Conferencia General Octubre 2017

Conferencia General Octubre 2017

Horarios de octubre de 2017, hora de Salt Lake City (MDT)

Sábado 30 de septiembre y domingo 1 de octubre
  Sesión del sábado por la mañana: de 10:00 a 12:00 h
  Sesión del sábado por la tarde: de 14:00 a 16:00 h
  Sesión General del Sacerdocio: de 18:00 a 19:30 h
  Sesión del domingo por la mañana: de 10:00 a 12:00 h
  Sesión del domingo por la tarde: de 14:00 a 16:00 h

 

Sesión general de mujeres 23 Septiembre 2017
Hna. Sharon L. Eubank Sharon L. Eubank
Hna. Neill F. Marriott Neill F. Marriott
Hna. Joy D. Jones Joy D. Jones
Presidente Dieter F. Uchtdorf Dieter F. Uchtdorf
Sesión del sábado por la mañana 30 Septiembre 2017

 

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Dedicar tiempo a hablar y a escuchar

Dedicar tiempo a hablar y a escuchar

Por Rosemary M. Wixom
Presidenta General de la Primaria

De un discurso pronunciado en la transmisión de una conferencia de estaca de Salt Lake City, el 24 de octubre de 2010.

Nuestro esfuerzo voluntario por comunicarnos mejor hoy bendecirá a nuestra familia eternamente.

Dedicar tiempo a hablar y a escuchar

En un mundo perfecto, todo niño regresaría a casa de la escuela para ser recibido con un plato de galletas de chocolate recién horneadas, un vaso grande de leche fresca y una mamá lista para dedicar tiempo a hablar y a escuchar acerca de cómo fue el día de su hijo. No vivimos en un mundo perfecto, así que pueden olvidar las galletas y la leche, si lo desean, pero no olviden “dedicar tiempo a hablar y a escuchar”.

Hace veintinueve años, el presidente James E. Faust (1920–2007), Segundo Consejero de la Primera Presidencia, se lamentó de que las familias pasaran tan poco tiempo juntas. Piensen en eso, hace veintinueve años, dijo en la conferencia general: “Uno de los problemas principales que hoy día tienen las familias es que cada vez pasan menos tiempo juntos… El tiempo que los miembros de la familia pasan juntos es precioso, tiempo que se necesita para hablar, escuchar, dar ánimo y para mostrar cómo hacer cosas”1.

Al pasar tiempo juntos y hablar con nuestros hijos, llegamos a conocerlos y ellos llegan a conocernos a nosotros. Nuestras prioridades, los verdaderos sentimientos de nuestro corazón, llegarán a ser parte de nuestra conversación con cada hijo.

¿Cuál es el mensaje principal proveniente del corazón que compartirían con un hijo?

El profeta Moisés nos enseña en Deuteronomio:

“Y amarás a Jehová tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

“Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón;

“y se las repetirás a tus hijos y les hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes”(Deuteronomio 6:5–7; cursiva agregada).

Y yo añado una más: “Y cuando se sienten a la mesa para cenar juntos”.

Si queremos que nuestra familia esté junta para siempre, tenemos que comenzar el proceso hoy. Pasar tiempo hablando con nuestros hijos es invertir en nuestra familia eterna conforme caminamos juntos la senda hacia la vida eterna.

Una madre de Illinois, EE.UU., habló sobre cómo encontró tiempo para hablar con sus hijos:

“Cuando nuestros hijos eran pequeños, adquirí el hábito de mirar algunos de mis programas favoritos de televisión… Lamentablemente, los programas se emitían a la misma hora en que los niños se iban a dormir.

“ …En cierto momento me di cuenta de que en mi lista de prioridades había colocado los programas primero y a mis hijos bastante más abajo. Por un tiempo traté de leerles cuentos antes de dormir con el televisor encendido, pero en mi corazón sabía que eso no era lo mejor. Al reflexionar sobre los días y semanas que había perdido por mi hábito de mirar televisión, comencé a sentirme culpable y decidí cambiar. Me llevó un tiempo convencerme de que en verdad podía apagar el televisor.

“Tras unas dos semanas de dejar el televisor apagado, sentí como si se me hubiese quitado una carga de encima. Me di cuenta de que me sentía mejor, incluso en cierto modo más limpia, y supe que había tomado la decisión correcta”2.

La hora de ir a dormir es el momento perfecto para hablar.

Helamán dijo sobre los guerreros jóvenes: “Y me repitieron las palabras de sus madres, diciendo: No dudamos que nuestras madres lo sabían” (Alma 56:48).

Lo que les enseñó fueron “las palabras de sus madres”. Al hablar con sus hijos, esas madres enseñaban la palabra de Dios.

Mantener la comunicación personal

Conversar produce mucho bien y el adversario conoce el poder de la palabra hablada. A él le encantaría disminuir el Espíritu que viene a nuestro hogar cuando hablamos, escuchamos, nos alentamos mutuamente y hacemos cosas juntos.

Satanás inútilmente trató de impedir la restauración del evangelio de Jesucristo en esta dispensación cuando trató de detener una conversación crucial entre José Smith y Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo.

Como dijo José: “Apenas lo hube hecho, cuando súbitamente se apoderó de mí una fuerza que me dominó por completo, y surtió tan asombrosa influencia en mí, que se me trabó la lengua, de modo que no pude hablar” (José Smith—Historia 1:15).

Al adversario le encantaría trabarnos la lengua o hacer lo que sea para impedir que expresemos en forma verbal los sentimientos del corazón cara a cara. Él se deleita en la distancia y la distracción; se deleita en el ruido; se deleita en la comunicación impersonal y en cualquier cosa que nos aparte de la calidez de una voz y del sentimiento personal proveniente de la conversación frente a frente.

Escuchar el corazón de nuestros hijos

Escuchar es tan importante como hablar. El élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Si escuchamos con amor, no habrá necesidad de preguntarnos qué decir; pues nos será dado por el Espíritu”3.

Cuando escuchamos, vemos lo que hay dentro del corazón de quienes nos rodean. Nuestro Padre Celestial tiene un plan para cada uno de Sus hijos. Imaginen si pudiéramos echar una mirada al plan individual para cada uno de nuestros hijos. ¿Y si pudiéramos saber cómo aumentar sus dones espirituales? ¿O cómo motivar a un hijo para que logre su potencial? ¿Y si pudiéramos saber cómo ayudar a cada hijo en la transición de tener la fe de un niño a tener un testimonio?

¿Cómo podemos saber?

Podemos comenzar a saber al escuchar.

Un padre Santo de los Últimos Días dijo: “Logro mucho más cuando escucho a mis hijos que cuando les hablo… He aprendido gradualmente que mis hijos no quieren mis respuestas confeccionadas, comprobadas por el tiempo y llenas de sabiduría… Para ellos, el poder hacer preguntas y hablar de sus problemas es más importante que recibir mis respuestas. Por lo general, cuando terminan de hablar, si yo he escuchado suficiente tiempo y lo suficientemente bien, en realidad no necesitan mi respuesta; ellos mismos la han encontrado”4.

Centrarse en las cosas más importantes requiere tiempo. Hablar, escuchar y animar no ocurre con rapidez; no se pueden apresurar ni programar, ya que se hacen mejor como parte de un proceso. Suceden cuando hacemos cosas juntos: cuando trabajamos juntos, cuando creamos y jugamos juntos. Suceden cuando desconectamos los medios de comunicación, eliminamos las distracciones del mundo y nos concentramos los unos en los otros.

Ahora bien, eso es algo difícil de lograr. Si nos detenemos y desconectamos todo, tenemos que estar preparados para lo que sucede a continuación. Al principio, el silencio puede ser sofocante; puede que sobrevenga una incómoda sensación de pérdida. Sean pacientes, esperen unos segundos y luego disfruten. Dediquen toda su atención a quienes los rodeen al preguntarles algo sobre ellos, y luego escuchen. Padres, hablen sobre algo que le interese a su hijo. Ríanse del pasado y sueñen con el futuro. A veces, las conversaciones sin importancia pueden conducir a charlas significativas.

Dar prioridad a nuestro propósito eterno

La primavera pasada, mientras visitaba una clase de jovencitas, la maestra nos pidió que anotáramos nuestras diez prioridades. En seguida empecé a escribir. Debo admitir que lo primero que pensé fue: “Número 1: limpiar el cajón de los lápices de la cocina”. Cuando terminamos las listas, la líder de las Mujeres Jóvenes nos pidió que compartiéramos lo que habíamos escrito. Abby, que acababa de cumplir doce años, estaba sentada junto a mí. Ésta era la lista de Abby:

1. Ir a la universidad.
2. Ser diseñadora de interiores.
3. Servir en una misión en la India.
4. Casarme en el templo con un ex misionero.
5. Tener cinco hijos y un hogar.
6. Mandar a mis hijos a la misión y a la universidad.
7. Ser una abuelita “que regala galletitas”.
8. Malcriar a los nietos.
9. Aprender más sobre el Evangelio y disfrutar de la vida.
10. Regresar a vivir con mi Padre Celestial.

Yo le digo: “Gracias, Abby. Me has enseñado en cuanto a tener una visión del plan que nuestro Padre Celestial tiene para todos nosotros. Cuando sabes que transitas una senda, a pesar de las desviaciones que puedan ocurrir, estarás bien. Si tu senda se centra en el objetivo supremo, el de la exaltación y de regresar a nuestro Padre Celestial, llegarás allí”.

¿Dónde obtuvo Abby ese sentido de propósito eterno? Comienza en nuestro hogar; comienza en nuestra familia. Le pregunté: “¿Qué haces con tu familia para establecer esas prioridades?”.

Su respuesta fue: “Además de leer las Escrituras, estamos estudiando Predicad Mi Evangelio”. Luego añadió: “Hablamos mucho; en la noche de hogar, mientras cenamos juntos y en el automóvil cuando viajamos”.

Nefi escribió: “Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo”. ¿Por qué? “Para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

Hablar, escuchar y alentarnos unos a otros, así como hacer cosas juntos en familia nos acercará a nuestro Salvador, quien nos ama. Nuestro esfuerzo voluntario para comunicarnos mejor hoy, este día, bendecirá a nuestras familias eternamente. Testifico que cuando hablamos de Cristo, también nos regocijamos en Cristo y en la dádiva de la Expiación. Nuestros hijos sabrán “a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”.

