Presentación de la nueva primera presidencia de la iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Presentación de la nueva primera presidencia de la iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

  • Russell M Nelson, Presidente y profeta de la Iglesia
  • Dallin H. Oaks, Primer consejero de la presidencia
  • Henry B. Eyring, Segundo consejero de la presidencia

Conferencia de Prensa de la Nueva Presidencia de la Iglesia 16/01/18

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El Sacerdocio de Juan el Bautista

El Sacerdocio de Juan el Bautista

Por Joseph Fielding Smith
(Tomado de the Improvement Era)

 En una de las reuniones de nuestro quorum, alguien preguntó: “¿Quién confirió el Sacerdocio Aarónico a Juan el Bautista?”

Investigándolo consiguientemente, descubrimos que fue ordenado por un ángel. También llegamos a la conclusión de que el padre de Juan tenía el oficio de Presbítero. Pero siendo que un Presbítero tiene autoridad para ordenar Diáconos, Maestros o Presbíteros en el Sacerdocio Aarónico, y que éste era el caso con su padre, ¿por qué no fue Juan ordenado por Zacarías, en lugar de serlo por un ángel?

No es la primera vez que se me formula esta pregunta, lo cual me extraña sobremanera, puesto que el Señor lo ha explicado perfectamente en una de Sus revelaciones modernas, diciendo:

“Por consiguiente, tomó a Moisés de entre ellos, y el Santo Sacerdocio también;

“y continuó el sacerdocio menor, que tiene la llave del ministerio de ángeles y el evangelio preparatorio,

“el cuál es el evangelio de arrepentimiento y de bautismo, y la remisión de pecados, y la ley de los mandamientos carnales, que el Señor en su ira hizo que continuara en la casa de Aarón entre los hijos de Israel hasta Juan, a quien Dios levantó, pues fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre.

“Porque se bautizó mientras estaba aún en su niñez, y cuando tenía ocho días de edad, el ángel de Dios lo ordenó para este poder, con el objeto de derribar el reino de los judíos y enderezar las sendas del Señor ante la faz de su pueblo, a fin de prepararlo para la venida del Señor, en cuya mano se halla todo poder.” (Doc. y Con. 84:25-28.)

El Señor se reservó el derecho de revelar el nombre de aquel ángel que ordenó a Juan. La razón por la que Zacarías no pudo ordenar a su hijo, fue que éste, Juan, debía recibir ciertas llaves de autoridad que el padre no poseía. Por lo tanto, esta autoridad especial tenía que ser conferida por un mensajero celestial, debidamente comisionado para ello. La ordenación de Juan no constituyó simplemente la concesión del Sacerdocio Aarónico que su padre poseía, sino también la otorgación de ciertos poderes esenciales y pertinentes a la época en que dicha autoridad había de “derribar el reino de los judíos y enderezar las vías del Señor”. Más aún, había de preparar a los judíos y otros israelitas para la venida del Hijo de Dios. Esta gran autoridad requirió una ordenación especial, más allá de todo poder delegado a Zacarías o a cualquier otro sacerdote, y por lo tanto un ángel del Señor fue enviado para ministrar a Juan, “aún en su niñez.”

Nuestro problema consiste en que muchos de nosotros solemos llegar a ciertas conclusiones con respecto a determinadas materias o asuntos, sin conocer todos los hechos pertinentes a eventos específicos. Es evidente que una gran proporción de miembros de la Iglesia no se prepara mediante el estudio, la oración y la fe para entender muchas de las revelaciones que nos han sido dadas en estos últimos días. Esta carencia de entendimiento no es culpa del Señor, sino una falta del individuo.

No es mi intención señalar estas faltas, más simplemente indicar la necesidad de un estudio más cabal de la palabra revelada del Señor, mediante la oración sincera y la humildad de espíritu. Cuando sólo consideramos parte de los hechos, es fácil llegar a conclusiones incorrectas. Por consiguiente, los miembros de la Iglesia—y especialmente los que poseen el divino sacerdocio—deben ser más diligentes en sus estudios y en sus oraciones.

Ha sido específicamente revelado que Juan fue enviado para preparar el camino delante del Señor, enseñando el arrepentimiento y bautizando a las gentes antes de la inauguración del ministerio personal del Hijo de Dios. Esta debía ser una ordenación llevada a cabo por una autoridad superior a la de Zacarías o de cualquier otro Presbítero que le hubo precedido.

Cuando Juan el Bautista envió a sus mensajeros para que preguntaran a Jesús:

“¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?”, el Salvador testificó de la grandeza de Juan, diciendo:

“¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña que es agitada por el viento?

“Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestidura preciosa y viven en deleites están en los palacios de los reyes.

“Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.

“Este es de quien está escrito: He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti.

“Porque os digo que, entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.” (Lucas 7:19,24-28.)

Comentando esta declaración, el profeta José Smith ha dicho:

“Primero: Le fue confiada [a Juan] una misión divina de preparar el camino delante de la faz del Señor. ¿Quién jamás ha recibido cargo semejante, antes o después? Nadie.

“Segundo: Se le confió, y le fue requerido efectuar la importante misión de bautizar al Hijo del Hombre. . . ¿Quién jamás llevó al Hijo del Hombre a las aguas del bautismo, y tuvo el privilegio de ver al Espíritu Santo descender en forma de paloma, o mejor dicho, en la señal de la paloma, como testimonio de esa administración? La señal de la paloma fue instituida desde antes de la creación del mundo como testimonio o testigo del Espíritu Santo, y el diablo no puede presentarse en la seña o señal de la paloma. . .

“Tercero: Teniendo las llaves del poder Juan era, en esa época, el único administrador legal de los asuntos del reino que entonces se hallaba sobre la tierra. Los judíos tenían que obedecer sus instrucciones, o ser condenados por su propia ley; y Cristo mismo cumplió con toda justicia observando la ley que Él había dado a Moisés en el monte, y de esta manera la magnificó y la honró en lugar de destruirla. El hijo de Zacarías arrebató las llaves, el reino, el poder y la gloria de los judíos, mediante la santa unción y el decreto de los cielos; y estas tres razones lo establecen como el profeta más grande que ha nacido de mujer.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 338.)

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La Bendición de la Libertad

La Bendición de la Libertad

por Tad R. Callister
Presidente General de la Escuela Dominical

¿QUÉ ES LA LIBERTAD?

