Los verdaderos valores de la vida

Liahona Agosto 1968

Los verdaderos valores de la vida

Por el presidente David O. McKay

Con toda mi alma, mego a todos los miembros de la Iglesia así como a las personas de todo el mundo, que piensen más en el evangelio; que desarrollen el espíritu que en él se encuentra; que dediquen más tiempo a los verdaderos valores de la vida, y menos a aquellas cosas que se acaban.

Estoy completamente de acuerdo con las admoni­ciones que se han dado en esta conferencia, de resistir las tentaciones que nos rodean. Si los miembros de la Iglesiaadoptaran estas sugerencias, eso sería suficiente para que fueran una “luz” sobre un mon­te, una luz que no se puede esconder. Algunas veces nos referimos a tales enseñanzas como “cositas”, pero en realidad son las más grandes en esta vida. Si pusiéramos más atención a tales consejos, y estu­diáramos más las revelaciones modernas que se en­cuentran en las Doctrinas y Convenios, apreciaría­mos más la magnitud de la gran obra que se ha establecido en esta dispensación.

A menudo se ha declarado que la Iglesia es la cosa más grandiosa del mundo, ¡y lo es! Cuanta más atención le demos—dándonos cuenta de lo bien adaptada que está a nuestra vida, en el hogar y en nuestra vida social—cuanto más estudiemos desde el punto de vista de los descubrimientos científicos y del punto de vista del destino del hombre, más se regocijarán nuestros corazones por la misericordia de Dios para con nosotros al darnos el privilegio de conocer el Evangelio de Jesucristo.

Lo que necesitamos hoy en día es fe en el Cristo viviente, lo cual es más que un simple sentimiento: es un poder que nos induce a actuar, es la fe que pondrá un propósito en la vida y valor en el corazón. Necesitamos un evangelio de aplicación, ese evan­gelio que se predica con actos nobles y que requiere la atención y aún el respeto hacia los enemigos. Una simple creencia en Jesús como un gran maestro, o como el hombre más grande que haya vivido, ha probado ser inadecuada para combatir las enferme­dades de la sociedad y el mundo.

Evidentemente, la necesidad del mundo—y par­ticularmente a la luz de las condiciones actuales que nos rodean—va más allá de una simple aceptación del Hombre de Galilea como el hombre más gran­dioso. Lo que es verdaderamente esencial es la fe en El como un ser divino, ¡como nuestro Señor y Salvador! Es la fe que el apóstol Pedro experimen­tó cuando declaró: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mateo 16:16)

Los miembros de la Iglesia reciben las amonesta­ciones de que adquieran la verdad mediante el estu­dio, la fe y la oración, y que busquen todo lo “vir­tuoso, bello, o de buena reputación o digno de ala­banza.” (Artículo de Fe 13)

Las escuelas e iglesias deberían irradiar el hecho de que en la vida hay ciertos fundamentos que nun­ca cambian, los cuales son esenciales para la felicidad de toda alma. Los padres y oficiales en la Iglesia deben enseñar más cuidadosa y diligentemente los principios de la vida y salvación a los jóvenes de Sión y al mundo entero para poder ayudar a la juventud a mantenerse en un nivel apropiado duran­te los años formativos de su vida.

Deseo recordaros jóvenes poseedores del Santo Sacerdocio, que estudiéis nuevamente esa divina re­velación, tan sencilla pero tan eficaz, concerniente al gobierno por el sacerdocio:

“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener, en virtud del sacerdocio, sino por per­suasión, longanimidad, benignidad y mansedumbre, y por amor sincero;

“Por bondad y conocimiento puro, lo que enno­blecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia:

“Reprendiendo a veces con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo, y entonces demostrando amor crecido hacia aquel que has reprendido, no sea que te estime como su enemigo.” (Doc. y Con. 121: 41-43)

Esta es una maravillosa admonición y lección concerniente al gobierno, no sólo en quórumes del sacerdocio, sino también en nuestro hogar, y natural­mente en todos los aspectos de la sociedad.

Hermanos, el evangelio es nuestra ancla. Sabemos lo que representa. Si lo vivimos y sentimos, si habla­mos bien de él, del sacerdocio, de nuestras familias y vecinos, seremos más felices, y en realidad estare­mos predicando el Evangelio de Jesucristo. Se nos ha dado la responsabilidad de comunicar el evan­gelio a nuestro prójimo. Algunos de nosotros espera­mos hasta que nos llegue una oportunidad especial de proclamar el Evangelio de Jesucristo, y sin em­bargo recae sobre nosotros el deber de proclamar esas buenas nuevas cada día de nuestra vida. Lo proclamamos con nuestros actos, en el hogar, los ne­gocios, los círculos sociales, la política; de hecho, dondequiera que nos asociemos con las personas que nos han dado esta responsabilidad de propagar las buenas nuevas a todo el mundo.

Vigilemos nuestros pensamientos y lengua. Una de las mejores maneras de edificar un hogar, ya sea en una ciudad, estado o nación, es siempre hablando bien de ese hogar, ciudad, estado o nación. Contro­lemos siempre nuestra lengua.

Dios bendiga a los miembros de la Iglesia por su devoción y lealtad, por sus oraciones en beneficio de todas las Autoridades Generales y oficiales. Vos­otros sabéis, y yo os aseguro, que esas oraciones son eficaces.

Os testifico, así como a todo el mundo, que la inspiración y protección de un Padre Celestial mise­ricordioso son verdaderas; Él está al cuidado de la Iglesia, y sé con todo mi corazón que no es tan sólo una fuente abstracta y alejada como algunos pien­san; es un Padre benévolo, que cuida por el bienes­tar de sus hijos y está alerta y dispuesto a escuchar y contestar sus llamados. La respuesta podrá ser negativa, como algunas veces un padre sabio da una respuesta negativa a su hijo suplicante, pero Él está listo para escuchar y contestar en el momento que sea más propicio para el que suplica.

Dios bendiga a nuestros misioneros que se en­cuentran en las 78 misiones del mundo. Estos mara­villosos jóvenes y señoritas con fuertes testimonios del evangelio, ricos en fe y excelentes representantes del Señor y su Iglesia. Estamos orgullosos de todos ellos. Estamos agradecidos a nuestros presidentes de misiones y a estos misioneros por su servicio de­sinteresado. Estamos agradecidos también por los padres y otras personas que apoyan a estos jóvenes.