Notas

1. Véase James E. Faust, “El enriquecer la vida familiar”, Liahona, julio de 1983, pág. 65.
2. Susan Heaton, “Talk Time Instead of TV Time,” Ensign, octubre de 1998, pág. 73.
3. Jeffrey R. Holland, “Me seréis testigos”, Liahona, julio de 2001, pág. 16.
4. Véase George D. Durrant, “Ayudas para los padres: Tiempo para hablar”, Liahona, septiembre de 1973, pág. 45.

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La Expiación y la travesía de la vida mortal

La Expiación y la travesía de la vida mortal

Por el élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Tomado de un discurso pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young el 23 de octubre de 2001. Para ver el texto completo en inglés, visite speeches.byu.edu.

El poder habilitador de la Expiación nos fortalece para hacer el bien y ser benignos, y para servir más allá de nuestro propio deseo personal y de nuestra capacidad natural.

El presidente David O. McKay (1873–1970) resumió de manera concisa el grandioso objetivo del evangelio del Salvador: “El propósito del Evangelio es… hacer buenos a los hombres malos y a los hombres buenos hacerlos mejores, y cambiar la naturaleza humana”1. Por consiguiente, el trayecto de la vida terrenal es para que pasemos de ser malos a buenos y a mejores, y para que experimentemos el potente cambio de corazón, que nuestra naturaleza caída se transforme (véase Mosíah 5:2).

El Libro de Mormón es nuestro manual de instrucciones al viajar por el sendero que nos lleva de ser malos a buenos y a mejores, y al esforzarnos para que cambie nuestro corazón. El rey Benjamín enseña en cuanto al trayecto de la vida terrenal y la función que desempeña la Expiación al navegar con éxito por este trayecto: “Porque el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor” (Mosíah 3:19; cursiva agregada).

Dirijo su atención a dos frases específicas; la primera: “se despoje del hombre natural”. El recorrido de lo malo a lo bueno es el proceso de despojarse del hombre o mujer natural en cada uno de nosotros. En la vida terrenal, la carne nos tienta a todos. Los elementos mismos de los que se crearon nuestros cuerpos son, por naturaleza, caídos, y están siempre sujetos a la influencia del pecado, de la corrupción y de la muerte. Sin embargo, podemos aumentar nuestra capacidad de superar los deseos de la carne y las tentaciones “por la expiación de Cristo”. Cuando cometemos errores, al transgredir y pecar, podemos arrepentirnos y llegar a ser limpios mediante el poder redentor de la expiación de Jesucristo.

La segunda: “se haga santo”. Esa frase describe la continuación y la segunda fase del trayecto de la vida para hacer que “los hombres buenos [sean] mejores”, o, en otras palabras, llegar a ser más santos. Esta segunda parte del trayecto, este proceso de pasar de ser buenos a ser mejores, es un tema que no estudiamos ni enseñamos con la frecuencia necesaria, ni tampoco entendemos por completo.

Supongo quegran cantidad de miembros de la Iglesia están mucho más familiarizados con la naturaleza del poder redentor y purificador de la Expiación que con su poder fortalecedor y habilitador. Una cosa es saber que Jesucristo vino a la tierra para morir por nosotros, lo cual es básico y fundamental respecto a la doctrina de Cristo; pero también es necesario que reconozcamos que el Señor desea, mediante Su expiación y por medio del poder del Espíritu Santo, vivir en nosotros, no sólo para guiarnos, sino también para darnos poder.

La mayoría de nosotros sabe que cuando hacemos cosas malas, necesitamos ayuda para vencer los efectos del pecado en nuestra vida. El Salvador ha pagado el precio y ha hecho posible que seamos limpios mediante Su poder redentor. La mayoría de nosotros entiende claramente que la Expiación es para los pecadores; sin embargo, no estoy seguro de que sepamos y comprendamos que la Expiación también es para los santos, para los buenos hombres y mujeres que son obedientes, dignos y dedicados, y que están esforzándose por llegar a ser mejores y servir más fielmente. Tal vez creamos, por error, que el trayecto para pasar de buenos a mejores y llegar a ser santos lo tenemos que realizar solos, por pura valentía, fuerza de voluntad y disciplina, y con nuestras capacidades obviamente limitadas.

El evangelio del Salvador no se refiere simplemente a que evitemos lo malo en la vida; es también esencialmente hacer el bien y llegar a ser buenos. La Expiación nos proporciona ayuda para superar y evitar lo malo, para hacer el bien y llegar a ser buenos. La ayuda del Salvador está disponible para el trayecto entero de la vida terrenal: para pasar de malos a buenos y a mejores, y para cambiar nuestra naturaleza misma.

No digo que los poderes redentores y habilitadores de la Expiación sean separados y distintos; más bien, estas dos dimensiones de la Expiación están relacionadas y se complementan; es necesario que ambas funcionen durante todas las fases del trayecto de la vida y es eternamente importante que todos reconozcamos que estos dos elementos esenciales del trayecto de la vida terrenal, tanto despojarnos del hombre natural y llegar a ser santos como superar lo malo y llegar a ser buenos, se logran mediante el poder de la Expiación. La fuerza de voluntad individual, la determinación y motivación personales, la planificación eficaz y el fijar metas son necesarios, pero al final son insuficientes para que llevemos a cabo con éxito este recorrido terrenal. Verdaderamente, debemos llegar a confiar en “los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías”(2 Nefi 2:8).

La gracia y el poder habilitador de la Expiación

Del diccionario bíblico en inglés aprendemos que la palabra gracia a menudo se usa en las Escrituras para indicar un poder que fortalece o habilita:

“[Gracia es] una palabra que figura con frecuencia en el Nuevo Testamento, especialmente en los escritos de Pablo. La idea principal de la palabra es: medios divinos de ayuda o fortaleza, que se dan a través de la abundante misericordia y amor de Jesucristo.

“Es por medio de la gracia del Señor Jesucristo, que Su sacrificio expiatorio hace posible que la humanidad se levante en inmortalidad, cuando cada persona recibirá su cuerpo de la tumba en un estado de vida sempiterna. Es igualmente mediante la gracia del Señor que las personas, por medio de la fe en la expiación de Jesucristo y el arrepentimiento de sus pecados, reciben fortaleza y ayuda para realizar buenas obras que de otro modo no podrían conservar si tuvieran que valerse por sus propios medios. Esta gracia es un poder habilitador que permite a los hombres y a las mujeres asirse de la vida eterna y la exaltación después de haber dedicado su mejor esfuerzo”2.

La gracia es la ayuda divina o la ayuda celestial que cada uno de nosotros necesita desesperadamente para hacerse merecedor del reino celestial. Por consiguiente, el poder habilitador de la Expiación nos fortalece para hacer el bien y ser benignos, y para servir más allá de nuestro propio deseo personal y de nuestra capacidad natural.

En mi estudio personal de las Escrituras, con frecuencia añado el término “poder habilitador” cada vez que encuentro la palabra gracia. Consideremos, por ejemplo, este versículo con el cual todos estamos familiarizados: “…sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23). Creo que podemos aprender mucho en cuanto a este importante aspecto de la Expiación si cada vez que encontremos la palabra gracia en las Escrituras, insertamos “poder habilitador y fortalecedor”.

Ilustraciones y consecuencias

El trayecto de la vida terrenal es pasar de malos a buenos y a mejores, y cambiar nuestra naturaleza misma. El Libro de Mormón está repleto de ejemplos de discípulos y profetas que conocieron, comprendieron y fueron transformados por el poder habilitador de la Expiación al realizar ese trayecto. A medida que lleguemos a entender mejor ese sagrado poder, nuestra perspectiva del Evangelio se ensanchará y enriquecerá considerablemente; y esa perspectiva nos cambiará de maneras extraordinarias.

Nefi es un ejemplo de alguien que conoció y comprendió el poder habilitador del Salvador, y confió en él. Recordarán que los hijos de Lehi habían regresado a Jerusalén para conseguir el apoyo de Ismael y de los de su casa. Lamán y otros del grupo que viajaban con Nefi desde Jerusalén de regreso al desierto, se rebelaron, y Nefi exhortó a sus hermanos para que tuvieran fe en el Señor. A esa altura del trayecto, los hermanos de Nefi lo ataron con cuerdas y planearon su destrucción. Presten atención a la oración de Nefi: “¡Oh Señor, según mi fe en ti, líbrame de las manos de mis hermanos; sí, dame fuerzas para romper estas ligaduras que me sujetan!” (1 Nefi 7:17; cursiva agregada).

¿Saben lo que probablemente hubiese pedido yo si mis hermanos me hubieran atado? “¡Por favor sácame de este enredo AHORA MISMO!”. Me parece muy interesante que Nefi no oró para que sus circunstancias cambiaran; más bien, oró para tener la fortaleza de cambiar sus circunstancias. Y creo que él oró de esa manera precisamente porque conocía, comprendía y había experimentado el poder habilitador de la Expiación.

No creo que las ligaduras con las que Nefi estaba atado se cayeran por arte de magia de sus manos y muñecas; más bien, sospecho que fue bendecido con perseverancia así como con fortaleza personal más allá de su capacidad natural y que después, “con la fuerza del Señor” (Mosíah 9:17) luchó, retorció y tiró de las cuerdas hasta que al final, y en forma literal, pudo romper las ligaduras.

Lo que este episodio implica para cada uno de nosotros es bastante claro. A medida que ustedes y yo lleguemos a comprender y a emplear el poder habilitador de la Expiación en nuestra vida, oraremos para tener fuerza y la buscaremos a fin de cambiar nuestras circunstancias en lugar de pedir que nuestras circunstancias cambien. Llegaremos a convertirnos en agentes que actúan, en vez de ser objetos sobre los que se actúe (véase 2 Nefi 2:14).

Consideren el ejemplo del Libro de Mormón cuando Amulón perseguía a Alma y a su pueblo. La voz del Señor vino a esas buenas personas en su aflicción y les indicó:

“Y también aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no podréis sentirlas sobre vuestras espaldas…

“Y aconteció que las cargas que se imponían sobre Alma y sus hermanos fueron aliviadas; sí, el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor” (Mosíah 24:14–15; cursiva agregada).