Nefi habló de una consecuencia más, otra bendición, que fluye de la fuente inagotable de la Expiación: «Y porque son redimidos de la caída, han llegado a quedar libres para siempre» (2 Nefi 2:26). El élder James E. Talmage entendía que sin la Expiación no podía haber libertad: «Proclamamos que la expiación efectua­da por Jesucristo (…) es para todos los seres humanos; es el men­saje de liberación del pecado y de las penas que lo acompañan, el decreto de la libertad, la carta de la libertad».1 Como sucede con las demás bendiciones de la Expiación, esta no se encuentra ais­lada; complementa, suplementa a las demás y se solapa con ellas.

El poder de llegar a ser como Dios, la bendición culminante de la Expiación, está relacionada esencialmente con el poder de ser libre, puesto que, verdaderamente, el más libre de todos los seres es Dios mismo. El presidente David O. McKay observó que «Dios no podía hacer al hombre a su semejanza sin hacerlos li­bres». Y a continuación citó al Dr. Iverach, filósofo escocés, quien compartió esta interesante afirmación suplementaria: «Es una manifestación enorme de poder divino hacer a seres susceptibles de hacer ellos mismos, a su vez que seres incapaces de hacerlo, puesto que los primeros son hombres y los segundos marionetas y, a fin de cuentas, las marionetas no son más que objetos».2

Si la Expiación nos hace libres, entonces cabe preguntarse: «¿Qué significa ser libre?». Ser libre es ser como Dios. Los Dioses son los seres más libres de todos «porque todas las cosas les es­tarán sujetas (…) porque tendrán todo poder» (DyC 132:20). Actúan «por sí mismos» en lugar de «se actúe sobre ellos» (2 Nefi 2:26). Eso era lo que Alma intentaba decirnos acerca de Adán y Eva, que en algunos aspectos se volvieron «como dioses». ¿Y por qué? Porque conocían «el bien del mal», y estaban «en condicio­nes de actuar según su voluntad y placer» (Alma 12:31).

Las vidas de los dioses se mueven por un motor interno, y no por fuerzas externas. Su libertad emana del poder que tienen de actuar por voluntad propia sin cortapisas impuestas desde fuentes exteriores. No existe una fuerza exógena que controle su destino, ninguna limitación espiritual ni física que restrinja su expresión deseada. Si desean viajar a la velocidad del pensamiento, parece que pueden hacerlo. Si quieren comprender todo pensamiento de toda criatura viviente, lo hacen (quizá automáticamente). Los dioses actúan, no se actúa sobre ellos. Controlan todos y cada uno de los elementos en todas las esferas. No están sometidos a la enfermedad ni a las inclemencias del tiempo. Al contrario, todas las formas de vida, incluidos los elementos mismos, ceden rindiendo pleitesía a los dioses.

Las Escrituras revelan que «todas las cosas les [están] sujetas» y, por lo tanto, están «sobre todo» (DyC 132:20). Los dioses no viven al margen de las leyes, sino que por su obediencia han lle­gado a dominarlas a fin de emplearlas para cumplir sus designios.

La libertad se obtiene paso a paso en un proceso de sumisión obediente a la voluntad de Dios. Por consiguiente, cuanto más semejantes a Dios nos volvemos, más libres somos. La libertad y la divinidad son caminos paralelos; de hecho, son el mismo camino.

DIOS HACE LIBRES A LOS HOMBRES

El hombre no podría disfrutar jamás los poderes plenos del albedrío sin la intervención de Dios. Samuel le dijo al pueblo de Zarahemla: «sois libres; se os permite obrar por vosotros mismos» y añadió «Dios os (…) ha hecho libres». (Helamán 14:30). La segunda frase la han empleado profetas de ambos hemisferios a lo largo de los siglos. El rey Benjamín enseñó, «bajo este título [Cristo] sois librados». Entonces aclara que no existe una fuente alternativa de libertad: «no hay otro título por medio del cual podáis ser librados» (Mosíah 5:8). El Salvador enseñó que la li­bertad verdadera se obtiene por el Hijo, ya que «si el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:36). Pablo instó a los santos de Galacia a que retuvieran «la libertad con que Cristo nos hizo libres» (Gálatas 5:1). Y en los últimos días el Señor ha declarado sin lugar a equívoco: «Yo, Dios el Señor, os hago libres; por consiguiente, sois verdaderamente libres» (DyC 98:8; véase también DyC 88:86). John Donne concibió esta relación entre Cristo y la libertad:

Llévame a ti [Cristo]; encarcélame, pues,
si tú no me cautivas, jamás seré libre.3

La libertad se describe como el poder o el albedrío para actuar por cuenta propia. En repetidas ocasiones, el Señor ha revela­do la fuente de dicho albedrío. Lehi enseñó: «el Señor Dios le concedió al hombre que obrara por sí mismo» (2 Nefi 2:16). Y en los últimos días se ha empleado lenguaje escriturario similar: «He aquí, yo le concedí que fuese su propio agente» (DyC 29:35; véase también Moisés 4:3).

LOS CUATRO COMPONENTES DE LA LIBERTAD

Pero, ¿cómo nos confiere Dios el albedrío, y qué papel desem­peña la Expiación para que seamos libres? La manera de entender mejor esta cuestión es diseccionar la libertad en sus cuatro com­ponentes principales, a saber: la necesidad de un ser inteligente, un conocimiento del bien y del mal, la existencia de elecciones y el poder de hacer o llevar a cabo dichas elecciones.

Primero está la necesidad de un ser inteligente. Si la libertad consiste en ser capaz de actuar por nosotros mismos y no que «se actúe sobre [nosotros]» (2 Nefi 2:26), como sugiriera Lehi, entonces en algún momento debemos tener la capacidad innata de tomar decisiones sobre las que basan nuestras acciones. En pocas palabras: no puede haber libertad sin un agente decisor, un ser inteligente. El hombre es una entidad consciente, pensante, lo cual cumple la primera condición necesaria para que exista la libertad.

En segundo lugar, está la necesidad de un conocimiento del bien y del mal. Este es un elemento indispensable de la libertad. El presidente Joseph F. Smith escribió: «Nadie es o puede ser librado sin poseer un conocimiento de la verdad y sin obede­cerla».4 Moisés escribió: «Y les es concedido discernir el bien del mal; de modo que, son sus propios agentes» (Moisés 6:56). La relación de causalidad entre la libertad y el conocimiento del bien y del mal es un tema común abordado por muchos de los profe­tas de la antigüedad. Uno de esos profetas, Samuel el lamanita, declaró que el pueblo era libre porque Dios les «[había] conce­dido que [discernieran] el bien del mal» (Helamán 14:31; véase también 2 Nefi 2:18, 23; Alma 12:31-32).

