefi 11:18–21).

Para Navidad, haz una lista de las cosas que te gustaría daren lugar de las que quisieras recibir.


15 de diciembre

Los profetas testificaron de la misión de Cristo en la tierra. A continuación hay una explicación del profeta Abinadí, que vivió aproximadamente en el año 150 a. C.:

“Y así la carne, habiéndose sujetado al Espíritu, o el Hijo al Padre, siendo un Dios, sufre tentaciones, pero no cede a ellas, sino que permite que su pueblo se burle de él, y lo azote, y lo eche fuera, y lo repudie.

“Y tras de todo esto, después de obrar muchos grandes milagros entre los hijos de los hombres …

“… será llevado, crucificado y muerto, la carne quedando sujeta hasta la muerte, la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:5–7).

Prepara alguna golosina de Navidad y regálala a una familia de tu barrio o rama. La acción de dar aumentará la unión y la amistad de la gente del barrio.


16 de diciembre

Alma profetizó lo siguiente a la gente de Gedeón alrededor del año 83 a.de J.C.:

“…el Hijo de Dios viene sobre la faz de la tierra …

“Y he aquí, nacerá de María… y siendo ella virgen, un vaso precioso y escogido, a quien se hará sombra y concebirá por el poder del Espíritu Santo, dará a luz un hijo, sí, aun el Hijo de Dios.

“Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo.

“Y tomará sobre sí la muerte, para soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enfermedades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia” (Alma 7:9–12).

Da un regalo de servicio a alguien que lo necesite. Pide ayuda a tu familia para saber qué tipo de servicio podrías prestar.


17 de diciembre

Jesucristo ama a cada uno de los hijos de Dios y jamás olvidaría a ninguno. Ezequiel profetizó que el Señor iba a ser un pastor y que reuniría a Sus ovejas perdidas.

“Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré,

“Como reconoce su rebaño el pastor el día que está en medio de sus ovejas esparcidas, así reconoceré mis ovejas, y las libraré de todos los lugares …

“Y yo las sacaré de los pueblos, y… las traeré a su propia tierra, y las apacentaré en los montes de Israel” (Ezequiel 34:11–13).

Dedica tiempo para pasarlo con un hermano menor, un pariente o un amigo. Léele la historia de la Natividad en el capítulo 2 de Lucas.


18 de diciembre

Aunque Jesucristo es perfecto, era necesario que se bautizara para cumplir toda justicia. Lo que sigue a continuación es un relato de la profecía de Lehi, registrado por Nefi:

“Y mi padre dijo que [Juan el Bautista] bautizaría en Betábara, del otro lado del Jordán; y también dijo que bautizaría con agua; que aun bautizaría al Mesías con agua;

“y que después de haber bautizado al Mesías con agua, vería y daría testimonio de haber bautizado al Cordero de Dios, que quitaría los pecados del mundo” (1 Nefi 10:9–10).

Para obsequiar el regalo de tu tiempo, pásalo con una persona enferma, anciana o viuda de tu barrio o vecindario. Pídele que te hable de una Navidad inolvidable que haya tenido.


19 de diciembre

Samuel el Lamanita profetizó de las señales que aparecerían en el tiempo del nacimiento del Salvador:

“He aquí, os doy una señal; porque han de pasar cinco años más y, he aquí, entonces viene el Hijo de Dios para redimir a todos los que crean en su nombre.

“… habrá grandes luces en el cielo, de modo que no habrá obscuridad en la noche anterior a su venida, al grado de que a los hombres les parecerá que es de día …

“Y he aquí, aparecerá una estrella nueva, tal como nunca habéis visto; y esto también os será por señal” (Helamán 14:2–3, 5).

Escribe en tu diario lo que significa para ti la Navidad y cuáles son las tradiciones de tu familia en esa fecha.


20 de diciembre

Antes del nacimiento de Cristo, el ángel Gabriel visitó a María.

“Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,

“a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María.

“Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres …

“porque has hallado gracia delante de Dios.

“Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús” (Lucas 1:26–28, 30–31).

