¿Porqué estudiar la expiación?

¿Porqué estudiar la expiación?

por Tad R. Callister
La Expiación Infinita

El conocimiento lleva a la salvación

Si la Expiación es el cimiento de nuestra fe (y lo es), enton­ces nadie debería contentarse con un conocimiento superficial de esta doctrina. Todo lo contrario. La Expiación debería tener un lugar excepcional en nuestras aspiraciones intelectuales y espiri­tuales. El presidente John Taylor, quien meditaba fervientemen­te las complejidades de la Expiación, observó: «Debe existir una razón por la cual se permitió que [Cristo] sufriera y perseverara; por qué fue necesario que entregara su vida como sacrificio por los pecados del mundo… Estas razones nos conciernen estrecha­mente a nosotros y al resto del mundo; hay algo de gran im­portancia en todo esto para nosotros. Los porqués y los por tantos de estos acontecimientos extraordinarios rezuman importancia para todos nosotros».1

Lehi entendía la necesidad de explorar y enseñar la doctrina de la Expiación. Cuando aconsejó a su hijo Jacob, le dijo lo siguien­te: «Por lo tanto, cuán grande es la importancia de dar a conocer estas cosas [la Expiación] a los habitantes de la tierra, para que

sepan que ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías» (2 Nefi 2:8). Jacob captó la visión de este consejo, dado que durante un sermón que predicó a su pueblo, preguntó pen­sativo: «¿por qué no hablar de la expiación de Cristo, y lograr un perfecto conocimiento de él (…)?» (Jacob 4:12). El profeta José habló de las profundidades que hemos de explorar a fin de adqui­rir este «conocimiento perfecto»:

«Las cosas de Dios son profundas, y sólo se pueden descubrir con el tiempo, la experiencia y los pensamientos cuidadosos, se­rios y solemnes. Tu mente ¡oh hombre! (…) debe elevarse a la altura del último cielo, y escudriñar y contemplar el abismo más obscuro y la ancha expansión de la eternidad: debes tener comu­nión con Dios».2

B. H. Roberts, uno de los más insignes eruditos de la Iglesia, se refirió a «la doctrina difícil de la expiación».3 Después de un estudio intenso escribió: «A base de profundizar cada vez más en el tema, mi intelecto ofrece asimismo su asentimiento total y completo con respecto a la solidez de la filosofía y la necesidad absoluta de la expiación de Jesucristo (…) En lo que a mí respec­ta se trata de una nueva conversión, una conversión intelectual, a la expiación de Jesucristo; y me he estado regocijando sumamen­te por su causa».4 Seguir leyendo

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La venida de Elías

La venida de Elías

Por Joseph Fielding Smith

(Discurso pronunciado por radio el domingo, 1° de octubre de 1944 por la estación KSL de Salt Lake City, Utah).

En la restauración de todas las co­sas, lo cual declaró Pedro que, “Habló Dios por boca de sus Santos Pro­fetas que han sido desde el siglo”, había de venir el cumplimiento de la promesa hecha por Malaquías que regresaría Elías con el Sacerdocio el cual poseía, y tornaría los corazones de los padres a los hijos y los cora­zones de los hijos a sus padres. Esta profecía como la leemos de la traduc­ción de Cipriano de Valera, dice así:

He aquí, yo os envío a Elías el Profeta antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.
Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición.”. (Malaquías 4:5-6).

El tiempo de esta venida ha de preceder al día grande y terrible, del cual declara Malaquías, que “viene el día ardiente como un horno; y todos los soberbios y todos los que hacen maldad, serán estopa; y aquel día que vendrá, los abrazará, ha dicho Jehová de los Ejércitos, el cual no les dejará ni raíz ni rama”. ¡Segura­mente este será un día terrible! Elías había de ser enviado para restaurar la autoridad por la cual todos los que vivan en cumplimiento de la volun­tad del Señor, puedan salvarse. Ade­más de esto se dice:

“Mas para vosotros, los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia y en sus alas traerá sanidad; y saldréis y saltaréis como terneros del establo”. (Malaquías 4:2).