El conocimiento inicial del hombre con respecto al bien y el mal se activó en el momento de la Caída. El Señor afirmó: «He aquí el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conocien­do el bien y el mal» (Génesis 3:22). Eva se hizo eco de esa verdad cuando exclamó: «De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos (…) conocido (…) el bien y el mal» (Moisés 5:11). En ausencia de esa concesión de conocimiento, Adán y Eva habrían quedado atrapados en un estado de inocencia.

A primera vista, uno podría verse persuadido a creer que la Caída, con independencia de la Expiación de Cristo, fue lo que entregó ese conocimiento suficiente para darle la libertad al hom­bre. En realidad, fue una pieza esencial, pero fue solamente el principio, el portal de acceso al conocimiento. La Caída abrió puertas que hasta el momento habían permanecido selladas y ojos que anteriormente habían estado cerrados. En lo tocante a Adán y Eva, las Escrituras revelan que «fueron abiertos los ojos de ambos» (Génesis 3:7). Ello era esencial, pero solamente era el comienzo, no el fin del camino. Con un mayor conocimiento se presenta la oportunidad de una mayor libertad. Este fue el testi­monio del Salvador a los escribas y fariseos: «conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32). Una vez más, aquellos hipócritas fueron incapaces de captar el mensaje del Salvador. Su respuesta fue: «jamás hemos sido esclavos de nadie» (Juan 8:33). Qué fuertes eran. Poseían conocimientos seculares, pero ignoraban la verdad espiritual que hace libre al hombre. Eran los maestros a la hora de no enterarse de nada. Una vez más estaban sintonizando el canal equivocado y el Salvador tuvo que dirigirse a ellos con claridad meridiana: «si el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:36). Y aquí reside la esencia de la libertad: conocer al Señor y obedecer sus verdades. Cuando lo hacemos, nos volvemos libres de prejuicios, falsedades, pecados, contención y cualquier otra práctica lesiva o vil conocida para el hombre.

Si bien la Caída abrió la puerta al camino del conocimiento, fue la Expiación la que proporcionó el vehículo para proseguir. Mediante la Expiación nos limpiamos en las aguas del bautismo, lo que nos hace aptos para el don del Espíritu Santo. Este don es el que «os guiará a toda la verdad» (Juan 16:13). A medida que llegamos a conocer al Salvador y sus verdades, se agranda nuestra capacidad para la libertad. Y esto se debe a que el conocimiento es poder; y el poder, en su máxima expresión, es la divinidad; y la divinidad, es la quintaesencia de la libertad.

El tercer elemento de la libertad es la existencia de elecciones. El presidente David O. McKay observó: «Solamente al ser hu­mano le dijo el Creador: ‘(…) podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido’ (Moisés 3:17). Puesto que Dios preten­día que el hombre llegara a ser como él, era necesario hacerlos libres primero».5 De no ser por la Expiación, no habría habido elección entre la vida eterna y la condenación eterna. La Caída habría abierto la puerta a un camino y solamente a uno. Nuestra «carne tendría que descender para pudrirse y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás. (…) Nuestros espíritus tendrían que estar sujetos a (…) [al] diablo, para no levantar­se más» (2 Nefi 9:7-8): un panorama más bien sombrío. Sin la Expiación, todos se habrían visto obligados a participar en este plan sin opciones. La Caída, sin la Expiación, haría que nos pre­cipitáramos en una caída de la que no hay escapatoria. Jacob ex­plicó esta turbadora perspectiva y exclamó después con regocijo: «¡Oh cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que prepara un medio para que escapemos de las garras de este terrible monstruo; sí, ese monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuer­po, y también la muerte del espíritu!» (2 Nefi 9:10). Jacob siguió explicando que, «a causa del medio de la liberación de nuestro Dios (…) el infierno ha de entregar sus espíritus cautivos, y la tumba sus cuerpos cautivos» (2 Nefi 9:11—12).

La Expiación es el medio de liberación, el medio empleado para liberar nuestros cuerpos de la tumba y nuestros espíritus del infierno, de ofrecer otro camino, otra elección, otra opción. El élder McConkie escribió en verso acerca de esta misma verdad:

Creo en Cristo; me salvará,
de Satanás me librará.6

Lehi enseñó que, debido a que los hombres «son redimidos de la caída, han llegado a quedar libres para siempre, (…) libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte» (2 Nefi 2:26-27). Entonces Lehi les rogó a sus hijos que escogieran «el gran Mediador (…) y escoged la vida eterna»; de otro modo, ad­virtió Jacob, el diablo tendría «el poder de cautivar [los]» y «reinar sobre [ellos]» en su reino (2 Nefi 2:28, 29).

El mensaje está claro. Podemos aceptar la Expiación, una elección que nos lleva a la vida eterna (la forma suprema de la libertad); o podemos optar por el camino del Maligno, una elec­ción que nos lleva a la destrucción, las cadenas y la cautividad (la forma suprema de cautiverio). Cuando elegimos al Señor, él nos da una barra de hierro a la que aferramos; cuando elegimos a Satanás, él nos ata con una cadena, cada vez más corta, has­ta que estamos en su poder. Charles Dickens ilustró esta verdad vivamente. En su famoso relato Cuento de Navidad, Scrooge, al ver al fantasma de su antiguo socio cargado de cadenas, le pre­gunta: «Estás encadenado. (…) Dime por qué». La respuesta de Jacob Marley nos da qué pensar: «Llevo la cadena que forjé en vida (…). La hice eslabón a eslabón, metro a metro; la ciño a mi cuerpo por mi libre voluntad y por mi libre voluntad la usaré».7

El profeta Jacob concluyó su hermoso discurso sobre la Expiación instando a su pueblo a «animarse». A fin de cuentas, explicó, «sois libres para obrar por vosotros mismos, para esco­ger la vía de la muerte interminable, o la vía de la vida eterna» (2 Nefi 10:23). Esa libertad de elección proviene de la Expiación de Jesucristo. Eso es lo que enseñó Lehi: «el Señor Dios le conce­dió al hombre que obrara por sí mismo. De modo que el hombre no podía actuar por sí a menos que lo atrajera lo uno o lo otro» (2 Nefi 2:16).

Falta todavía un elemento para que sea posible una plenitud de libertad; es el poder de llevar a cabo o hacer las elecciones que se nos planteen. Puede que tengamos conocimiento del bien y del mal; que incluso tengamos elecciones ante nosotros; pero a menos que tengamos el poder de ejecutar, el poder de hacer, nuestra libertad no será más que una fachada. Somos en cierta manera como un astrónomo que mira los cielos estrellados a sim­ple vista con la esperanza de avistar Neptuno. Por mucho que escrute el firmamento, por muy intensa que sea su mirada, ob­servará en vano. Ahora bien, dadle un telescopio y ¡qué visión se abrirá ante sus ojos! La cuestión aquí no es el conocimiento, pues el astrónomo tiene memorizada la bóveda celeste al milímetro. La cuestión no es la elección, pues tiene la opción de mirar o no sin obstrucción. La cuestión, simple y llanamente, es el poder: el poder de ver. Dios tiene un nutrido inventario de telescopios es­pirituales, aparatos auditivos, cápsulas del tiempo e instrumentos intensificadores del poder con el fin de enriquecer nuestras vidas y liberarnos para ver, oír y hacer sin cortapisas.

