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El libro de Mormón

Liahona de Octubre 1988

El libro de Mormón

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

En nuestras reuniones can­tamos a menudo un ‘himno que a todos nos gusta mucho; lo escribió Parley P. Pratt hace más de un siglo:

Un ángel del Señor
del cielo descendió
silencio a romper.
Al mundo reveló
que en Cumora yace el
Registro Santo, libro fiel,
que en Cumora yace el
Registro Santo, libro fiel.
(Himnos de Sión, 112.)

Esas palabras representan la declaración del élder Pratt sobre la milagrosa aparición de un libro extraordinario. La forma en que él llegó a conocer ese libro es una historia in­teresante.

En agosto de 1830, siendo predicador laico, Parley Parker Pratt se encontraba en viaje desde el estado de Ohio al este del de Nueva York. En la ciudad de Newark conoció a un diácono bautista; de apellido Hamlin, que le habló “de un libro, un libro extraño, ¡MUY EXTRAÑO! . . . Se suponía que ese libro, según me dijo había sido escrito originalmente en plan­chas, de oro o bronce, por una rama de las tribus de Israel; y que lo había descu­bierto y traducido un joven de las cerca­nías de Palmyra, estado de Nueva York, con la ayuda de visiones o del ministerio de ángeles. Le pregunté cómo y dónde se podía obtener el libro, y me prometió que me lo mostraría en su casa al otro día… A la mañana siguiente fui a su casa, donde por pri­mera vez vi EL LIBRO DE MORMON —ese libro único entre todos los libros— . . . que, en las manos de Dios, fue el medio principal que dirigió o entero de mi vida futura.

‘Lo abrí con gran anhelo y leí la portada. Luego, leí el testi­monio de varios hombres que fueron testigos de la manera en que se encontró y se tradujo. . . Leí todo el día; me molestaba co­mer, pues no tenía el deseo de tomar ali­mento; me molestaba la idea de dormir al llegar la noche, pues prefería seguir leyendo.

“Mientras leía, el Espí­ritu del Señor vino sobre mí, y, tan manifiesta y claramente como un hombre sabe que existe, supe y comprendí que el libro era verdadero.” (Autobiography of Parley P. Pratt, tercera edición. Salt Lake City, Deseret BookCo., 1938, págs. 36-37.)

Parley P. Pratt tenía entonces veintitrés años. La lectura del Libro de Mormón lo afectó tan profun­damente que al muy poco tiempo se bautizó en la Iglesia y se convirtió en uno de los defensores más acérrimos del libro. En su ministerio viajó de costa a costa en lo que ahora es los Estados Unidos, y también a Canadá e Inglaterra; él inició la obra del evangelio en las islas del Pacífico y fue e! primer él­der mormón que pisó la tierra de América del Sur. En 1857, mientras era misionero en Arkansas, un hombre lo atacó y lo mató. Lo enterraron en una zona rural cercana a la comunidad de Alma, y ac­tualmente un gran bloque de granito marca su tumba en el tranquilo lugar. Talladas en la pulida superficie están las palabras de otro de sus magnífi­cos y proféticos himnos, como declaración de la vi­sión que él tenía de la obra en la que se había em­barcado:

El alba rompe de
verdad y en Sión se deja ver . . .
Tras noche de obscuridad,
bendito día renacer.

De ante la divina luz
huyen las sombras del error . . .
La gloria del gran Rey Jesús
ya resplandece con fulgor.
(Himnos de Sión, 1.)

Parley P. Pratt no fue el único que tuvo una ex­periencia así con el Libro de Mormón. A medida que los ejemplares de la primera edición fueron cir­culando entre las personas y que la gente lo leía, cientos de hombres y mujeres espiritualmente fuertes se vieron tan afectados por la lectura que renuncia­ron por él a todo lo que poseían; y más aún, en los años siguientes no fueron pocos los que dieron tam­bién la vida por el testimonio que llevaban grabado en su corazón de la veracidad de este extraordinario libro.

Infinito como la verdad

En nuestros días, ciento cincuenta y ocho años después de haberse publicado por primera vez, hay más personas que nunca que lo leen y se intere­san en él. Mientras que en aquella primera edición se imprimieron cinco mil ejemplares, en la actuali­dad las ediciones se imprimen en cantidades masi­vas, de hasta un millón de ejemplares, y en más de setenta idiomas.

El atractivo que presenta es tan infinito como la verdad, tan universal como el ser humano. Es el único libro que contiene una promesa de que el lec­tor puede saber con certeza, por medio del poder di­vino, si su contenido es verdadero.

Su origen es milagroso y cuando se cuenta ese origen por primera vez a alguien que nunca ha oído hablar de la Iglesia, resulta poco menos que increí­ble. Pero el libro existe y está listo para que lo pal­pen, lo sostengan en la mano y lo lean. Su existen­cia es indisputable.

Con excepción de la historia relatada por José Smith, todos los esfuerzos que se han hecho por ex­plicar su origen han demostrado no tener fundamentó. Es un registro de la América antigua. Al igual que la Biblia es la Escritura del Viejo Mundo, el Libro de Mormón lo es del Nuevo Mundo; cada uno de ellos habla del otro y cada uno lleva en sí el espíritu de inspiración, el poder de convencer y convertir. Juntos, ambos libros se convierten en tes­tigos de que Jesús es el Cristo, el Hijo resucitado y viviente de Dios.

La narración del Libro de Mormón es una crónica de naciones desaparecidas hace largo tiempo; pero en las descripciones que hace de los problemas de la sociedad actual está tan al día como el periódico matinal y, con respecto a las soluciones que pueden darse a esos problemas, es mucho más inspirado, de­finido e inspirador que aquél.

No conozco otro escrito que declare con tanta claridad las trágicas consecuencias que sufre la so­ciedad humana cuando sigue un curso contrarío a los mandamientos de Dios. En sus páginas se cuenta la historia de dos civilizaciones que florecie­ron en el hemisferio occidental. Cada una de ellas comenzó como una pequeña nación cuyo pueblo andaba en las vías del Señor; pero junto con la prosperidad aparecieron males que fueron en au­mento; el pueblo se dejó vencer por los ardides de líderes ambiciosos que lo oprimían con pesados im­puestos, calmaban sus temores con promesas va­nas, miraban con indulgencia y hasta alentaban la inmoralidad, y que terminaron por conducirlo a terribles guerras que dieron como resultado la muerte de millones de personas y, al final, la extin­ción de dos grandes civilizaciones en dos épocas di­ferentes.

Las historias de estas dos grandes naciones, rela­tadas con advertencias en esté volumen sagrado, nos indican que, aunque debe existir la ciencia, aunque debe existir la educación, aunque deben existir las armas, también debe existir la rectitud si deseamos ser merecedores de la protección de Dios. No hay ningún otro testamento que ilustre con tanta claridad el hecho de que cuando el hombre y las naciones andan en las vías de Dios y obedecen sus mandamientos, prosperan y progresan; pero cuando hacen caso omiso de El y su palabra, sobre­viene una decadencia que, a menos que sea contra­rrestada por la rectitud, conduce a la impotencia y a la muerte. El Libro de Mormón es una afirmación del proverbio del Antiguo Testamento que dice: “La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones” (Proverbios 14:34).

Un mensaje grandioso y conmovedor

Aunque el Libro de Mormón habla fuerte­mente de los problemas que afectan a nuestra socie­dad moderna, la grandiosa y conmovedora esencia de su mensaje es el testimonio, vibrante y verdadero, de que Jesús es el Cristo, el prometido Mesías. El libro testifica de Aquel que recorrió los polvorientos cami­nos de Palestina sanando a los enfermos y enseñando las doctrinas de salvación; Aquel que murió en la cruz del Calvario, que salió de la tumba al tercer día, apareciendo a muchos, y que, antes de su ascensión final, visitó a los habitantes del hemisferio occiden­tal, de quienes ya había dicho anteriormente: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.” (Juan 10:16.)

Durante siglos la Biblia fue el único testimonio escrito de la divinidad de Jesús de Nazaret; ahora, a su lado se levanta otro poderoso testigo para llevar a la humanidad de regreso al Señor.

Recuerdo el relato de un hombre sobre la forma en que se había convertido a la Iglesia:

“Había invitado a salir a una chica encantadora. Cuando fui a buscarla, vi sobre la mesa un ejemplar del Libro de Mormón, un libro del que nunca había oído hablar. Lo tomé y empecé a leerlo; me inte­resó, por lo que conseguí uno para mí y lo leí todo.

“En esa época tenía una idea más bien tradicional de Dios y Jesucristo, aunque nunca había pensado seriamente en asuntos religiosos. Pero al leer el li­bro, mi mente recibió luz y comprensión de verda­des eternas, y dentro de mí surgió el testimonio de que Dios es nuestro Padre Eterno y que Jesús es nuestro Salvador.”

La experiencia de ese joven sobre quien tanto in­fluyó el Libro de Mormón es similar a las que han tenido millones de personas en los últimos ciento cincuenta y ocho años.

El mismo libro que convirtió a Brigham Young, Willard Richards, Orson y Parley Pratt y muchos otros de los primeros líderes de la Iglesia también está convirtiendo gente en Argentina, en Finlandia, en Ghana, en Taiwán, en Tonga y en cualquier parte donde hombres y mujeres lo lean con verda­dera dedicación y oran al respecto. La promesa de Moroni, que él escribió en medio de su soledad des­pués que su pueblo había sufrido la destrucción, se cumple todos los días, en todas partes. (Véase Mo­roni 10:4-5.)

Una convicción de la verdad

Cada vez que alentamos a alguien a que lea el Libro de Mormón, le hacemos un fa­vor a esa persona, puesto que si lo lee y ora con un sincero deseo de saber la verdad, por el poder del Espíritu Santo sabrá que el libro es la verdad.

Y de ese conocimiento surgirá una convicción de la verdad de muchos otros conceptos. Porque si el Libro de Mormón es la verdad, entonces también es verdad que Dios existe. A través de sus páginas, hay un testimonio tras otro del solemne hecho de que nuestro Padre es real, que es una persona y que ama a sus hijos y busca la felicidad de ellos.

Y si el libro es la verdad, también es verdad que Jesús es el Hijo de Dios, el Unigénito de Dios en la carne, nacido de María, “una virgen, más hermosa. . . que toda otra virgen” (véase l Nefi 11:13-21), porque el libro así lo testifica en una descripción inigualada en toda la literatura.

Si el libro es la verdad, entonces Jesús es verda­deramente nuestro Redentor, el Salvador del mundo. El gran propósito de su preservación y apa­rición es, de acuerdo con la declaración que aparece en el mismo libro, “convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se mani­fiesta a sí mismo a todas las naciones” (portada del Libro de Mormón).