Las palabras son insuficientes para expresar la angustia y pena que sentimos por los sufrimientos que han ocurrido en varios hogares a causa de las víctimas de la guerra. Nuestras oraciones están con los jóvenes que están poniendo todo lo que está de su parte por preservar la libertad y otros derechos inherentes del hombre. Mi corazón está rebosante de gratitud y agradecimiento por los informes que me han traído personalmente acerca de su fe en Dios, de su lealtad y de las largas distancias que tienen que viajar para asistir a las reuniones de la Iglesia. ¡Pensad lo que significa para ellos la confianza en Cristo, su Redentor, mientras se encuentran luchando contra las tentaciones, penas y horrores de la guerra! Les da consuelo en el momento en que se sienten solos o desalentados; hace su determinación más eficaz para mantenerse moralmente limpios y en condición de prestar servicio; les da valor al cum­plir con su deber; los llena de esperanza cuando es­tán enfermos o heridos; y si afrontan lo inevitable, llena sus almas con la confianza de que así como Cristo vivió después de la muerte, ¡también ellos vivirán! Que Dios bendiga y proteja a estos hombres en las Fuerzas Armadas.

Que Dios os bendiga representantes regionales, presidentes de estaca, obispos y todos los oficiales de la Iglesia que estáis sirviendo y dando vuestro tiempo para la edificación del reino de Dios.

Que vosotros padres y madres seáis bendecidos en vuestros hogares; que busquéis sabiduría y en­tendimiento para dar a vuestros hijos salud y carác­ter limpio y sin mancha. La tarea más grande que los padres tienen que efectuar es el entrenamiento y desarrollo religioso del carácter de sus hijos.

Que Dios os bendiga a cada uno de vosotros y a las personas en todo el mundo. Que nos volvamos hacia Él y busquemos los valores verdaderos de la vida y los más espirituales. Él es nuestro Padre; El conoce nuestros deseos y esperanzas; y nos ayudará si lo buscamos y aprendemos acerca de Él.

Mis bendiciones os acompañan ahora que regre­sáis a vuestros hogares. Que Dios nos ayude a todos a desempeñar nuestras responsabilidades y de esta manera crear un ambiente en el hogar, escuela, Igle­sia y nuestra comunidad que sea de progreso, sano e inspirador. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén. □

Publicado en Naturaleza Divina | Etiquetado , , | Deja un comentario

Enseñar es más que decir

Liahona Agosto 1968

Enseñar es más que decir

Por Lyman C. Berrett

Hace algún tiempo, dos niños se encontraban cruzando una calle. Cuando estaban en medio de la misma, el menor se soltó de la mano de su hermano mayor, precipitándose hacia un automóvil. El niño murió instantáneamente. Los padres sin pensarlo bien acusaron al hermano de ser el respon­sable de la muerte de su hermano menor.

Tan traumática fue la experiencia de la muerte repentina de su hermano y las acusaciones de sus padres, que el niño se aisló en una coraza y pronto empezó a ser un problema en su casa y en la es­cuela. El que antes fuera un niño modelo, llegó a ser un déspota.

Los oficiales de la escuela trataron de expulsarlo porque llegó a ser intolerable, y parecía que nadie podía controlarlo. Sin embargo, la coraza por fin fue penetrada por una comprensiva maestra de la Iglesia. Mostrando amor y preocupación por él, ésta pudo gradualmente enterarse de la razón de su pro­blema; cuidadosamente se ganó su confianza. En la última conferencia con los oficiales de la escuela pública antes de que el niño fuera expulsado, el con­sejero le preguntó si tenía a alguien que pudiera ayudarlo antes de que fuera demasiado tarde. El niño entonces nombró a su maestra y preguntó si ella podría estar presente en la conferencia y expli­car la razón de sus problemas. Pronto se le com­prendió y con consejos profesionales el niño res­tauró su buen comportamiento.

El punto al que se debe dar énfasis en cuanto a este incidente, es que una maestra se preocupó lo suficiente por saber más acerca del alumno, no sola­mente su nombre; se preocupó por conocerlo per­sonalmente; por llegar a comprometerse personal­mente en la vida de él. La maestra mostró amor por el alumno haciendo algo por él; se interesó por él y lo amó lo suficiente como para darle algo más que meros datos en la clase.

La mayoría de los maestros reflejan su filosofía personal en la clase. Los polos opuestos de pensa­mientos filosóficos en cuanto al valor de los jóvenes se pueden expresar en las siguientes declaraciones. (1) “Para el existencialismo, el hombre es un deri­vado de la nada, es prácticamente nada, y está des­tinado a la nada.” (Truman G. Madsen, Eternal Man, p. 28.) (2) Los habitantes de la tierra son hijos e hijas de Dios, y como tales, tienen el poten­cial de llegar a ser dioses. (Ver Doc. y Con. 76:24)

Probablemente sería difícil encontrar una maes­tra en la Iglesia que crea literalmente en la primera declaración, pero la observación ha mostrado que algunos maestros no creen en la segunda tampoco. Parecen tener la actitud de: “No importa lo que diga a estos chicos; de todas maneras terminarán metidos en algún problema.”

Los psicólogos han verificado la importancia de las grandes enseñanzas del Salvador en cuanto al amor. El único mandamiento que viene inmediata­mente a la mente del autor y que el Salvador dio al hombre cuando vivió en la tierra tiene que ver con el amor. (Ver Juan 13:34-25 y Mateo 22:34-40) El psicólogo, Louis P. Thorpe, ha escrito: “Las ne­cesidades fundamentales del hombre. . . animar al individuo a comportarse en la manera calculada para satisfacer sus demandas. La naturaleza humana se entiende más rápidamente desde el punto de vista de estas necesidades y su satisfacción. . . . Sin embargo, la siguiente fórmula, parece útil como funda­mento de las tendencias del comportamiento. 1. La necesidad de mantenerse bien físicamente; 2. La necesidad de reconocimiento personal o ser consi­derado como una persona de mérito e importancia; 3. La necesidad de seguridad, amor, afecto, comodi­dad y resguardo.” (Louis P. Thorpe, The Psychology of Mental Health, New York: Ronald Press; pp. 39- 40)

¿Ha pensado alguna vez en porqué a los alumnos les gustan ciertas personas más que otras, cooperan con ellas más ampliamente, o confían y están más ligados a ellas? Las personas que gozan de esta clase de armonía con la juventud son aquellas que demuestran su amor por ellos. En el caso de un maestro, lo que más influye en los alumnos no es el decirles que los ama, sino el involucrarlos, animarlos, y aceptarlos.

Los maestros que aman a sus alumnos llegan a penetrar en sus vidas y actividades; saben cuándo uno de ellos recibe un premio y lo elogian en forma apropiada y sincera; saben cuándo es el cumpleaños de uno de sus alumnos, le envían una tarjeta, lo lla­man por teléfono o le dan algún obsequio. Los maes­tros que aman a sus alumnos simplemente no se pueden aislar de la vida de éstos. Un entusiasta “muy bien hecho” al alumno que ha ganado en un juego deportivo, coro, banda, o drama, hace saber a esa persona cómo su maestro se interesa y preocupa por él.