Todos los hombres reciben algún poder de Dios. El Señor de­claró: «los hombres deben estar anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efec­tuar mucha justicia; porque el poder está en ellos, y en esto vie­nen a ser sus propios agentes» (DyC 58:27-28). ¿Y cómo pode­mos aumentar este poder? De antiguo, la historia ha confirmado que el conocimiento es precursor del poder. Es el conocimiento el que ha ampliado el espacio, conquistado la enfermedad, in­crementado la velocidad de desplazamiento y revolucionado nuestros medios de comunicación. Dios no menosprecia estos poderes adquiridos mediante el aprendizaje secular; de hecho, fo­menta esas iniciativas. El nos invita a convertirnos en maestros «de cosas tanto en el cielo como en la tierra» (DyC 88:79) ya estudiar en «los mejores libros» (DyC 88:118). Nos da también inspiración para ayudarnos en estos empeños.

Aunque Dios es ciertamente promotor del conocimiento terre­nal, también quiere que sepamos que los poderes de una fuente más elevada emanan de la adquisición de verdades espirituales. Es este poder espiritual el que dividió el mar Rojo; que hizo que el sol «se [detuviera]»; que los ríos cambiaran su curso y las mon­tañas huyeran (Éxodo 14:21-29; Josué 10:12-14; Moisés 7:13). Esta fuerza invisible ha calmado el mar embravecido, aquietado la tormenta desatada, obligado a los cielos heridos por la sequía a descargar sus perlas de rocío ocultas, y, en definitiva, controlado, dirigido y gobernado todo elemento nativo del universo (Mateo 8:23-27; 1 Reyes 18:41-46; Moisés 7:13-14).

Donde la ciencia ha flaqueado —o incluso se ha quedado atrás—este poder divino ha tomado el relevo y, según la voluntad de Dios, sanado a los que no podían obtener alivio en lo tempo­ral. Este poder alcanza tal magnitud que ha penetrado y ablan­dado incluso los corazones de aquellos a los que se conocía como «un pueblo salvaje, empedernido y feroz» (Alma 17:14).

Tanto el poder terrenal como el espiritual (que son un único poder en última instancia) constituyen el poder de la deidad, pues los dioses tienen «todo poder» (DyC 132:20; énfasis añadi­do). Con cada poder adquirido, desarrollamos un mayor control, tanto de los elementos, como de nuestros propios destinos. De esta manera, nos convertimos en el conductor —no en el pasa­jero—en la causa —no en el efecto—. Actuamos por nosotros mismos y no se actúa «sobre [nosotros]» (2 Nefi 2:26); y así sere­mos libres.

Si bien este conocimiento es esencial para la adquisición del poder, hay un ingrediente más, a menudo ignorado y en ocasio­nes ridiculizado, que es además una condición previa para la reci­bir los poderes «superiores», esos poderes necesarios para disfrutar una plenitud de libertad. El elemento que falta es la obediencia.

LA OBEDIENCIA: UNA CLAVE DE LA LIBERTAD

Los hay que dirán que la libertad se da en ausencia de leyes y restricciones. Aseveran que la libertad en su esencia más pura es el derecho de hacer cualquier cosa, en cualquier momento y lugar, sin repercusiones. Hace unos dos mil quinientos años, Nefi pro­fetizó acerca de estas almas confundidas que difundirían enseñan­zas como «comed, bebed y divertios, porque mañana moriremos; y nos irá bien» (2 Nefi 28:7; véase también Mormón 8:31). ¿No resulta irónico que el autor de una filosofía de esta naturaleza sea el maestro de los esclavos mismo? Fue él a quien expulsaron del cielo, quien perdió la oportunidad de tener un cuerpo físico, quien estará atado mil años y será desterrado finalmente a las tinieblas de afuera. La libertad que él promete es ilusoria; es un espejismo en el desierto; es la condición que siempre ha eludido su mano. Era la misma mentira urdida por Caín tras asesinar a su hermano Abel: «Estoy libre», se dijo (Moisés 5:33). En realidad, nunca había estado más cautivo que en ese momento. Era un siervo, sí, el siervo del pecado. Las Escrituras describen una y otra vez el estado real de los que adoptan esta filosofía mundana. Ellos también se convierten en esclavos del pecado, atados con cadenas eternas y sujetos a la cautividad, la muerte y el infierno, lo cual tiene poco de feliz estado de libertad (2 Nefi 1:13; Alma 12:11).

¿Cómo propone entonces el Señor librarnos? La respuesta es la obediencia. De hecho, Brigham Young indicó que no hay otra manera: «¿Rendir (…) una obediencia estricta, acaso no nos con­vierte en esclavos? No, es la única manera existente en la faz de la tierra que tenemos ustedes y yo de ser libres».8

Al contrario de lo que muchos creen, la obediencia no es la antítesis de la libertad, sino su fundamento. Charles Kingsley distinguió entre la perspectiva de la libertad mantenida por el mundo y la del Señor: «Hay dos libertades, la falsa en la que se es libre de hacer lo que se desee, y la verdadera, en la que se es libre de hacer lo que se debe».9 Lehi se refería a la segun­da cuando aconsejaba a sus hijos, Lamán y Lemuel: «[escuchad] sus grandes mandamientos» (2 Nefi 2:28). El patriarca les dijo que si lo hacían el diablo no tendría poder «reinar sobre [ellos]» (2 Nefi 2:29). De Doctrina y Convenios afirman otro tanto: «la ley [o podríamos decir los mandamientos] también os hace libres» (DyC 98:8). Jacob le dijo a su pueblo: «sois libres para obrar por vosotros mismos» (2 Nefi 10:23). Y entonces les ense­ñó los medios, no solo para mantener su libertad, sino para au­mentarla: «reconciliaos con la voluntad de Dios» (2 Nefi 10:24). El Señor anunció que había hecho a Adán «su propio agente» y a continuación compartió la segunda parte divina en lo que al mantenimiento y el desarrollo de dicho albedrío se refiere: «y le di mandamientos» (DyC 29:35). Dicho de otro modo, sin man­damientos ni obediencia a ellos, el hombre no tardaría en haber visto menguar irreversiblemente su albedrío recién adquirido.