Si el libro es la verdad, José Smith era un Profeta de Dios, porque él fue el instrumento en las manos de Dios para sacar a luz ese testimonio de la divini­dad de nuestro Señor.

Si el libro es la verdad, Ezra Taft Benson también es un Profeta, pues posee todas las llaves, los dones, los poderes y autoridad que poseyó el profeta José Smith, que fue quien comenzó esta obra de los últi­mos días.

Si el Libro de Mormón es la verdad, la Iglesia es verdadera, porque en ella existe y se manifiesta la misma autoridad bajo la cual salió a luz este sagrado registro. Es la restauración de la Iglesia que el Sal­vador estableció en Palestina, la misma restauración que El decretó cuando visitó este continente, según lo que está registrado en este libro sagrado.

El cumplimiento de la profecía

Si el Libro de Mormón es la verdad, la Bi­blia es la verdad. La Biblia es el Testamento del Viejo Mundo; el Libro de Mormón es el Testa­mento del Nuevo Mundo; uno es el registro de Judá, el otro es el registro de José, y ambos se han juntado en la mano del Señor para que se cumpla la profecía que se encuentra en Ezequiel 37:19. Juntos, los dos libros declaran Rey al Redentor del mundo y establecen la realidad de su reino.

El libro es una voz que ha conmovido el corazón de hombres y mujeres en muchas tierras. Los que lo han leído, orando respecto a él, fueran ricos o po­bres, eruditos o ignorantes, han crecido espiritual­mente gracias a su poder.

Citaré palabras de una carta que recibimos hace unos años. Era un hombre quien escribía, diciendo: “Estoy preso en una cárcel federal. Hace poco en­contré en la biblioteca de la prisión un ejemplar del Libro de Mormón, y lo leí. Cuando llegué a la parte en que Mormón se lamenta por los de su pueblo que han caído, diciendo: ‘¡Oh bello pueblo, cómo pudis­teis apartaros de las vías del Señor! ¡Oh bello pue­blo, cómo pudisteis rechazar a ese Jesús que espe­raba con brazos abiertos para recibiros! He aquí, si no hubieseis hecho esto, no habríais caído’ (Mor­món 6:17-18), cuando leí eso, sentí como si Mor­món hubiera estado hablándome a mí. ¿Podrían en­viarme un ejemplar de ese libro?”

Le enviamos el libro. Después de cierto tiempo, un día fue a verme a mi oficina convertido en un hombre diferente. El espíritu del libro lo conmovió y lo cambió, y hoy es un hombre de éxito, rehabili­tado, ganándose honradamente el sustento de su fa­milia.

Esa es la influencia poderosa que ejerce este libro sobre todos aquellos que lo leen y oran sobre su contenido.

Mis hermanos, sin reservas os prometo que si leéis el Libro de Mormón y oráis acerca de él, no obstante las muchas veces que podáis haberlo leído antes, veréis que sentís que el Espíritu del Señor es más fuerte en vuestro bogar, que se fortalece la re­solución de obedecer los mandamientos de Dios y que se siente que aumenta el testimonio de la vi­viente realidad del Hijo de Dios. □

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¿Habéis visto alguna vez al Señor?

Ensign,  junio, 1987. Liahona marzo 1988

¿Habéis visto alguna vez al Señor?

por el élder Sterling Welling Sill

Hace algún tiempo se me pidió que acompañara a un grupo de visitantes a recorrer el edificio de las oficinas de la Iglesia en Salt Lake City. Estas personas deseaban saber más sobre la doctrina de la Iglesia, la función del liderazgo en ella y su organización. Parecían muy interesados y pasamos un tiempo agradable analizando el tema.

Durante el recorrido, una joven levantó la mano y me preguntó:

—Hermano Sill, ¿ha visto usted alguna vez a Dios?

Me sentí un poco sorprendido, ya que no esperaba ese tipo de pregunta, pero de todas maneras le contesté:

—Sí no le importa, contestaré a su pregunta con tres respuestas.

Número uno, tratando de acercarme lo más posible a lo que estoy seguro se refiere su pregunta, la respuesta es no, no lo he visto. Pero así, a secas, la respuesta no está completa ni es absolutamente fiel, por lo tanta, voy a agregar una segunda: No lo he visto desde el día de mi nacimiento, el 31 de marzo de 1903. Antes de esa fecha lo vi muchas veces.

Las Escrituras son muy claras en cuanto al hecho de que todos vivimos con Dios en los cielos antes de comenzar nuestra vida terrenal. El es nuestro Padre Celestial, y por lo tanto cada uno de nosotros lo ha visto y oído muchas veces.

El gran filósofo Sócrates afirmó que aprender es meramente recordar. Dios es nuestro Maestro, y todo lo que somos lo trajimos con nosotros de Su presencia en los cielos. “Conozco mucho sobre el Salvador”

Y la tercera respuesta es que aun cuando es verdad que no he visto a Dios durante mi vida mortal, es también verdad que tampoco he visto a mi propio espíritu desde mi nacimiento en esta tierra; a pesar de ello, no me cabe la menor duda de que poseo un espíritu.

Pero, aunque no he visto al Señor durante esta vida, he leído muchas veces cuidadosamente los cuatro extraordinarios tomos de Escrituras que El hizo que se escribieran. Sé cómo piensa El. Sé lo que El desea que yo haga. Sé cómo es por el testimonio de las personas que lo han visto. Y sé muchas otras cosas acerca de El.

Por ejemplo, el Jesús resucitado se le apareció a Juan el Revelador en la isla de Patmos. Juan dice que “estaba en el Espíritu en el día del Señor” cuando escuchó detrás de él “una gran voz como de trompeta”.

Se volvió para ver quién le hablaba y vio “a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido. . . con un cinto de oro.

“Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego” (Apocalipsis 1:13- 14).

Cuando el profeta José Smith tuvo la visión del Padre y del Hijo, dijo que su “fulgor y gloria no admiten descripción” (José Smith—Historia 17).

Hay algunas experiencias, aun en esta vida, que son muy difíciles de describir. Por ejemplo, si tratara de describir la mirada que ilumina los ojos de mi nietecito cuando algo lo hace feliz, tendría cierta dificultad.

Quizás lo intentara diciendo que los ojos le brillan, o que la cara se le ilumina; pero en realidad ninguna de las dos descripciones sería fiel a la verdad. Los ojos de mi nieta son siempre del mismo tamaño, de la misma forma y del mismo color, pero cuando está contenta algo le ilumina toda la cara; es algo que se puede percibir pero que es muy difícil de describir.

Al describir a Jesús resucitado, Juan dice que Sus ojos eran como llama de fuego. No se habla de una chispa o un brillo, sino que esa característica de gloria y resplandor se magnifica muchas veces. Juan trata de describir la voz del Señor resucitado diciendo que era una gran voz, como de trompeta. Tengo un buen amigo que tiene una de esas voces “como de trompeta”.

Es clara, armoniosa y resonante; fácil de entender y hermosa para escuchar. Su pronunciación es casi perfecta. Algunos oradores tienen la clase de “trompeta” que menciona Pablo:

“Y sí la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?” (1 Corintios 14:8.)

Algunos discursantes tienen una trompeta que no es bastante fuerte para dejarse oír, ni bastante clara para que se pueda entender, ni bastante interesante para mantener la atención de los que escuchan.

Me imagino la voz de Jesús resucitado muchísimo más resonante y hermosa que la de mi amigo, de la misma manera que el resplandor de la faz del Señor es muy superior al de la cara de mi nieta.

El profeta José Smith vio también al Señor cara a cara después de la dedicación del Templo de Kírtland. Al describir cómo era, dijo:

“Sus ojos eran como llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol” (Doctrina y Convenios 110:3).

¡Y eso es verdaderamente brillante!

Esas mismas cualidades las pueden poseer también, hasta cierto grado, otros hijos de Dios. Por ejemplo, Moroni resucitado también se le apareció a José Smith, quien da una descripción detallada de su apariencia de la siguiente manera:

“Toda su persona brillaba más de lo que se puede describir, y su faz era como un vivo relámpago” (José Smith—Historia 32).

No solamente su persona era gloriosa, sino que aun su ropa era brillante. El

Profeta dijo:

“Llevaba puesta una túnica suelta de una blancura exquisita. Era una blancura que excedía cuanta cosa terrenal jamás había visto yo; ni creo que exista objeto alguno en el mundo que pudiera presentar tan extraordinario brillo y blancura” (José Smith—Historia 31).

Se decía que Sócrates no era un hombre muy atractivo, pero aun así oraba a Dios pidiéndole: “Hazme hermoso por dentro”.

Todos hemos visto personas de aspecto sencillo que han llegado a convertirse en hermosas por medio de una radiante espiritualidad.

Un espíritu divino puede hacer que un cuerpo completamente carente de belleza se convierta en hermoso. Aun cuando no he visto al Señor en esta vida, conozco su palabra.

Sé de la gran Expiación que El llevó a cabo en beneficio de todos los hijos  de  Dios.  Conozco  la  resurrección  gloriosa  y  celestial  del Salvador, una resurrección similar a la que prometió a todos los que guardaran sus mandamientos. Conozco también el recto y estrecho camino y cómo seguirlo con el fin de poder merecer la entrada en el reino celestial.

En una ocasión el Señor le dijo a Tomás:

“Porque me has visto, Tomás, creíste; [más] bienaventurados los que no vieron y creyeron” (Juan 20:29).

El Salvador mismo prometió:

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8)

Con todas estas ventajas, tengo que poder mantenerme fiel y esperar hasta que El venga en nubes de gloria para comenzar su reino milenario sobre la tierra, cuando todo ojo lo verá y todo corazón se regocijará por sus bendiciones.

En preparación para ese gran acontecimiento, esforcémonos para adquirir una luz más radiante en nuestros ojos, un brillo más grande en nuestro corazón y un fuego más puro en nuestra alma. Entonces, en ese día, cuando lo veamos nosotros mismos, también nosotros podremos ser glorificados.

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En el autobús equivocado

Liahona mayo de 1984

En el autobús equivocado

por el élder Sterling Welling Sill

Uno de los impedimentos más grandes para lograr el éxito es el hecho de que dedicamos mucho tiempo a cosas que nos llevan hacia lo que no deseamos ser. Es mucho lo que podemos aprender del relato que, hace varios años, nos contó el doctor Harry Emerson Fosdick al cual tituló: “En el autobús equivocado”.

Se trataba de un hombre que subió a un ómnibus con la intención de ir a la ciudad de Detroit, Michigan; pero cuando llegó al final de su viaje se encontró que estaba en Kansas City, Kansas. Este pobre hombre no podía convencerse de lo que había sucedido; cuando preguntó cómo llegar a la avenida Woodward y le dijeron que tal avenida no existía, se sintió indignado, porque él sabía muy bien que sí había una calle que se llamaba de esa manera. Le costó aceptar la realidad de que, muy a pesar de sus buenas intenciones, no estaba en Detroit, sino en Kansas City. Todo hubiese estado bien si no fuera por un pequeño detalle: había tomado el autobús equivocado.