Hay muchas maneras por medio de las cuales un maestro puede mostrar su amor a los alumnos, tales como animarlos a que vivan de acuerdo con las normas de la Iglesia, a ponerse del lado de la decencia y la rectitud, a obedecer las leyes y ser ejemplos apropiados, y a conformarse haciendo sola­mente lo mejor. Hay ejemplos de héroes genuinos que los maestros pueden llevar a su clase para re­forzar sus lecciones en estos puntos; los alumnos necesitan saber que no están solos, que no son anticuados, incautos o patanes, si se mantienen den­tro de las normas de la Iglesia. Los maestros pueden animarlos en sus quehaceres, mostrándoles interés genuino, o pueden desanimarlos fallando al darles el reconocimiento apropiado. Los comentarios fa­vorables de un maestro acerca de los estudiantes que son buenos ejemplos en el vestir, deportes, normas o asistencia, fortalecerán a la juventud hasta el pun­to en que estas actitudes lleguen a ser una forma de vida.

Muchas veces se oye decir a los alumnos, “¿A quién le importa? La última vez hice esto y esto y no recibí nada más que las gracias.” El agradeci­miento es una cortesía común que ningún maestro debería olvidar. Un simple “gracias,” lo reconocen tanto los adultos como los jóvenes. Es más que expresar aprecio; muestra que alguien está intere­sado, se preocupa y desea premiar y animar.

Los maestros que aman a sus alumnos recorda­rán que enseñar es más que decir. Los jóvenes aprenden haciendo. Parecería que la clave está en hacer, no solamente lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos, sino también lo que es nece­sario hacer por ellos. Esto puede incluir cosas como animarlos a vivir las normas de la Iglesia, darles oportunidades de servir, saber lo que están haciendo, mostrarles que se les acepta como gente digna y que son hijos de Dios con potenciales divinos, y hacerles saber que el maestro se interesa por ellos.

El Salvador preguntó a Pedro, “¿Me amas?” Pe­dro le contestó, “Tú sabes que te amo.” Él le dijo, “Apacienta mis ovejas.” Tres veces el Maestro pre­guntó a Pedro si lo amaba, y tres veces Pedro con­testó que sí, que lo amaba. En cada ocasión el Maes­tro pidió a Pedro que hiciera una cosa: apacentar sus ovejas. (Ver Juan 21:15-17)

Maestros de la Iglesia, haced algo por vuestros alumnos: Amadlos, y para amarlos debéis hacer algo por ellos.               □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario

Mormón

Liahona Agosto 1968

Mormón

Recopilador del Libro de Mormón, Autor, Soldado, Hombre Santo de Dios

Por Marion D. Hanks
Ayudante del Consejo de los Doce

Mormón, compendiador y recopilador del Libro de Mormón, fue un profeta y un hombre san­to que también sirvió como caudillo en las fuerzas armadas de la nación de los nefitas. Combinando en su carácter las cualidades de gran fortaleza y pro­funda espiritualidad, fue un maestro y guía para su pueblo, testificando de Jesús y predicando el arre­pentimiento mientras dirigía sus ejércitos hacia una brillante victoria militar.

Cuando su pueblo, enfermo con su arrogancia y olvidándose de Dios, celebraba los triunfos mili­tares jactándose de sus fuerzas, Mormón rehusó diri­girlos en batalla. Desaprobó sus juramentos de ven­ganza y muerte contra los enemigos, pero se compa­deció cuando su terrible derrota y destrucción llegó a ser inevitable; marchó con sus ejércitos y murió con ellos en los estragos que dieron como resultado la extinción de la nación de los nefitas.

Mormón recibió su nombre en recuerdo de su tierra, donde Alma, convertido mediante las prédi­cas de Abinadí, encontró amparo en la corte del rey Noé, y estableció la Iglesia de Cristo. A pesar de todos sus otros deberes, fue historiador y custodio de los registros de su gente, y se le asignó el gran deber de recopilar aquellos registros en un relato conciso. Por ser una figura literaria y por su tra­bajo, se le dio al libro su nombre, a pesar de haber sido escrito por muchos autores.

Mormón el Hombre

¿Qué fue lo que hizo de este profeta un histo­riador general? ¿Qué fue lo más importante para él? ¿Qué enseñó? ¿Hasta qué punto se reflejaron en su vida sus convicciones?

Mormón fue “descendencia pura” de Lehi y Nefi. Es asombroso observar como a tan temprana edad su disposición y logros llegaron a ser evidentes:

A la edad de diez años, un hombre responsable lo consideró como un “muchacho sensato,. . . presto para observar,” y recibió una significativa asignación para el futuro.

A los 11 años viajó con su padre a la tierra de Zarahemla.

A los 15 años “me visitó el Señor, y probé y conocí la bondad de Jesús”.

A la edad de 16 años dirigió los ejércitos de los nefitas.

Durante su adolescencia intentó intrépidamente predicar el arrepentimiento al pueblo, época en que “. . . no hubo dones del Señor, y el Espíritu Santo no descendió sobre ninguno. . .”

Como ha sucedido con otros grandes hombres, incluido el Señor mismo cuando estuvo en la tierra, la misión y contribución sobresaliente de Mormón tuvo lugar desde su juventud. Tomó una decisión y comprometió su vida desde temprana edad; la gran promesa se cumplió en una vida de servicio desinteresado.

Amó al Señor

La rúbrica de sus servicios se encuentra en una simple declaración de Mormón: “He aquí, soy dis­cípulo de Jesucristo, el Hijo de Dios. He sido lla­mado de él para anunciar su palabra a su pueblo, a fin de que pueda alcanzar la vida eterna.”

El creyó y pensó fuertemente que: “. . . por Cris­to habría de venir todo lo que es bueno.”

Los amonestó diciendo: “. . . Os suplico herma­nos, que busquéis diligentemente según la luz de Cristo, para que podáis distinguir el bien del mal; y si os allegáis a todo lo que es bueno,. . . cierta­mente seréis hijos de Cristo.” Porque dijo que Cristo, “defiende la causa de los hijos de los hombres.”

Amó a su pueblo

Pese a sus iniquidades, Mormón amó a su pue­blo:

“. . . los había dirigido a la batalla; y los había amado con todo mi corazón, de acuerdo con el amor de Dios que había en mí; y todo el día había ele­vado mi alma en oración a Dios a favor de ellos. . .” “. . . Y mi súplica a Dios concerniente a mis hermanos es que otra vez vuelvan al conocimiento de Dios; sí, a la redención de Cristo. . .”

“. . . amo a los niños pequeñitos con un amor perfecto; y son todos iguales y participan de la salvación.”

Mormón oró por su pueblo, dándose cuenta de que su arrepentimiento no era sincero sino que era “el lamento de los condenados” y que “. . . el día de gracia había pasado para ellos, tanto temporal como espiritualmente. . . .” La ambición más seria de su corazón fue “Y quisiera persuadir a todos vosotros, extremos de la tierra, a que os arrepintieseis y os preparaseis para comparecer ante el tribunal de Cristo.”