Los mandamientos son tan restrictivos para el hombre espi­ritual como las señales de tráfico para un conductor en su auto. Ninguno de los dos impone prohibiciones a nuestro progreso; al contrario, lo mejoran al servir de postes indicadores o señales de dirección que nos ayudan a encontrar nuestro destino y llegar a él. El Señor le mencionó al profeta José de un «un mandamiento nuevo», y añadió acto seguido: «o en otras palabras, os doy instrucciones en cuanto a la manera de conduciros delante de mí, a fin de que se torne para vuestra salvación» (DyC 82:8—9; énfasis añadido). El gran productor de cine, Cecil B. De Mille, famoso por la película Los diez mandamientos, entendía la diferencia en­tre la ley y la libertad:

«Somos demasiado propensos a ver la ley como algo meramen­te restrictivo (…) algo que nos cerca. A veces pensamos que la ley es lo opuesto a la libertad. Pero esto es un concepto erróneo. (…) Dios no se contradice. No creó al hombre para después, como una ocurrencia de última hora, imponerle una serie de re­glas restrictivas, irritantes y arbitrarias. Dios creó al hombre libre, y entonces le dio mandamientos para mantenerlo en la libertad. No podemos quebrantar los Diez Mandamientos. Solamente po­demos quebrantarnos nosotros contra ellos; o bien, mediante su cumplimiento, levantarnos hasta alcanzar la plenitud de la libertad bajo Dios».10

Hay una serie de verdades espirituales que al mundo secular deben parecerle ironías irreconciliables: la humildad engendra fuerza; la fe alimenta la visión y la obediencia conlleva la libertad. Sin embargo, hay una pequeña prueba mediante la cual podemos darnos cuenta por nosotros mismos de la veracidad de estos pre­ceptos espirituales. El Señor reveló cuál es. «El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo» (Juan 7:17). Sencillamente, si somos obedientes a la voluntad de Dios, encontraremos nuevas libertades; si somos desobedientes, la libertad será nuestra estrella inalcanzable.

Como ya se ha comentado, la libertad exige un conocimiento del bien y del mal, la existencia de elecciones y el poder de ha­cerlas o llevarlas a cabo. Cada uno de estos aspectos adquiere más relieve mediante la obediencia a la voluntad de Dios.

Cuando obedecemos las leyes de Dios, obtenemos un cono­cimiento aumentado de Su plan, y con un mayor conocimiento viene una mayor capacidad para la libertad. Isaías enseñó que cuando escuchamos al Señor recibimos «mandato tras mandato, línea sobre línea» (Isaías 28:10). La promesa hecha a los que obe­decen la Palabra de Sabiduría es que «hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos» (DyC 89:19).

El Señor dejó claro que la adquisición de conocimiento no era únicamente una empresa intelectual, cuando dijo «El que guarda sus mandamientos recibe verdad y luz, hasta que es glorificado en la verdad y sabe todas las cosas» (DyC 93:28; véase también DyC 93:39). La obediencia trae ese tipo de conocimiento que es indis­pensable para la libertad divina. Por ello el Señor prometió, «y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligen­cia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero» (DyC 130:19). La obediencia desbloquea las puertas del conocimiento; el cono­cimiento es un requisito previo de la divinidad, y la divinidad es el apogeo de la libertad.

La obediencia también amplía nuestra lista de elecciones. Si no somos obedientes, no tenemos la opción de bautizarnos, ni la opción de recibir el sacerdocio, ni de recibir la investidura, ni el sellamiento en el templo, condiciones necesarias para nuestra transformación en los seres más libres que existen, es decir, los dioses.

Pero la obediencia tiene más efectos aún si cabe. También ge­nera poder, otra conexión vital con la libertad. Hace unos cuan­tos años, en una conferencia para jóvenes llamé a un muchacho que se hallaba sentado en la congregación y lo invité a sentarse a mi lado, en la butaca del piano. Saqué de mi billetera un bi­llete de veinte dólares estadounidenses nuevecito y se lo ofrecí a cambio de tocar cualquier canción del himnario que quisiera. Mientras su mirada iba del billete al piano, se le notaba frustrado. «No sé tocar», dijo. «¿Y por qué no?» fue mi respuesta. «Tienes la música, el piano, los dedos de las manos, parece que no te falta nada de lo que necesitas para tocar». «¡Pero no sé hacerlo!», insistió el joven. En efecto, él tenía todo lo que necesitaba, con una excepción: el poder de ejecutar, que es un elemento indispensable de la libertad. El poder se genera mediante la obediencia. Obtenemos el poder para tocar el piano cuando obedecemos la ley de la práctica. Obtenemos el poder de dominar una len­gua cuando aprendemos y seguimos las reglas de la lingüística. Obtenemos el poder sobre los elementos cuando obedecemos las leyes de Dios. Por ello el Señor les dijo a los obedientes: «serán dioses, porque tendrán todo poder». Entonces divulgó el secreto de ese logro: «a menos que cumpláis mi ley, no podréis alcanzar esta gloria» (DyC 132:20, 21). La obediencia es una de las princi­pales llaves que abren el poder de la divinidad, trayendo consigo la libertad en grado sumo. La obediencia no es un enemigo de la libertad; al contrario, es su mejor amiga.

El Señor así lo dijo: «escuchad mi voz y seguidme, y seréis un pueblo libre» (DyC 38:22). El profeta José nombró el vínculo entre la Expiación, la divinidad y la obediencia en el tercer ar­tículo de fe: «Creemos que por la expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio» (véase también DyC 138:4).

El producto final de una vida obediente es el poder, no el poder del dictador que blande su cetro, ni el poder cargado de emociones del demagogo, ni el poder irreverente y decaden­te del charlatán, sino el poder puro y benevolente de un dios. Irónicamente, si deseamos obtener ese poder, hemos de obedecer los mandamientos con exactitud. En lo que respecta al desobe­diente, el Señor profetizó sobre el atolladero en el que se halla­rían: «no pueden venir a donde yo estoy, porque no tienen poden. (DyC 29:29; énfasis añadido).

La obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio otorga un mayor conocimiento, una multiplicidad de elecciones y un poder aumentado para actuar, todo lo cual deriva en un incre­mento de libertad. Es la Expiación, no obstante, lo que aporta sustancia y sentido a esas leyes y ordenanzas. ¿Qué vitalidad ten­drían los principios de la fe y el arrepentimiento sin la misión del Salvador? ¿Qué poder purificador conferirían las aguas bau­tismales de no haber habido Expiación? ¿Qué poderes curativos tendría la Santa Cena si no hubiera redención? ¿Qué longevidad tendrían los poderes selladores si no se hubiera dado la condes­cendencia del Salvador? La obediencia a estas ordenanzas y leyes sin la Expiación sería un gesto vacuo.