Es interesante ver cómo muchas personas llegan a algo en la vida, algo que nunca quisieron ser. Nos fijamos metas de honor, éxito y felicidad, pero a veces tomamos los autobuses que nos llevan a un destino  de  deshonor, fracaso y desdicha. Uno de  los  propósitos fundamentales de nuestra existencia mortal es de prepararnos para la vida venidera.

Los destinos a los que podemos llegar están separados en tres grandes subdivisiones, las que Pablo compara con la luz del sol, de la luna y de las estrellas.

El dijo: “…una estrella es diferente de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos” (1 Corintios 15:41-42).

Es indiscutible que la gloria más deseada es la que se compara con el sol, la cual yace al final de la angosta senda que conduce a la vida, pero lamentablemente para nosotros que viajamos, tal como dijo Jesús, solamente unos pocos llegarán a este destino, el cual es el más grandioso de todos. Todos deberíamos tener el deseo de llegar al reino celestial, el cielo más elevado, donde moran Dios y Jesucristo y el cual es el reino para las familias. Pero muchas personas, mientras hablan acerca del cielo más elevado, se embarcan en autobuses cuyo destino es el infierno más bajo. El menos atractivo de estos tres reinos es el telestial, que está tan por debajo del celestial como el centelleo de una estrella es pequeña en comparación con el esplendor del sol del mediodía.

Las Escrituras nos dicen que los que lleguen al reino telestial serán tan numerosos como las arenas del mar o como las estrellas del firmamento. Pero aun así, antes de que lleguen a este destino, éstos deben purgar sus pecados con el castigo del infierno.

Esta gran multitud llegará al lugar que menos deseaba. Incluso Satanás tomó el autobús equivocado, y ahora sabemos cuál es su destino final, destino que Dios, el juez definitivo, le ha determinado. Pero Satanás nunca hizo planes para tal degradación; él era conocido como Lucifer, el portador de luz, el brillante hijo de la mañana, que se mantenía cerca de Dios. El deseaba para sí lo mejor y se decía en su corazón: “Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios… y seré semejante al Altísimo”. (Isaías 14:13- 14)

Pero aun siendo consciente de este objetivo maravilloso, tomó el autobús de la rebeldía que lo conduce al más bajo de los destinos. Muchas personas han tenido la experiencia, en algunos aspectos de la vida, de arribar a lugares donde no deseaban ir. Por ejemplo, nadie  se  esfuerza  por  obtener  una  buena  educación  ni  invierte grandes sumas de dinero en negocios con la esperanza de fracasar o dar bancarrota; nadie elige a su esposo o esposa con la idea de terminar en un desdichado y triste divorcio. Aun el gran número de los que se convierten en asesinos y suicidas, y que se hacen adictos a  drogas  y  al  alcohol,  no  comenzaron  a  recorrer  esas  sendas pensando que los conducirían a un destino tal.

Aquellos que cometen fechorías y actos inmorales, o que terminan en escuelas reformatorias, en cárceles o instituciones mentales, no pensaban en estos lugares cuando planeaban el sendero que irían a tomar.

Es probable que la habilidad más valiosa que una persona pueda desarrollar sea la de identificar el ómnibus que la lleva al lugar donde realmente desea ir.

En una oportunidad, hablé con una joven que tenía sentimientos de rechazo hacia sus padres. Como no se sentía querida por ellos, trataba de compensar esa falta de amor haciendo amistad con personas indignas, y pensaba que ir a la Iglesia era como rendirse a sus padres.

Su vida estaba llenándose de amargura, y estaba desarrollando hábitos y tomando actitudes que le harían tomar el ómnibus equivocado, donde se relacionaría y formaría parte de un grupo de personas indeseables.

A menos que suceda un milagro, ella llegará a Kansas City cuando todo lo que deseaba en su vida era ir a Detroit.

Supongo que nadie comienza a participar en ciertas cosas con la idea preconcebida de terminar en un quebranto nervioso, de disolver su matrimonio o de terminar en la cárcel, pero a veces el peso de la cadena de los malos hábitos no se siente hasta que es demasiado pesada para quebrarla. A veces la tragedia nos abruma porque permitimos que el desánimo siembre su semilla en nuestra personalidad. Sembramos una vida desordenada e indisciplinada y luego oramos para no recoger las consecuencias, lo cual generalmente no sucede, ya que esas semillas son muy resistentes y es difícil detener su crecimiento una vez que sus raíces han crecido en nuestra vida.

Podemos tener los objetivos más loables en nuestra mente, pero si tomamos el ómnibus que nos lleva al destino equivocado, no podemos cambiar de ruta diciéndonos simplemente a nosotros mismos que teníamos la mejor de las intenciones. A esa altura de los acontecimientos, lo importante va a ser los hechos, ya que vamos a ser juzgados por ellos y no por nuestros deseos, y sería inútil prestar atención al dicho que dice que el sendero hacia el infierno está pavimentado de buenas intenciones.

Muy frecuentemente no dejamos que la mano izquierda se las intenciones sepa lo que la mano derecha de los hechos está haciendo. Tenemos grandes proyectos en nuestra mente pero nos desviamos tanto que la excepción se convierte en nuestra regla general.

Deseamos llegar a ser una buena persona en el futuro, pero no necesariamente hoy. Con frecuencia decimos: “No me juzguen por mi aspecto físico ni por mi vestimenta ni mis palabras; júzguenme por cómo me siento dentro de mí”.

Este es un razonamiento muy peligroso y muy a menudo es la causa de nuestra ruina. Yo me pregunto: ¿Por qué debe una persona dedicar tanto tiempo a parecer, actuar y pensar como lo que no desea ser?

Es necesario que destruyamos toda evidencia de rebeldía. Si vamos a un desfile vestidos de payasos, es muy probable que no pensemos ni actuemos como un rey. No debemos hacer unas pocas cosas buenas y entonces hacer un montón de excepciones; no debemos estar en el camino ancho y espacioso que conduce a la muerte cuando tenemos planeado ganar la vida eterna, la cual se encuentra al final del sendero recto y angosto.

Nos ayudaría mucho recordar que toda persona que transgrede la ley y todo pecador tienen algunos grandes ideales y ambiciones en las cuales se basa para juzgarse a sí mismo.

En una oportunidad, asistí a una reunión religiosa en la  cárcel, donde muchos de los prisioneros expresaron sus sentimientos. Sin excepción dijeron: “En esta cárcel se encuentran algunas de las mejores personas de todo el mundo”. Creo que, en muchos aspectos, eso es verdad. Algunas de las personas que están en la cárcel son más compasivas, más amables y más humildes de lo que pueden ser muchos de los que están en libertad. Algunos de ellos son tan generosos que se sacarían la camisa para dársela a un amigo que la necesite. Algunos de ellos ofrecen oraciones preciosas y tienen un testimonio maravilloso del evangelio, pero cometieron algunos errores: algunos de ellos mataron, robaron un banco, salieron borrachos a la calle, o cometieron otro tipo de transgresión. Al hacerlo, estaban dirigiéndose a un lugar donde no deseaban ir.

Sepamos claramente a dónde deseamos ir. Es muy importante recordar que, con frecuencia, nosotros mismos, en ciertos aspectos, nos enceguecemos de tal manera que no podemos vernos como realmente somos.

Es frecuente que, cuando las personas están cometiendo ciertas inmoralidades, piensen que están simplemente viviendo la vida, y se justifican con la idea de que muchos han hecho cosas peores que un pequeño acto de vandalismo o prender fuego a un edificio. Un pequeño descuido y unas pocas mentiras no significan mucho si no nos importa llegar a Detroit en lugar de a Kansas City.

Es buena idea determinar claramente a dónde queremos ir y entonces encaminarnos en esa dirección, sin desvíos de ninguna clase, recordando siempre que las excepciones puede resultar muy peligrosas. Estas pueden ser más rápidas en derribar una buena costumbre que los hechos positivos en edificarlas; uno puede resistir la tentación mil veces, y perderlo todo por tan sólo una indulgencia.

Alguien dijo que debe haber mil pasos del infierno al cielo, pero tan sólo uno del cielo al infierno.

Los ideales no nos sirven de nada si no hacemos algo por lograrlos, y puede ser muy peligroso creer que podemos salvarnos con tan sólo declarar nuestra fe de una vez por todas o por una serie de circunstancias. En una palabra, uno no puede enfrentar al enemigo, pelear la batalla y dominar a todos los adversarios a la vez.

La batalla debe ir ganándose en forma constante. Muchos han testificado acerca del evangelio y por otro lado han tomado el ómnibus con destino a la vergüenza y a la degradación.

Las semillas de la destrucción no necesitan ser muy grandes; un árbol grande de maldad puede también crecer de una pequeña semilla de pecado. Si no queremos que el árbol crezca, es mejor que no permitamos que la semilla comience a germinar.

Para terminar, resumamos este gran concepto en dos: primero, sepamos claramente a dónde deseamos ir; y segundo, tomemos el ómnibus que nos lleve allí.

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Aquel negocio de la vida

Ensign, enero, 1981

Aquel negocio de la vida

por el élder Sterling Welling Sill

Si hay una cosa de la que estoy completamente seguro en mi mente, es que el negocio de la vida es tener éxito. Estoy absolutamente seguro de que Dios no creó esta hermosa tierra para nuestro beneficio con todas sus leyes, recursos y oportunidades, sin tener algo muy importante en la mente de aquellos que viven en ella. Sería poco razonable que Dios nos haya creó a su imagen, nos dieran su propia forma personal, nos dotara de estas potencialmente magníficas mente, estas personalidades milagrosas, y estas facultades físicas fantásticas, y luego esperar que nosotros perdiéramos nuestra vida en la insuficiencia. Y sin embargo, estoy seguro de esto, que el desperdicio más grande en el mundo es que usted y yo vivimos por debajo del nivel de nuestras posibilidades.

Hace algún tiempo oí a un trabajador en genealogía decir que todo el trabajo genealógico de la Iglesia es realizado mediante el dos por ciento de los miembros. Por debajo de ese grupo hay otro ocho por ciento que dicen sus oraciones sobre la genealogía  y  sus testimonios acerca de la genealogía, pero no hacen ninguna parte del trabajo real en cuestión. A continuación, por debajo de ese grupo hay un grupo que ni siquiera dice sus oraciones o dan su testimonio al respecto.

Los presidentes de la Iglesia han indicado que todos en la Iglesia deben ser misioneros. Sin embargo, hasta la fecha una gran parte de los hombres adultos de la  Iglesia  son  en  sí  mismos ancianos. Algunos de los que van en misiones aumentan su actividad religiosa durante dos años y luego vuelven a sus antiguas debilidades.