¿Qué es lo que cambió en esta historia? La carga no fue lo que cambió; los desafíos y las dificultades de la persecución no les fueron quitados de inmediato, sino que Alma y sus seguidores fueron fortalecidos; y el aumento de su capacidad y fortaleza aligeraron las cargas que llevaban. Esas buenas personas recibieron poder por medio de la Expiación para actuar como agentes y producir un impacto en sus circunstancias. Y “con la fuerza del Señor”, Alma y su pueblo fueron guiados a un lugar seguro en la tierra de Zarahemla.

Es posible que con toda razón se pregunten: “¿Por qué este relato de Alma y su pueblo constituye un ejemplo del poder habilitador de la Expiación?”. La respuesta se encuentra al comparar  Mosíah 3:19 y Mosíah 24:15.

“…se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre”  (Mosíah 3:19; cursiva agregada).

A medida que en el trayecto de la vida terrenal pasemos de malos a buenos y a mejores, a medida que nos despojemos del hombre o mujer natural en cada uno de nosotros y nos esforcemos por llegar a ser santos, y a medida que cambie nuestra naturaleza, los atributos que se detallan en este versículo deberán describir cada vez más el tipo de persona en que ustedes y yo nos estemos convirtiendo. Llegaremos a ser más como niños, más sumisos, más pacientes y más dispuestos a someternos.

Ahora comparen estas características en  Mosíah 3:19 con aquellas que se utilizaron para describir a Alma y a su pueblo: “…y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor”(Mosíah 24:15; cursiva agregada).

Creo que el paralelismo que existe entre los atributos que se describen en esos versículos es asombroso, y parece indicar que el buen pueblo de Alma se estaba convirtiendo en un pueblo mejor mediante el poder habilitador de la expiación de Cristo el Señor.

Recordarán la historia de Alma y Amulek que se encuentra enAlma 14. En ese episodio, habían condenado a muerte a muchos fieles santos por fuego, y a esos dos siervos del Señor los habían encarcelado y golpeado. Piensen en esta súplica que ofreció Alma cuando oró en la prisión: “¡Oh Señor!, fortalécenos según nuestra fe que está en Cristo hasta tener el poder para librarnos” (Alma 14:26;  cursiva agregada).

Vemos aquí otra vez el entendimiento que Alma tenía del poder habilitador de la Expiación y la confianza que se reflejaba en dicha súplica. Y observen el resultado de esa oración:

“Y [Alma y Amulek] rompieron las cuerdas con las que estaban atados; y cuando los del pueblo vieron esto, empezaron a huir, porque el temor a la destrucción cayó sobre ellos…

“Y Alma y Amulek salieron de la prisión, y no sufrieron daño, porque el Señor les había concedido poder según su fe que estaba en Cristo”(Alma 14:26, 28;  cursiva agregada).

Una vez más se manifiesta el poder habilitador cuando las personas buenas luchan contra la maldad y se esfuerzan para llegar a ser aún mejores y servir más eficazmente “con la fuerza del Señor”.

Otro ejemplo del Libro de Mormón es instructivo. En Alma 31,  Alma encabeza una misión para traer de nuevo al redil a los zoramitas apóstatas quienes, tras edificar su Rameúmptom, ofrecen una oración memorizada y llena de orgullo.

Presten atención a la súplica para recibir fuerza que hace Alma en su oración personal: “¡Oh Señor, concédeme que tenga fuerzas para sufrir con paciencia estas aflicciones que vendrán sobre mí, a causa de la iniquidad de este pueblo!” (Alma 31:31; cursiva agregada).

Alma también ruega que sus compañeros misionales reciban una bendición semejante: “¡Concédeles que tengan fuerza para poder sobrellevar las aflicciones que les sobrevendrán por motivo de las iniquidades de este pueblo!” (Alma 31:33; cursiva agregada).

Alma no pidió que les fueran quitadas sus aflicciones; sabía que era un agente del Señor y oró para tener el poder de actuar e influir en su situación.

El punto clave de este ejemplo aparece en el versículo final de Alma 31: “[El Señor] les dio fuerza para que no padeciesen ningún género de aflicciones que no fuesen consumidas en el gozo de Cristo. Y esto aconteció según la oración de Alma; y esto porque oró con fe” (versículo 38; cursiva agregada).

Las aflicciones no se desvanecieron, pero Alma y sus compañeros fueron fortalecidos y bendecidos por medio del poder habilitador de la Expiación para que “no padeciesen ningún género de aflicciones que no fuesen consumidas en el gozo de Cristo”. ¡Qué maravillosa bendición! Y qué lección tenemos que aprender cada uno de nosotros.

No sólo en las Escrituras se encuentran ejemplos del poder habilitador. Daniel W. Jones nació en 1830, en Misuri [Estados Unidos], y se unió a la Iglesia en California en 1851. En 1856 participó en el rescate de las compañías de carros de manos que se encontraban varadas en Wyoming debido a fuertes nevadas. Después de que el grupo de rescate encontró a los afligidos santos, les proporcionó el auxilio inmediato que les fue posible e hizo los arreglos para que se transportara a Salt Lake City a los enfermos y a los débiles, Daniel y varios jóvenes se ofrecieron para permanecer con la compañía y proteger sus posesiones. Los alimentos y víveres que quedaron al cuidado de Daniel y sus compañeros eran escasos y se acababan rápidamente. La siguiente cita del diario personal de Daniel Jones describe los acontecimientos que siguieron:

“Los animales para la caza eran tan escasos que no podíamos matar nada. Comimos toda la carne de mala calidad; daba hambre el sólo comerla. Por fin se acabó, y no quedó nada más que las pieles. Tratamos de comerlas; se cocinaron muchas y se consumieron sin condimentos, y toda la compañía enfermó…

“La situación era desesperante, ya que no quedaba nada más que las pieles de mala calidad de ganado hambriento. Le pedimos al Señor que nos indicara qué hacer. Los hermanos no murmuraron, sino que pusieron su confianza en Dios… Por fin, recibí la impresión de cómo prepararlas y aconsejé a la compañía sobre cómo cocinarlas: que chamuscaran el pelo y que lo quitaran raspándolo, lo cual tenía la tendencia de quitar y purificar el mal sabor que quedaba después de hervirlo. Después de rasparlas, había que hervirlas por una hora en suficiente agua y tirar el agua una vez que se hubiese extraído toda la sustancia viscosa; después lavar y raspar bien la piel, lavarla con agua fría, hervirla hasta que quedara como gelatina, dejarla enfriar y comerla espolvoreándola con un poco de azúcar. Era muchísimo trabajo, pero no había más remedio que hacerlo, y era mejor que morirse de hambre.

“Le pedimos al Señor que bendijera nuestro estómago y lo adaptara a esa comida… Al comer, todos parecieron disfrutar el festín. Pasamos tres días sin comer antes de volver a intentarlo. Disfrutamos esa deliciosa comida por unas seis semanas”3.

En esas circunstancias, yo probablemente hubiese pedido otra cosa para comer: “Padre Celestial, por favor mándame una codorniz o un bisonte”. Es posible que no se me hubiera ocurrido orar para que se fortaleciera mi estómago y se adaptara a la comida que teníamos. ¿Qué es lo que Daniel W. Jones sabía? Sabía en cuanto al poder habilitador de la expiación de Jesucristo. Él no oró para que sus circunstancias cambiaran; oró para ser fortalecido a fin de hacer frente a sus circunstancias. Así como Alma y su pueblo, y Amulek y Nefi fueron fortalecidos, Daniel W. Jones tuvo la comprensión espiritual para saber lo que debía pedir en esa oración.

El poder habilitador de la expiación de Cristo nos fortalece para hacer aquello que nunca podríamos hacer por nosotros mismos. A veces me pregunto si en nuestro mundo moderno de comodidades, de hornos de microondas, de teléfonos celulares, automóviles con aire acondicionado y casas cómodas, aprendemos a reconocer nuestra dependencia diaria del poder habilitador de la Expiación.

La hermana Bednar es una mujer enormemente fiel y competente, y de su callado ejemplo he aprendido importantes lecciones sobre el poder fortalecedor. Durante cada uno de sus tres embarazos, la observé perseverar en medio de intensas y continuas nauseas matinales, literalmente enferma todo el día, cada día durante ocho meses. Oramos juntos para que fuese bendecida, pero el desafío nunca fue quitado; más bien, recibió la habilidad de hacer físicamente lo que no hubiera podido hacer por su propia fuerza. A lo largo de los años, también he observado la forma en que ha sido magnificada para hacer frente a la burla y al desprecio que provienen de una sociedad secular cuando una mujer Santo de los Últimos Días obedece el consejo profético y hace de la familia y del cuidado de los hijos sus mayores prioridades. Le doy gracias a Susan y le rindo tributo por ayudarme a aprender esas valiosas lecciones.

El Salvador sabe y comprende

En el capítulo 7 de Alma aprendemos cómo y por qué el Salvador puede proporcionar el poder habilitador:

“Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo.

“Y tomará sobre sí la muerte, para soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enfermedades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos” (Alma 7:11–12; cursiva agregada).

El Salvador no ha sufrido sólo por nuestras iniquidades sino también por la desigualdad, la injusticia, el dolor, la angustia y la aflicción emocional que con tanta frecuencia nos acosan. No hay ningún dolor físico, ninguna angustia del alma, ningún sufrimiento del espíritu, ninguna enfermedad o flaqueza que ustedes o yo experimentemos durante nuestra vida terrenal que el Salvador no haya experimentado primero. Es posible que, en un momento de debilidad, ustedes y yo exclamemos: “Nadie entiende; nadie sabe”. Tal vez ningún ser humano sepa, pero el Hijo de Dios sabe y entiende perfectamente, porque Él sintió y llevó nuestras cargas antes que nosotros; y, debido a que Él pagó el precio máximo y llevó esa carga, Él entiende perfectamente y puede extendernos Su brazo de misericordia en muchas etapas de la vida. Él puede extender la mano, tocarnos, socorrernos, literalmente correr hacia nosotros, y fortalecernos para que seamos más de lo que jamás podríamos ser, y para ayudarnos a hacer lo que nunca podríamos lograr si dependiéramos únicamente de nuestro propio poder.

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.

“Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30).

Declaro mi testimonio y agradecimiento por el sacrificio infinito y eterno del Señor Jesucristo. Sé que el Salvador vive. He experimentado Su poder redentor, así como Su poder habilitador, y testifico que esos poderes son reales y que están al alcance de cada uno de nosotros. Verdaderamente, “con la fuerza del Señor” podemos hacer y superar todas las cosas a medida que avanzamos en nuestro trayecto de la vida terrenal.