Reúne a familiares y amigos para salir a cantar villancicos por el vecindario, o cántenlos en tu propio hogar.


21 de diciembre

Nefi, nieto de Helamán, esperaba fielmente la venida del Señor. Pero los incrédulos le dijeron: “…He aquí, ya se pasó el tiempo, y no se han cumplido las palabras de Samuel; de modo que han sido en vano vuestro gozo y vuestra fe concernientes a esto” (3 Nefi 1:6).

Entonces, Nefi “fue y se postró en tierra y clamó fervorosamente a su Dios a favor de su pueblo” (vers. 11).

Y el Señor le dijo: “Alza la cabeza y sé de buen ánimo, pues he aquí, ha llegado el momento; y esta noche se dará la señal, y mañana vengo al mundo para mostrar al mundo que he de cumplir todas las cosas que he hecho declarar por boca de mis santos profetas” (vers. 13).

En tus oraciones, expresa gratitud al Padre Celestial por el don de Su Hijo.


22 de diciembre

Finalmente se cumplieron las profecías del nacimiento de Cristo.

“Y aconteció que se cumplieron las palabras que se dieron a Nefi, tal como fueron dichas …

“Y hubo muchos, que no habían creído las palabras de los profetas, que cayeron a tierra y se quedaron como si estuviesen muertos… porque la señal que se había indicado estaba ya presente …

“Y sucedió que no hubo obscuridad durante toda esa noche, sino que estuvo tan claro como si fuese mediodía …

“Y aconteció también que apareció una nueva estrella, de acuerdo con la palabra” (3 Nefi 1:15–16, 19, 21).

Jesucristo nos dio el regalo más grandioso de todos: Su vida. Para demostrar a tus padres cuánto los aprecias, escríbeles una carta en la que les agradezcas todo lo bueno que han hecho por ti.


23 de diciembre

La noche del nacimiento de Cristo apareció un ángel ante los buenos pastores de Belén proclamando las nuevas de Su nacimiento.

“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.

“Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.

“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.

“Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:

“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor” (Lucas 2:7–11).

Toma la determinación de ser una persona más feliz y bondadosa.


24 de diciembre

Nosotros, los cristianos, somos testigos de Jesucristo todos los días del año por medio de la fe y las buenas obras. El profeta José Smith y Sidney Rigdon dieron este testimonio:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;

“que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22–24).

Comparte tu testimonio sobre el Salvador en la próxima oportunidad que se te presente, como por ejemplo en la reunión de ayuno y testimonios.


Nota

  1. Thomas S. Monson, “Dones atesorados”, Liahona,diciembre de 2006, pág. 4; Ensign, diciembre de 2006, pág. 6.

 

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Lugar en el mesón

Lugar en el mesón

Por el élder Neil L. Andersen
De la Presidencia de los Setenta

“Lugar en el mesón” apareció impreso originalmente en Christmas Treasures[“Tesoros de Navidad”], Deseret Book, 1994.

En un momento en que solamente nuestro Padre Celestial podía traernos de regreso a casa, Él había escuchado nuestras oraciones.

Una hermosa y fría tarde de invierno nos dirigíamos en una furgoneta hacia la casa de la misión en Burdeos, Francia; era el 24 de diciembre de 1990, y estábamos en camino a casa para pasar la Navidad.

Mi esposa Kathy y yo, junto con nuestros cuatro hijos: Camey, de catorce años, Brandt, de trece, Kristen, de diez, y Derek, de ocho, acabábamos de pasar una semana inolvidable: a causa de las grandes distancias que formaban parte de nuestra misión, no habíamos reunido a los misioneros para celebrar la Navidad, sino que en cambio habíamos recorrido con nuestra familia todas las ciudades de la misión, brindando así un espíritu de unidad familiar y dando participación a los niños en un programa especial de Navidad. Con cada uno de los misioneros, nuestra familia se había regocijado en el gran privilegio de compartir el Evangelio restaurado de Cristo en esa gloriosa época del año.