El Señor ha dicho que quería que su mensaje llegara a toda nación, tribu, lengua y pueblo, y sin embargo, algunos de nosotros que hemos sido designados para ese llamado aún no entregamos el mensaje si siquiera en el lugar donde vivimos. Los maestros son enviados a enseñar el Evangelio a los miembros, pero con frecuencia limitan su charla con ellos al clima o la política, mientras que sus vidas se mantienen en la oscuridad. Es imposible dar un mensaje espiritual sin tener un mensajero espiritual. El mensaje tiene poca fuerza si la vida del mensajero está llena de pereza, inmoralidad, debilidad, pecado, y el fracaso. Debemos insistir en el éxito en todos los departamentos de nuestra vida.

El éxito no es la cosa más importante en el matrimonio, es todo en el matrimonio. No es sólo lo más importante en el trabajo de la Iglesia, es todo en el trabajo de la Iglesia. Y para que no recibamos la oscuridad en nuestro matrimonio, en nuestro liderazgo, y nuestro trabajo en la Iglesia, hay que sacarlo de nuestras vidas.

No hay oscuridad en el reino celestial que es donde está Dios. Ahí es donde estarán las otras personas espiritualmente exitosos.

Jesús fue amable con la adúltera arrepentida. Tenía un interés y simpatía con el ladrón en la cruz. Sin embargo, para el que escondió su talento en el suelo, dijo:

“Siervo malo y negligente”  (Mateo 25:26)

Y para los desobedientes que se encuentren a su izquierda, cuando venga en su gloria, él dirá;

. . . Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno. . .” (Mateo 25:41).

El Señor nos ha dado la mayor fórmula de éxito que jamás se ha dado en el mundo cuando dijo:

Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan;

“Y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa.” (Doctrina y Convenios 130:20-21)

El Señor quiere que cada uno de nosotros sea exitoso. Todo lo que tenemos que hacer es descubrir la ley que rige ese éxito y luego ir hacia adelante a partir de ahí. Y me gustaría señalar una gran verdad: que la experiencia más excitante es tener una alta calificación en esa empresa importante en la que Dios mismo pasa todo su tiempo, la salvación de la humanidad.

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La puerta estrecha

Ensign, julio, 1980

La puerta estrecha

por el élder Sterling Welling Sill

La mayor autoridad en el éxito que haya vivido en esta tierra es Jesús de Nazaret. Él era el Hijo de Dios y vino aquí en su capacidad oficial como el Salvador del mundo y el Redentor de los hombres. Él es el profesor más grande del mundo y la mayor autoridad en la religión.

Además de ser un gran moralista, también era un experto en eficiencia excepcional. Él dio expresión a una de nuestras leyes más importantes de éxito:

“Entrad  por   la   puerta estrecha,   porque   ancha   es   la   puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.

“Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mateo 7:13-14)

Todo el mundo quiere tener éxito y ser feliz, y sin embargo muchos caen. La razón principal del fracaso es la tendencia natural a querer un camino más amplio que cualquier verdadero éxito lo permita. El camino ancho que lleva a la destrucción mantiene su popularidad debido a que es más fácil de seguir. Hace menos exigencias a sus viajeros, y permite mucho más espacio para esquivar y darse la vuelta.

La mayoría de la gente quiere más libertad que el camino estrecho puede dar. Casi todo fracaso comienza con sólo la ampliación de la forma. Con demasiada frecuencia las personas ceden a su tendencia natural a explorar los caminos secundarios y recorrer los callejones sin salida. Debido a que el camino que conduce a la muerte es lo suficientemente amplio como para permitir muchas actividades prohibidas, muchos viajeros no llegan a sus destinos deseados. Nadie sale de la carretera del éxito en ángulo recto; en lugar de reconocer que están saliendo de los límites, tratan de mantener en buen estado con ellos y hace aparecer las cosas legales a los demás simplemente ampliando el camino.

Esta estrecha carretera coincide con el significado exacto que Jesús unió con el sentido espiritual, es importante alcanzar los objetivos con alto contenido en cualquier otra área de búsqueda, ya sea intelectual, social, físico o financiero. El camino al éxito y toda la felicidad son estrecho; nos hemos de guardar dentro de sus límites; y hay que asegurarse de que la propia carretera conduzca al destino correcto.

Cuando a Gladstone se le preguntó el secreto de su brillante carrera, él respondió con una sola palabra: “Concentración” La concentración se consigue limitando el alcance. Emerson dijo: “La prudencia en la vida es la concentración; el maligno es la disipación” (Los escritos completos de Ralph Waldo Emerson, Nueva York. Wm H. Wise & Co., 1929, p 542.). Jesús estaba limitando el alcance cuando nos advirtió de mantener nuestra miran puesta únicamente en la gloria de Dios (Doctrina y Convenios 4:5) Una sola visión también debe tener un enfoque estrecho. Jesús proclamó esta misma filosofía cuando dijo:

“Ninguno puede servir a dos señores” (Mateo 6:24)

Santiago señaló que un hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos” (Santiago 1:8). También hay algunos individuos de ideas cuádruples, de mente triple y que no han sintonizado a cabo lo suficiente de sus distracciones. El secreto del éxito es la de limitar el alcance, reducir la visión, y concentrar el esfuerzo con un enfoque más fino en un solo objetivo.

Decisión es otro ingrediente muy importante del éxito. Definitivamente tenemos que fijar nuestras mentes en puntos específicos. La celebración de un enfoque estrecho de nuestra atención, debemos conducir con plena potencia a la mitad del camino estrecho y angosto. Sólo cuando llegamos a ser específicos y exactos podemos eliminar los elementos disuasorios del éxito y de la confusión, conflictos, caprichos, conjeturas, especulaciones, y racionalizaciones.

El éxito exige que renunciemos a nuestra vaguedad y generalidad mediante el establecimiento de límites mentales y morales más allá de lo que nunca vamos a ir. El éxito exige restringir nuestros meandros y todas las cosas discordantes. La canción dice “No me cerques” No sólo debemos tener una cerca, sino que debe ser muy fuerte.

Aquellas personas que están tratando de reducir su peso han descubierto que este éxito también requiere una disciplina del estrecho y angosto camino. Cuando el propio camino en la dieta se hace lo suficientemente amplio como para incluir tres porciones de pastel, la causa se pone en peligro. Si la obesidad se va a controlar, ciertos  alimentos deben colocarse fuera de los límites. Las limitaciones deben ser colocadas en la ingesta, y controlar más firmemente el apetito. Cuanto mayor es la reducción de peso deseado, cuanto más estrecho es el camino a seguir.

En la Palabra de Sabiduría el Señor es tan estrecha la anchura de la carretera que conduce a la buena salud que, entre otras cosas, puso el alcohol, la nicotina y la cafeína fuera de los límites. Ninguno de los varios millones de alcohólicos americanos o los otros millones de víctimas del cáncer de pulmón nunca se dirigieron deliberadamente por los lugares terribles a los que por fin llegaron. Cometieron errores simplemente haciendo el camino ancho suficiente para algunas indulgencias adicionales en las cosas equivocadas.

Nos gusta pensar que somos de mente abierta, pero a veces nuestro pensamiento se vuelve tan amplio que muchos elementos indeseables entrar en ella. A veces estamos tan ansiosos de ser “tolerante” que terminamos cediendo demasiado territorio. Practicamos una coexistencia pacífica con demasiados males. Como individuos estamos dando demasiado terreno en lo moral y otros principios cristianos ideales.

Hace muchos años, por ejemplo, cuando la violación a ley de prohibición se hizo demasiado grande, los Estados Unidos simplemente ampliaron el camino al hacer legal el licor. A medida que las personas se han vuelto más inmoral, se han apaciguado sus mentes con las doctrinas de la “nueva moral.” Por sus muchos compromisos con el mal, por lo que algunos han ampliado su camino que ahora van por los caminos que no quieren ir. Con demasiada tolerancia para el mal, están perdiendo sus convicciones y respeto de sí mismo.

Podemos ampliar fácilmente el camino a dicha anchura que nada está excluido. Podemos llegar nosotros mismos a una situación en la que todo vale, oleadas de crímenes, disturbios raciales y adicción a las  drogas  ahora  parece que  algunos no estar  muy  lejos de la raya. Hemos desarrollado una gran tolerancia para el ateísmo, el pecado, y demasiados intereses al lado de la carretera que son antagónicos a nuestra salvación eterna.

A pesar del hecho de que Jesús nos pidió rehuir del camino ancho que lleva a la muerte, el tráfico sobre el mismo continúa teniendo cada vez más y más gente. Algunos de nuestra amplitud de criterio han sido comparados con un río de polvo, que es muy amplio y muy poco profundo. Nunca tenemos mucha energía de un río que tiene una milla de ancho y una pulgada de profundidad; más bien, es el torrente estrecho que desgarra la ladera de la montaña.

¿No es interesante cómo son estrechas las leyes de la naturaleza? El agua a nivel del mar hierve a 212 grados Fahrenheit, no a 210. Se congela a 32 grados por encima de cero, no a 34. El agua que contiene sal el 20 por ciento no se congele hasta que la temperatura se reduce a 30 grados bajo cero. No entiendo cómo el agua sabe cuándo es el momento de congelarse, pero nunca se equivoca. Nunca se olvida, y nunca se ve influenciada por la opinión de nadie. Al igual que todas las demás leyes naturales, las leyes eternas del universo son estrechas. Ellas nunca se derogan. El veredicto ha sido dictado incluso antes de que  se  cometa  el acto. Los abogados más inteligentes, los testigos más simpáticos, o los jueces más poderosos no pueden cambiar el veredicto en lo más mínimo. La sentencia no se ablanda debido a la incompetencia mental o física, y no hay tiempo libre por buen comportamiento.

Cada año nuestro planeta hace una órbita de 595 millones de millas alrededor del sol. Siempre viaja a una velocidad de 66.600 millas por hora, y se completa su recorrido en exactamente 365 días, 6 horas, 9 minutos y 9 segundos y 54/100. El momento de la conclusión del viaje es de 595 millones de millas se puede predecir con más exactitud que su viaje desde la sala de estar en el comedor.

La electricidad también está en el lado estrecho de la mira. Una brújula siempre apunta al norte magnético, nunca hacia el este, el oeste o el sur. La matemática es estrecha. Dos más dos son siempre cuatro nunca más de tres y siete octavas partes. Si alguna vez has tenido un viaje en avión a través de una violenta tormenta que requería de un aterrizaje por instrumentos, recordará la forma en que oró para que el piloto sea de mente estrecha que nunca llegaría un poco más allá de la viga. Un destello de amplitud mental de un piloto meandro podría provocar su muerte súbita.