Notas

1. Véase Franklin D. Richards, en Conference Report, octubre de 1965, págs.136–137; véase también David O. McKay, en Conference Report, abril de 1954, pág. 26.
2. Véase Diccionario Bíblico en inglés, “Grace”; cursiva agregada.
3. Daniel W. Jones, Forty Years among the Indians, sin fecha, págs. 57–58.

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“¡Ha resucitado!”: El testimonio de un profeta

Liahona Abril 2012

“¡Ha resucitado!”: El testimonio de un profeta

Por el presidente Thomas S. Monson

“El llamado del clarín al mundo cristiano”, ha declarado el presidente Thomas S. Monson, es que Jesús de Nazaret se levantó de entre los muertos. “La realidad de la resurrección nos da a cada uno de nosotros esa paz que sobrepasa todo entendimiento” (véase Filipenses 4:7)1

En los siguientes extractos, el presidente Monson comparte su testimonio de la resurrección del Salvador y su gratitud por ella, y declara que debido a que el Hijo conquistó la muerte, todos los hijos del Padre que vengan a la tierra vivirán nuevamente.

La vida después de la existencia mortal

“Yo creo que ninguno de nosotros puede comprender la trascendencia total de lo que Cristo hizo por nosotros en Getsemaní, pero agradezco cada día de mi vida Su sacrificio expiatorio por nosotros.

“A último momento Él podría haberse arrepentido, pero no lo hizo. Descendió debajo de todo para salvar todas las cosas. Al hacerlo, Él nos concedió vida después de esta existencia mortal. Él nos reivindicó de la caída de Adán.

“Mi agradecimiento hacia Él llega hasta lo profundo de mi alma. Él nos enseñó cómo vivir; Él nos enseñó cómo morir; Él aseguró nuestra salvación”2.

Disipando las tinieblas de la muerte

“En ciertas situaciones, como cuando se trata de prolongados sufrimientos y enfermedades, la muerte llega como un ángel de misericordia. Pero casi siempre, la consideramos como la enemiga de la felicidad humana.

“Las tinieblas de la muerte siempre se pueden disipar por medio de la luz de la verdad revelada. ‘Yo soy la resurrección y la vida’, dijo el Maestro, ‘el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás’.

“Esa seguridad —sí, incluso la sagrada confirmación— de que hay vida más allá de la tumba, bien podría proporcionar la paz que el Señor prometió cuando les aseguró a Sus discípulos: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo’”3.

No está aquí

“Nuestro Salvador volvió a la vida. El acontecimiento más glorioso, reconfortante y tranquilizador de la historia de la humanidad se había llevado a cabo: la victoria sobre la muerte. El dolor y la agonía de Getsemaní y del Calvario se habían borrado; la salvación de la humanidad se había asegurado; la caída de Adán se había resuelto.

“La tumba vacía de esa primera mañana de Pascua era la respuesta a la pregunta de Job: ‘Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?’. A todos los que estén al alcance de mi voz, declaro: si un hombre muriere, volverá a vivir. Lo sabemos, pues tenemos la luz de la verdad revelada…

“Mis queridos hermanos y hermanas, en el momento de nuestro más hondo pesar, nos pueden brindar profunda paz las palabras del ángel en esa primera mañana de Pascua de Resurrección: ‘No está aquí, sino que ha resucitado’”4.

Todos volverán a vivir

“Reímos, lloramos, trabajamos, jugamos, amamos y vivimos; y luego morimos…

“Y permaneceríamos muertos de no ser por un Hombre y Su misión, sí, Jesús de Nazaret…

“Con todo mi corazón y el fervor de mi alma levanto mi voz en testimonio, como testigo especial, y declaro que Dios vive; Jesús es Su Hijo, el Unigénito del Padre en la carne. Él es nuestro Redentor y nuestro Mediador ante el Padre. Fue Él quien murió en la cruz para expiar nuestros pecados. Él fue las primicias de la resurrección y gracias a Su muerte todos volveremos a vivir”5.

Un testimonio personal

“Declaro mi testimonio personal de que la muerte ha sido vencida, se ha logrado la victoria sobre la tumba. Ruego que todos puedan reconocer la verdad de las palabras que Aquel que las cumplió hizo sagradas. Recuérdenlas. Aprécienlas. Hónrenlas. Él ha resucitado”6.

Cómo enseñar con este mensaje

Tras compartir las citas del mensaje del presidente Monson, haga notar el testimonio que da del verdadero significado de la Pascua. Podría hacer las siguientes preguntas a los miembros de la familia: “¿Qué significa para ustedes que un profeta viviente haya testificado de estas verdades en la actualidad? ¿Cómo pueden aplicarlas a su vida?”. Considere dar su propio testimonio.

Jóvenes
Lo veré de nuevo

Por Morgan Webecke
Papá hacía que cada uno de sus hijos se sintiera especial. Nos amaba y perdonaba fácilmente; se empeñaba por asegurarse de que cada uno de nosotros fuera feliz y dejó bien en claro que deseaba lo mejor para nosotros. Yo lo quería mucho.

Cuando yo estaba en el sexto grado de la escuela, mi papá murió en un accidente automovilístico. Mi familia y yo estábamos completamente desolados; había un vacío grande en nuestra familia. Papá era en el que yo me apoyaba, a quien acudía si tenía problemas. En vez de buscar ayuda, dejé que el enojo y el dolor se arraigaran en mí. Finalmente decidí que era culpa de Dios; dejé de leer las Escrituras y de orar; iba a la Iglesia sólo porque mamá quería que fuera, pero trataba de mantenerme lejos de mi Padre Celestial.

Entonces fui a un campamento para las Mujeres Jóvenes por primera vez. Me gustó conocer a nuevas amigas, pero aún no leía las Escrituras. La última noche tuvimos una reunión de testimonios y sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: el Espíritu. Admiré a las chicas que se levantaron a dar su testimonio, pero yo permanecí sentada porque pensaba que no tenía uno. De repente sentí que tenía que levantarme. Abrí la boca sin saber qué decir; dije que estaba agradecida por el campamento de las Mujeres Jóvenes, pero después empecé a decir que sabía que Jesucristo había muerto por mí, que mi Padre Celestial me amaba y que la Iglesia era verdadera.

Me envolvió un sentimiento de paz extraordinario. Como resultado de esa experiencia, ahora puedo decir que sé que veré nuevamente a mi papá gracias a la expiación y resurrección del Salvador.

Niños
¡Él vive!

El presidente Monson enseña que debido a que Jesucristo murió y resucitó, todos vamos a vivir de nuevo. Mira las ilustraciones más abajo. Escribe un número en cada casilla para mostrar el orden en que sucedieron los acontecimientos.

Gracias a que Jesucristo vive, las familias pueden estar juntas para siempre. Haz un dibujo de tu familia en el recuadro de abajo.

Notas

1. “Ha resucitado”, Liahona, abril de 2010, pág. 17.
2. “Al partir”, Liahona, mayo de 2011, pág. 114.
3. Véase “Ahora es el momento”, Liahona, enero de 2002, pág. 68; véase también  Juan 11:25–2614:27.
4. “¡Ha resucitado!”, Liahona, mayo de 2010, pág. 90; véase también Job 14:14Mateo 28:6.
5. “¡Yo sé que vive mi Señor!”, Liahona, mayo de 2007, págs. 24, 25.
6. Véase “Ha resucitado”, Liahona, abril de 2003, pág. 7.

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“No Serás Ocioso”

Liahona Enero 1962

“No Serás Ocioso”

(Tomado de the Charch News

El mandamiento del Señor “Cesad de ser ociosos” es frecuentemente mencionado entre los Santos de los Últimos Días, pero princi­palmente refiriéndose a las cosas materiales o temporales. ¿Hemos acaso meditado suficientemente en cuanto a la aplicación espiritual de esta Escri­tura?

Existen otras varias referencias concernientes a la ociosidad, que justificarían la relación del mandamiento con nuestra actividad en la Iglesia. Notemos sólo algunas de ellas:

“De modo que, con toda diligencia aprenda cada varón su deber, así como a obrar en el oficio al cual fuere nombrado.

“El que fuere perezoso no será considerado digno de permanecer, y quien no aprendiere su deber, y no se presentare aprobado, no será con­tado digno de permanecer. Así sea. Amén.” (Doc. y Con. 107:99-100)

Esto está directamente relacionado con nues­tra posición y actividad en la Iglesia, y con nuestro grado de voluntad en aceptar tales compromisos.

También en la Sección 68, versículo 30, tene­mos otro mandamiento sobre este particular:

“Y en vista de que se les manda trabajar, los habitantes de Sion también han de recordar sus labores con toda fidelidad, porque se tendrá al ocioso en memoria ante el Señor.”

Encontramos una declaración similar en la Sección 73, donde el Señor dice:

“Sea diligente cada cual en todas las cosas. No habrá lugar en la iglesia para el ocioso, a no ser que se arrepienta y enmiende sus costumbres.” (Doc. y Con. 73:29)

Estas y otras referencias están en completa armonía con el primer v gran mandamiento por el cual somos enseñados a amar al Señor con todo nuestro corazón, poder, mente y fuerza. No cabe la ociosidad en esto.

La versión de dicho mandamiento, tal como aparece en la Sección 4 de las Doctrinas y Con­venios, es también para destacar: “. . . oh vosotros que os embarcáis en el servicio de Dios, mirad que le sirváis con todo vuestro corazón, alma, mente y fuerza, para que aparezcáis sin culpa ante Dios en el último día.” (Doc. y Con. 4:2)

Y en la Sección 59, es esto repetido conclu­yendo con las palabras: “y en el nombre de Jesu­cristo lo servirás”. ¿Podemos dar menos de lo mejor que hay en nosotros, al servir al Señor?

En el Nuevo Testamento somos enseñados que debemos “fructificar” y también se nos dice que las ramas que no son productivas o fructíferas deben ser podadas y echadas al fuego. Tam­bién repetidamente nos es dicho, en revelaciones modernas, que debemos “meter nuestra hoz con nuestra fuerza” y se nos promete que si hacemos esto no pereceremos, sino que traeremos salva­ción a nuestras almas.