Un maestro sabio y fiel

Mormón vivió sus convicciones. La gran pro­fundidad espiritual de sus enseñanzas estuvo com­binada con sabios consejos para los problemas de la vida diaria y conducta personal de acuerdo con sus profesiones. Humildemente rogó a su gente que vi­vieran con honor para proteger “lo que es más caro y precioso que todas las cosas, que es la castidad y la virtud.”

Los amonestó a:

  • “saber que Dios no es un Dios parcial.”
  • tener caridad porque “. . . la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre. . .”
  • orar, actuar y dar “. . . con verdadera intención de corazón. .
  • ser sensitivos al Espíritu de Cristo “. . . A todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que pueda distinguir el bien del mal. . .”
  • creer en los profetas, ángeles y milagros, por­que Dios trabaja en “diversos modos” para “manifestar cosas a los hijos de los hombres.”
  • creer en la restauración de los judíos y los la­manitas, en la congregación de la casa de Ja­cob y la casa de José.

Admonición y promesa

Mormón vivió la mayor parte de su vida entre matanzas, destrucción y trágica iniquidad, a pesar de haber luchado contra el mal y los enemigos hasta la muerte. Fuerte y fiel, procuró hasta el fin llevar a su pueblo al arrepentimiento. Su despedida bien pudo estar en su ruego de que “los que tienen fe en El, se allegarán a todo lo que es bueno”, y en la admonición dada mediante su hijo Moroni:

“Por consiguiente, mis amados hermanos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones que os hincha este amor que él ha concedido a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo, Jesu­cristo; que lleguéis a ser hijos de Dios.” □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Religión y responsabilidad social

Liahona Agosto 1968

Religión y responsabilidad social

Por Lowell L. Bennion

“¿Con qué me presentaré ante Jehová, y adoraré al Dios Altísimo? ...
—Miqueas 6:6

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?”
-—Salmos 24:3

Esta es la ardiente pregunta de las escrituras que hicieron una y otra vez los profetas, salmistas y todo aquel que buscaba fervorosamente a Dios. Y la respuesta no es sólo una; puede expresarse de varias maneras. Todo el que responda a la pregunta puede encontrar un pasaje en las escrituras que co­rrobore su punto de vista. Cualquiera que sea la respuesta, para todo hombre existe la pregunta fun­damental: ¿con qué me presentaré ante Jehová? ¿En qué consiste la vida religiosa?

Dimensiones de la vida religiosa

Toda persona que se considera a sí misma como religiosa, tiene una base para esta creencia y senti­miento. Es religiosa a causa de sus convicciones y su manera de vivir. Es interesante examinar las maneras típicas en que los hombres viven su religión, los patrones de vida y los pensamientos mediante los cuales se aseguran a sí mismos que son religiosos.

Hay por lo menos cinco maneras en que las per­sonas viven su religión; nuestras vidas podrán carac­terizarse por cualquier combinación de las cinco. Aquí se describirán sin ningún esfuerzo por evaluar­las hasta que todas estén ante nosotros.

(1) Un hombre es religioso porque posee ciertas creencias que piensa son verdaderas. Por ejemplo, los Santos de los Últimos Días creen en la restaura­ción del evangelio, los Artículos de Fe, la inspira­ción divina en la vida del Profeta viviente y en otras doctrinas propias de su credo. La creencia es un pilar básico de la vida religiosa.

(2) Un hombre tiende a identificar su vida reli­giosa con el conocimiento de sus creencias. En el campo misional, piensa que es religioso porque aprende las escrituras y estudia los preceptos de su fe, sabiendo que la doctrina contribuye a la seguri­dad de que es religioso.

(3) Otra forma es participar en la Iglesia. Para un Santo de los Últimos Días ésta es fácil y puede ser compensadora. Miles son las formas en que uno puede adorar al Señor, servir a su prójimo, participar de los dones del evangelio y edificar el reino de Dios con manos, corazón, alma y mente; mediante los fanales de la institución que conocemos como la Iglesia de Jesucristo.

(4) Una cuarta y diferente manera de ser reli­gioso es entrando en una relación con la Deidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. A esto desea­ríamos llamarle la dimensión espiritual de la vida. Un hombre es religioso en esos momentos y hasta el grado en que siente gratitud, humildad, temor, reve­rencia, adoración, confianza y amor hacia Dios. Estos sentimientos están ilustrados en Salmos:

“. . . Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?” (Salmos 27:1)

“Jehová es mi pastor; nada me faltará.” (Salmos 23:1)

“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; más la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.” (Salmos 73:25, 26)

“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el sol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.” (Salmos 139:7-10)

(5) La quinta dimensión de la religión está ex­presada en su relación con el prójimo. En nuestra fe Judeo-Cristiana uno vive su religión practicando la justicia y misericordia con los hombres.

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vos­otros con ellos. . . .” (Mateo 7:12)

“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viu­das en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.” (Santiago 1:27)

“. . . Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 1:27)

Evaluación de la vida religiosa

Estas cinco maneras de ser religioso son legíti­mas. Una persona religiosa tiene creencias las cua­les le animan y dirigen en la vida. Un estudio de éstas debería elevar el conocimiento y profundizar su significado. En la vida de la Iglesia, el creyente recibe instrucción, los dones y bendiciones del evan­gelio y fortalece a sus semejantes; y seguramente la fe en Dios y la consideración hacia el prójimo son maneras fundamentales de vivir la religión.

En los resúmenes de la vida religiosa, se da én­fasis a las dos últimas maneras de ser religioso. Por ejemplo, en el decálogo, los primeros cuatro manda­mientos son referentes a la relación del hombre con Dios, y los últimos seis, a la relación del hombre con sus semejantes. La respuesta de Miqueas a la pregunta: “¿Con qué me presentaré ante Jehová?” encierra los dos mismos énfasis:

“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6:8)

Y en una manera similar Jesús contestó la pre­gunta: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” diciendo:

“. . . Amarás al Señor tu Dios con todo tu cora­zón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:36-40)

De estas declaraciones se deduce que la creencia, el conocimiento de la religión, y la participación en la Iglesia tienen poco valor en sí, y para ellos mismos. Para ser eficaz en la vida, deben enseñar a uno a amar a Dios y al hombre. Santiago supo esto:

“Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ” (Santiago 2:19)

Y Pablo sabía de las limitaciones de conocimien­to sin el amor:

“Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. . . Ahora vemos por espejo, oscu­ramente; más entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte;… Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.” (1 Corintios 13:2, 12, 13)

La religión profética comienza con una revela­ción dada al fundador, la cual lo induce a actuar en beneficio del prójimo. Moisés, al estar frente a la zarza ardiente, comprendió que estaba en tierra sa­grada y que Dios lo había llamado porque había vis­to la aflicción de Israel. Jesús pasó cuarenta días en el desierto resistiendo la tentación y recibiendo la fortaleza de su Padre, y después, “anduvo hacien­do bienes.” El apóstol Pablo estuvo frente al Cristo que cambió su manera de pensar y acciones hacia los paganos y cristianos. José Smith vio al Padre y al Hijo, después de lo cual vino la restauración del evangelio con el gran énfasis de llevar a cabo “la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. La reli­gión principia con un mensaje de Dios lo cual des­pierta la preocupación del profeta por el hombre.