Elías fué uno de los profetas más grandes que hayan vivido, pero aun siendo así no nos dejó ninguna pro­fecía. Se habla de él en las escrituras y en la tradición como “Elías el Profeta”, una expresión rara vez usada al referirse a otros profetas. La mira popular concerniente a un profeta es que él es uno que predice eventos, pe­ro esta no es la calificación máxima de un profeta. Como prueba de esto, algunos de los profetas más grandes no nos han dejado palabra alguna dándonos a conocer los eventos futuros. Las misiones que les fueron asignadas a Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Malaquías y Juan el Revelador y a muchos otros, fue de revelar para el bien de las generaciones futuras lo que había de acontecer; pero no tenemos ninguna profecía de Melquisedec, Elías y Juan el Bautista, y aún así el Señor dijo de Juan, “De cierto os digo, que no se levantó entre los que nacen de mujeres otro mayor que Juan el Bautista”.

Poder dado a Elías

¿Cuál pues, es la gran calificación que designa a un hombre como profeta? Es el poder del Sacerdocio; su fieldad, y el testimonio por el poder del Espíritu Santo que Jesús es el Cristo. Pocos si los hay, de los profetas han sido investidos con mayor autoridad de la que le fue dada a Elías. El Señor confirió sobre él el poder de atar y sellar tanto en la tierra como en el cielo. Tenía poder para cerrar los cielos para que no lloviese a menos que el lo mandara; los elementos le estaban sujetos; cuando la ocasión lo justificaba; tenía poder sobre la vida y la muerte; por su mandato las aguas se dividieron; se levantaron los muertos; reyes y profetas fueron ungidos y los malvados fueron revocados. Por su bendición, la botija de aceite v la tinaja de harina de la viuda, milagrosamente fueron llenadas de nuevo, como el gran milagro del Salvador al alimentar a la multitud con unos cuantos pescados y unos cuantos panes. Su fe fué perfecta; su confianza grande en el sublime Todopoderoso; su humildad digna de comentario y su obediencia digna de emulación por todos. Cuando llegó el tiempo para que se retirara, el Señor lo trasladó al cielo en una carroza tirada por caballos en una nube de fuego; pero cuando así se fué, su misión aun no había terminado, pues había más trabajo en lo futuro para él. En el libro Apócrifo llamado Eclesiastés se dice lo siguiente acerca de él: Seguir leyendo

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Cómo mantener la fe en aislamiento

Cómo mantener la fe en aislamiento

Por Ryan W. Saltzgiver
Departamento de Historia de la Iglesia
Liahona Julio 2018

Cuando la guerra, la enfermedad u otras circunstancias dejaron a estos miembros de la Iglesia solos en sus países, así es como se mantuvieron fieles.

La mayoría de los Santos de los Últi­mos Días adoran en barrios y ramas, donde pueden “[reunirse] a menudo para ayunar y orar, y para hablar unos con otros concerniente al bienestar de sus almas” (Moroni 6:5). Sin embargo, Moroni, el profeta que escribió estas palabras, realizó parte de su obra más duradera cuando era el único discípulo que quedaba después de la des­trucción de su pueblo.

A lo largo de la historia de la Iglesia, muchos Santos de los Últimos Días han con­servado la fe solos cuando las circunstancias los dejaron en aislamiento. Algunos, como Moroni, han pasado el resto de su vida como testigos y ejemplos para generaciones futu­ras. Otros han vivido hasta ver el día en que nuevamente pudieron compartir su fe.

Orando durante años por este día

Frantiska Brodilová difícilmente podría haber previsto la función que desempeña­ría en la historia de la Iglesia cuando un misionero llamó a su puerta en Viena en 1913. El año siguiente a su conversión, la Pri­mera Guerra Mundial sumió al imperio austrohúngaro, los misioneros regresaron a casa y muchos miembros varones fueron llamados al servicio militar, por lo que Frantiska y unas pocas hermanas debieron reunirse solas.

Ese fue el mayor contacto que Frantiska tendría con los miembros de la Iglesia por muchos años. Después de la guerra, al esposo de Frantiska, Frantisek, le prometieron un puesto en el nuevo gobierno de Checoslova­quia. Cuando se mudaron a Praga, Frantiska era la única miembro de la Iglesia en el país. Frantisek, falleció unos meses después, y Frantiska quedó sola para proveer para dos hijas pequeñas, Frances y Jane. Seguir leyendo

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La fe para seguir adelante

La fe para seguir adelante

Por el élder Ronald A. Rasband
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Liahona Julio 2018

Armados con un testimonio del Señor Jesucristo, los miembros de la compañía de carros de mano de Willie siguieron adelante a pesar de la adversidad y el hambre.