La Expiación de Jesucristo abrió las compuertas del conoci­miento espiritual mediante el bautismo y el don del Espíritu Santo. Proporciona un abanico de elecciones, desde la cautividad y el diablo, en un extremo, hasta la vida eterna y la divinidad en el otro. Desata poder sobre poder para esos santos humildes que cumplen las leyes y las ordenanzas del Evangelio, cada una de las cuales deriva su fuerza de sustento en el sacrificio expiatorio. La Expiación de Jesucristo es la fuerza nutriente de cada uno de esos elementos que fomentan la libertad.

Brigham Young enseñó: «La diferencia entre el justo y el pe­cador, la vida eterna o la muerte, la felicidad o la miseria, es la siguiente: los privilegios de los que reciben la exaltación no tie­nen restricciones ni límites».11  ¡Eso es libertad! Lehi entendía esta verdad gloriosa y declaró que, debido a la redención de Cristo, los hombres son «libres para siempre» (2 Nefi 2:26).

NOTAS

  1. Talmage, Essential James E. Talmage, 89.
  2. McKay, «Whither Shall We Go?», 3.
  3. Donne, «Batter My Heart», en Untermeyer, Treasury of Great Poems,
  4. Smith, Doctrina del Evangelio,
  5. Conference Report, octubre de 1963, 5.
  6. McConkie, «Creo en Cristo», Himnos,
  7. Dickens, Christmas Stories,
  8. Journal of Discourses, 18:246; énfasis añadido.
  9. En Wallis, Treasure Cbest,
  10. Citado por Richard L. Evans, Conference Report, octubre de 1959, 127; énfasis añadido.
  11. Young, Discourses of Brigham Young,

 

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Devocional mundial para jóvenes adultos – 14/01/18

Devocional mundial para jóvenes adultos – 14/01/18

El Élder Dieter F. Uchtdorf, del Cuórum de los Doce, y su esposa, la hermana Harriet Uchtdorf

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Servicios funerarios para el presidente Thomas S. Monson

 


Su hija Ann M. Dibb

Presidente Dieter F. Uchtdorf

Presidente Henry B. Eyring

Presidente Russell M. Nelson

El apóstol mayor, agradeció las muchas condolencias que han sido recibidas de parte de dignatarios y otras personas alrededor del mundo.

“Mi corazón se extiende hacia su familia y hacia todos aquellos que lamentan su fallecimiento. Hay millones de personas alrededor del mundo que comparten este sentimiento de pérdida”, dijo el Presidente Henry B. Eyring, quien sirvió como primer consejero de la Primera Presidencia bajo el Presidente Monson.

“Cuidar a otras personas fue algo que sucedió a menudo durante el ministerio del Presidente Monson”, dijo el Presidente Eyering. “El amor de Dios y el amor hacia los hijos de Dios, llenaba su vida. Ese amor comenzó temprana edad y permaneció en él hasta el final.

“Thomas S. Monson es realmente un gigante spiritual”, dijo el Presidente Dieter F. Uchtdorf, segundo consejero del Presidente Monson. “El Presidente Monson fue realmente un profeta para nuestro tiempo. Fue un hombre para todas las épocas.”

“En él abundada la sabiduría, la fe, el amor, la visión el testimonio, el coraje y la compasión — dirigiendo y sirviendo, nunca desde un pedestal sino siempre cara a cara. Él tenía un lugar especial en su corazón para los pobres y los necesitados”, dijo.

El Presidente Uchtdorf dijo que él y el Presidente Eyring recientemente visitaron al presidente en su hogar. El Presidente Monson nos detuvo y dijo, ‘Amo al Salvador Jesucristo. Y sé que Él me ama”. Qué tierno y poderoso testimonio de un profeta de Dios.”

“Estoy profundamente agradecida por mi padre y por el legado que ha creado – un legado de amor y servicio,” expresó su hija, Ann M. Dibb, quien habló en representación de la familia Monson. “Aunque era un profeta, mi padre sabía que no era perfecto. Con todo su corazón, él humildemente confió en el Señor y Salvador Jesucristo, y trató de ser como Él”.

La hermana Dibb expresó gratitud por las oraciones diarias que por 54 años han sido ofrecidas mientras su padre servía como apóstol y luego como el presidente de la Iglesia. A menudo ella estaba al lado de su padre, como se lo prometió a su madre, Frances, antes de su fallecimiento en 2013.

Ella continuó diciendo, “el Presidente Monson, simplemente al tartar de dar lo mejor de sí mismo, dejó un inolvidable legado de amor. Amó al Señor y amó a las personas. Él veía nuestro potencial y creía sinceramente en nuestra habilidad de cambiar y progresar gracias a la Expiación de Jesucristo.”

El Presidente Nelson dijo que el profeta deja un legado de crecimiento. Desde su ordenación como Apóstol en 1963, los miembros de la Iglesia han aumentado de 2.1 millones, a casi 16 millones.”

El Presidente Nelson también añadió que bajo el liderazgo del Presidente Monson, la fuerza misional ha crecido de 5.700 a más de 70.000 y el número de templos se ha elevado de 12 a 159 templos en operación, con otros en construcción o anunciados.

“No necesitamos ser el Presidente de la Iglesia para percatarnos de las necesidades de los demás, explicó la Hermana Dibb. “Al seguir las impresiones del Espíritu, nuestros simples actos de servicio también pueden ser respuestas a oraciones, y podemos extender este legado al servir a otros.”


Thomas Spencer Monson nació el 21 de agosto de 1927, el primer varón y segundo hijo de G. Spencer y Gladys Condie Monson. Se crio en la zona oeste de Salt Lake City. El presidente Monson es el primero en admitir que era un niño común y corriente.

El presidente Monson murió por causas incidentales a la edad el 2 de enero de 2018 en Salt Lake City a la edad de 90 años. Fue el decimosexto presidente en los 187 años de historia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días y se desempeñó como su presidente desde el 3 de febrero de 2008.

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Haciendo del Hogar un Cielo

Haciendo del Hogar un Cielo

Por LeGrand Richards
Del Consejo de los Doce Apóstoles
(Tomado de the Instructor)

Alguien ha dicho: “Cuando amamos, allí está el hogar—el hogar que nuestros pies pueden dejar, pero no nuestros corazones.”