A medida que la religión se convierte en una institución, el mensaje divino original es a menudo ensombrecido por los intereses humanos. El antiguo amor por Dios y el hombre tiende a ser reemplazado por un gran interés en los asuntos de la organización, ritos, ceremonias, acciones superficiales y en los papeles legales. Esto se encuentra enérgicamente ilustrado en los escritos de Amos, Oseas, Miqueas, Isaías y Jeremías. En esos días, el pueblo escogido de Jehová estaba practicando superficialmente to­das las formas de la religión en el lugar y hora seña­lados, y al mismo tiempo, continuaban felizmente en sus negocios de vender al pobre a la esclavitud por el precio de un par de zapatos, de falsificar pese y medidas, de mezclar desperdicios con el trigo; agobiaban con impuestos a las viudas y huérfanos, sobornaban a los jueces en las cortes, bebían “vino en tazones, y se ungen los ungüentos más preciosos,” y no se “afligen por el quebrantamiento de José”. (Véase Amos 6:6)

Nadie ha declarado tan enfáticamente la nece­dad, futilidad e hipocresía de alabar y honrar a Dios a través de la religión formal, mientras que al mismo tiempo se ignoran y transgreden las obliga­ciones morales hacia los hombres, como los profetas de Israel. Jehová declaró por boca de Amos:

Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas,

“Y si me ofreciereis vuestros holocaustos y vues­tras ofrendas, no los recibiré, ni miraré a las ofren­das de paz de vuestros animales engordados.

“Quita de mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos.

“Pero corra el juicio como las aguas, y la justi­cia como impetuoso arroyo.” (Amos 5:21-24)

Este es el corazón del mensaje profético, repetido como el tema de una sinfonía. Dios es moral por naturaleza, una Persona de integridad y compasión. Ningún hombre puede servirle aceptablemente a me­nos que practique la integridad y misericordia en sus relaciones con el prójimo.1

En las enseñanzas de Miqueas o Jesús, Dios está igualmente interesado en los otros hombres así como lo está en mí, ni más, ni menos. No hay ma­nera de honrar a Dios al mismo tiempo que estamos deshonrando “el trabajo de sus manos.” Esta ense­ñanza fundamental viene repentinamente de las es­crituras. Ilustrémoslo: Amulek exhorta a su pueblo a orar por sus necesidades personales y entonces concluye:

“. . . No creáis que esto es todo; porque si des­pués de haber hecho todas estas cosas, despreciáis al indigente y al desnudo y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí vuestra oración será en vano y no os valdrá nada, más seréis como los hipócritas que niegan la fe.” (Alma 34:28)

Juan escribió algo similar:

“El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas-” (1 Juan 2:9)

Aplicación en la actualidad

Es fácil discutir principios generales e ilustrar su aplicación en tiempos antiguos. Nadie parece estar profundamente inquieto o molesto por los acontecimientos pasados, pero cuando estas proscripciones bíblicas son interpretadas al idioma actual, parece haber situaciones de defensa y problemas. Alguien ha dicho: “Es muy fácil amar al prójimo (en lo abs­tracto); lo difícil viene cuando nos especializamos.”

En el siglo veinte, la sociedad ha llegado a ser alarmantemente compleja. Los asuntos no son ni sencillos ni claros; esto lo reconocemos. Uno no pue­de regirse por reglas de una era pasada y simple­mente dar al menesteroso y vestir al necesitado. Mu­chos problemas de la sociedad deben resolverse de una manera diferente al de un simple fundamento de persona a persona. Sin embargo, la filosofía bá­sica, el énfasis fundamental que se enseñó a través de las edades, es todavía válido. Para servir a Dios, el hombre debe servir a su prójimo. Quizá discuta­mos la manera de hacerlo pero no el precepto.

Por lo tanto, sin tratar en ningún sentido de juzgar a las personas, concluimos este artículo su­giriendo algunas de las responsabilidades sociales de todos aquellos que desean “subir al monte de Je­hová.” No podemos—más de lo que los antiguos israelitas pudieron—vivir la religión en la soledad de nuestras moradas y capillas e ignorar el efecto de nuestra conducta en la vida de otros, ya sea en los centros comerciales, escuelas, carreteras y caminos.

La vida moderna tiende a ser fríamente imper­sonal. Los seres humanos, fuera del círculo íntimo, se convierten en medio para nuestras metas, autóma­tas que trabajan en nuestro beneficio o nos dan ganancias. Pueden ser sólo estadísticas de los desocupados, personas que mueren anualmente en acci­dentes en carreteras, estudiantes de universidad, e incluso aquellas bautizadas en la Iglesia. Considere­mos algunos conceptos de la preocupación social en esta era del menoscabo de la persona.

Tratos honestos y justos

En estos días de relaciones impersonales de ne­gocios—ejemplificadas con las grandes compañías, supermercados, estaciones de servicio a lo largo de las carreteras, y los contratos gubernamentales—la tentación de ser deshonesto y desconsiderado con las personas se multiplica cada día. Las personas engañarán a un extraño o injustamente obtendrán ganancias del gobierno, pero nunca pensarían en ro­barle a un vecino. Se alteran los velocímetros de los autos con el propósito de volverlos a vender, los in­formes de los impuestos están incompletos, se sube el precio de las mercancías y con propaganda para una venta especial. Los maestros, abogados y doc­tores son tentados a satisfacer sus propios intereses antes que los de sus clientes.

Muchos de nosotros necesitamos afilar nuestro principios de ética y religión y entonces regirnos estrictamente por ellos en los negocios y actividades profesionales. Es fácil vivir una vida doble, una en las relaciones privadas, y otra para los negocios.

Participación en una comunidad grande

La Iglesia, con su rico programa de actividad y dirección secular, tiende a consumir el tiempo libre de sus miembros activos y esto de por sí, es algo bueno. ¿En dónde puede una persona servir mejor a Dios y al hombre? Sin embargo, también somos miembros de una gran sociedad, ciudadanos de la comunidad, el estado, la nación y el mundo. Los Santos de los Últimos Días necesitan ser ciudada­nos responsables en esta comunidad así como en sus círculos religiosos.

Es necesario estudiar y discutir los asuntos so­ciales y políticos de la actualidad en todos los niveles de la sociedad, así como ser activo en la vida cívica. En la ciudad moderna existen numerosas agencias sociales, por ejemplo: servicio familiar, centros de salud mental, consejos de servicio de la comunidad, las cuales necesitan el apoyo verdadero de los bue­nos ciudadanos. Todo adulto Santo de los Últimos Días, con algunas excepciones debido a la salud y circunstancias personales, debe prestar un buen ser­vicio a su comunidad, así como a su Iglesia.