La actividad en la Iglesia es vital para nues­tra salvación y nuestra exaltación en la presencia de Dios. Con dicha actividad, cumplimos con varias cosas a la vez: 1—Ayudamos a salvar a nues­tro prójimo; 2—Ayudamos a edificar el Reino; 3—Trabajamos para nuestra propia salvación.

Nadie puede ser .simplemente arrastrado ha­cia el Reino de Dios. El hecho en sí de ser miembro de la iglesia, no basta para la salvación. No participar del trabajo en la Iglesia, es acumu­lar moho. Si decimos que es bueno despreocu­parse de vez en cuando de los trabajos en la Iglesia, significa que no entendemos el plan del evangelio.

El mandamiento del Señor es: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 3:48)

La perfección en cualquier cosa ¿puede lo­grarse descansando, siguiendo el camino más fácil o siendo inactivo?

El propósito del evangelio es ayudarnos a ser perfectos como Dios. No hay otro propósito. En­tonces, siendo que el logro de la perfección re­quiere esfuerzos, ¿debemos negar nuestra partici­pación en las actividades?

Pensemos en la perfección en algún negocio. ¿Puede el ocioso prosperar en negocios? Pensemos en la música, la pintura o cualquiera de las artes. ¿Puede el ocioso llegar a ser un gran músico, un gran pintor o un gran realizador en cualquier línea?

¿Es menos difícil llegar a ser perfecto como Dios, que llegar a serlo como Padcrewski o Heifetz en la música, o como Pupin, Kirtley Mather o Millikan en la ciencia? ¿O como Einstein? ¿O como Shakespeare o Lincoln? Entonces, debemos ser diligentes.

Cuando nos alejamos de la actividad en la Iglesia, nos alejamos también del desarrollo en la fase más importante de nuestras vidas. Es ad­mirable llegar a ser un gran historiador o un constructor de renombre, o un astrónomo notable o un exitoso hombre de negocios. Todo conoci­miento que adquiramos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección. Pero ser un dies­tro negociante, gran músico o todo un maestro en campo alguno, no nos asegura la salvación.

Es la cualidad espiritual la que salva. El des­arrollo de un alma grande se logra sólo mediante un constante empeño por la salvación, lo cual es inspirado de Dios.

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“¿Quién subirá al monte de Jehová?”

Liahona Agosto 2001

“¿Quién subirá al monte de Jehová?”

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Al percibir y ver la belleza impresionante del templo, visualizamos y con­servamos en el recuerdo las infinitas bendiciones que recibirán muchas per­sonas gracias a él.

En el Salmo 24 se halla la pregunta: “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?” (Salmos 24:3).

Al pensar en el mandamiento de permanecer en lugares sagrados, debemos recordar que, con excepción del templo, los lugares más sagrados y santos de todo el mundo deben ser nuestros propios hogares.

Creo que encontramos la belleza y santidad de “su lugar santo” al entrar en los magníficos templos de Dios. Bajo la profética inspiración del presidente Gordon B. Hinckley, estamos viviendo la época más grandiosa de la edificación de templos. Casi cada semana del año pasado se dedicó un nuevo templo, y en un mes se dedicaron hasta siete. Nunca antes en nin­guna época, la edificación de templos se había llevado a cabo en tan gran­de escala. Los fieles Santos que pagan sus diezmos y ofrendas lo han hecho posible, y cada uno de ellos recibirá bendiciones eternas por su fidelidad. Asimismo, los que participan de las bendiciones del templo también serán eternamente bendecidos.

Cada templo es una inspiración, es magnífico y bello en todos los aspec­tos, pero el edificio en sí no bendice. Las bendiciones de la investidura y demás ordenanzas divinas —que abarcan aquello que no es de este mundo, como las llaves del sacerdocio— se reciben mediante la obediencia y la fidelidad a la autoridad del sacerdocio y a los con­venios realizados.

Al percibir y ver la belleza impresionante del templo, visualizamos y conservamos en el recuerdo las infinitas bendiciones que recibirán muchas personas gracias a él. No obstante, debemos recordar que hay líderes y santos fieles en partes del mundo que todavía carecen de un santuario donde recibir las ordenanzas santificadoras y purificadoras del templo. Éstos son presidentes de esta­ca, patriarcas, miembros de sumos consejos, obispados y otros líderes del sacerdocio, así como una multitud de santos fieles, aún sin investir y que por encima de todo desean sellarse a sus amados padres, cónyuges e hijos. Tenemos la bendición y la responsabilidad de ayudarles a recibir las bendiciones del templo. Los futuros templos serán en cierta forma una santificación de nuestra de­voción y esfuerzos en la edificación del reino de Dios en nuestros días.

En medio de la magnificencia y el esplendor de los templos modernos, haríamos bien en detenernos un mo­mento y reflexionar en aquellos trabajadores sin camisa ni calzado que construyeron los templos de Nauvoo y de Kirtland. Cada templo que se erige hoy día es una reivin­dicación de José y de Hyrum Smith, y el triunfo de ellos y de todas las personas que sufrieron la desolación, las pa­lizas y los asesinatos de manos de los crueles tiranos de los populachos que forzaron a los primeros miembros de la Iglesia a ir hacia el oeste.

Salió triunfante el pequeño Sardius Smith, un niño de nueve años que en la masacre de Haun’s Mill, el 30 de oc­tubre de 1838, se deslizó bajo los fuelles de la herrería en busca de refugio, y que al ser descubierto fue muerto a ba­lazos. Triunfó el obispo Edward Partridge (1793-1840), quien fue sacado de su casa y arrastrado a la plaza del pue­blo por hombres brutales y desalmados que derramaron brea caliente sobre su cuerpo y la cubrieron de plumas.

En los templos del Señor aprendemos obediencia y sacrificio; hacemos votos de castidad y de consagración de nuestra vida para propósitos sagrados; es posible limpiarnos y purificarnos, y que nuestros pecados sean lavados a fin de poder ir al Señor tan limpios, blancos y sin mancha como la nieve recién caída.

“¿Quién subirá al monte de Jehová?” Podemos vi­sualizar las casi innumerables multitudes de elegidos, devotos y creyentes que vendrán al sacro santuario de Dios a procurar sus bendiciones. Al entrar en sus san­tos salones, Nefi nos recordará que “el guardián de la puerta es el Santo de Israel; y allí él no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; por­que él no puede ser engañado, pues su nombre es el Señor Dios” (2 Nefi 9:41).

A medida que los Santos vayan a los sacrosantos salo­nes de lavamiento y unción y sean lavados, serán limpios espiritualmente; y, al ser ungidos, serán renovados y re­generados en alma y espíritu.

Podemos visualizar las incontables parejas jóvenes y bellas que vendrán a unirse en matrimonio. Vemos cla­ramente el gozo indescriptible en sus rostros cuando se sellan entre sí y les es sellada, mediante su fidelidad, la bendición de la sagrada Resurrección, con el poder para levantarse en la mañana de la Primera Resurrección revestidos de gloria, inmortalidad y vida eterna. Podemos ver las innumerables familias rodean­do el altar, todos vestidos de blanco, con sus cabezas reclinadas y sus manos entrelazadas durante el sella- miento, como si hubiesen nacido en el nuevo y sempi­terno convenio. Podemos ver el ejército de jóvenes angelicales, con la alegría y la avidez de la juventud, asistiendo a la casa del Señor con asombro y admira­ción para bautizarse por los muertos.

Podemos visualizar las innumerables huestes celestia­les de aquellos cuya odisea eterna quedó suspendida y que están a la espera de que se haga la obra vicaria por ellos, incluyendo la purificación del bautismo, las santas bendiciones de la investidura y la exaltadora bienaven­turanza de los sellamientos. Podemos ver familias bai­lando, clamando y sollozando de gozo al reunirse en la vida venidera.

Estamos agradecidos por la existencia del poder sellador que ata en el cielo lo que se ha atado en la tierra, y expresamos gratitud y veneración a nuestro grandioso y humilde profeta, quien posee todas esas llaves.

“¿Quién estará en su lugar santo?” Ruego que haya una mano de socorro para aquellos que han flaqueado en la fe o que han transgredido, para traerlos de regreso. Después de arrepentirse por completo, tendrán una ne­cesidad especial de la parte redentora de la investidura. Deseo que puedan saber que sus pecados no serán recor­dados ya más.

Al pensar en el mandamiento de permanecer en lu­gares sagrados, debemos recordar que, con excepción del templo, los lugares más sagrados y santos de todo el mundo deben ser nuestros propios hogares, los cuales deben estar consagrados y dedicados únicamen­te a propósitos santos. En nuestros hogares debe en­contrarse toda la seguridad, el amor fortalecedor y la compresión amable que necesitamos de forma tan desesperada.

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?

“El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha ele­vado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño” (Salmos 24:3-4). Pues “la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (Salmos 93:5). □

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Tú eres José

Tú eres José

Élder Kim B. Clark
Setenta Autoridad General
Una velada con el élder Kim B. Clark
Devocional mundial para jóvenes adultos • 7 de mayo de 2017 • Tabernáculo de Salt Lake

Mis queridos hermanos y hermanas, agradezco estar con ustedes esta noche. Siento gran amor por ustedes. Siempre que estoy con los jóvenes adultos de esta Iglesia ¡siento amor y siento gozo!

Los invito a participar conmigo en lo que espero sea un recorrido de descubrimiento, fe e inspiración. Quiero llevarlos a los primeros días de la Restauración, cuando José Smith era un joven adulto. Los invito a hacer un recorrido que yo mismo he hecho. He pasado la mayor parte de mi vida estudiando y enseñando sobre líderes y las organizaciones que ellos dirigen. He tenido la bendición de conocer a grandes líderes y de trabajar con muchas de las organizaciones más selectas que las personas hayan creado sobre la tierra; pero este recorrido a las primeras experiencias de José en la Restauración ha reforzado mi convicción de que ustedes y yo somos parte de la organización más extraordinaria sobre la faz de la tierra, la Iglesia verdadera y viviente del Señor.

Deseo llevarlos a una época en la vida de José en la que afrontó incertidumbre y dificultad. Fue una etapa en la que estaba aprendiendo quién era él, quién era el Señor y cómo el Señor trabajaría con él.