Probablemente lo más importante para nosotros en esta vida, es preparar nuestros hogares a fin de que sean protegidos en la vida venidera. Esto significa que debemos hacer de ellos un cielo, aquí y ahora. Para poder realizar este objetivo, deben tenerse en cuenta ciertos elementos fundamentales.

Primero-, Si observamos, como padres, la admo­nición de Jesús de buscar primeramente el reino de Dios, contaremos entonces con Su promesa de que todas las demás cosas necesarias nos serán añadidas.

Para ello, marido y mujer deben estar unidos en todas las cosas espirituales, de manera que puedan orar juntos con sus hijos, noche y día; la madre podrá entonces decir a sus hijos: “Hagan como hace su padre,” destacándoles que así habrán de crecer y desarrollarse en la Iglesia, siendo que el padre está dándoles el ejemplo al magnificar su sacerdocio y dedicarse a sus deberes en la Iglesia. Todo joven quiere ser como su padre. La mayoría de los hogares desdichados, lo son por la carencia de unidad en las cosas espirituales por parte de los padres.

Segundo: El apóstol Pablo ha dicho:

“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? (2 Corintios 6:14.)

El Señor, al recomendar al pueblo de Israel, por medio de Moisés, que no permitiera el casamiento de sus hijos con los paganos, declaró:

“. . .No darás tu hija a su hijo, ni tomarás a su hija para tu hijo.

“Porque desviará a tu hijo de en pos de mí, y servirán a dioses ajenos; y  el furor de Jehová se encenderá sobre vosotros, y te destruirá pronto.” (Deuteronomio 7:3-4.)

Frecuentemente podemos comprobar la veracidad estas sabias palabras. Cuando yo era niño, mi maes­tra en la Escuela Dominical se casó con un no creyente; más tarde, sus hijos fueron criados y educados fuera de la Iglesia. Esto siempre me apenó mucho, porque yo sentía un gran cariño por aquella maestra.

Cierta madre vino a mí comunicándome su pesar porque su hijo, mientras estuvo en el servicio militar, fuera del país, se enamoró de una muchacha que fin­gió cierto interés en la Iglesia hasta el día en que se – casaron; pero a partir de entonces, ha estado haciendo lo imposible por alejarlo de la Iglesia. Aunque él nunca fumó, ella le regaló para Navidad una pipa y una caja de tabaco.

En una de Sus revelaciones al profeta José Smith, tal como se encuentra en las Doctrinas y Convenios, el Señor dijo:

“Porque la inteligencia se adhiere a la inteligencia; la sabiduría recibe a la sabiduría; la verdad abraza a la verdad; la virtud ama a la virtud; la luz se allega a la luz… (Doc. y Con. 88:40.)

Antes de casarse, los jóvenes deben conocerse muy bien entre sí, hasta saber si ambos poseen estas virtudes en común—entonces podrán anticipar la felicidad. Una joven hermosa, dulce y pulcra nunca podrá encontrar felicidad con un hombre inmundo; por eso, durante su noviazgo debe ser capaz de determinar si su feste­jante o novio es verdaderamente limpio.

Tercero: Cuando un hogar es edificado sobre nobles y sublimes ideales, llega a ser un cielo en la tierra. Y ésta debe ser la ambición de toda joven pareja que se una en los lazos del matrimonio—es­pecialmente cuando lo hacen por la eternidad en un templo sagrado del Señor. El hombre debe continuar cortejando a su esposa aún después del casamiento, y ésta tratar de complacer a su marido, conservándose a sí misma y a su hogar en una invariable condición de pulcritud y agradabilidad, a fin de que ambos puedan disfrutar cabalmente de su asociación, Todo hombre debe decir a su mujer, diariamente, que la ama.

Una hermana me dijo en cierta oportunidad: “Sí mi esposo sólo me dijera que lo que cocino para él le satisface o lo que hago para él y nuestros hijos le complace, yo sería la mujer más feliz del mundo; pero cuando le menciono algo al respecto, él me responde, ‘Si no estuviera complacido, te lo diría’ ”

Otra hermana me dijo que había dado a su esposo seis hijos—pero desde que nació el primero, él nunca volvió a decirle que la amaba.

Ningún hogar puede llegar a ser un cielo en la tierra, si median tamañas negligencias. Uno de nuestros himnos favoritos, nos ofrece la fórmula infalible:

“Oh, qué grato todo es cuando del hogar
El amor el lema es, siempre el amor
Paz allí se deja ver, con sonrisas por doquier,
Y sostén a todo ser, cuando hay amor
En cabaña gozo hay, cuando hay amor,
Vejaciones nunca hay, cuando hay amor.
Gratas flores por doquier, dan perfumes de primor,
Dulce cosa es vivir, cuando hay amor
En el cielo gozo hay, cuando hay amor,
Y  tristezas nunca hay, cuando hay amor.
Todo son alegre es, todo paz y lucidez,
Y contento Cristo es, cuando hay amor.

Todos los que sigan esta fórmula, podrán hacer de su hogar un cielo en la tierra.

Cuarto: Un autor desconocido escribió: “Felices las familias donde el gobierno de los padres constituye un reinado de afecto y la obediencia de los hijos es la sumisión del amor.”

Los hogares más felices que conozco, están edifi­cados sobre estos principios; y en ellos no ha habido nunca necesidad de escarmiento físico alguno para los hijos. Cuando éstos son jóvenes, pueden ser obli­gados a la obediencia mediante el castigo, pero in­dudablemente crecerán resentidos; sin embargo, cuan­do los hijos son gobernados mediante el amor y la bondad, puede considerárseles habitantes de un hogar celestial. No debe permitirse que los niños peleen entre ellos; los derechos de cada niño deben ser respetados. Y los padres tienen que evitar, a toda costa, la irritabilidad.

Para hacer de nuestros hogares un cielo en la tierra, necesitamos aquella ayuda que Jesús sugirió a los nefitas cuando les visitó:

“Orad al Padre con vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidas vuestras esposas o hijos.” (3 Nefi 18:21.)

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¿Podría la Eutanasia ser Justificable?

¿Podría la Eutanasia ser Justificable?

Preguntas Contestadas por José Fielding Smith
Presidente del Consejo de los Doce Apóstoles
(Tomado de the Improvement Era)

Durante una de nuestras clases de estudio surgió el interrogante de que si la acción de matar por misericordia podría ser o no justificable. Contemplamos el caso de un anciano, aquejado por un mal que los médicos consideran incurable. Su médico de cabecera ha asegurado que podría prolongar su vida, aunque sólo para continuar sufriendo, y que en un corto plazo la muerte se producirá inevitablemente. ¿Se justificaría que a fin de terminar con el tormento físico del paciente, se procediera a quitarle la vida como un acto de misericordia? Si el médico diera su consentimiento para dar tal paso, ¿serían condenados en el día del juicio los que participen en dicha resolución?