Piense también, en lo angosto que es el camino de la lealtad. Nos une a devociones definitivas. Harry Emerson Fosdick ha escrito de forma convincente sobre el camino estrecho en un ensayo titulado “Sobre coger el autobús incorrecto.” Él dijo: “El hombre que jura lealtad a una causa tiene limitaciones más fuertes que un esclavo.” (En el momento de ajustarla a Live-con Sermones sobre post-Guerra cristianismo, Nueva York: Harper and Brothers, 1946, p 139).

El éxito y la felicidad en el matrimonio siempre van por un camino estrecho y largo. Cuando dos personas, por su propia elección, se dan el uno al otro y para nadie más, ya no pueden ser irresponsable para pasear por donde quiera que pasa el lujo que puede atraerlos. El matrimonio  no  es  una  calle  amplia,  con  doble moral; tampoco lo es el patriotismo. El infiel, los desleales, y los rebeldes están viajando por el camino ancho.

Con frecuencia tenemos en nuestras mentes grandes objetivos y altos ideales en el momento en que llegan a nuestras manos para cosas prohibidas. Nuestras mentes pueden estar en el camino estrecho que conduce a la vida eterna, mientras que nuestros pies nos están llevando por ese camino ancho que lleva a  la destrucción. Hay que tener los pies así como nuestra mente en esa estrecha carretera que conduce a nuestro objetivo planificado.

A pesar de la razón y actitudes científicas de nuestro tiempo, consciente o inconscientemente algunos todavía creen en una “mágica” y poco realista religión, y filosofía que, independientemente de cuál sea el camino que tome, de alguna manera saldrá todo bien al final. Los que creen en esta filosofía no sólo han fracasado, sino que son tontos, así también, nada que viaje por un camino equivocado puede llegar a un destino correcto.

La ley base del universo es que la ley fundamental, inalterable e irrevocable de la cosecha que dice:

“. . . Todo lo que el hombre siembre, eso también segará.” (Gálatas 6:7)

Todos vamos a ser juzgados por nuestras obras. A medida que el Jesús resucitado estaba a punto de dejar esta tierra y ascender desde el Monte de los Olivos a su padre, les dijo a sus discípulos:

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.

“El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea, será condenado” (Marcos 16:15-16)

Para algunos, esto puede sonar como una manera muy estrecha, pero es la ley y no debemos olvidarlo; tampoco hay que contar demasiado en la posibilidad de que Dios cambió de opinión.

Y así llegamos de nuevo a la declaración del Maestro, diciendo: “Entrad   por   la   puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.

Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mateo 7:13-14)

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La poesía en nuestra vida

Ensign, mayo, 1978. Conference Report, abril, 1978

La poesía en nuestra vida

por el élder Sterling Welling Sill

Hace un tiempo, leí un interesante libro escrito por un siquiatra neoyorquino, e intitulado, El poder curativo de la poesía, en el cual el mencionado siquiatra explica cómo durante cuarenta años, se había valido de la aplicación práctica de grandes ideas para curar a sus pacientes que sufrían de males emocionales y problemas siquiátricas; estas ideas no pertenecían todas al género poético, pues también recurría a las de las Escrituras y la buena literatura, así como a las que inspiran los himnos religiosos.

Creo que el poder curativo que aplicaba dicho siquiatra, podría relacionarse con la práctica de algunos médicos de no recetar a sus pacientes remedios de farmacia, sino una visita a la librería, práctica que han adoptado al descubrir que existe mayor poder curativo en los libros que en los específicos. De allí que la madre sane las magulladuras de sus hijos con besos y caricias.

Al meditar en las diferentes maneras de sanar los males, traté de entender lo que pensó Cristo cuando dijo: “Médico, cúrate a ti mismo” (Lucas 4:23). Y -creo que nos señaló un buen método para curarnos cuando  dio instrucciones  a Emma  Smith de  hacer  una selección de himnos inspirados, cuyos mensajes se anidaran en nuestra mente y corazón.

Hace poco fui a una biblioteca en busca del librito que aquí tengo, el cual es una compilación de los noventa himnos que seleccionó Emma Smith para la Iglesia. Y considerando que todos tenemos diferentes necesidades así como diferentes intereses, me parece que cada uno de nosotros debería hacer su propia selección de himnos y proceder a aprenderlos de memoria tomando la determinación de atesorarlos, de modo que pudiéramos obtener el máximo tanto de su poder curativo, como de progreso y salvación.

William James, el destacado psicólogo norteamericano, hizo la siguiente pregunta: “¿Os gustaría crear vuestra propia mente?” Y usualmente, eso es lo que sucede. El profesor James dijo que la mente humana se compone de aquello con que se alimenta, y que la mente, como la mano del tintorero, se tiñe del color de lo que sostiene. Si tomo en la mano una esponja con tinta azul, mi mano absorbe el color azul; y si retengo en la mente y el corazón pensamientos de fe y entusiasmo, toda mi personalidad lo reflejará.

Si pensamos negativamente nuestra mente será negativa; si albergamos pensamientos pervertidos, desarrollaremos mentes pervertidas. Por otra parte, si anidamos pensamientos celestiales, que son la clase de pensamientos que Dios tiene en su mente, desarrollaremos mentes celestiales y cumpliremos lo que bien dijo un poeta:

La mente es para mí un reino En donde encuentro tales gozos Que superan toda alegría Que el mundo pueda brindar.

Cuando asistimos a los funerales de personas queridas, aumentamos nuestra propia santidad escuchando la música inspiradora y las santas oraciones que allí se pronuncian, consolando a los deudos, y avivando así en nosotros mismos los más bellos pensamientos. Hace poco, en mi despacho, unos padres desconsolados me contaron que habían perdido a su hijita de tres años de edad, la que inexplicablemente murió ante sus propios ojos; naturalmente, los padres, transidos de dolor, sentían la necesidad de desahogarse hablando con alguien. Todos sabemos que podemos servir de bálsamo a quienes expresan sus pesares, si escuchamos con amor. Así fue que me encontré relatándoles mis tristes recuerdos de cuando yo era un jovenzuelo y permanecía velando junto al lecho de mí querida hermanita de tan sólo siete años de edad, que moría de difteria.

La madre de la otra niñita que he mencionado, pensaba que no había cosa más terrible que su hermosa hijita hubiera muerto en los albores de la vida. Y yo puedo comprender ese dolor.

Al cabo de un rato, le dije: “Hermana, si usted quisiera, yo podría referirle algo que refleja lo que tal vez sea un dolor mayor que la congoja que usted experimenta ahora”. Y ella me contestó: “Hermano, si sabe usted de algo peor que esto, me gustaría escucharlo”.

Procedí entonces a recitarle el poema de James Whitcomb Riley, titulado Desolacibn. En él no se destaca el desconsuelo de la madre cuyo hijo había muerto, sino la profunda congoja de su interlocutora, la que nunca había tenido hijos, y dice lastimeramente a su desolada amiga:

Déjame llorar contigo, Déjame, te ruego,
A mí, a quien la muerte No ha quitado hijo,
Porque nunca lo he tenido; Déjame llorar contigo
Por el pequeño de cuyo amor Yo nada sé.
¡Ah! los bracitos que Con divina ternura
Te rodeaban el cuello…
Y las manitas aquellas que besabas…
Todo eso yo… nunca conocí.
¿No ves, acaso, Mi razón para llorar por ti?
Con gusto haría lo que posible fuera
Para darte consuelo y mitigar tu pena.
Mas, ¡ay! cuánto mayor
El dolor que mi alma anida,
Que ni siquiera llorar puedo
Por el hijo al que nunca he dado vida.
(Poetical works…, N. Y. Grosset Dunlap, 1937. Pág. 444.)

Me siento agradecido al poeta por esos pensamientos suyos, pues él me ha servido de inspiración para compilar mi propio libro de pensamientos curativos que ayuden al acongojado.

Tenemos, además, la poesía que infunde valor. Durante muchos años, el señor Rice, famoso comentarista deportivo, viajó extensamente asistiendo a las grandes competiciones de este género, con el fin de identificar las características que hacen a los campeones. Y así, compuso unos setecientos versos sobre las cualidades que impulsan a la gente a superarse, uno de los cuales se titula El valor para triunfar y dice así:

Quisiera pensar que puedo mirar
A la muerte sin temor, y decir:
Todo lo que me queda
Es el último aliento; ¡quítamelo!
Conviérteme en polvo,
O en sueños, o llévame lejos…
Donde el alma vaga
Y el polvo de las estrellas fluye
En la noche interminable.
Pero luego agrega:
Sin embargo, prefiero pensar
Que puedo mirara la vida, y decirle:
Dame lo que sea, lucha,
Obstáculos, azules o nublados cielos;
Porque con todas mis fuerzas
Enfrentaré hasta la última embestida,
Y ni la fría mano de acero del destino
Me podrá vencer.

Se ha dicho que los poetas siguen a los profetas en poder para elevar el espíritu humano. Por mi parte, nunca he sabido que a Eliza Snow la hayan sostenido como profetisa, y sin embargo, ella escribió el himno Oh, mi Padre. A veces nos limitamos sólo a leer la letra de los himnos de la Iglesia, en vez de aprenderlos de memoria, de atesorarlos, y de repasarlos constantemente… una y otra vez.

Pensemos en lo que sucedería en el mundo si cada persona hiciera su propia selección de los noventa poemas sobre la fe, que le emocionaran más vivamente. No creo que en esta ocasión os gustara escucharme entonar en un solo “Oh, mi Padre”, pero confío en que no os disguste si recito sus poderosas palabras de fe y adoración.

La hermana Snow escribió:

Oh mi Padre, tú que moras, En el celestial hogar, ¿Cuándo volveré a verte, Y tu santa faz mirar? ¿Tu morada antes era De mi alma el hogar? ¿En mi juventud primera, Fue tu lado mi altar? Pues, por tu gloriosa mira, Mi hiciste renacer, Olvidando los recuerdos De mi vida anterior.

Pero, algo a menudo, Dijo: “Tú, errante vas”, Y sentí que peregrino Soy, de donde tú estás. Antes te llamaba Padre, Sin saber por qué lo fue, Mas la luz del evangelio Aclaróme el porqué ¿Hay en cielos padres solos? Niega la razón así. La verdad eterna muestra Madre hay también allí. Cuando yo me desvanezca, Cuando salga del mortal Padre, madre, ¿puedo veros En la corte celestial? Sí, después que ya acabe Cuanto haya que hacer Dadme vuestra santa venia Con vosotros a morar. (Himnos de Sión No. 208.)

Sería difícil encontrar muchos pasajes, aun entre las palabras de los profetas, que tenían más poder curativo que este himno.

Pensad en lo que sucedería en nuestra vida si cada uno de nosotros aprendiera de memoria un buen número de poemas de amor. La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos tiene una sección de Poemas de fe y libertad.