El último día se habían unido a nosotros cuatro excelentes misioneros. La gran furgoneta azul, ya repleta, iba llena también del espíritu de Navidad, y los villancicos y las historias favoritas hacían que el tiempo pasara más rápido. Kristen y Derek estaban cada vez más entusiasmados con la expectativa de las sorpresas que les traería la mañana de Navidad. Casi podíamos sentir el aroma del pavo para la cena que un maravilloso matrimonio misionero estaba preparando para nuestro regreso. En el aire se percibía el espíritu de la Navidad.

No fue sino hasta avanzada la tarde que nos dimos cuenta del problema que estábamos por enfrentar; durante la mayor parte de la mañana habíamos tenido algunas dificultades al hacer los cambios en la furgoneta. Nos detuvimos para revisar el líquido de la caja de cambios y todo parecía estar bien. Para entonces, cuando ya estaba oscureciendo y todavía nos quedaban dos horas de viaje hasta Burdeos, la tercera, la cuarta y la quinta velocidades dejaron de funcionar.

Avanzamos lentamente en segunda por el camino rural bordeado de árboles; era imposible que llegáramos a Burdeos en esas condiciones, por lo que empezamos a buscar alguna ayuda. Nuestra primera esperanza fue una pequeña tienda de artículos generales que estaba por cerrar. Allí pregunté dónde podríamos alquilar un auto o encontrar una estación de tren; pero estábamos lejos de cualquier ciudad y mis preguntas no obtuvieron la respuesta que deseábamos.

Regresé a la furgoneta, donde observé la preocupación y la desilusión en las caras de nuestros hijos menores. ¿No íbamos a llegar a casa para la Nochebuena? ¿Tendrían que pasar aquella noche tan especial del año en una furgoneta de la misión abarrotada de gente? Después de haber brindado felicidad y alegría a los misioneros que estaban lejos de su casa, ¿iban a recibir la Navidad en un remoto camino rural de Francia, lejos de su propio hogar?

Kristen sabía a Quién debíamos recurrir e inmediatamente propuso que oráramos. Muchas veces habíamos orado en familia por los que necesitaban ayuda: por los misioneros, los investigadores, los miembros de la Iglesia, nuestros líderes, los habitantes de Francia y nuestra propia familia. Nos inclinamos para orar y suplicamos ayuda humildemente.

Ya había oscurecido. La furgoneta continuó marchando lentamente junto a los bosques de pinos, al paso de una persona que hace ejercicio trotando. Teníamos la esperanza de llegar a un pueblito que estaba a cinco kilómetros de distancia; al poco rato, con las luces del coche vimos el pequeño cartel con una flecha que nos indicaba el lugar: Villeneuve-de-Marsan.

Habíamos recorrido muchas veces el camino de doble vía desde Pau hasta Burdeos, pero nunca nos habíamos desviado de la carretera hasta el pueblecito de Villeneuve-de-Marsan. La escena que se nos presentó al entrar era la misma de muchos pueblos franceses: las casas y las pequeñas tiendas estaban pegadas unas a las otras y parecían amontonarse a los lados del angosto camino que conducía al pueblo. La gente había cerrado temprano los postigos de las ventanas y las calles estaban oscuras y desiertas. En el centro del pueblo, las luces de la antigua iglesia católica constituían la única señal de vida; brillaban resplandecientes en preparación para la tradicional misa de medianoche. Después de pasar la iglesia, la furgoneta aminoró la marcha y al fin se paró; felizmente, estábamos enfrente de una hermosa posada campestre que tenía las luces encendidas; nos pareció que era nuestra última oportunidad de obtener ayuda.

A fin de no inquietar a los de la posada con tanta gente, Kathy, Camey y los misioneros se quedaron en la furgoneta mientras los tres niños menores entraban conmigo. En la recepción había una joven a la cual le expliqué nuestra situación; ella notó la expresión ansiosa en las caras de mis hijos y nos dijo con bondad que esperáramos mientras iba a buscar al posadero, el señor Francis Darroze.