Derechos humanos

El problema más grande en el mundo actual, desde el punto de vista del autor, aún más grande que el comunismo, es la necesidad de que los hom­bres de todas las razas, culturas y sociedades, sien­tan su propio valor y dignidad como seres humanos. El hombre tiene una larga y vergonzosa historia de subyugar y humillar a sus semejantes por razones económicas, políticas, religiosas, raciales y otras.

En el nombre de la religión y la humanidad, esta práctica tiene que llegar a su fin. Los hombres po­drán tener mayores talentos, más posesiones y ven­tajas sobre otros, pero como personas no son supe­riores. Todos somos hijos de la misma tierra y del mismo Creador. Dios ama a uno como a otro, ¿pue­de hacer menos? Todo ser humano tiene la misma necesidad de alimento, vestido, refugio, amor, autorrespeto y habilidad de expresarse. En las palabras del Libro de Mormón:

“Considerad a vuestros hermanos como a vos­otros mismos. . . en su vista un ser es tan precioso como el otro. . . .” (Jacob 2:17, 21)

“. . . pues él (el Señor) hace lo que es bueno entre los hijos de los hombres. . . y los invita a venir a él, y participar de sus bondades; y a ninguno de los que a él vienen desecha, sean negros o blan­cos, esclavos o libres, varones o hembras; y se acuer­da de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto lo judíos como los gentiles.” (2 Nefi 26:33)

Los hombres son seres sociales. El amor frater­nal es la ley básica del evangelio y la vida, no im­porta cuánto tengamos, ni el puesto que tengamos en el Evangelio o la Iglesia de Cristo; si no tenemos amor “de nada os aprovechará.” “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” El aprender y practicar el amor y la justicia entre los hombres deberá ser nuestra meta principal al someternos al amor de Dios a través de Jesucristo. □

1.-Léase por ejemplo Isaías 1, Oseas 4, Miqueas 3, y Jeremías 7.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

El obispo

Liahona Agosto 1968

El obispo

Por Victor L, Brown
Del Obispado Presidente

En la sección central de este histórico Taber­náculo se encuentra un grupo de hombres de diversas partes del mundo; cada uno posee responsa­bilidades que lo diferencian de las otras personas que no pertenecen a este grupo. Casi todos los fines de semana tenemos la oportunidad de visitar a los obispos de la Iglesia en sus propias estacas; hoy tenemos el privilegio de tenerlos con nosotros en esta conferencia general. Sentimos un gran amor y respeto por ellos y estamos agradecidos por la gran obra que están desempeñando.

Antes de que me nombraran como obispo, sabía muy poco acerca de las responsabilidades de este cargo; he pensado que quizá otros miembros de la Iglesia carezcan de información, como pasó conmigo. El obispo es, o debería ser, una de las personas más importantes en la vida de todo miembro de la Igle­sia. Si es importante para nosotros, entonces nos­otros debemos ser importantes para él. Ruego que pueda decir algo que acerque más a los obispos a sus miembros, pero aún más, los miembros a sus obispos.

Para entender al obispo, debemos saber algo acerca de sus responsabilidades, las cuales son bas­tantes. El tiempo es limitado, así que sólo discutire­mos unas pocas. Primero, revisaremos dos de sus responsabilidades temporales: el cuidado del nece­sitado, y las finanzas.

En conexión con el Programa de Bienestar, fre­cuentemente escuchamos esta declaración; que la Iglesia cuida de lo suyo. El obispo es la clave prin­cipal al administrar el Programa de Bienestar, él y sólo él, determina quién recibirá ayuda, la manera en que la recibirá y, con la ayuda de la presidenta de la Sociedad de Socorro, hasta qué grado.

El obispo afronta esta asignación con un espíritu de amor, benevolencia y entendimiento. Una de sus metas principales es ayudar a las personas a conservar su autorrespeto y dignidad; y tiene ciertos principios sobre los cuales se basa para la adminis­tración de dicho programa.

El primer principio es que se espera que nos­otros, como miembros de la Iglesia, tengamos con­fianza en nosotros mismos y seamos independientes. Se nos amonesta a que tengamos almacenaje de ali­mentos en reserva para casos de serias dificultades. Si las circunstancias tales como un serio accidente o enfermedad resultaran en necesidad de ayuda, de­bemos recurrir a nuestras familias; si éstas no pue­den ofrecernos ayuda, es entonces que debemos ir al obispo.

Después de una cuidadosa investigación personal, el obispo decide sí la Iglesia debe prestar ayuda. Si su decisión es afirmativa, ésta deberá limitarse a las necesidades de la vida, y sólo hasta que la familia pueda valerse por sí misma nuevamente. El obispo no tiene la responsabilidad de sacarnos de nuestros problemas financieros causados por el imprudente manejo de nuestro salario.

Si él nos presta ayuda, espera que trabajemos por ella si estamos físicamente capacitados; su mo­tivo al hacer esto es ayudarnos a mantener el auto­rrespeto y no sentir que estamos recibiendo limosna. Francamente, muchas veces le sería mucho más fá­cil dar limosna; pero reconoce esto como un mal, y su deseo es beneficiarnos con este programa, y no debilitamos.

Hay muchas otras facetas referentes a este pro­grama, tales como las ofrendas de ayuno, proyectos de bienestar, presupuestos y almacenes del obispo. Como miembros de la Iglesia, se espera que respon­damos al llamado del obispo y su comité de bienes­tar en cada fase de dicho programa. En algunos lugares del mundo, este programa de bienestar es muy limitado; en tales casos, se espera que de todos modos apoyemos al obispo dentro de las normas establecidas.

En cuanto a las finanzas: el obispo debe recurrir a los miembros de su barrio para la ayuda financiera que sea necesaria para llevar a cabo los asuntos del barrio.

Uno de los problemas que más preocupa a los obispos es el de recolectar los fondos para el presu­puesto del barrio. Dichos fondos se necesitan para los gastos de las organizaciones del barrio y los cos­tos de mantenimiento de la capilla. Nosotros, como miembros del barrio, podemos ser una gran ayuda para el obispo si respondemos a sus peticiones por ayuda financiera. El Señor dijo que si pagábamos nuestros diezmos y ofrendas, abriría las ventanas del cielo y derramaría tantas bendiciones que casi no habría lugar para ellas.

El obispo sabe que todos los fondos que él re­cibe son sagrados, y que se aceptan como ofrendas voluntarias. Mediante nuestra voluntad para sostenerlo en los asuntos financieros, aligeramos su carga.

Hasta ahora hemos discutido sólo los asuntos temporales; ahora hablemos acerca de algunas de sus responsabilidades espirituales.

Por revelación del Señor, el obispo es el presi­dente del quorum de presbíteros. Él y sus conse­jeros constituyen la presidencia del Sacerdocio Aarónico de su barrio; él es la piedra angular en todos los asuntos referentes a los jóvenes de ambos sexos, y recibe ayuda de sus consejeros, maestros orienta­dores, secretarios generales, asesores, oficiales de las organizaciones auxiliares y maestros; pero con todo ello, él es la piedra angular en todo lo que se lleva a cabo.