El Señor dijo:

“Porque mi alma se deleita en el canto del corazón; sí, la canción de los justos es una oración para mí, y será contestada con una bendición sobre sus cabezas.” (Doctrina y Convenios 25:12.)

Yo tengo otras oraciones que me gusta repetir mentalmente al dirigirme al trabajo por las mañanas. He aquí una de ellas:

Oh Dios, te doy gracias
Por este mundo tuyo
Y su belleza, que al espíritu aviva.
Por el sol radiante y el aire y la luz.
Oh, Dios, te doy gracias por la vida.
Esta vida a ti yo la consagro,
Y cada aurora, Cuando veo el alba romper,
Plena de gozo por el nuevo día, 
De gratitud siento mi alma estremecer.
Un nuevo día que la ocasión me brinda
De plasmar en silencio una obra de amor,
Que crezca y Con el paso del tiempo rinda
La sagrada labor que glorifica a Dios.
(Autor desconocido)

Veo que los poetas han exaltado, además, otras cosas buenas; tenemos por ejemplo, las odas al trabajo honrado, al entusiasmo y al progreso.

Alguien ha dicho:

Tarde o temprano, la muerte llega a todo ser viviente de esta tierra; Y cada uno su vida dar quisiera Por causa que sea digna y valedera.
¿Podría el hombre dar su vida mejor, Que luego de enfrentar peligro y dolor Por honrar el nombre que de otro heredo Y sacrificarlo todo por su Dios?
(Adaptado de Lays of Ancient Rome, por Thomas B. Macaulay, Charles Schribner’s Sons, 1912.)

A medida que pasa el tiempo, quizás tengamos que enfrentar nuevas dificultades. A mí me gusta darme ánimo parafraseando un poema titulado “¡Sigue adelante!”.

La cosa tal vez parezca mal, Mas, ¿quién el fin sabrá? Adelante, pues, y aún en tu vejez, De tu misión orgullo ten, Saluda a la vida con alegre faz,

Y dale toda tu fortaleza Pues para eso aquí estás. Pelea la buena batalla, perseverando hasta el fin,

Y si la muerte te avasalla Sea éste tu grito de guerra: ¡Adelante, mi alma, no cedas!

En esta ocasión quisiera dejar con cada uno de vosotros mi bendición y la expresión de mi afecto, valiéndome de las palabras de un antiguo poema irlandés que se usaba para sanar el alma y elevar la vida de los seres queridos:

Que el camino se despeje delante de ti, Y el viento sople sólo a tu espalda. Que el radiante sol ilumine tu rostro Y riegue la lluvia tus prados.

Que Dios te guarde ahora y siempre, Amparándote en el hueco de Su mano.

Que así sea siempre, lo ruego sinceramente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Botellas y libros

Devotional Speeches of the Year, Provo, UT: BYU Press, May 1, 1977

Botellas y libros

por el élder Sterling Welling Sill

Mis hermanos y hermanas, aprecio mucho esta oportunidad de estar con ustedes en esta maravillosa Universidad. Alguien ha dicho que una cosa no es sólo importante por sí mismo, sino que es aún mucho más importante por lo que representa; y el hecho de que ustedes este aquí en esta Universidad es un signo de que algo muy importante que va a suceder en su vida y en el mundo. Esta noche me gustaría decir algo que pudiera ser de algún beneficio y estímulo para ustedes. No sé si puedo hacer eso, pero les prometo que me gustaría.

Voy a tomar prestado un texto del profeta Amos, mientras hablaba de dos tipos particulares de hambre: uno era el hambre de pan y sed de agua, y el otro era un hambre de oír la palabra del Señor (Amós 8:11). Nuestra tierra con frecuencia ha sido devastada por esta hambre de pan, pero el hambre de oír la palabra del Señor puede ser aún peor y puede tener lugar en el medio de la mayor abundancia material.

La gente de nuestro mundo ha sufrido una gran cantidad de cada una de estos dos tipos de hambre. Recordemos que en los días de Elías, el Señor cerró los cielos para que no lloviera durante tres años y medio, y en nuestros días comenzamos a preocuparnos cuando las precipitaciones comienzan a caer debajo de lo normal. Por lo general, no estamos tan preocupados cuando nuestra apostasía de Dios o nuestra falta de estudio traen sobre nosotros hambre de oír la palabra del Señor. Y como base para mis observaciones, me gustaría decirle algo sobre dos de los grandes inventos del mundo destinados a ayudar a compensar estas dos plagas graves, cada una de las cuales ha causado tantos problemas en nuestra sociedad humana.

Si usted hubiera vivido en el año 1800 y hubiese sido dueño de un magnífico huerto de duraznos, melocotones ellos serían valiosos para su uso sólo durante la temporada de cosecha, ya que pronto se echarían a perder después de que tiempo de cosecha hubiese pasado. Sin embargo, en esa época el gobierno francés encargó a uno de sus más grandes científicos, un hombre con el nombre de Nicolás Appert, que inventara un proceso por el cual esta fruta pudiera ser preservada y usada en una fecha posterior. En el año 1809, el año en que Abraham Lincoln nació, Appert anunció al mundo su nuevo proceso de poner los alimentos en botellas y latas y calentándolo y sellarlo de modo que pudiera ser preservada y llevada más allá de la estación de crecimiento. La prensa anunció que Appert había logrado que las estaciones se detuvieran, que ahora se podría tener melocotones no sólo en septiembre, sino también en Navidad, o incluso diez años más tarde. Nuestra capacidad para conservar los alimentos perecederos ha hecho un gran esfuerzo para evitar esta hambre de pan, y esta sed de agua.

El otro invento que se llevó a cabo fue el desarrollo de la capacidad de poner las ideas en un papel para que pudieran ser transferidas de un siglo a otro y de un continente a otro. Sólo entonces la gente pudo utilizar las grandes ideas más allá del momento de su desarrollo. Esto también significo que, en la noche más oscura de la apostasía, hombres y mujeres podían leer los discursos de los profetas de nuestros primeros días y aliviar sus necesidades más urgentes de escuchar la palabra del Señor.

Una historia que ilustra la magia de la escritura se cuenta en relación con dos exploradores que estaban trabajando a varios cientos de millas de distancia en el continente de África. Uno de los exploradores quería enviar un mensaje al otro; y un nativo que conocía el camino y que accedió a llevar lo que quería enviar, el explorador hizo algunas marcas en un pedazo de papel con su pluma, dobló el papel hacia arriba, lo puso en un sobre y se lo dio al nativo. Después de algunas semanas en la selva el nativo llegó al campo del otro explorador y entregó el sobre. El explorador vio el mensaje y miraba las marcas en el papel; y sin haber hablado una palabra, el hombre a quien el mensaje fue entregado sabía dónde estaba su amigo explorador y cuáles eran sus problemas y necesidades. Él sabía sobre su estado de salud y varias otras cosas personales con sólo mirar las misteriosas marcas en el papel, lo que no significaba nada en absoluto para el nativo. Este milagro asombró al nativo que cayó sobre su rostro y adoró la escritura.

Y, junto con obedecer a Dios, aquellos de nosotros que estamos inclinados a adorar probablemente haríamos bien en aprender a obedecer las grandes ideas escritas por los hombres sabios para nuestro beneficio. Cada uno de nosotros debe tener en su poder una gran colección de estos documentos milagrosos. Podemos tener nuestros documentos religiosos, y los papeles que contienen nuestro trabajo; podemos tener algunos papeles de auto mejora, algunos papeles de patriotismo, papeles de lealtad, de inspiración, y algunos papeles de entretenimiento. Para nuestra conveniencia, estos papeles están en los libros. Así, podemos poner a disposición de nosotros mismos todos los mensajes que han sido pensados por las mentes más grandes en los siglos pasados, de todos los continentes, en cada tema concebible y tener un beneficio para nosotros. Luego, en caso de cualquier hambre mental, espiritual o emocional, podemos buscar los papeles apropiados en su lugar en la estantería y alimentarnos con el mensaje y su contenido para nuestro corazón.

Mi esposa ha hecho una amplia preparación contra el hambre de pan utilizando invención del señor Appert. En las temporadas de abundancia, ella ha guardado en los estantes botellas que contienen duraznos en conserva, cerezas, manzanas, peras, albaricoques, y todos los otros tipos necesarios de frutas y verduras suficientes para durar muchos meses.

Pero me da una emoción aún mayor cuando voy a la biblioteca y veo mis estantes cargados con papeles mágicos que contienen las mejores ideas y motivaciones para mantener mi salud mental, espiritual, social y emocional. Tengo los documentos escritos por el dedo de Dios cuando descendió sobre el Monte Sinaí en una nube de fuego, acompañado de los truenos y relámpagos de la montaña sagrada. Tengo los papeles de Jesús que dan cuenta de su ministerio de tres años entre los hijos de esta tierra, incluyendo el más grande de todos los discursos, el Sermón del Monte. Tengo muchos trabajos maravillosos de los profetas, poetas, dramaturgos, historiadores y capitanes de la industria, todos bien atados en los libros para ministrar eficazmente a todas mis necesidades culturales. Incluso tengo algunos de los papeles de los grandes músicos que contienen su música más inspiradora, lo que les llevó toda una vida para desarrollarse. Me da una gran carga de entusiasmo saber que en nuestra biblioteca familiar no sólo tenemos el suministro de grandes ideas de un año, sino que también estamos seguro para toda la vida contra cualquier intruso en nuestro éxito contra el hambre, hambre espiritual, el aburrimiento mental, o cualquier falta de cultura o la fe o el carácter que nos pueda acosar. Y aunque me gustaría que todos ustedes tuvieran suministro de alimentos para poner en botellas y protegerse contra el hambre de pan y la sed de agua, también me gustaría que tuvieran suministros contra la necesidad mental, la pobreza emocional, y los tiempos difíciles con esa vida de suministro mental y cultural que ha sido puesto en los libros para protegernos contra el hambre más grave que es la de escuchar la palabra del Señor.

Para ayudarles a motivarse en este sentido, me gustaría darle un poco de una charla de ventas para la preservación y el uso de grandes ideas y los grandes pensamientos de grandes hombres y mujeres, ya que se han puesto a nuestra disposición en sus papeles, donde pueden ser continuamente devorados por nosotros y al mismo  tiempo  permanecer  sin   menoscabo   de   nuestra biblioteca. Alguien ha dicho que “los libros están entre los bienes más preciosos de la vida. Son la más notables creación del hombre. Los monumentos caen, las civilizaciones perecen, pero los libros siguen. La lectura de un buen libro es, por así decirlo, una entrevista con los hombres más nobles de los siglos pasados que han escrito.”