Llegaría el momento en el que José sería el gran profeta de la Restauración, en el que reprendería a los guardias armados en la cárcel de Richmond con tal poder que ellos temblarían, en el que establecería la Iglesia, realizaría milagros poderosos, predicaría el Evangelio con un entendimiento maravilloso, construiría ciudades y templos, y establecería el fundamento para el recogimiento de Israel y la obra de salvación en ambos lados del velo. Pero quiero llevarlos a una época antes de eso, cuando José todavía no era lo que llegaría a ser. Deseo regresar a esos días porque esos días fueron para José lo que son los días ahora para ustedes. Creo que hay lecciones importantes sobre Jesucristo y Su doctrina, y acerca de Su profeta, José Smith, que aprenderán de los días en los que José era joven adulto. Sé que al escuchar esta noche con el Espíritu del Señor, el amor que sienten por el Señor y su fe en Él y en el Padre Celestial aumentarán, y su testimonio de la Restauración y del profeta José Smith será más fuerte.

El relato

Comienzo el relato con las planchas de oro. José Smith, a los 21 años, en septiembre de 1827, recibió las planchas del ángel Moroni, junto con dos piedras en aros de plata, que los nefitas llamaban intérpretes1. Más tarde, José y su esposa, Emma, se mudaron a Harmony, Pensilvania, el pueblo natal de Emma, debido a la intensa persecución en Palmyra, Nueva York2.

En Harmony, José copió los caracteres de las planchas y los estudió. Le pidió a su amigo Martin Harris que encontrara a alguien para traducir las planchas, pero Martin no tuvo éxito3.

Para febrero de 1828, a José le había quedado claro que tendría que traducir el registro él solo, con la ayuda de los intérpretes4. Con el tiempo, José aprendió a traducir el registro “… por el don y el poder de Dios”5.

Emma, que estaba embarazada de su primer hijo, fue la primera escribiente de José. Ella y José trabajaron en el registro hasta abril de 1828, cuando Martin Harris llegó a Harmony a escribir para José.

En junio, José había completado la traducción de la primera parte del registro, incluso lo que llamó el libro de Lehi. Martin Harris quería desesperadamente llevar el manuscrito a Nueva York para mostrárselo a su esposa y a su familia. José pidió permiso al Señor dos veces, pero cada vez la respuesta fue no. Martin insistió y José preguntó al Señor una tercera vez. Esta vez el Señor le dio permiso con la condición de que Martin Harris prometiera mostrar el manuscrito solo a su esposa y a otras pocas personas. Eufórico, Martin partió de inmediato para Palmyra con el manuscrito.

Pero José estaba preocupado. En ese período, José recibió una visita de Moroni y fue reprendido por sus pedidos reiterados de permitir que Martin llevara el manuscrito. José tuvo que devolver a Moroni los intérpretes y las planchas6.

Como si no fuera suficiente preocupación, Emma dio a luz, pero el bebé no vivió. Emma también casi muere y José pasó dos semanas constantemente a su lado. Cuando se sintió mejor, Emma instó a José a que averiguara lo que había pasado con Martin y el manuscrito.

El día en que José llegó a Palmyra, Martin Harris le confirmó sus peores temores: el manuscrito se había perdido. Su madre describió la escena:

“José… se levantó de la mesa exclamando: ‘Martin, ¿has perdido el manuscrito?’.

“‘Sí; se perdió’, respondió Martin, ‘y no sé dónde está’.

“‘¡Oh!’… dijo José, apretando sus manos, ‘¡Todo está perdido! ¡Todo está perdido! ¿Qué haré? He pecado… Debí haber estado satisfecho con la primera respuesta que recibí del Señor …’ Lloraba y se quejaba, y caminaba continuamente …

“‘¡Cuánta reprobación merezco del ángel del Altísimo!’ …

“¿Qué podía decir para consolarlo, cuando él veía a toda la familia sentirse igual que él; los sollozos, los gemidos y los lamentos más amargos invadieron la casa … Siguió caminando de un lado a otro, mientras lloraba y se afligía, hasta cerca del amanecer, cuando, con persuasión, ingirió un poco de alimento.

“A la mañana siguiente, comenzó su viaje a casa. Nos despedimos afligidos, porque parecía que todo lo anticipado con tanto anhelo… se había esfumado en un momento, y perdido para siempre”7.

El viaje de cuatro días a Harmony debe haber sido duro para José. Estaba preocupado por Emma, y afligido por la pérdida de su primer hijo. Había perdido el manuscrito y ya no tenía las planchas ni los intérpretes. Fue un largo viaje a casa.

José tomó la decisión de volverse al Señor8. Describió lo que sucedió cuando regresó a Harmony con estas palabras:

“Poco después de mi llegada, empecé a humillarme ante el Señor en oración ferviente y… le supliqué que si era posible me concediera misericordia y me perdonara todo lo que había hecho contrario a Su voluntad”9.

“Me encontraba… caminando a cierta distancia cuando… el mensajero celestial que antes se había manifestado apareció y me entregó de nuevo el Urim y Tumim [los intérpretes]… Pregunté al Señor por medio de ellos y recibí la siguiente revelación”10.

La revelación que José recibió está registrada en la sección 3 de Doctrina y Convenios. Es una dura amonestación y un llamado a arrepentirse, con una promesa. Primero, la amonestación:

“Y he aquí, con cuánta frecuencia has transgredido los mandamientos y las leyes de Dios, y has seguido las persuasiones de los hombres.

“Pues he aquí, no debiste haber temido al hombre más que a Dios. Aunque los hombres desdeñan los consejos de Dios y desprecian sus palabras,

“sin embargo, tú debiste haber sido fiel; y con su brazo extendido, él te hubiera defendido de todos los dardos encendidos del adversario; y habría estado contigo en todo momento de dificultad”11.

José fue motivado por la persuasión y el temor de los hombres cuando pidió permiso reiteradamente al Señor para darle el manuscrito a Martin Harris. José había comenzado a arrepentirse, pero el Señor le enseñó que había algo más que hacer:

“He aquí, tú eres José, y se te escogió para hacer la obra del Señor, pero caerás por motivo de la transgresión, si no estás prevenido.

“Mas recuerda que Dios es misericordioso; arrepiéntete, pues, de lo que has hecho contrario al mandamiento que te di, y todavía eres escogido, y eres llamado de nuevo a la obra”12.

Moroni le pidió a José que regresara los intérpretes y las planchas, pero le prometió: “Si eres muy humilde y penitente, puede que los recibas de nuevo”13. José siguió arrepintiéndose y recibió de Moroni, no mucho tiempo después, las planchas y los intérpretes14.

Más tarde, preocupado por el avance lento de la traducción durante el invierno de 1829, José le pidió al Señor que le enviara un escribiente15. En abril, el Señor envió a Oliver Cowdery a Harmony para servir como escribiente de José tras su milagrosa conversión16.

Con la llegada de Oliver, el proceso de traducción avanzó a un ritmo extraordinario.

La traducción del Libro de Mormón estuvo llena de milagros y bendiciones para José.

Sin embargo, la pregunta sobre qué hacer con el libro de Lehi en verdad lo preocupaba. Sin el registro de Lehi, no habría explicación sobre la familia de Lehi, el viaje a la tierra prometida ni el origen de los nefitas y los lamanitas.

En mayo de 1829, el Señor le reveló a José un plan, establecido por siglos, para reemplazar el libro de Lehi con lo que conocemos ahora como las planchas menores de Nefi. Esas planchas contenían un resumen del libro de Lehi y las profecías y enseñanzas de Nefi y otros profetas. Esos escritos, contenidos en el Libro de Mormón desde 1 Nefi hasta Palabras de Mormón, fueron inspirados por el Señor, preservados por cientos de años y agregados al registro por Mormón bajo la dirección del Señor17.

José y Oliver no tradujeron de nuevo el libro de Lehi. El Señor advirtió a José que hombres malvados habían cambiado el manuscrito original y estaban al acecho para interrumpir la obra del Señor. José tradujo las planchas menores de Nefi y colocó la traducción al inicio del Libro de Mormón.

La traducción del Libro de Mormón trajo experiencias maravillosas: se restauró el sacerdocio, José y Oliver fueron bautizados y recibieron el don del Espíritu Santo18. Once testigos vieron las planchas y dieron testimonio de su realidad.

El Libro de Mormón, con el testimonio de los testigos, se publicó en 1830. Martin Harris, que fue uno de los testigos, hipotecó su granja para pagar la impresión.

Tengo aquí dos tesoros de las colecciones históricas de la Iglesia que quiero mostrarles. El primero es una página del manuscrito original del Libro de Mormón. Esta página contiene la traducción al inglés de 1 Nef1 3:7:

“Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles una vía para que cumplan lo que les ha mandado”.

El segundo tesoro es un ejemplar de la primera edición del Libro de Mormón.

Lo que José recibió por revelación fue impreso en Palmyra y está aquí en el Libro de Mormón. El relato que les he contado sobre José cuando era joven adulto, sobre Emma, Martin Harris, Oliver Cowdery, Moroni y el Libro de Mormón es verdadera.

Lo que este relato significa para ustedes

Los invito, queridos hermanos y hermanas, a aplicar este relato a su experiencia en la vida. El Señor los prepara y les enseña, así como lo hizo con José cuando era joven adulto. Hay lecciones importantes que pueden aprender de la experiencia de José. Esta noche quiero centrarme en tres: fe y confianza en Jesucristo, arrepentimiento, y el poder espiritual del Libro de Mormón.

Lección 1: Fe y confianza en Jesucristo

Comienzo con la lección 1: Fe y confianza en Jesucristo.

Quiero que piensen por un momento en la situación de José cuando Martin Harris le pidió que preguntara por tercera vez al Señor. El Señor ya había dicho que no dos veces. El tercer pedido de Martin creó un dilema para José; fue una prueba de su fe.

Piensen; por un lado, José tenía fe en Jesucristo y fue bendecido con muchas experiencias espirituales extraordinarias. Él había visto y hablado con el Padre y el Hijo; tuvo entrevistas con Moroni y otros profetas; acababa de experimentar la milagrosa traducción del Libro de Lehi usando los intérpretes y su piedra vidente19.