El relato que me gustaría compartir comenzó en las ondulantes y verdes zonas rurales de Inglaterra, donde John Bennett Hawkins nació en Gloucester en 1825. Se bautizó en la Iglesia en 1849 y ese mismo año partió hacia los Estados Unidos con una compañía de Santos de los Últimos Días en el barco Henry Ware. Llegó a Utah en agosto de 1852, y fue uno de los herreros pioneros en los primeros días del asentamiento en Utah.

Su futura esposa, Sarah Elizabeth Moulton, también provenía de la zona rural de Inglaterra. Irchester es una pequeña aldea cerca del río Nene, alre­dedor de 105 km al norte de Londres y más o menos la misma distancia al este de Birmingham. Sarah Elizabeth nació allí en 1837, y fue hija de Thomas Moulton y Esther Marsh. La madre de Sarah Elizabeth murió cuando esta tenía apenas dos años, y en 1840 su padre se casó con Sarah Denton.

En junio de 1837, el élder Heber C. Kimball (1801-1868), del Cuórum de los Doce Apóstoles, y otros líderes de la Iglesia se encontraban en Inglaterra realizando la obra misional. Entre los muchos conversos que estos misione­ros enseñaron había una familia que les dio a los Moulton un ejemplar del folleto A Voice of Warning [Una voz de amonestación], por el élder Parley P. Pratt (1807-1857), del Cuórum de los Doce Apóstoles. Cuando lo leyeron, Thomas y Sarah se convirtieron, y fueron bautizados el 29 de diciembre de 1841. En ese entonces, su familia consistía de solo dos hijas: Sarah Elizabeth, de cuatro años, y Mary Ann, de siete meses.

El espíritu de recogimiento se sentía fuertemente en el corazón de los conversos de Europa. Su gran deseo era emigrar a los Estados Unidos, don­de podrían estar con la mayoría de los santos. Al igual que muchos otros, los Moulton no tenían suficiente dinero para cumplir dicho deseo, pero su deter­minación era fuerte, y comenzaron a ahorrar dinero en un frasco de conservas. Seguir leyendo

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No dejemos de sentir

No dejemos de sentir

Por el élder Jorge F. Zeballos
De los Setenta
Liahona Julio 2018

Hay una fuerza más poderosa que los terremotos, los impetuosos vientos y los fuegos descontrolados, pero es apacible y delicada, y debemos prestar atención si queremos que nos guíe.

El 27 de febrero de 2010, a las 3:34 de la madrugada, un terremoto de magnitud 8.8 en la escala sismológi­ca agitó con violencia gran parte de Chile, causando pánico, temor y preocupación en millones de personas.

Unos días más tarde fui asignado a presidir una confe­rencia de estaca en un lugar próximo al epicentro de ese gran sismo. Me preguntaba si el terremoto y las continuas réplicas influirían en la asistencia a la conferencia; quedé sorprendido cuando el número de personas que asistieron a cada sesión de la conferencia fue mayor de lo que nunca había sido en conferencias anteriores.

Aparentemente, el terremoto les recordó a los miembros de la estaca, al menos temporalmente, la importancia de acercarse a Dios, santificar el día de reposo y asistir a las reuniones. Varias semanas después, telefoneé al presidente de estaca. Le pregunté si la asistencia a las reuniones de la Iglesia seguía siendo elevada, y él respondió que a medida que el número y la magnitud de las réplicas descendió, lo hizo también la asistencia a la Iglesia. Seguir leyendo

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Principios para ministrar —Tender una mano compasiva

Principios para ministrar
Tender una mano compasiva

Liahona Julio 2018

Al seguir el ejemplo de compasión del Salvador, usted descubrirá que puede marcar una diferencia en la vida de los demás.

La compasión es tener conciencia de la angustia de las demás personas junto con el deseo de aligerarla o aliviarla. El convenio de seguir al Señor es un con­venio de compasión para “llevar las cargas los unos de los otros” (Mosíah 18:8). La asignación de velar por los demás es una oportunidad de ministrar como lo haría el Señor: con “compasión, marcando una dife­rencia”, según la versión en inglés de Judas 1:22. El Señor mandó: “…haced misericor­dia y piedad, cada cual con su hermano” (Zacarías 7:9).

La compasión del Salvador

La compasión fue la fuerza impulsora del ministerio del Salvador (véase el recuadro: “Un Salvador compasivo”). Su compasión por el prójimo lo llevó a tender Su mano, en innumerables ocasiones, a quienes lo rodeaban. Al discernir las necesidades y los deseos de las personas, Él pudo bendecir­los y enseñarles de la manera que más les importaba. El deseo del Salvador de elevar­nos por encima de nuestra angustia lo llevó al mayor acto de compasión: Su expiación por los pecados y el sufrimiento del género humano.

Su capacidad para responder a las necesidades de las personas es algo que debemos esforzarnos por lograr al prestar servicio. A medida que vivamos rectamente y escuchemos las impresiones del Espíritu, se nos inspirará para tender nuestra mano de maneras significativas.

Nuestro convenio de compasión

Nuestro Padre Celestial desea que Sus hijos sean compasivos (véase 1 Corintios 12:25-27). Para llegar a ser verdaderos discípulos, debemos desarrollar y mostrar compasión hacia los demás, en especial hacia los necesitados (D. y C. 52:40).

Al tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo por medio de nuestro convenio bautismal, somos testigos de que estamos dispuestos a ejercer la compasión. El presi­dente Henry B. Eyring, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, enseñó que el don del Espíritu Santo nos ayuda a hacerlo: “Ustedes son miembros bajo convenio de la Iglesia de Jesucristo. Seguir leyendo

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Enseñaos diligentemente

“Enseñaos diligentemente”

Por Hugh B. Brown

(Discurso preparado por el ‘Élder Hugh B. Brown de la Mesa Directiva de la Escuela Dominical, y leído en la conferencia de la Escuela Dominical en el Tabernáculo Mormón el domingo 6 de octubre de 1946).

Moisés oyó la voz de Dios que decía desde la zarza ardiente, “Quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es”. Hoy contemplamos un tema iluminado, el cual es la palabra de Dios, y pisamos tierra que ha sido hecha santa por los pies de profetas sucesivos a través del siglo. Humilde y reverentemente sentimos como si debiéramos quitarnos nuestros zapatos y decir juntamente con Moisés, “Si tu rostro no ha de ir conmigo no nos saques de aquí”. (Éxodo 33:15). Ya sea ante una audiencia o en una pequeña Escuela Dominical, el que enseña el evangelio, pisa tierra santa.

Para la definición de lo que es la enseñanza, nos referiremos a uno de los verdaderamente grandes maestros entre nosotros. El Dr. Milton Bennión, nuestro querido superintendente, recientemente dijo: “Toda enseñanza es o debe ser un arte bello basado sobre adecuados fundamentos científicos. La enseñanza de la religión en el significado más amplio de la dicción, es lo mejor de las bellas artes— enseñando por ejemplos en ambas, la conducta y la actitud, siempre es más importante de lo que es el enseñar tan sólo por precepto”.

Otro gran maestro contemporáneo, el decano de nuestra Mesa Directiva, el Dr. Howard R. Briggs, en su último libro El Arte del Maestro, hace la declaración desafiante que “no puede haber un privilegio más preciado para alguno que el de radiar luz del Evangelio, de iluminar las verdades del Evangelio, y de guiar a las almas a la luz de Dios”.

El apóstol Pablo colocó a los maestros enseguida de los apóstoles y profetas cuando dijo, “Y él mismo constituyó a unos apóstoles; y a otros, profetas; y a otros, evangelistas;—” (Efesios 4:11-15). Un príncipe de los judíos, deseaba pagar el tributo más alto que pudiera a Jesús de Nazaret y dijo, “sabemos que eres maestro que ha venido de Dios”. (Juan 3:2). El Maestro, cuando estaba a punto de dejar a sus discípulos les prometió otro maestro: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas”. El mandato del Salvador a sus discípulos fué que fueran y enseñaran a todas las naciones.

Al considerar nuestro tema, “Enseñaos Diligentemente”, pensemos juntos sobre algunas respuestas posibles a tres preguntas que nos sugiere. Seguir leyendo

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