Charles Kingsley dijo:

¡Excepto un hombre vivo no hay nada más maravilloso que un libro! un mensaje para nosotros de entre los muertos, de las almas humanas que nunca vimos, que vivían, tal vez, a miles de millas de distancia. Y, sin embargo éstos, en esas pequeñas hojas de papel, nos habla, nos despiertan, nos enseñan, consolarnos, abrir sus corazones a nosotros como hermanos.

Sin libros, Dios guarda silencio, la justicia está en estado latente, y la filosofía cojea.

John Milton dijo:

Los libros no son. . . cosas muertas, antes contienen una potencia de vida que los hace tan activos como el alma a cuya progenie pertenecen; o mejor dicho ellos preservan como en redoma la más pura extracción y eficacia de la inteligencia viviente que los engendra [Areopagitica]

En muchas ocasiones he escuchado al presidente David O. McKay referirse a Ralph Waldo Emerson como el pensador más grande que América ha producido nunca. Y lo que es una posibilidad emocionante es que se puede ejecutar a través de mi pequeño cerebro débil cada idea, la medida en que ha sido registrado, que se ha ejecutado alguna vez a través del cerebro del pensador más grande que América ha producido nunca. También pueden correr por mi mente los mayores estimulantes morales y culturales de los profetas, los hombres de Estado, los poetas, los dramaturgos y los filósofos.

Podemos vivir con Abraham; o podemos ir al monte de la transfiguración con Jesús y ver como se transfiguró y apareció en sus vestiduras resplandecientes hablando con Moisés y Elías delante de Pedro, Santiago y Juan. Podemos tener todas estas grandes experiencias del pasado.

William James, el gran psicólogo de Harvard, una vez hizo esta pregunta: “¿Cómo le gustaría crear su propia mente?” ¿Y no es eso exactamente lo que cada uno de nosotros hace? El profesor James dijo que la decisión está tomada de lo que se alimenta. Dijo que la mente, como la mano del tintorero, se colorea por lo que posee. Si tengo en mi mano un una esponja de tinte púrpura, mi mano se vuelve púrpura. Pero si tengo en mi mente grandes ideas de la justicia y la fe y la devoción a Dios, toda mi personalidad es en consecuencia de ese color.

La posesión más grande que tengo en el mundo se compone de veinticinco cuadernos ideales. Ellos son de ocho y medio por once pulgadas, son carpetas de hojas sueltas de tres anillos con cerca de trescientas páginas cada uno. Eso sería setenta y cinco por cientos de páginas de las ideas más valiosas que existen en el mundo, por lo que yo sé. Victor Hugo dijo una vez que la cosa más poderosa en el mundo es una idea cuyo momento ha llegado, y la hora de una idea viene cuando somos capaces de conseguir un arnés en él para que podamos conseguir que funcione para nosotros, haciendo las cosas que la mayoría de nosotros queremos que haga.

Sin embargo, no son del mismo interés todas las ideas. Algunas ideas son mejores que las demás, e incluso en la propia Biblia hay algunas ideas que no tienen un gran valor para mí. Por ejemplo, la otra noche volví a leer la instrucción de Moisés a los israelitas sobre cómo curar la lepra. Bueno, da la casualidad de que en este momento no estoy interesado en la lepra.

Leí otra idea acerca de Sedequías, que salió y mató a sesenta personas, y traté de averiguar todas las formas posibles en que podría utilizar esa habilidad para promover mi propio programa personal, pero no ha venido a mí ninguna respuesta. Así que no voy a pasar más tiempo con esa parte del éxito de Sedequías. Pero cuando en mi lectura llego a alguna pequeña pepita de una idea que da escalofríos arriba y abajo de mi espina dorsal y me da la ambición de hacer algo importante, yo tomo eso y lo pongo en mi banco de ideas.

Me gustaría informarle sobre una de las experiencias más rentables que he tenido en mi vida. En 1943, oí a Adam S. Bennion dar una charla sobre el valor de la gran literatura. Él intentó hacernos formar el hábito de evaluar y hacer algo acerca de familiarizarse con el gran pensamiento humano. Usted no puede vender la idea del valor de estar familiarizado con las grandes ideas a nadie, pero la mayoría de la gente pierde su parte del beneficio al decir: “No tengo tiempo para leer.” Tenemos tiempo para todo lo demás, pero no tenemos tiempo para leer; y, como consecuencia, estamos bastante olvidados cómo es leer con eficacia.

Pero el Dr. Bennion trató de darnos una ilustración alrededor de esta idea diciendo: “Supongamos que usted no tuviera nada más que hacer que leer” y para cuando estábamos llegando al final de la Segunda Guerra Mundial, dijo, “Supongamos que se haya prisionero en un campo de concentración japonés durante los próximos cuatro años, y supongamos que se le permitiera tener en el campo de concentración las obras completas de diez autores. ¿Qué habría que tomar, y qué habría que dejar? “Es un hecho bien conocido que las personas se ponen muy hambriento de las grandes ideas cuando se encuentran en un campo de concentración donde son deliberadamente privados de un buen material de lectura. A continuación, el Dr. Bennion nos dijo que autores hubiera escogido él y por qué.

En ese momento yo estaba dando una clase en el arte de vender, y bajo su estimulación decidí que me gustaría volver a leer la Biblia con la idea de aprender de ella el arte de vender. La Biblia es el primer libro del mundo de la religión, el primer libro del mundo del conocimiento, el primer libro del mundo de la poesía, el primer libro del mundo de la historia, y el primer libro del mundo del éxito de los negocios y el más fino manual de ventas del mundo.

La mejor manera que jamás se haya descubierto para ser un buen vendedor es ser un buen hombre. La mejor manera que jamás se haya descubierto para ser un buen abogado, o un buen marido, es sólo ser un gran ser humano. Sólo para tener estas grandes cualidades de carácter y personalidad que se habla en las escrituras sagradas y que el Señor siempre ha intentado que sus hijos desarrollen en sí mismos tiende a hacernos sano, rico y sabio. Por lo tanto, he decidido volver a leer la Biblia con la idea de aprender de ella su arte de vender.

Cuando se lee la Biblia para obtener su teología, es un libro bastante diferente que cuando lo lee para obtener su arte de vender. Cada vez que se lee la Biblia con un nuevo propósito, se convierte en un nuevo libro. Tuve una experiencia emocionante de lectura al leer la Biblia por su arte de vender, y traté de dominar los principios fundamentales de éxito dadas en la Biblia sobre la que se basa todo el éxito. Pero también hay algunas ventas con éxito de los métodos dados en la Biblia. Y me gustaría informarle sobre uno de ellos.

Cuando Moisés estaba a punto de comenzar la travesía a través del desierto con este gran grupo de esclavos egipcios, necesitaba a alguien que conociera el desierto para ir con  ellos  y  ser  su guía. Había un hombre con el nombre de Hobab que vivía en el borde del desierto. Moisés quería que fuera con ellos, pero Hobab no quería ir. Pero era el trabajo de Moisés tratar de persuadirlo para que fuera su guía en el desierto. Él se acercó a él y le dijo: “Ven con nosotros, y te haremos bien” Y Hobab dijo, “No iré”.

Pero Moisés necesitaba a Hobab, y así lo intentó de nuevo. Y esta vez lo hizo mucho mejor. Él dijo, ” Te ruego que no nos dejes, porque tú sabes dónde debemos acampar en el desierto y serás como ojos para nosotros”. Y eso es una idea totalmente diferente. La primera vez Moisés dijo: “Ven con nosotros y te haremos bien”. Es decir, dijo, “Ven con nosotros será bueno para ti asociarte con gente como nosotros.” A veces puede haber una buena idea, pero que no funciona muy bien. A veces tenemos ese tipo de enfoque en la Iglesia. Decimos: “Al llegar a la iglesia le irá bien”. Es decir, “Será bueno para él asociarse con gente como nosotros.”

Entonces Moisés dijo a Hobab, “Mira Hobab, si tu nos dejas salir al desierto solo, es probable que nos perdamos y todos nosotros vamos a morir de hambre. Se tú, nuestros ojos en el desierto. Ven y muéstranos el camino. “A veces también hacemos ese tipo de enfoque en la Iglesia. Decimos “Ven y enseña esta clase; no tenemos a nadie que pueda hacerlo tan bien como sea posible.

“Este es el enfoque del servicio, y tiene un atractivo mucho más fuerte. Y antes de que Moisés hubiera terminado, Hobab tenía el sombrero puesto y estaba listo para ir (Números 10:29-33).

Tuve una experiencia emocionante al aprender el arte de vender de la Biblia, y he escrito bastante sobre este tema. Entonces decidí que me gustaría tomar a Shakespeare. Shakespeare está bastante cerca de la parte superior de la lista de la mayoría de los pueblos de los grandes autores, por lo que decidí leer cada palabra que escribió Shakespeare. Es decir, he decidido volver a pensar cada idea que Shakespeare pensó, y funcionar a través de mi cerebro con cada idea que pasó por su cerebro. Al comenzar, había muchas cosa que él escribió que no entendía y tuve que leer algunas cosas muchas veces. Decidí varias veces desistir de la idea, pero me había hecho una promesa y no me gusta decepcionarme a mí mismo. Así que me decidí volver y trabajar en ello un poco más; y, finalmente, las nubes comenzaron a desprenderse y un poco de la luz del sol comenzó a venir, y tuve una gran experiencia con Shakespeare al leer sus grandes discursos, sentí la fuerza de su motivación. Les voy a dar sólo una idea de Shakespeare.

Cuando Enrique V fue el rey de Inglaterra, Francia fue una de sus naciones sometidas, y Henry tuvo un pequeño problema con algunos de estos franceses. Por lo tanto, se llevó un ejército y navegó a través del Canal para poner a estos franceses en su lugar. Pero el trabajo era un poco más grande de lo que se esperaba. El principio del invierno cortó su retirada y se vieron obligados a pasar el invierno cerca de la pequeña localidad francesa de Agincourt. Fue un invierno pesado; Muchos de ellos murieron, y que no tenían suministros, y estaban en un territorio hostil. La próxima primavera, cuando podrían haber esperado avanzar en su camino, se encontraron rodeados por un gran ejército de 60.000 hombres bien entrenados, franceses bien alimentados, bien blindados, tenían la intención de aniquilar a los británicos y conseguir su libertad.

Ahora, ¿qué haría usted si se encontrara en una circunstancia como esa? ¿Qué se hace cuando las cosas se ponen un poco difícil, las clases se hacen más difíciles, las finanzas van a la baja? ¿Qué haces? Una cosa que puede hacer es dejar de fumar. Usted sólo puede renunciar a todo. Pero eso no es lo que hizo Henry. Él no era ese tipo de persona. Se dispuso a hablar con su pueblo, y podríamos decir que él les dio palabras de ánimo. Esto es lo que les dijo a sus soldados antes de la batalla de Agincourt. Esto es lo que dijo antes que la batalla estuviera punto de comenzar:

Una vez más en la brecha, queridos amigos, una vez más
. . . La explosión de la guerra sopla en nuestros oídos. . . [Acto 3, escena 1]
Los franceses son valientemente en su conjunto de la batalla,
y la voluntad con toda la carga de la conveniencia sobre nosotros
. . . . ‘Es una desventajas abrumadoras. . . Son cinco a uno; además, todos ellos están frescos. . .