Por otro lado, José tenía 22 años y estaba preocupado. Tenía una esposa maravillosa, que estaba embarazada de su primer hijo. No tenía dinero, ni educación ni medios para proveer para su familia. Estaba rodeado de escépticos y acosadores, y tenía pocos amigos. No había consultores a quién preguntar, ni mesa directiva, ni banqueros que le dieran fondos y consejos. Él sabía que tenía que publicar los registros, pero no tenía idea cómo pagar por la impresión si Martin Harris lo abandonaba. Su vida estaba llena de incertidumbre.

A pesar de su gran legado de experiencias espirituales, José “[temió] al hombre más que a Dios”20 y eligió preguntar por tercera vez, provocando así el desagrado del Señor y desencadenando lo que causó la pérdida del manuscrito. Pero el Señor fue misericordioso con José. Usó la fe que José ya tenía para ayudarlo a arrepentirse y preparó los medios para compensar la pérdida del manuscrito.

En muchas maneras, la situación de ustedes es como la de José. Son jóvenes adultos con preocupaciones e incertidumbres sobre el matrimonio y la familia, educación, trabajo y sobre encontrar su lugar en este mundo y en el Reino del Señor. Puede que haya otros desafíos y problemas en su vida.

Como José, ustedes ya tienen recursos y experiencias espirituales. Han sentido el Espíritu del Señor en oración, en las Escrituras, en el servicio a los demás. Han experimentado el amor, la gracia y el poder del Señor Jesucristo en el arrepentimiento, en la Santa Cena y en el santo templo.

Cuando afronten pruebas, como seguramente lo harán, no escuchen a sus miedos ni dependan de las persuasiones de los hombres. En vez de ello, los invito a que hagan las cosas que el Señor ayudó a José a hacer. Les prometo que traerán poder espiritual a su vida.

Primero, recurran a las experiencias y recursos espirituales que ya tienen para encontrar más fe y confianza en Jesucristo. Confíen en las bendiciones espirituales que han sentido y recibido a fin de obtener fortaleza para seguir avanzando con fe en el Salvador. Él es la bendición más importante de todas. Su amor nunca falla. Él estará con ustedes en todo momento de dificultades.

Segundo, miren hacia adelante con fe para ver que el Salvador influye en su vida. Recuerden cómo el Señor preparó a Oliver Cowdery para ser el escribiente de José y ayudó a José a compensar la pérdida de las 116 páginas con las planchas menores de Nefi21. El Señor actuó en la vida de José y también en la de ustedes. Ustedes tienen una identidad y un propósito eternos, y un destino divino. El Señor está participando en su vida ahora mismo; va delante de ustedes, abriendo puertas, preparando a otras personas para que los ayuden y abriendo el camino delante de ustedes.

Lección 2: El arrepentimiento

Prosigo ahora con la lección 2: El arrepentimiento.

Volvamos ahora al momento en que José descubre que se perdió el manuscrito. José sabía que había pecado contra el Señor y transgredido Sus mandamientos. Lo abrumaba la culpa y el dolor; pero José se volvió al Señor y encontró el milagro del perdón y el gozo de la redención.

El Señor esperaba de José un alto estándar, sin excusas. Trataba a José como el gran profeta que Él quería que José llegara a ser. José temió al hombre más que a Dios; confió en su propio entendimiento y no en Dios. Para José, el arrepentimiento era mucho más que simplemente decir: “Cometí un error. Lamento haber perdido el manuscrito”. José tenía que superar las actitudes, miedos y tendencias en su vida que eran la raíz de sus pecados; y necesitaba crecer, aprender y cambiar a lo largo de toda su vida.

José necesitaba un cambio en el corazón que solo es posible mediante la misericordia, el amor y el poder de Jesucristo. Eso fue exactamente lo que José recibió. El Señor conocía el potencial del carácter noble de José. Cuando le dijo a José: “… tú eres José… arrepiéntete… todavía eres escogido”22, pueden escuchar en esas palabras al Salvador extendiendo a José Su amor y misericordia, anhelando que José cambie.

También pueden escuchar al Señor enseñar a José quién es realmente. Quizás había crecido como un niño pobre, en una granja y sin educación, pera esa no era su verdadera identidad. Él era José el Profeta, vidente elegido mediante el cual Jesucristo restauraría la plenitud de Su evangelio a la tierra.

Cuando del Señor llamó a José al arrepentimiento, fue un llamado para que José hiciera los cambios necesarios a fin de elevarse y lograr su verdadera identidad mediante el poder de la expiación de Jesucristo. El Salvador ya había sufrido todo lo que José padeció, lo cual fue real y duro, y muy preocupante. Jesucristo ofreció a José el camino al perdón y a la redención. Durante muchos días, semanas y meses, José buscó el perdón del Señor y Su poder redentor, y los recibió.

Hermanos y hermanas, el Señor establece estándares muy altos para ustedes también, sin excusas. Él los trata como el discípulo valiente y compasivo que desea que sean; pero Él también los ama, como amó a José. Todos cometemos errores de vez en cuando, y cada uno necesita las bendiciones del arrepentimiento.

Como pueden ver de la experiencia de José, el arrepentimiento es mucho más que decir al Señor y a su obispo que hicieron algo mal. Pecar es alejarse del Señor; arrepentirse es regresar a Él. El arrepentimiento requiere un cambio en el corazón y la mente, un cambio de vida adecuado a su situación personal.

Más aun, el arrepentimiento los bendice continuamente. Es la manera en que el Señor nos ayuda a actuar mejor y a ser mejores a lo largo de la vida. Es la manera en que ustedes se elevan y logran su identidad eterna como hijos e hijas de Dios y verdaderos seguidores de Jesucristo.

Las promesas son verdaderas, hermanos y hermanas. Vuélvanse al Señor Jesucristo; arrepiéntanse de sus pecados y guarden Sus mandamientos. Él posee misericordia infinita23, y como José enseñó después: “Nuestro Padre Celestial es más… extenso en sus misericordias y bendiciones de lo que estamos dispuestos a creer o recibir”24. Jesucristo eligió sufrir por sus pecados y todos sus dolores y penas para que Él pudiera perdonarlos, sanarlos, cambiarlos, fortalecerlos y bendecirlos con gozo. Él verdaderamente es el Salvador y Redentor.

Lección 3: El poder espiritual del Libro de Mormón

Ahora sigo con la lección 3: El poder espiritual del Libro de Mormón.

Una vez que José fue perdonado de sus pecados, se regocijó al recibir las planchas y los intérpretes de nuevo25. Su experiencia con el manuscrito perdido había grabado en su alma la importancia del Libro de Mormón en la obra del Señor. El mensaje central de los profetas del Libro de Mormón es su testimonio de Jesucristo y de Su doctrina. Hay poder espiritual en ese libro.

Podemos ver ese poder en la experiencia de la traducción de José. La traducción no fue mecánica; fue una experiencia espiritual y le enseñó la forma de actuar del Señor y del Espíritu Santo. El Libro de Mormón fue una experiencia reveladora para José de principio a fin; le enseñó la doctrina de Jesucristo, y el Señor lo llamó para que la viviera: para que actuara con fe en Jesucristo, se arrepintiera, se bautizara y recibiera el Espíritu Santo26.

El Señor bendijo a José con mayor poder espiritual en estas experiencias. Después de ser bautizado, por ejemplo, dijo que fue “[lleno] del Espíritu Santo” y “el verdadero significado e intención de [las Escrituras]” fue “[comprendido]”27.

El Señor usó la salida a luz del Libro de Mormón para elevar a José y acercarlo a Él. El Señor lo instruyó y fortaleció al traer a luz ese libro por el poder del Espíritu Santo.

El Libro de Mormón puede ser una experiencia reveladora para ustedes, así como lo fue para José.

Los profetas que escribieron el Libro de Mormón vieron nuestros días. Nos escribieron a nosotros. Sus palabras hablan de nuestra época, nuestras necesidades y nuestro objetivo. Si tienen un corazón abierto al leer y orar sobre el Libro de Mormón, el Espíritu Santo 28 les “manifestará la verdad”29; sabrán que el Señor Jesucristo es su Salvador y Redentor y que José Smith es el Profeta de la Restauración.

Ya sea que aún no sean miembros de la Iglesia o sean miembros desde hace mucho o poco tiempo, los invito a que hagan lo que hizo José: lean el Libro de Mormón, oren sobre él, actúen con fe en Jesucristo para arrepentirse, bautizarse y recibir el Espíritu Santo. Luego, sigan adelante para recibir y guardar todas las ordenanzas y convenios de salvación, incluso la ordenanza de sellamiento en el templo.

Sé del poder del Libro de Mormón por muchas, muchas experiencias personales. Quiero compartir una de ellas con ustedes esta noche; una que ocurrió cuando yo era joven adulto. Había estado en mi misión en Alemania por dos meses. Habían sido dos meses difíciles y estaba desalentado. Una mañana me arrodillé y le dije al Padre Celestial mis preocupaciones. Le dije: “Padre Celestial, por favor ayúdame”. Mientras oraba oí una voz tan perceptible y clara como si alguien estuviera parado a mi lado. La voz dijo: “Cree en Dios”.

Me senté en la cama y abrí el Libro de Mormón en Mosíah, capítulo 4, versículos 9 y 10, y leí las palabras del rey Benjamín:

“Creed en Dios; creed que él existe, y que creó todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra; creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra…

“… creed que debéis arrepentiros de vuestros pecados, y abandonarlos, y humillaros ante Dios… y ahora bien, si creéis todas estas cosas, mirad que las hagáis”30.

Al leer esas palabras sentí como si el rey Benjamín me estuviera hablando a mí. Sentí el poder del Espíritu Santo en el corazón; sabía que esa era la respuesta a mi oración. Necesitaba confiar en el Señor, arrepentirme e ir a trabajar. Desde ese día, el Libro de Mormón ha sido una fuente de poder espiritual en mi vida.

Mis queridos hermanos y hermanas, sé que el Libro de Mormón los guiará a Jesucristo y a Su doctrina. Lean el Libro de Mormón, estúdienlo, oren en cuanto a él, atesórenlo en la mente y el corazón cada día, como el presidente Monson nos ha aconsejado que lo hagamos. En cada momento de su vida, nuestro Señor y Salvador hablará paz a su alma, los elevará y fortalecerá, y los acercará más y más a Él, mediante ese libro, por el poder del Espíritu Santo.

Testimonio

Estas tres lecciones de los años de José como joven adulto testifican del poder de Jesucristo y de Su doctrina. Doy testimonio de que Jesús es el Cristo, el Hijo viviente del Dios viviente. Hay un Redentor. ¡Él vive!