Camey entró para averiguar cómo estaban las cosas. Mientras esperábamos que apareciera el señor Darroze, ofrecí en silencio una oración de gratitud. Quizás no pudiéramos volver aquella noche a Burdeos, pero, ¡qué grande la bondad de nuestro Padre Celestial al habernos conducido hasta un hotel limpio! Me estremecí al pensar en que, con toda probabilidad, habríamos tenido que pasar la noche en la furgoneta, en una región remota de Francia. Noté que en la sala vecina había un restaurante y me sorprendió que estuviera abierto en Nochebuena. Al menos podríamos tener una buena cena, bañarnos con agua caliente y dormir cómodamente.

El señor Darroze llegó vestido con la ropa tradicional de cocinero francés, con su chaqueta cruzada y abotonada hasta la barbilla. Era el dueño de la posada, un hombre de importancia en la localidad. Sus ojos simpáticos y su pronta sonrisa comunicaban también que, además, era un caballero.

Le hablé de nuestro problema, de que éramos diez en la furgoneta y de que íbamos camino a Burdeos. Como notó mi acento, agregué que éramos estadounidenses y en una frase le expliqué por qué estábamos en Francia.

Inmediatamente se mostró dispuesto a ayudarnos. A unos dieciséis kilómetros había una ciudad no muy grande que tenía un servicio de trenes, y llamó para preguntar a qué hora había un tren a Burdeos, pero le informaron que no había ninguno sino hasta las 10:15 de la mañana de Navidad. Todos las compañías de autos de alquiler estaban ya cerradas.

En la cara de mis hijos menores se hizo evidente la desilusión que sentían. Pregunté al señor Darroze si había lugar en el mesón para alojar a nuestra familia y a los cuatro misioneros aquella noche. Aun cuando no llegáramos a casa, por lo menos era una gran bendición haber encontrado un alojamiento tan agradable.

El señor Darroze miró a mis hijos; hacía tan sólo unos pocos minutos que nos conocía, pero la hermandad que atraviesa todos los océanos y nos hace ser una sola familia le tocó el corazón. El espíritu de Navidad le llenó el alma. “Señor Andersen”, me dijo, “por supuesto, tenemos cuartos que ustedes pueden alquilar; pero estoy seguro de que no quieren pasar la Nochebuena aquí en la posada. Los niños deben estar en su hogar para esperar el alborozo de la mañana de Navidad. Le prestaré mi auto y podrán llegar a Burdeos esta noche”.

Me quedé asombrado ante su gran amabilidad. La mayor parte de la gente contempla con desconfianza a los extraños, particularmente a los extranjeros como nosotros. Le agradecí, explicándole que éramos diez y que un pequeño auto francés no podría jamás llevar a todos.

Él vaciló un momento, pero su vacilación no hizo disminuir su ofrecimiento, sino que lo aumentó.

”En la granja que tengo a unos dieciséis kilómetros de aquí hay una furgoneta vieja; la usamos para el trabajo de granja y sólo tiene los dos asientos del frente. No alcanzará más de unos setenta kilómetros por hora y no estoy seguro de que la calefacción funcione bien; pero si la quiere, lo llevaré hasta la granja para buscarla”.

Los niños brincaron de alegría al oírlo. Metí la mano en el bolsillo para sacar dinero y tarjetas de crédito, pero él sacudió la cabeza y un dedo en señal de desaprobación.

”No”, me dijo, “no aceptaré nada. Usted puede devolverme la furgoneta cuando tenga tiempo, después de Navidad. Es Nochebuena; ¡lleve a su familia a casa!”

Poco después de medianoche, aparecieron en la distancia las luces de Burdeos; los niños y los misioneros se habían quedado dormidos en la parte de atrás de la furgoneta del posadero. Al recorrer las conocidas calles que conducían a nuestro hogar, Kathy y yo agradecimos al bondadoso Padre Celestial nuestro propio milagro de Navidad, porque había escuchado nuestras oraciones en un momento en que solamente Él podía traernos de regreso a casa.

Llegamos a casa en Nochebuena, aun cuando en Villeneuve-de-Marsan había lugar en el mesón.

En un momento en que solamente nuestro Padre Celestial podía traernos de regreso a casa, Él había escuchado nuestras oraciones.

 

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