Entonces él dijo:

¡Oh Dios de las  batallas! . . .  [Nunca  nos  encontremos  de nuevo] hasta que nos encontremos en el cielo. . .

Y luego dijo:

. . . Adelante,  adelante noble Inglés. . . Hay gargantas para ser cortadas  y  trabaja  por  hacer.  [Acto  3, escena1]

Ahora Henry no dijo: “Este va a ser un trabajo fácil.” Él dijo: “Probablemente ninguno de nosotros vivirá hasta el atardecer; nunca nos encontraremos de nuevo hasta que nos encontremos en el cielo Todas las cosas están listas si nuestras mentes lo están “Si nuestras mentes están listas, entonces no tenemos mucho más de que preocuparnos. A  veces no podemos hacer eso. He oído de un psiquiatra que le pidió a un paciente, “¿Alguna vez no ha tenido ningún problema al tomar una decisión?” Y el paciente dijo: “Bueno, sí y no.” No llegamos muy lejos con cualquier cosa cuando estamos entre un “sí y no”. Ustedes, estudiantes, si quieren obtener buenas calificaciones, simplemente dispongan  su  mente  acerca  de ellos. Sólo hagan un programa y decidan que van a atenerse a él.

Después de su discurso, uno de los soldados backwardlooking de Henry se acercó a él y le dijo: “Tenemos más de un millón de ingleses a través del canal que duermen en la cama ahora mismo. ¿No sería maravilloso si los tuviéramos aquí para ayudarnos con estos sesenta mil franceses?”

Henry le dijo: “¡Eso sería diluir nuestro honor! ¡Si doce mil débiles, infantes enfermos pueden vencer a sesenta mil bien entrenados jinetes, bien blindados, que es el honor!” Indicó que si un millón de hombres debieran venir a través del canal para ayudarlos, él los enviaría de vuelta. Dio a sus soldados el espíritu de querer ganar la victoria con su propio poder.

Entonces dijo este soldado, “¡la voluntad de Dios! mi señor, solo tú y yo. Sin más ayuda, podríamos luchar esta batalla real: (acto 4, escena 3). Es decir, él dijo que los dos por sí solo podrían azotar a esos sesenta mil franceses. Puede que no sea un muy buen juicio, pero es valor, y eso es lo que la mayoría de nosotros necesitamos más que cualquier otra cosa.

Ocurrió que la batalla de Agincourt se libró el día de San Crispín. Crispín fue un mártir cristiano. Él era un zapatero que había dado su vida por la iglesia unos pocos cientos de años antes, y se celebra el día de San Crispín en su cumpleaños. Henry dijo a sus soldados:

Este día es la fiesta de Crispiniano: El que sobreviva a este día y vuelva sano a casa, se pondrá de puntillas cuando se nombre este día,  y  se  enorgullecerá  ante  el  nombre  de  Crispiniano.  El  que sobreviva a este día, y llegue a una edad avanzada, agasajará a sus vecinos en la víspera de la fiesta. Y dirá: ‘Mañana es San Crispiniano. [Acto 4, escena 3]

Me imagino que esos soldados británicos que combatieron en la batalla de Agincourt se sintieron muy agradecidos de que no se encontraban entre los desafortunados más pobres de Inglaterra que estaban dormidos en la cama y que fueron privados del privilegio de dar la vida por su país en esta famosa batalla. Cuando cualquier soldado o cualquier otra persona puedan aprender a pensar de esa manera, entonces no tendrá muchas dificultades para ganar la victoria.

Por cierto, los británicos ganaron la batalla de Agincourt. Es posible que hayan visto en las películas la forma en que clavaron estacas en el suelo para detener a los caballos, y luego los soldados de a pie detrás de sus arcos disparado flechas entre los franceses. Llegaron los franceses con armadura pesada, pero de todos modos, los ingleses ganaron la batalla de Agincourt.

Uno de mis  héroes  por muchos años fue el famoso escritor de deportes llamado Grantland Rice. Durante cincuenta años, Grantland Rice recorrió el país después de los grandes campeonatos de deporte para averiguar qué fue lo que hizo campeones a los hombres en el atletismo, y luego escribió setecientos poemas sobre ellos y como las virtudes de estos campeones podrían correr por el torrente sanguíneo de las personas al leer su columna. Una de estas explicaciones de la virtud que tituló “El valor”; en él, dijo:

Me gustaría pensar que puedo mirar a la muerte y sonreír y decir: Todo lo que me queda ahora es mi último aliento;. . . El alma que vaga en el que el polvo de estrellas fluye a través de la noche sin fin. Pero yo prefiero pensar que yo puedo mirar la vida con esto y decir:

Enviar lo que se quiera de la lucha o de la distensión, el cielo azul o gris, voy a estar en contra de la carga final de odio por el pico y el hoyo, y nada en el puño de acero revestido del destino me puede hacer dejar de fumar.

Es decir, que no estaba a punto  de  convertirse  en  una deserción. Grantland Rice no era un cobarde. Y puedo conseguir un arnés en su valor y hacer que haga el trabajo para mí.

Ernest Henley era un lisiado sin esperanza, cuando escribió “Invictus” y dijo:

Fuera de la noche que me cubre,
Negro como el hoyo de polo a polo,
Doy gracias a los dioses si existen
Por mi alma invicta.

En la garras de las circunstancias
No he llorado ni pestañado.
Bajo los golpes del destino
Mi cabeza ensangrentada sigue erguida.

Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
Yacen los horrores de la sombra,
Sin embargo, la amenaza de los años
Encuentra, y me encontrará sin miedo.

No importa cuán estrecho sea el camino,
Cuán cargada de castigos la sentencia,
Yo soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma.

Si alguno de ustedes está interesado en ir por encima de algunas muescas en la escala del éxito, obtener el espíritu de la siguiente idea en sus músculos y mantenerlo allí durante unas horas cada día. Alguien puso una habilidad en versos bajo el título de “El Champion” El dijo:

Las pruebas de velocidad promedio del corredor son hasta que el aliento en él se ha ido
Pero el campeón tiene la voluntad de hierro que le hace seguir adelante.
Para el corredor medio suplica cuando cojean sus músculos, pero el campeón con sus piernas de plomo; hace que su espíritu siga.
Complaciente es el hombre medio cuando ha hecho todo lo posible, pero el campeón hace lo mejor y luego hace un poco más. [Autor desconocido]

Si quieres ser un campeón, todo lo que tiene que hacer es seguir esta receta poética.

Entiendo que hay un buen número de misioneros en este grupo esta noche. Ustedes van a salir durante dos años al campo misional. ¿Qué vas a hacer al respecto?

Hace muchos  años, el presidente Charles W. Eliot, de Harvard, recopiló las ideas más grandes que jamás se habían pensado en el mundo en una serie de volúmenes llamados los Clásicos de Harvard; Puedo pasar por ellos ahora, y seré el beneficiario de muchas vidas de trabajo. He leído muy lentamente y tal vez no muy comprensivamente, pero siempre leo con mi pluma y marco sólo aquellas ideas que son importantes para mí. Ahora bien, si usted piensa en las ideas del apóstol Pablo o Emerson o Shakespeare o de Jesús de Nazaret, su mente comenzará a responder como lo hicieron sus mentes.

En la primera toma de posesión del presidente Eisenhower él dijo: “Los grandes motores del mundo no son intelectuales, sino emocional.”    Es decir, cómo nos  sentimos  acerca de las cosas. Camino tres y medio millas al ir a trabajar cada mañana, que me da alrededor de una hora en la que no tengo nada que hacer; y si quiero construir mi espiritualidad o fe, consigo esas ideas y las ejecuto a través de mi cerebro. Permítanme darles un ejemplo:

Oh Dios, te doy gracias por cada
vista de belleza de tu mundo;
Por el cielo nublado y el aire y la luz.
Oh Dios, te doy gracias porque yo vivo.

Que la vida me consagro a ti,
Y cada vez que nace el día,
En las alas de alegría mi alma; huye
Doy las gracias a ti por otra mañana;
[Autor desconocido]

Me gustaría terminar con otro gran poema. John Gillespie Magee era un piloto de combate estadounidense de la Real Fuerza Aérea canadiense que fue derribado sobre Londres en la Batalla de Gran Bretaña en la primera parte de la Segunda Guerra Mundial. Antes de entrar en el servicio, John Gillespie Magee había hecho las cosas habituales que los jóvenes hacen a los diecisiete años de edad; y luego, después que su formación básica se había completado, sintió por primera vez en sus manos los controles de estos potentes motores capaces de emitir su oficio de aire a través del espacio a grandes velocidades. Al sentir la alegría que viene de hacer bien su parte del trabajo, escribió este gran poema titulado “High Flight”, que ahora se encuentra en la Biblioteca del Congreso bajo el título de “Poemas de Fe y Libertad.” comparto con ustedes esta noche, ya que también están involucrados en un alto vuelo. John Gillespie dijo:

 

Oh! Me he soltado de los lazos opresores de la Tierra y he bailado por los cielos en las alas plateadas por la risa; he subido hacia el sol, y me unido con la alegría de las nubes divididas por los rayos del sol

Y he hecho miles de cosas que nunca antes hubiera soñado. Allá, en lo alto, en el silencio iluminado por el sol, me he remontado, he dado vueltas, y me he balanceado.

Rondando allá, he perseguido al ruidoso viento, y he lanzado mi ansiosa nave a través de los pasillos  infinitos del aíre.

Allá, arriba, arriba, del inmenso, delirante, e intenso azul, he sobrepasado con gracia y sin esfuerzo las cumbres solitarias, arrasadas por el viento donde nunca voló ni alondra ni águila.

Y mientras que, con mi mente elevada y en silencio, he andado por la inviolable santidad del espacio, he extendido mi mano, y he tocado la cara de Dios.

Ese es el propósito de nuestra vida, mis hermanos y hermanas. La mayor fortuna en la vida de cualquiera de ustedes es que cada uno de nosotros, en este edificio y fuera de este edificio, ha sido creado a la imagen de Dios; y ha sido dotado de un conjunto de atributos y potencialidades. El Señor mismo dijo;

Vosotros son dioses; y todos vosotros hijos del Altísimo” (Salmo 82: 6)

Que el Señor os bendiga, mis hermanos y hermanas, a medida que avanzan hacia adelante, y tomen su parte en el trabajo del mundo o en la obra del Señor, su espíritu esté con vosotros para inspirar y dirigir todas las cosas que haga. Esto creo sinceramente en el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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