Jóvenes: el obispo ha sido llamado mediante la inspiración de nuestro Padre Celestial para ser vues­tro consejero espiritual; ha sido designado como juez común por el Señor; él tiene una bendición es­pecial que le confiere el poder de discernir y enten­der; a él es a quien tenemos que acudir para con­fesar nuestros pecados. Tenemos que hacer esto si deseamos arrepentimos verdaderamente; el obispo reconoce que mediante la bendición del Señor él pue­de ser un juez, y a menos que sea justo, está sujeto a la condenación, ya que en las escrituras dice: “Que los derechos del sacerdocio están inseparable­mente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de justicia.

“Cierto es que se nos confieren; pero cuando tratamos de cubrir nuestros pecados, o de gratificar nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o de ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de in­justicia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, ¡se acabó el sacerdocio o autoridad de aquel hombre!” (Doc. y Con. 121:36-37)

El obispo está inalterablemente opuesto al pe­cado en cualquier forma, al mismo tiempo que tiene gran comprensión y misericordia por el pecador. Re­conoce muchos problemas de la vida y está listo para dar ayuda, especialmente cuando lo que está suce­diendo es algo difícil. Él puede ayudarnos en mu­chas formas sí le damos la oportunidad. Cualquier cosa que le confiéis permanecerá como un secreto. Deseo exhortaros a que dejéis que vuestro obispo os bendiga con su sabiduría; escuchadlo, él nunca estará demasiado ocupado para atenderos.

Existe otra responsabilidad básica espiritual que puede sobrepasar a todas las demás. El obispo es el padre espiritual del barrio, el sumo sacerdote que dirige; esta responsabilidad se extiende como un inmenso paraguas que nos cubriera a todos.

Él tiene un número de personas que lo ayudan en esto: los maestros orientadores. Esta es una responsabilidad de los poseedores del sacerdocio, la cual, si se lleva a cabo devotamente, quitará una gran carga de los hombros del obispo. El maestro orientador es en realidad un ayudante del obispo; él es el que se pone más en contacto con la familia. Un obispo comentó que uno de los más grandes cum­plidos que había recibido fue cuando una familia llamó primero al maestro orientador en un caso de enfermedad. El presidente McKay ha dicho que si los maestros orientadores desempeñan su deber, és­tos deben ser llamados antes que el obispo en un caso de muerte en la familia. Deseo exhortar a todo maestro orientador a que aprecie su responsabilidad y lleve a cabo su deber como ayudante del obispo.

Como padre del barrio, el obispo tiene muchos otros ayudantes; todo oficial y maestro le presta ayuda. Nosotros, como miembros del barrio, tene­mos la responsabilidad de responder a los llamados del obispo. El deberá poder depender de nosotros al llevar a cabo nuestras asignaciones; él necesita la ayuda de todos. Con esa ayuda, no sólo la obra del Señor progresa, sino que personalmente somos ben­decidos con una felicidad que no puede venir de ninguna otra fuente, a causa de que mostramos amor por nuestro Padre Celestial; porque las escrituras dicen: “, . . cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios.” (Mosíah 2:17)

¿Quién es este obispo del que hemos estado ha­blando? Podrá ser el vecino, el hijo de vuestros amigos íntimos, podrá ser ese muchacho ruidoso que teníais en la clase de la Escuela Dominical hace sólo unos pocos años, aquél a quien estuvisteis a punto de expulsar de la clase, para que nunca jamás re­gresara.

Casi siempre es esposo, generalmente padre, siem­pre el que gana el sustento. Afronta todos los pro­blemas que tenemos, tiene sus flaquezas e imperfec­ciones, sus gustos y aversiones y también su idio­sincrasia. Sí, es un ser humano, un ser humano especial a causa del llamamiento especial con una bendición también especial. Esto es lo que el Señor dijo que tiene que ser: “Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar;

“No dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro;

“Que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad.

“(Pues el que no sabe gobernar su propia casa ¿cómo cuidará de la Iglesia de Dios?)

“No un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo.” (1 Timoteo 3:2-6)

Este hombre, vuestro obispo, no solicitó el pues­to, ni siquiera se ofreció como voluntario. Es más factible que aceptara el llamamiento con temor, sin embargo, con la fe y deseo de perfeccionarse a sí mismo como una medida de lo que el Señor espera de él.

Su leal y amorosa esposa y sus hijos también han aceptado compartir su responsabilidad, al no quejarse cuando está fuera de casa la mayor parte del tiempo, estando siempre alegres cuando el telé­fono suena a la hora de la comida o a las tres de la mañana, y al estar dispuestos a llevar a cabo algu­nas de las responsabilidades que normalmente co­rresponden al esposo y padre.

Que el Señor derrame sus más ricas bendiciones sobre estos maravillosos y fieles obispos, sus esposas e hijos; y ojalá que nosotros, los miembros de sus barrios, respondamos a sus llamados, aun cuando al­gunos de ellos parecen tan jóvenes, y a pesar de que nosotros no los hubiéramos escogido. El Señor nos bendecirá por sostener a los siervos que ha lla­mado a dirigirnos.

Os doy mi testimonio de que esta es la Iglesia de Jesucristo, que los obispos de la misma han sido llamados por nuestro Padre Celestial mediante la inspiración extendida a aquellos que nos dirigen, en el nombre de Jesucristo. Amén. □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

La oración diaria

5 de Abril 1968

La oración diaria

Por el presidente Joseph Fielding Smith
De la Primera Presi­dencia

El siguiente es el texto completo del discurso pronunciado por el presidente José Fielding Smith de la Primera Presi­dencia en la sesión de la mañana del viernes 5 de abril de 1968 durante la 138a. Conferencia General Anual de la Iglesia en Salt Lake City, Utah

Mis queridos hermanos, es un gran placer para mí tener la oportunidad de estar aquí con vosotros en esta conferencia.

Como Santos de los Últimos Días tenemos muchos deberes que cumplir. Algunas veces me pregunto si no somos un poco descuidados, desconsiderados y olvidadi­zos, no prestando mucha atención a las cosas sencillas del evangelio.

Me pregunto si alguna vez nos detenemos a pensar porqué el Señor nos ha mandado que oremos. ¿Nos lo pidió porque desea que nos inclinemos delante de Él y lo adoremos? ¿Es esa la razón principal? No creo que lo sea. Es nuestro Padre Celestial, y nos ha mandado que lo adoremos y oremos a Él en el nombre de su Ama­do Hijo, Jesucristo. Pero el Señor puede pasar muy bien sin nuestras oraciones; su obra seguirá adelante ya sea que le oremos o no. El conoce el fin desde el principio.