Espero y ruego que aprendan de la vida de José. Aunque tuvo dificultades en sus años como joven adulto, él confió en el Señor y el Señor lo bendijo para llegar a ser el gran Profeta de la Restauración. José hizo la santa obra de Dios. ¡La Restauración es verdadera! Recuerden esto: Jesús es el Cristo y José es Su profeta. Hay una cadena ininterrumpida de llaves del sacerdocio, autoridad y poder que vincula a José Smith con Thomas S. Monson. El presidente Monson es el profeta del Señor en la tierra hoy. Todo es verdad.

Por lo tanto, mis queridos hermanos y hermanas de toda la tierra, les digo: confíen en el Señor Jesucristo. Él sabía el nombre de José; Él sabe el nombre de ustedes. Él los ama y participa en su vida. Mediante Su misericordia, gracia y amor pueden elevarse y, como el profeta José, superar cada prueba y llegar a ser lo que están destinados a ser: valientes, fieles Santos de los Últimos Días; líderes en su familia eterna y en Su Iglesia verdadera y viviente; verdaderos discípulos de Jesucristo, llenos de Su luz y Su amor, preparados para recibir al Salvador cuando venga otra vez. De eso testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.


 

Notas

  1. Moroni había aconsejado, enseñado y guiado a José durante cuatro años. José había ido al Cerro Cumorah el mismo día de septiembre de cada año desde 1823. Cada año iba con gran esperanza de que recibiría las planchas, solo para que Moroni le dijera que él (José) no estaba listo. En septiembre de 1827 estaba listo. En cuanto a los intérpretes, véase Alma 37:21–24. José Smith dijo que las dos piedras constituían lo que se llamó en la antigüedad, el Urim y Tumim. Véase José Smith— Historia 1:35; véase también Richard E. Turley Jr., Robin S. Jensen y Mark Ashurst-McGee, “José el vidente”, Liahona, octubre de 2015, págs. 10–17.
  2. Isaac Hale, el padre de Emma, ofreció a Emma y a José una granja, una casa, un granero y otras mejoras si regresaban a Harmony, Pensilvania (véase The Joseph Smith Papers, Documents, Tomo 1: julio de 1828 a junio de 1831, ed. Michael Hubbard MacKay and others [2013], pág. 29; Michael Hubbard MacKay and Gerrit J. Dirkmaat, From Darkness unto Light: Joseph Smith’s Translation and Publication of the Book of Mormon, 2015, págs. 32–33). Martin Harris, un amigo y próspero granjero local, dio a José y a Emma Smith $50 para ayudar a pagar deudas y costear la mudanza a Pensilvania (véase The Joseph Smith Papers, Histories, Tomo 1, Relatos de José Smith, 1832–1844, ed. Karen Lynn Davidson y otros, 2012, pág.15).
  3. Para un análisis de la transcripción de los caracteres y de los viajes de Martin Harris, véase Richard E. Bennett, “Martin Harris’s 1828 Visit to Luther Bradish, Charles Anthon and Samuel Mitchill”, en Dennis L. Largey, et. al., eds., The Coming Forth of the Book of Mormon, Salt Lake City: Deseret Book, 2015, págs. 103–115.
  4. Varias narraciones apoyan la idea de que Martin Harris llevó el ejemplo de los caracteres a al menos a tres personas “para explorar la posibilidad de obtener una traducción y que José Smith comenzó a traducir solo después de que Martin Harris regresó si encontrar un traductor” (en The Joseph Smith Papers, Histories, Tomo 1, Joseph Smith Histories, 1832–1844, pág. 241). En los comienzos de la historia, José Smith escribió que Martin Harris “dijo que el Señor le había indicado que debía ir a la ciudad de Nueva York con algunos caracteres. De modo que copiamos algunos de ellos y él los llevó y viajó a las ciudades del Este presentándoselos a los eruditos y diciéndoles: ‘¿Podría leer esto, por favor?’, y los eruditos respondían: ‘No puedo’, pero que si les llevaba… las planchas, ellos las leerían. [Martin Harris] regresó y me los dio para que los tradujera y yo dije: ‘No puedo, pues no soy un erudito’. Sin embargo, el Señor había preparado los lentes para poder leer el libro; y por lo tanto, comencé a traducir los caracteres” (en The Joseph Smith Papers, Histories, Tomo 1, Joseph Smith Histories, 1832–1844, pág. 15; se actualizó la puntuación y escritura para mayor claridad).
  5. Prefacio de la edición de 1830 del Libro de Mormón. Para una reseña de la traducción del Libro de Mormón véase el ensayo “La traducción del Libro de Mormón”, de Temas del Evangelio, en topics.lds.org.
  6. Véase Manuscript History of the Church, vol. A-1, pág. 10, josephsmithpapers.org.
  7. Lucy Mack Smith, Biographical Sketches of Joseph Smith the Prophet and His Progenitors for Many Generations, 1853, págs.121–122.
  8. Fue una bendición que José estuviera rodeado por su familia cuando llegó esta noticia terrible. Antes de que se fuera a Harmony, su madre le aconsejó que “… quizás el Señor lo perdonaría luego de un período breve de humillación y arrepentimiento”. Véase: Smith, Biographical Sketches, pág. 121.
  9. Smith, Biographical Sketches, pág. 125.
  10. José Smith, en Manuscript History of the Church, vol. A-1, pág. 10, josephsmithpapers.org.
  11. Doctrina y Convenios 3:6–8.
  12. Doctrina y Convenios 3:9–10.
  13. Véase Smith, Biographical Sketches, pág. 125.
  14. Hay relatos conflictivos en cuanto a la fecha en que se devolvieron las planchas. La historia de José dice que fue dentro de pocos días, mientras que la historia de Lucy Mack Smith indica que fue en septiembre (véase Manuscript History of the Church, vol. A-1, pág. 11, josephsmithpapers.org; Lucy Mack Smith, Biographical Sketches, pág. 126).
  15. Durante ese otoño e invierno José realizó algunas traducciones con Emma como su escribiente, pero la mayor parte del tiempo ella y José tenían que trabajar en la granja y cuidar de su hogar (véase Smith, Biographical Sketches, pág.131).
  16. Oliver se había hospedado con los Smith en Manchester mientras enseñaba en la escuela. Escuchó los relatos de las planchas y del Libro de Mormón, y “una noche, luego de que se retiró a la cama, oró al Señor para saber si esas cosas eran así, y que el Señor le había manifestado a él que eran verdaderas” (Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 15, josephsmithpapers.org). Con ese conocimiento, sintió el deseo imperioso de escribir para José.
  17. Véase Doctrina y Convenios 10:38–42. Nefi fue inspirado a crear las planchas menores (véase 1 Nefi 9:3–6), y así es como Mormón describe la inspiración que recibió para incluirlas en el registro: “Mas he aquí, tomaré estas planchas que contienen estas profecías y revelaciones, y las pondré con el resto de mis anales, porque me son preciosas… Y hago esto para un sabio propósito; pues así se me susurra, de acuerdo con las impresiones del Espíritu del Señor que está en mí” (Palabras de Mormón 1:6–7).
  18. Cuando José terminó de traducir el registro, él y Oliver fueron inspirados a ir al bosque y orar sobre el bautismo para la remisión de los pecados que se menciona en la traducción de 3 Nefi (véase 3 Nefi 11:21–2819:9–1327:16–20). Sus oraciones fueron contestadas. José y Oliver recibieron el Sacerdocio Aarónico de Juan el Bautistas y se bautizaron el uno al otro (véase José Smith—Historia 1:68–73. Luego recibieron el Sacerdocio de Melquisedec de Pedro, Santiago y Juan, que les dio la autoridad de otorgar el don del Espíritu Santo (véase: Doctrina y Convenios 27:12–13).
  19. Véase The Joseph Smith Papers, Revelations and Translations, Volume 3, Part 1: Printer’s Manuscript of the Book of Mormon, 1 Nephi 1–Alma 35, ed. Royal Skousen and Robin Scott Jensen, 2015, págs. xvii–xix; MacKay and Dirkmaat, From Darkness unto Light,, págs. 67–69.
  20. Doctrina y Convenios 3:7.
  21. Cuando José supo que Martin Harris había perdido el manuscrito, no sabía que el Señor había inspirado a Mormón a incluir las planchas menores de Nefi en el registro. No sabía que el Señor inspiraría a Martin Harris a arrepentirse, a ser testigo del Libro de Mormón y a pagar por su impresión. José no sabía nada de eso. El Señor estaba frente a José preparando el camino ante él.
  22. Doctrina y Convenios 3:9–10.
  23. Véase Mosíah 28:4.
  24. Joseph Smith, en Manuscript History of the Church, vol. D-1, addenda, p. 4, josephsmithpapers.org.
  25. El contraste con la oscuridad que experimentó en los meses sin la habilidad de traducir fue intenso. El Señor había dado a José el poder para “… traducirlos por medio [de intérpretes]”. Pero José había “… [perdido ese] don y se ofuscó [su] mente” (Doctrina y Convenios 10:1–2. La mente de José se había iluminado por el poder del Espíritu Santo y había experimentado oscuridad espiritual en su mente con la pérdida de esa luz. Esa pérdida hizo que para José el espíritu de revelación y la guía del Espíritu fuese dulce.
  26. Fue la traducción del relato del bautismo y la recepción del Espíritu Santo en el momento de la visita del Salvador al pueblo en el templo en Bountiful que hicieron que José y Oliver buscaran revelación sobre la autoridad para bautizar y administrar el don del Espíritu Santo (véase The Joseph Smith Papers, Histories, Tomo 1: Joseph Smith Histories, 1832–1844, pág. 42; véase también Oliver Cowdery, carta a W. W. Phelps, con fecha 7 de septiembre de 1834, en Latter Day Saints’s Messenger and Advocate, Oct. 1834, págs. 15–16).
  27. José Smith—Historia 1:73–74.
  28. Las personas que se bautizan en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días reciben el don del Espíritu Santo, que es el derecho a la compañía constante del Espíritu Santo. Las personas que aún no se bautizaron pueden recibir el poder del Espíritu Santo para testificar del Libro de Mormón, pero el Espíritu Santo no permanecerá con ellos.
  29. Moroni 10:4.
  30.  Mosíah 4:9–10.
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