Respuesta: La respuesta a este interrogante es simple. El quitar la vida humana fue ya condenado por el Señor en el principio, cuando Caín asesinó a su hermano Abel; como consecuencia de su terrible pecado, descendió sobre Caín un castigo mucho peor que la misma muerte. Y cuando más tarde Noé y su familia, saliendo del arca, pisaron nuevamente tierra firme, el Señor renovó Su mandamiento y dijo:

“El que derramare sangre de hombre, por el hom­bre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.” (Génesis 9: 6.)

¿Quién tiene la sabiduría perfecta para decir que en casos de extrema enfermedad y sufrimiento, no existe esperanza alguna de recuperación? La historia nos dice que innumerables veces se ha repetido el caso de personas que, estando al parecer a punto de morir y sufriendo severos dolores, se han recuperado inexpli­cablemente. En pocas palabras, la respuesta a esta pregunta es que presumir que el tiempo de una persona ha terminado y que por lo tanto sería justificable matarla para evitar su sufrimiento, es una conclusión harto presumida. El mandamiento dado a Noé está en vigencia todavía y será parte de la ley divina mien­tras la humanidad toda no alcance la inmortalidad.

Este asunto de la eutanasia, o de matar “miseri­cordiosamente”, surge constantemente ante el caso de individuos que sufren grandes dolores o son afligidos por alguna seria deformación que les convertiría en una carga, no sólo para sí mismos sino para otros durante el resto de sus vidas. Las discusiones al respecto pare­cen no terminar nunca. En el año 1935 se propuso, ante la Casa de los Lores en Gran Bretaña y como un proyecto de ley, la legalización de la eutanasia. Este proyecto sugería permitir que la ciencia decidiera si habría de satisfacerse o no el deseo de los pacientes graves para que se les practicara una muerte indolora. En tal oportunidad, acerca de dicha ley presentada por Lord Ponsonby, líder laborista inglés, el Deseret News comentó lo siguiente:

En Inglaterra, como en otros países, se ha evidenciado durante los últimos años un creciente movimiento tendiente a legalizar la “muerte misericordiosa” para los enfermos incurables. Los varios “juicios misericordiosos” realizados en la Gran Bre­taña, han servido para aumentar el interés en dicho movimiento, y por más de un año la Sociedad por la Legalización de la Eutanasia, apoyada por médicos prominentes y caudillos reli­giosos, ha estado luchando por lo que ha dado en llamarse “la muerte fácil” en ciertos casos.

Habiendo confesado cierto médico inglés que quitó la vida de cinco enfermos incurables, sus colegas y los jurisconsultos han estado debatiendo acerca de que si es correcta o erróneo el terminar con el sufrimiento de las gentes condenadas de por vida por alguna tortura física que no desean seguir viviendo.

De acuerdo a los términos del proyecto, actualmente bajo consideración del Parlamento Británico, la ley sería ejercitada bajo los oficios de un árbitro designado por el Ministerio de Salud. Antes de que la vida del paciente pudiera ser quitada, debía obtenerse un permiso de dicho árbitro. Los alcances de dicha ley serían específicamente limitados a los casos de “males comprendiendo severos dolores o de incurable y fatal caracte­rística,”

El solicitante de la “muerte misericordiosa” deberá ser mayor de 21 años de edad y en pleno uso de sus facultades mentales. Su solicitud tiene que ser escrita de su puño y letra y atestiguada por dos médicos. En caso de ser concedida, la propuesta “muerte fácil” habría de ser administrada sólo por un profesional especialmente licenciado y en presencia de un testigo oficial.

Parece ser que la civilización quiere solucionar el interro­gante sin siquiera haberlo entendido. La conciencia común de la humanidad declara que es un pecado y un crimen el que una persona mate a otra. Pero también reconoce que la ley, sea que provenga de la voluntad del rey o la del pueblo, es la única agencia humana con cierto derecho a quitar la vida de un ser mortal.

La muerte que es operada por el estado, por un oficial de la ley o por un soldado en el campo de batalla, es actualmente la única considerada en cierto modo justificable. Por consiguiente, el homicidio es impune cuando está sancionado por la ley. No obstante, enfrentamos aún la ley del Monte Sinaí—No Matarás- cuyo amplio concepto colocará una maldición sobre cualquiera que quite la vida de un semejante.

En dicha ocasión, durante el debate acerca de la eutanasia en la Gran Bretaña, el Salt Lake Tribuno se adhirió también a la campaña condenatoria, y publicó lo siguiente:

En una civilización que ha alcanzado un cierto nivel de éxito en la compensación de las muchas deficiencias naturales, y en una sociedad que recién ha podido aprender el arte de prolongar la vida, resulta inconcebible que se fomente la práctica de matar deliberadamente. Más aún, el asunto de determinar si una específica enfermedad o un señalado defecto es incurable, resulta demasiado pretensioso; porque nada es absoluto. Dentro de muestro limitado conocimiento actual de la endocrinología, por ejemplo, muchos idiotas pueden ser curados si se les trata sin demora y siempre y cuando, por supuesto, la degeneración no sea hereditaria. Muchos estados y condiciones que hasta no hace mucho se consideraban in­curables, en la actualidad están siendo, si no curados, notable­mente mejorados. Antes del descubrimiento de la insulina, por ejemplo, la diabetes era considerada incurable. La misma anemia perniciosa sólo recientemente ha dejado de catalogarse como fatal.

Existen casos—admitimos—en que parecería humano extermi­nar una vida inútil. Pero la cuestión práctica es saber quién puede determinarlo por seguro. El sentimiento público, en general, no está aún preparado para permitir que ni siquiera un diestro y prominente profesional lo determine.

Recordemos que la vida de cada persona está en las manos del Señor. No se ha dado al ser humano el derecho de juzgar si un alma defectuosa debe o no permanecer en la vida mortal. Tampoco está en nosotros el decir cuándo una persona ha completado su vida probatoria. Nadie ha sufrido tan intensamente como el mismo Hijo de Dios—“padecimiento que hizo que yo, aun Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y echara sangre por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar—

“Sin embargo, gloria sea al Padre, participé y acabé mis preparaciones para con los hijos de los hom­bres.” (Doc. y Con. 19: 18-19.)

En conclusión, después de considerar cuidadosa­mente el asunto que nos ocupa, podemos decir que la conciencia de toda persona normal que sea culpable de un acto de tal naturaleza, será acosada por el re­mordimiento todos los días de su vida. Y en cuanto al sufrir alguna penalidad por ello, es algo que queda librado al juicio final.

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