Hay muchos mundos que han pasado por las mismas experiencias por las que nosotros estamos pasando. Evi­dentemente ha tenido otros hijos en otros mundos en donde tuvieron los mismos privilegios y oportunidades de servirle y los mismos mandamientos que se nos han dado. La oración es algo que necesitamos nosotros, y no el Señor. Él sabe cómo dirigir sus asuntos y organizar los sin necesitar de nuestra ayuda. Nuestras oraciones no tienen el fin de indicarle cómo manejar sus asuntos, y si pensamos que es así, por supuesto estamos equivo­cados. Las oraciones que ofrecemos son para nuestro beneficio, para edificarnos, fortalecernos y darnos valor para aumentar nuestra fe en El.

La oración es algo que ennoblece el alma. Aumenta nuestra comprensión y agudiza la mente, nos acerca a nuestro Padre Celestial. Necesitamos su ayuda, no hay ninguna duda de ello; necesitamos la guía de su Santo Espíritu; necesitamos saber cuáles son los principios que se nos han dado por los cuales podemos volver a su presencia; necesitamos que nuestras mentes sean alertadas por la inspiración que viene de Él, y por estas ra­zones es que le oramos, para que nos ayude a vivir de manera tal que conozcamos su verdad, podamos andar en su luz, y por medio de nuestra fidelidad y obediencia, volver nuevamente a estar en su presencia.

Si somos fieles y cumplimos con cada convenio, con cada principio de verdad que se nos ha dado, entonces después de la resurrección volveremos a su presencia y seremos como El, tendremos cuerpos que brillarán como el suyo; si somos fieles mientras estamos acá, seremos sus hijos.

Pero el Señor va a hacer una gran segregación des­pués de la resurrección de la humanidad, y muchos, en realidad la mayor parte de los habitantes de la tierra no serán llamados hijos e hijas de Dios, sino que irán al próximo mundo a ser sirvientes. Sabéis lo que dijo en el maravilloso Sermón del Monte:

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.

“Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mateo 7:13-14)

La vida eterna es el don maravilloso reservado para aquellos que están dispuestos a guardar los mandamien­tos del Señor acá, en la mortalidad.

Todos recibirán la resurrección. ¿Es ésa la vida eter­na? Por cierto que no en las palabras de nuestro Padre que está en los cielos, a eso lo llaman inmortalidad, o sea el derecho de vivir para siempre, pero el Señor ha dado su interpretación sobre lo que es vida eterna. La vida eterna es tener la misma clase de vida que tiene nuestro Padre Celestial y ser coronados con las mismas bendiciones, glorias y privilegios que El posee para que podamos ser sus hijos, miembros de su familia.

Para llegar a ser hijos e hijas de Dios debemos ser fieles a todos los convenios que son parte del evangelio, y serlo hasta el fin de nuestros días. Si lo hacemos, en­tonces heredaremos, seremos llamados herederos y sere­mos coherederos con Jesucristo; pero ¿qué heredaremos? No es que Él vaya a descender de su trono para que nosotros podamos ascender, sino que heredaremos las mis­mas bendiciones, privilegios y oportunidades de progreso que El posee, para que a su tiempo podamos llegar a ser como El, teniendo reinos y tronos. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario

“Nacer nuevamente”

6 de Abril 1968

“Nacer nuevamente”

El presidente Alvin R. Dyer

El siguiente es el texto del discurso pronunciado por el presidente Alvin R. Dyer en la sesión de la tarde del sábado, 6 de abril de 1968 durante la 138a. Conferencia General Anual.

Ciento a mi querida esposa a mi lado, ella, junto con mi familia han sido una gran ayuda para mí en mi esfuerzo por servir al Señor.

Hace muchos años un hombre de la ley buscó a Jesús de Nazaret para preguntarle cuáles eran los re­quisitos que un hombre debía cumplir para llegar a la vida eterna. La respuesta que le dio el Señor, aunque simple, no fue entendida completamente por este hombre docto en la sabiduría de los hombres. El Señor le dio la respuesta de que el hombre debe “nacer nuevamente” si es que quiere entrar en el Reino del Cielo y vivir otra vez en la presencia de Dios, el Padre, y de su Hijo, Jesucristo.

El nacer nuevamente es una parte esencial para la conversión al evangelio, tal como Cristo instruyó a Nicodemo. Pero los hombres tienen en una manera simi­lar, aunque tal vez no con la misma potencia, muchos renacimientos de diferentes formas en el curso de la vida mortal. Usualmente estos renacimientos están re­lacionados con hechos importantes o casi tragedias. Pero el “nacer nuevamente” no es parte de la regeneración en las vicisitudes de la vida.

Recuerdo haber estado al borde de la muerte en dos ocasiones, una siendo un niño de la edad de los diáconos cuando estúpidamente me puse un alfiler de sombrero en la boca. Estaba sentado en el sillón al lado de la ventana cuando el ruido súbito de un trueno hizo que me lo tragara. Cuando me di cuenta de lo que había hecho me asusté grandemente. Me puse de rodillas y oré para que ese accidente no me causara la muerte. Le prometí al Señor en ese momento que le serviría todos los días de mi vida. Creo que en esa comunicación con el Señor tuve un “renacimiento”.

En otra ocasión, junto con mi esposa May y nuestros dos hijos, Gloria y Brent, fuimos a la playa en California después de un viaje por el desierto, en un auto sin aire acondicionado. Pronto nos pusimos los trajes de baño y nos dirigimos a la playa; mi esposa y los niños se detu­vieron para jugar en la arena disfrutando de la fresca brisa, pero eso no fue suficiente para mí; me lancé en el océano y comencé a nadar internándome en el mar sin darme cuenta de cuán lejos iba, y cuando traté de re­gresar me di cuenta que estaba en una corriente que no me dejaba avanzar. Luché con todas mis fuerzas pero mis esfuerzos no dieron resultado.

Pronto comprendí la situación y me enfrenté con la posibilidad de ahogarme y no volver a ver a mis seres queridos. En unos pocos segundos pasaron por mi mente los recuerdos de mi vida, y nuevamente supliqué que fuera rescatado de la situación en que yo mismo me había metido, al entrar en el agua sin prestar atención a la señal indicada por una bandera roja.

Comencé a gritar pidiendo ayuda, y a pesar del ruido producido por las olas y la niebla, mis gritos fueron es­cuchados por un salvavidas que vino a mi rescate en un bote, justo cuando mis fuerzas se estaban terminando.

Llegamos a la costa después de expresar mi agra­decimiento al guardia, me senté sobre la arena a medi­tar y dar gracias a mi Padre Celestial. Creo que ese día volví a nacer, comprendí lo que significa estar vivo y tuve el sentimiento interior de tratar de vivir una vida digna.

Tal vez el “renacer” significa tener otra oportunidad, renovar nuestros esfuerzos para hacer nuestra parte. Mu­chas veces en mi vida he sentido eso al recibir llama­mientos para servir al Señor. Tuve ese sentimiento cuan­do fui llamado al apostolado en la conferencia de octu­bre próximo pasado. En este día siento como que un nuevo “renacimiento” está teniendo lugar. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario