Nuestra búsqueda de la felicidad

Liahona Octubre 2000

Nuestra búsqueda de la felicidad

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia


Deseo hablar de nuestra búsqueda de la felicidad. Tras haber vivido ya unos cuantos años, he llegado a la conclusión de que, dado que no siempre deseamos aquello que es bueno, el que se nos concediesen todos nuestros deseos no nos haría felices (véase Alma 41:3-7). De hecho, el placer instantáneo y sin límites de todos nuestros deseos sería el camino más breve y directo a la infelicidad. Las muchas horas que he dedicado a escuchar las tribulaciones de hombres y mujeres me han convencido de que, tanto la felicidad como la infelicidad son fruto de nuestros propios actos.

Tal como nos dijo el profeta José Smith (1805-1844): “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios1’ (Enséñanos del Profeta José Smith, pág. 312).

Cuanto más fieles seamos en guardar los mandamientos de Dios, tanto más felices seremos, por lo general.

Aunque “existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25), eso no significa que nuestra vida estará llena únicamente de dicha, “porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11). La felicidad no se nos da en un envoltorio que simplemente podamos abrir y consumir; no hay nadie que sea feliz las 24 horas del día, siete días a la semana. En vez de pensar en términos de días, quizás debamos dividir la felicidad en trozos pequeños y aprender a reconocer sus elementos, para atesorarlos mientras duren.

Con frecuencia el placer se confunde con la felicidad, pero de ninguna manera ambos términos son sinónimos. El poeta Robert Burns (1759—1796) escribió una definición excelente del placer con estas palabras:

Es el placer como las amapolas
que al tenerlas en las manos se deshojan;
como los copos de nieve que caen sobre las olas
de su blancura para siempre se despojan.

O como los destellos de la luz boreal
que fugaces huyen por el firmamento;
o como el arco iris de forma angelical
que en la tormenta desaparece con el viento,

(“Tam o’ Shanter”, en The Complete Poetical Works of Robert Burns, 1897, pág. 91, líneas 59—66; traducción).

El placer, a diferencia de la felicidad, es aquello que nos complace o que nos da satisfacción, y por lo general dura sólo un corto tiempo. Tal como dijo una vez el élder David O. McKay (1873—1970), en aquel entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles: “Puedes encontrar placer momentáneo si sucumbes a los halagos mundanales, es cierto; pero no encontrarás gozo ni feli­cidad. Esta sólo se consigue en aquel transitado camino, angosto y derecho, que conduce a la vida eterna” (en Conference Report, octubre de 1919, pág. 180).

Diariamente se nos induce a buscar los placeres del mundo que pueden alejarnos del sendero que conduce a la felicidad; pero el sendero que conduce a la verdadera felicidad es, otra vez en boca del profeta José Smith: “virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios” (.Enseñanzas, pág. 312). Ralph Waldo Emerson (1803-1882) dijo: “La rectitud es una victoria perpetua, celebrada no con gritos de gozo, sino con la serenidad, la cual es un gozo fijo o habitual” (“Character”, Essays: Second Series, 1844).

Obviamente, existe una gran diferencia entre sentirse feliz en un momento concreto y ser feliz durante toda la vida, entre disfrutar de un buen momento y llevar una buena vida.

Como uno de sus derechos inalienables, la mayoría de los norteameri­canos reclaman la búsqueda de la felicidad, tal como lo establecieron los fundadores de la nación. Sin embargo, no fueron ellos los que introdujeron este concepto, pues filósofos del pasado, como Aristóteles, Platón, Sócrates, Locke,

Aquino y Mili opinaban que la feli­cidad era la más elemental de todas las búsquedas del hombre.

En el libro de Tolstoi, Guerra y paz, el autor ruso hizo que el perso­naje Pierre Bezúkhov aprendiera que “El hombre es creado para la feli­cidad, esa felicidad que está en él, en la satisfacción de las necesidades humanas básicas, y que toda infelicidad nace no de la privación, sino del exceso” (traducción del inglés por Louise y Aylmer Maude, 1942, pág. 1176). Con frecuencia nos hallamos luchando por el exceso; no estamos contentos con lo que tenemos y pensamos que la felicidad se logra al tener más, o al adquirir más o ser más. Buscamos la felicidad, pero la buscamos en la dirección equivocada. Seguir leyendo

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Las palabras de los líderes

Conferencia General Octubre 1975

Las palabras de los líderes

Por el presidente Spencer W. Kimball
Domingo 5 de octubre Sesión de la tarde

Hermanos y hermanas, estas ocho sesiones de los últimos tres días han constituido una gloriosa conferen­cia. Los hermanos que nos han hablado ¡o han hecho con todo su corazón y nos han llamado la atención con respecto a muchas grandes verdades del evangelio de Jesucristo, nuestro Señor y Maestro.

Confiamos en que los líderes y los miembros de la Iglesia que han asistido y escuchado la conferencia hayan sido inspirados y elevados. Confiamos en que hayáis tomado abundante nota de los pensamientos que han cruzado vuestra mente mientras las Autoridades Generales os hablaban. Se han dado muchas sugerencias que os ayudarán en vuestra condición de directores para perfeccionar vuestro trabajo. Hemos oído pensamientos que nos serán de mucha ayuda para perfeccionar nuestra propia vida; esto es, sin duda, la razón básica de nuestra presencia aquí.

Mientras me encontraba sentado en el estrado, tomé la determinación de que cuando regrese a mi hogar tras la finalización de esta conferencia hoy, ha­brá muchos, muchos aspectos en mi vi­da que puedo perfeccionar; he hecho una lista mental de los mismos, y espe­ro ponerme a trabajar tan pronto como esta conferencia termine.

Habéis escuchado a las Autoridades Generales hablar con gran fortaleza de los principios del evangelio. Escuchas­teis decir al hermano Benson en su ins­pirado sermón, que las leyes inmuta­bles de Dios permanecen en los cielos y que, cuando los hombres y las naciones rehúsan vivir de acuerdo con ellas, su­fren consecuencias lamentables. Dijo además que el pecado demanda castigo: “Por lo tanto, como humildes siervos del Señor, amonestamos a los líderes de las naciones a que sean humildes y a que se humillen a sí mismos ante Dios, y que busquen su inspiración y su guía”. Esa es una declaración audaz, pe­ro sumamente atinada.

Escuchasteis al élder Tomas S. Monson, hablar de cómo el presidente del Consejo de los Doce es guiado por la inspiración del Señor para llevar a cabo cambios como el que hizo que él mismo pudiera estar en el lugar apropiado y dar una bendición a una niña moribun­da. Nos dijo cómo sucedieron las cosas para que él asistiera a esa conferencia, manejara ciento veintinueve kilómetros fuera de su ruta y hallara a aquella fa­milia que pronto tendría que dar sepul­tura a su pequeña.

Oísteis al élder Sill compartir el ejemplo de personas grandes y podero­sas que perdieron su poder al perder el control y entregarse a las demandas de una vida lujuriosa. Contó también la historia de un hombre que rehusó una corona porque dedicó su vida a rastri­llar estiércol. “Somos representantes de la más grande de las causas conocidas en este mundo” dijo, “y la única inte­rrogante es cómo vamos a pelear la ba­talla.”

Escuchasteis al élder Cullimore ha­blar del Programa de la Noche de Ho­gar. ¡Cuán maravilloso es! Confío en que cada uno de vosotros vaya a su ho­gar y se asegure de que no fracasará en cuanto a la Implantación de este glorioso programa para la familia. En la con­ferencia de la Sociedad de Socorro se dijo que el Maligno sabe dónde atacar; atacará el hogar; destruirá a la familia. Eso es lo que desea hacer. Y veréis que estas obras de Satanás, las que han sido mencionadas por las Autoridades Gene­rales que nos han hablado, tienen como resultado final la destrucción del hogar, la familia, los padres, los seres queri­dos. Esto es lo que Satanás desearía lo­grar. Tomemos la firme decisión de que no lo permitiremos en nuestras fami­lias.

Del élder Tuttle y otras de las Auto­ridades Generales escuchasteis acerca de una gran obra misional.

El presidente Romney nos habló de la historia de las naciones de este con­tinente, de los nefitas, de los jareditas y de las promesas hechas por el Señor, en cuanto a que la nación que posea esta tierra de promisión será libre del cauti­verio, de la esclavitud y de todas las otras naciones debajo del cielo si tan sólo sirve al Dios de esta tierra, que es Jesucristo. Esto, dicho en unas pocas pa­labras; pero, ¡cuán importante y tras­cendental es!

Otras Autoridades Generales nos hablaron sobre el patriotismo y ya sea que vengamos de los mares del Sur, de Sudamérica, de Europa o de Asia, todos podemos aprender de estas palabras; todos debemos ser leales, apreciar la li­bertad de vivir y adorar de acuerdo con los dictados de nuestra conciencia. También oímos consejos sumamente instructivos sobre la Palabra de Sabi­duría, particularmente sobre el licor, y algunas estadísticas verdaderamente alarmantes. Todas las publicaciones cla­man que se necesita más alimento para todo el mundo; pero aquí recibimos in­formación de cómo se podría alimentar al mundo, si tan sólo no se utilizara la cebada para hacer licores.

Escuchasteis al hermano McConkie decir que una o dos veces cada mil años, suceden acontecimientos glorio­sos, de los cuales nos habló. También habló del gran programa que nos fue dado en esta dispensación, el gran pro­grama de la restauración del evangelio.

El élder Hanks habló del poder de los padres sobre los hijos, y lo que pue­den y deben hacer para capacitarlos, en­señarles, y guiarlos.

Oísteis al élder Hinckley hablar so­bre el diluvio de pornografía que nos invade y el énfasis que se le está dando al sexo y a la violencia. Me gustó la for­ma en que nos pidió que estimulemos a los líderes, a aquellos que formulan las leyes para que elaboren las que sean adecuadas para controlar estas situa­ciones, y que cuando así lo hagan, les demostremos agradecimiento y aprecio; pero si no lo hacen, debemos recordar­les lo que tienen que hacer.

El élder Haight expresó que la Iglesia no podría funcionar eficazmente sin la delegación de responsabilidades y que, para delegar se necesita el sacerdocio. El sacerdocio nos ha sido conferido y estamos preparados para seguir adelan­te.

Así podría continuar con todo el res­to de los discursos que escuchamos; to­dos fueron excepcionalmente buenos. Estoy seguro de que nos han llegad; al corazón.

Desearía mencionar el discurso del élder Hunter esta mañana sobre la historia de este edificio. Estoy agradecido por la hermosa historia de los sacrificios y los esfuerzos que esta buena gente, nuestros padres, tuvieron que realizar, para que pudiéramos sentarnos con bastante comodidad en este gran Tabernáculo. Y ¡cuánto tiempo nos ha senitido! El hermano Hunter nos ha dicho que este edificio tiene 100 años. Puedo imaginarme que bajo este techo se han escuchado numerosos y grandes sermones de profetas, apóstoles y otros líderes; puedo imaginar las numerosas oraciones, profundas y sinceras, ofrecidas por las Autoridades Generales; puedo imaginar a los coros que han cantado aquí a través de los años; ha sido aún gran servicio el que este edificio ha prestado. Confío en que pueda permanecer de pie por otros 100 años por lo menos.

Creo que el hermano Hunter, ha- blando sobre la obra misional dijo que si fuéramos a leer desde este pulpito los nombres de las personas que están por salir como misioneros, llevaría todo el resto del día sólo nombrarlos, porque los misioneros que hemos llamado en este año serían tantos como las personas que forman esta congregación en el Tabernáculo. ¿Qué sucedería si es llamásemos a todos vosotros como misioneros?

Desearía que hubiera tiempo para mencionar algunos de los otros maravillosos sermones, porque eso me ayuda a hacer un sumario de estas cosas y de todo lo que oí, sacar lo que quiero retener y lo que quiero que me sirva para hacer algo positivo en mi vida. Desearía mencionar el poderoso sermón del hermano Perry en relación al matrimonio. Este es un problema real, cuando pensamos en que Satanás está embarcado en la tarea de atacarnos con aquellas cosas que nos destruirán. Y este punto es muy importante, ¿no es así? Si dejamos de lado el matrimonio y la vida del hogar, estamos derrotados.

Pues bien, queridos hermanos, os digo que éste es el evangelio de Jesucristo y a todos los que nos están escuchando les decimos que no estamos engañando. Lo que hemos dicho durante estos tres días es verdad, verdad absoluta y clara y e ercerá una gran influencia en la salvación y exaltación de toda alma que pueda escuchar y comprender.

Este es el evangelio de Cristo. Él es nuestro Señor. Esta es una Iglesia cristiana. A El seguimos; a El amamos, honramos y glorificamos. Y ahora debemos continuar hacia adelante y seguirle en todo detalle. El evangelio ha sido res­taurado; está aquí para que lo utilicemos en su plenitud. Nunca en la historia ha sido tan pleno, completo y com­prensible; nunca, que sepamos, ha suce­dido esto en el mundo. Y aquí está a disposición de nosotros y de millones de personas, algunas de las cuales nos están escuchando. Confiamos en que no cometeréis el error de dejarlo de lado o ignorarlo. Que el Señor bendiga a los que escuchan y ponen atención.

Que el Señor os bendiga a todos los que estáis aquí; que os acompañe a vuestros hogares y al regresar a vuestras familias, que la paz os acompañe, que vuestra propia vida sea maravillosa, que la vida de vuestra familia sea grandiosa. Pido estas bendiciones y dejo mi testi­monio en cuanto a la divinidad de la obra, en cuanto a que Dios vive, que Je­sús es el Cristo, nuestro Salvador, nues­tro Redentor. Y que la vía que Él ha pre­parado, el camino de vida, es correcto y verdadero en todo detalle. Y os dejo es­te testimonio con gran afecto, con todo nuestro amor y aprecio, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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El lenguaje del Espíritu

Conferencia General Octubre 1975

El lenguaje del Espíritu

Por el élder Joseph B. Wirthlin
Ayudante del Consejo de los Doce
Domingo 5 de octubre Sesión de la tarde

Mis hermanos y amigos, es un pri­vilegio estar en este sagrado lu­gar y participar de esta inspirada confe­rencia. Sé que el Espíritu del Señor está aquí porque lo he sentido y confío en que vosotros lo hayáis sentido también, porque vuestra fe y oraciones magnifi­can esa divina presencia. En verdad, nos reunimos con el propósito de testificar al mundo que ésta es la Iglesia de Dios y que el presidente Spencer W. Kimball es un verdadero Profeta de nuestro Pa­dre Celestial. Estoy seguro de que mi padre habría estado realmente emo­cionado en este día si hubiera podido oír y presenciar el sostenimiento del hermano Lee como Autoridad General. Él amaba a los lamanitas; también noso­tros los amamos y es por eso que esta­mos tan complacidos con su llamamien­to.

Últimamente hemos observado en la gente de Europa un espíritu de inquie­tud y zozobra. ¿A qué se debe esto? Es que hay una especie de hambre roedor en el corazón humano que si no se ali­menta con las verdades del evangelio, deja la vida vacía y completamente des­provista de paz. Los distintos sistemas económicos que defienden los llamados “sabios del mundo”, han solucionado algunos problemas, si a eso se le puede llamar solución; pero estas soluciones no han traído un bienestar auténtico.

Este tipo de “cúratodo” ha condu­cido a la humanidad a interesarse en lo mundano y en el poder que dan las co­sas materiales, cegándola a la verdad de que sólo una vida justa y firmante dedicada a vivir diariamente los mandamientos de Dios, puede traer la verdadera felicidad. Cualquier otra cosa deja al corazón con una gran sed interior una sed que debemos identificar y definir para luego advertir al mundo. He visto cómo se han cumplido en  Europa las palabras de Amos de que habría “hambre en la tierra, no hambre de pan sino de oír la palabra de Jehová” (Amos 8:11). Seguir leyendo

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El espíritu misional

Conferencia General Octubre 1975

El espíritu misional

Por el élder Rex D. Pinegar
Del Primer Consejo de los Setenta
Domingo 5 de octubre Sesión de la tarde

Por medio de su Profeta, el Señor nos ha encomendado que lleve­mos a otros el mensaje de la Iglesia y que lo hagamos hoy.

El celo con el que los miembros de la Iglesia han respondido al llamado del Presidente Kimball es fascinante. Du­rante el año 1973, nuevos misioneros ingresaron a las filas del campo mi­sional en un promedio de aproximada­mente 761 por mes. En 1974, el prome­dio mensual aumentó a 847 misioneros y durante los primeros nueve meses de 1975 este promedio ha sido de aproxi­madamente 1.200 por mes. El espíritu con el que tanto los jóvenes como los adultos están respondiendo al llamado, se expresa a las claras en las palabras de uno de ellos cuando escribió:

“No pude contener las lágrimas cuando recibí el llamamiento misional, no porque estuviera triste, o con miedo, sino de gozo por la confianza que el Señor había depositado en mí. Nefi tu­vo la fe que yo deseaba tener; ahora tengo una tarea lo suficientemente vasta como para aplicar esa fe.”

Todos sabemos de misioneros que hacen grandes sacrificios a fin de cum­plir con el llamamiento del Señor. No es poco común encontrar destacado deportistas que interrumpen sus prometedoras carreras para ingresar en las filas misionales; otros jóvenes pos- ponen su educación y su preparación profesional para “tomar las armas” del Señor.

Como representante de estos nobles ejemplos tenemos a un joven de Brasil;

Fernando Requino estaba en un reunión sacramental en su pequeña rama cuando escuchó que el presidente de misión recalcaba la declaración del presidente Kimball de que cada joven debería prepararse para el servicio misional. Hasta ese momento no había pensado que podría o sería necesario prepararse para una misión. Ya había comenzado a aprender un oficio; se mantenía y ganaba apenas lo suficiente para pagar su educación. Sus padres no eran miembros de la Iglesia, ni simpati­zaban con su afiliación a la misma. Aun así las palabras del Profeta le quedaron grabadas en el corazón y la mente.

Una mañana se acercó a su padre y le dijo lo mucho que lo amaba y respe­taba. Después, llenándose de todo el va­lor posible, miró directamente a los ojos de su progenitor y con voz suave y hu­milde le dijo: “Papá, deseo que me des tu permiso para salir a cumplir una mi­sión para el Señor, para servir como misionero en la Iglesia a la cual pertenez­co.”

Su padre se opuso terminantemente. Le recordó que él no contaba con los re­cursos financieros como para costearse tal empresa. Con las lágrimas rodándole por las mejillas, Fernando ofreció ven­der el pedazo de tierra que era su here­dad y usar el dinero para costearse los gastos de la misión. Le explicó a su pa­dre cómo un Profeta de Dios había soli­citado que cada joven se preparara para cumplir una misión para el Señor; le di­jo que él había ayunado y orado duran­te tres días y que el Señor le había indi­cado lo que debía hacer para cumplir con esa responsabilidad del sacerdocio. El corazón del padre se enterneció abrazó a su hijo y juntos lloraron. “Si tu deseo de ir es tan grande que deseas aun sacrificar toda tu herencia”, le dijo “te concederé el permiso para que va­yas. No tendrás que vender tu propie­dad. Yo te daré el apoyo financiero para tu misión.”

El Señor abre la puerta para que los que tengan el deseo, sean obedientes y fieles y estén deseosos de sacrificarse, puedan servirle.

Recientemente tuve el privilegio de reunirme con algunos misioneros en Stuttgart, Alemania. Hablamos de la ur­gencia de nuestro trabajo y examinamos los métodos para mejorar la eficacia de los esfuerzos de proselitismo. Tratamos el desafío del presidente Kimball de que los misioneros fueran ocho veces más eficaces al obtener oportunidades para enseñar. Cuando un grupo de él­deres regresó a su departamento des­pués de la reunión, uno de ellos dijo: “Si el Profeta del Señor dice que pode­mos hacerlo, podremos; ya encontrare­mos la manera”. Y lo hicieron. Estudia­ron, oraron y trabajaron. Al finalizar la siguiente semana de proselitismo las cinco parejas de misioneros habían pre­sentado 200 lecciones. Cada pareja había cumplido la meta de ser ocho ve­ces más eficaz.

En cada parte del mundo que he tenido el privilegio de visitar, he visto ejemplos similares de celo y devoción. Los miembros en las ramas y barrios también están poniendo en práctica el llamado del Señor.

Uno de esos valientes miembros es un hermano de Guaratengeta, Brasil, que comparte el evangelio en forma continua, infatigable. Cuando conoce a una persona se presenta mediante una tarjeta impresa que dice: Eider E. J. Sari- va, Sión. Muy a menudo las personas le preguntan, “¿Qué significa eso de Sión?”. A lo cual él responde, “¿Usted no sabe de Sión? Permítame explicarle qué es Sión”. Entonces le habla a su in­terlocutor de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Valién­dose de esta técnica tan audaz y con gran amor y celo por el Señor, el her­mano Sariva ha sido el instrumento pa­ra que ciento treinta almas se hayan unido al reino de nuestro Padre Celes­tial.

Otro fiel soldado para el Señor es un conductor de taxi, que en su coche tiene un letrero que dice, “A mime importa”. La mayoría de sus pasajeros le pregun­tan, “¿Qué es lo que a usted le impor­ta?” Este buen hermano entonces expli­ca que pertenece a una Iglesia que se preocupa por sus miembros. Si los pa­sajeros hacen más preguntas él Ies pre­senta una copia del Libro de Mormón, copias que lleva junto a sí en el asiento. Este fiel miembro ha participado en la conversión de más de doscientas almas.

¡Qué tiempo más hermoso para estar aquí, sobre la tierra! A medida que ob­servamos el progreso de la obra, deseo que todos participemos y lleguemos a ser parte íntegra del mismo. Que poda­mos por medio de un fiel servicio reco­ger el fruto de la cosecha de las semillas plantadas en la viña del Señor. Testifico que este es el reino de Dios sobre la tie­rra y que su fiel mayordomo y Profeta es Spencer W. Kimball. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Orgulloso de mi linaje

Conferencia General Octubre 1975

Orgulloso de mi linaje

Por el élder George P. Lee
Del Primer Quorum de los Setenta
Domingo 5 de octubre Sesión de la tarde

Mis hermanos, es un gran honor y un privilegio estar hoy ante vo­sotros, ante nuestro Profeta y todos aquellos que le ayudan en su obra en el reino de Dios.

Me siento muy orgulloso al declarar que soy un descendiente de Lehi, Nefi y todos los grandes profetas del Libro de Mormón. Me siento orgulloso de ser hijo del pueblo del Libro de Mormón. He encontrado mi linaje, mi verdadera identidad: soy un hijo de Dios, un des­cendiente de Lehi con un linaje que se extiende en el pasado hasta mi Padre Celestial mediante Moisés, Abraham y otros grandes profetas.

También me siento orgulloso de descender de los grandes jefes indios de nuestra tierra: Nube Roja, Toro Senta­do, Jefe José, Caballo Loco y todos los que fueron grandes caudillos para su pueblo. Todos ellos fueron buenos hombres y no me extrañaría saber que están en el paraíso; no me sorprendería tampoco que se hubieran convertido al evangelio.

Y vosotros, mi pueblo, el pueblo la- manita que está esparcido en esta tierra y en las islas del mar, deseo que sepáis que Jesucristo es nuestro Hermano Ma­yor, .nuestro Salvador, nuestro Reden­tor.

Nosotros somos de un linaje escogi­do. Pueblo tamañita, quiero que sepáis que el Padre Celestial os ama y que también os ama Jesucristo. El murió por nosotros, sacrificando su vida para lo­grar el perdón de nuestros pecados; conquistó la muerte para cada uno de nosotros, para cada persona que haya vivido o viva en el mundo. Él vive y es el Dios de esta tierra.

A todos los miembros de la Iglesia os declaro que ha llegado el momento de hacer a un lado nuestras diferencias, de tomarnos de las manos como hijos de Dios. Tenemos una gran labor por delante, la de traer al reino de nuestro Padre Celestial muchos más de sus espíritus escogidos que están en todo el mundo. Ha llegado el momento de que seamos Santos de los Últimos Días du­rante los trescientos sesenta y cinco días del año, en cada uno de los siete días de la semana, y no solamente santos “de domingo”. El Señor necesita que cada uno de sus santos sea misionero para traer a otros a su Iglesia.

Ha llegado el momento, hermanos, de que comprendamos que no tenemos garantías para entrar al reino de los cie­los. El sólo hecho de ser miembros de esta Iglesia no nos asegura la entrada al Reino Celestial, sino que tenemos que perseverar hasta el fin y ser fieles hasta que el Señor venga.

A vosotros, mis hermanos en todo el mundo que todavía estáis buscando la verdad, a aquellos que negáis la existen­cia de Dios, quiero desafiaros a que ha­gáis dos cosas: Primero, que busquéis otra iglesia u organización que tenga doce apóstoles y un profeta, que se diri­ja por medio de la revelación, que bau­tice por inmersión y tenga el Sacerdocio de Dios. Veréis que no hay otra. Noso­tros tenemos la misma Iglesia que Jesu­cristo organizó en su época en las tierras bíblicas y acá, sobre este continente. Y segundo, que miréis a vuestro alrede­dor. ¿Qué veis? Veis la hermosa crea­ción, obra de tas manos de Jesucristo, nuestro Salvador.

El Señor ha hecho por nosotros tan­tas cosas maravillosas. ¿Cómo podemos los seres inteligentes negar su existencia o la de Dios? Los mejores testigos de Je­sucristo están aquí, delante de nuestros ojos: son los árboles, las plantas, el sol, la luna, el universo entero.

¿Acaso un mortal puede crear seres humanos?

¿Puede un mortal crear plantas, as­tros, lluvia, nieve, árboles, alimentos?

¿Puede un ser mortal crear un mun­do hermoso como éste en que vivimos?

Los científicos y eruditos tienen de­lante de sus ojos la bellísima creación, llena de orden, precisión, exactitud; ¿có­mo pueden negar la existencia de Dios y Jesucristo? No hay hombre mortal que pueda duplicar ninguna de estas cosas. Esto debería ser suficiente para asegura­rnos a todos que hay un Dios divino, un Cristo divino; que Jesucristo vive y es el Creador de este mundo. El evangelio es su plan, la forma en que Él quiere que vivamos.

Debemos darnos cuenta de que cuando muramos y vayamos al paraíso —si es allí donde vamos— no encontra­remos en él nuestro país. Debemos comprender que todos iremos al mismo lugar. Los indios no encontrarán allá una reservación; no estará Japón para los japoneses, ni China para los chinos.

Vivamos juntos como hijos de Dios; todos somos hermanos y todos iremos al mismo sitio si somos justos y perseveramos hasta el fin. En el paraíso no hay Estados Unidos, ni reservaciones indias, ni nacionalidades, ni ninguna forma de vida excepto la de Dios.

Dios vive, Jesucristo vive, mis hermanos.

En el nombre de Jesucristo Amén.

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La redención de los muertos

Conferencia General Octubre 1975

La redención de los muertos

Por el élder Boyd K. Packer
Del Consejo de los Doce
Domingo 5 de octubre Sesión de la tarde

Mis hermanos, tengo razón para sentirme inmensamente impre­sionado por el tema que he escogido hoy, y siento más que nunca que necesito vuestras oraciones, por la sagrada naturaleza del mismo.

Cuando el Señor estuvo sobre la tie­rra dijo claramente que había sólo un camino y una manera para que el hom­bre pudiese ser salvo: “Yo soy el ca­mino y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Para seguir ese camino, hay dos cosas que son necesarias: Primero, en su nombre descansa la autoridad para asegurar la salvación de la humanidad, “Porque no hay otro nombre bajo el cielo, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Y segundo, una ordenanza esencial, el bautismo, que es como una puerta por la cual toda alma debe pasar a fin de obtener la vida eterna.

El Señor no vaciló ni dio excusas al proclamar que tenía la autoridad exclu­siva sobre esos procedimientos, por los cuales nosotros podemos regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. Ese ideal también fue muy claro para sus apóstoles, y la prédica de éstos ofrecía sólo una manera para que el hombre se salvase.

A través de los siglos el hombre vio que han sido muchos en realidad, los que nunca encontraron ese camino. Esto llegó a ser muy difícil de explicar, y tal vez pensaron que lo lógico sería admitir que había otras maneras, así es que hi­cieron más fácil la doctrina; o sea que la corrompieron.

El énfasis estricto en “un Señor, un bautismo”, se consideró demasiado res­trictivo y muy exclusivista, aunque el Señor mismo lo había descrito como es­trecho: “porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida” (Mateo 7:14).

Siendo que el bautismo es esencial tenemos que sentir la urgente necesidad de llevar el mensaje del evangelio de Je­sucristo a “toda nación, y tribu, y len­gua, y pueblo”. Este es un mandamien­to de Dios.

Sus verdaderos siervos irán para convertir a todos los que escuchan los principios del evangelio y les ofrecerán ese bautismo que El proclamó como esencial. La predicación del evangelio se realiza, hasta cierto grado, en la mayor parte de las Iglesias cristianas. Sin em­bargo, la mayoría de los cristianos están, satisfechos de gozar de lo que pueda obtener por ser miembros en sus igle­sias, sin hacer ningún esfuerzo para que otros escuchen lo que para ellos es la verdad.

El tremendo espíritu misional y el vigoroso esfuerzo proselitista que se ha­ce en la Iglesia de Jesucristo de los San­tos de los Últimos Días testifican en forma significativa que el evangelio es verdadero y que esta Iglesia posee la autoridad. Nosotros aceptamos la res­ponsabilidad de enseñar el evangelio a toda persona sobre esta tierra. Y si se hace la pregunta, “¿Quiere decir que es­táis aquí para convertir a todo el mun­do?”, la respuesta es “Sí, trataremos de llegar a toda alma viviente.”

Quizás, al comprender la magnitud de este cometido, haya quienes digan “¡Eso es imposible! ¡No se puede ha­cer!” A ellos sencillamente les respon­deríamos, “Tal vez, pero nosotros lo ha­remos de todas maneras”. A pesar de los que afirmen que no se puede efec­tuar, estamos deseosos de poner todo lo que esté de nuestra parte para llevar a cabo esta obra. No obstante, aunque nuestros esfuerzos parezcan modestos comparados con la enorme tarea, no pueden ignorarse cuando se comparar con lo que estamos logrando o tratando de lograr en todo el mundo.

Actualmente, tenemos más de 21.000 misioneros en el campo misional, que pagan por el privilegio de predicar el evangelio. Y eso es sólo parte del es­fuerzo. No estoy insinuando que este sea un número impresionante, sino que sabemos que no estamos haciendo tanto como deberíamos. Pero cualquiera de ellos sería evidencia suficiente si conociéramos el origen de la convicción in­dividual de cada uno. No deseamos ha­cer un alto en la asignación de buscar almas para enseñarles el evangelio y ofrecerles el bautismo. Tampoco po­dríamos sentirnos desanimados, porque hay gran poder en esta obra y eso lo puede verificar cualquiera que busque sinceramente.

Otra característica que también identifica a la Iglesia de Jesucristo y que tiene que ver con el bautismo, es la in­quietante pregunta que nos hacemos to­cante a aquellos que han muerto sin re­cibirlo: “¿Qué será de ellos?” Si no hay otro nombre dado bajo el cielo por el cual el hombre pueda salvarse (y no lo hay), y han vivido y muerto sin haber escuchado ese nombre; si el bautismo es esencial, como lo es, y si han muerto sin haber tenido la oportunidad de aceptarlo, ¿dónde están ahora? Estos forman la mayor parte de la familia hu­mana. Seguir leyendo

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No podemos vivir en soledad

Conferencia General Octubre 1975

No podemos vivir en soledad

Por el élder Robert D. Hales
Ayudante del Consejo de los Doce
Domingo 5 de octubre Sesión de la mañana

Mis queridos hermanos, me siento bendecido por estar aquí esta mañana. Hay un espíritu hermoso-que viene del coro. Estas cosas me ayudan a tratar un tema que estimo mucho.

Quisiera que tuviéramos juntos unos momentos de reflexión considerando la  frase “no podemos hacerlo solos”. To­dos sentimos el testimonio con diferen­te intensidad; a todos se nos ha dado al nacer el Espíritu de Cristo como un don. Nosotros mismos hemos desarrollado nuestro testimonio en el curso de nues­tra vida y el Espíritu Santo nos ha ayu­dado a obtenerlo. Aunque sepamos que Dios vive y que Jesús es el Cristo; aun­que sepamos que El dio su vida por nuestra redención, que resucitó a fin de que podamos vivir, y que hoy vive; aun­que sepamos que José Smith ha restau­rado la Iglesia de Jesucristo de los San­tos de los Últimos Días en la última dis­pensación del cumplimiento de los tiempos, sí, y que vivimos en esa época selecta anterior a la segunda venida de Jesucristo, una época en que se nos han revelado todas las escrituras que podían darse a conocer al género humano. Aunque sepamos que el presidente Spencer W. Kimball es un Profeta de Dios, a quien se han conferido todas las llaves del Sacerdocio para guiar esta Iglesia por revelación en estos postreros días, no obstante mis hermanos, aun con todo ese conocimiento no logramos entender que no vinimos a esta vida pa­ra vivirla solos.

Tampoco podemos esconder nues­tros actos de nosotros mismos ni de los demás. El consejo dado por Polonio a su hijo Laertes: “Y, sobre todo, esto: Sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedes ser falso con nadie” (Hamlet Ac­to 1 Escena 3), es válido; pero debe adaptarse y ampliarse a fin de poder comprender cómo puede uno ser since­ro consigo mismo y con sus semejantes La persona que se aísla, se separa de la “luz de Cristo” y esto lo hace falible y lo expone a la desilusión. El equilibrio y la perspectiva de sentir preocupación por los demás y permitir que ellos se preocupen por nosotros, constituyen la esencia misma de la vida. Necesitamos la ayuda inspirada de otros para evitar engañarnos a nosotros mismos; siempre ha sido para mí un misterio el motive por el cual los que se consideran inte­lectualmente superiores, a veces se apartan del Espíritu de Dios.

Quiero daros mi testimonio de que estuvimos con nuestro Padre Celestial antes de venir a esta vida; las escrituras así nos lo dicen. También sabemos que aceptamos recibir un cuerpo físico a fin de venir a vivir en este estado mortal obedecer los mandamientos del Señor y tener oposición en todas las cosas. La oposición que aquí conocemos nos for­talece; el fuego que tenemos que sopor­tar, tiempla nuestro espíritu.

También es parte del plan de Dios el que no podamos volver a su presencia solos, sin la ayuda de otro. Santiago lo expresa mejor: “Así también la fe, si no tiene obras es muerta en sí misma (Santiago 2:17).

El plan del evangelio consiste en dar y recibir. La fe en sí misma no es sufi­ciente; necesitamos las “obras” para servir y ser servidos. No podemos ha­cerlo solos.

Las muchas misiones que tenemos en la vida no se pueden iniciar con éxito sin la ayuda de otros. El nacimiento re­quiere padres terrenales; nuestra bendi­ción al nacer, nuestro bautismo, la im­posición de manos para que recibamos el don del Espíritu Santo, a fin de ser miembros de la Iglesia, la ordenación al sacerdocio, el cumplir una misión, el matrimonio, el nacimiento de nuestros hijos, las bendiciones de salud o en épocas de necesidad, todas estas cosas exigen la intervención de otras per­sonas. Y todos éstos son actos de amor y servicio que requieren la ayuda de otros y nuestra ayuda a los demás.

Cuando volvamos a nuestro Padre Celestial, Él no quiere que volvamos solos, sino que regresemos a su lado con honor, acompañados de nuestras familias y de aquellos a quienes haya­mos ayudado en el transcurso de la vi­da. Al preparar este mensaje, he podido comprender muy claramente que la na­turaleza verdadera del plan del evange­lio, es la interdependencia que existe entre unos y otros en esta vida y en el estado en que ahora vivimos.

Es evidente para mí que tenemos im­perfecciones físicas, imperfecciones de la mente y del intelecto y, que por tal razón tenemos que depender de otros. Debemos ser capaces de bastarnos a no­sotros mismos, pero esto no significa que no necesitemos de los demás. No podemos lograr un testimonio sin con­tar con la ayuda del Espíritu Santo; no podemos trabajar en la genealogía sin la ayuda de aquellos que nos precedieron, es decir nuestros antepasados. Estamos aquí para ver si serviremos “al más pequeñito de nuestros hermanos”; y he descubierto desde que soy Autoridad General, que el presidente de la Iglesia, sus consejeros y los Doce Apóstoles, se consideran siervos de todos nosotros. Seguir leyendo

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