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Cómo ser feliz

Cómo ser feliz

Por el Élder Marlin K. Jensen
De la Presidencia de los Setenta

De un discurso pronunciado en una reunión espiritual celebrada en la Universidad Brigham Young el 19 de septiembre de 1995.

Hace varios años me llamó la atención un pasaje del Libro de Mormón que se encuentra en la primera parte, en la que se ha especializado nuestra familia, y que abarca el período de tiempo justo después de que Nefi se separó de Laman y de Lemuel y partió hacia el desierto. Allí Nefi estableció una sociedad basada en las verdades del Evangelio, sociedad de la cual dice: “Y aconteció que vivimos de una manera feliz” (2 Nefi 5:27).

Medité en el posible significado del vivir “de una manera feliz”. Sabía que tenía que estar relacionado con el Evangelio y el plan que Dios tiene para nosotros. Me preguntaba cuáles serían los elementos individuales de una vida y una sociedad verdaderamente felices y comencé a escudriñar los escritos de Nefi en busca de indicios.

La familia

Comienzo en 2 Nefi 5:6 con la observación de Nefi de que al viajar al desierto: “…yo… tomé a mi familia… y a Sam, mi hermano mayor, y su familia, y a Jacob y José, mis hermanos menores, y también a mis hermanas”. Esta es una clave significativa para la felicidad: nuestra propia familia.

Había una buena razón por la que Nefi llevó consigo al desierto a su parentela más justa. Él les perte­necía, y ellos le pertenecían a él. No existe ninguna otra organización que satisfaga de manera tan completa nuestra necesidad de ser parte de algo ni que nos proporcione la consiguiente felicidad tal como puede hacerlo la familia.

A veces, tras una placentera noche de hogar, o durante una ferviente oración familiar, o cuando toda nuestra familia está sentada a la mesa el domingo por la noche para tomar un ligero refrigerio, inmersa en una agradable y buena conversación, me digo a mí mismo: “Sí el cielo no es más que esto, para mí es más que suficiente”.

La observancia de los mandamientos

En 2 Nefi 5:10, Nefi dice: “Y nos afanamos por cumplir con los juicios, y los estatutos y mandamientos del Señor en todas las cosas”.

Ésta es una verdad simple pero poderosa: el vivir de manera recta y el guardar los mandamientos de Dios nos hace felices. Siempre podemos acudir a Alma en busca de grandes verdades; una de ellas, que en unas cuantas palabras refleja este tema, es: “…la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10). Es una pequeña frase digna del noticiario de la noche. Las palabras de Alma constituyen una declaración categórica sobre el tema, y las posibili­dades de demostrar que estaba equivocado se reducen a cero.

Desde lo más profundo de mi alma testifico que Satanás quiere que creamos que somos la excepción a las reglas de Dios, que de algún modo nuestras transgre­siones son más nobles y justificables que lo que jamás lo hayan sido las de cualquier otra persona, lo cual es mentira. Y no sólo ofendemos a Dios al quebrantar Sus leyes, sino que también nos ofendemos a nosotros mismos y a los demás y, por tanto, experimentamos dolor, sufrimiento y desdicha, precisamente lo contrario de la felicidad,

Las escrituras

En 2 Nefi 5:12, Nefi menciona que él “también había traído los anales que estaban grabados sobre las planchas de bronce”.

¿Por qué el tener acceso a las Escrituras sería un elemento importante para tener una vida feliz? Cualquiera que lea las Escrituras con regularidad desa­rrolla una perspectiva más clara, pensamientos más puros, y sus oraciones son más sinceras y profundas. Ciertamente, somos más felices cuando utilizamos las Escrituras para recibir respuesta a nuestras preguntas y necesidades más personales.

Las Escrituras nos limpian de los pensamientos malos y fortalecen nuestra determinación de resistir la tenta­ción, Nos dan consuelo en momentos de nece­sidad, como la muerte de un ser querido u otra tragedia personal. El leerlas nos pone en armonía con el Espíritu del Señor. Testifico que recibiremos gran cons­tancia y felicidad del estudio diario de la Biblia y de las Escrituras de la Restauración.

El trabajo

El versículo diecisiete del quinto capítulo de 2 Nefi dice: “Y aconteció que yo, Nefi, hice que mi pueblo fuese industrioso y que trabajase con sus manos”.

No importa el tipo de trabajo que tengamos en la vida, sé que seremos más felices si con regularidad trabajamos con nuestras manos. Esto puede hacerse de muchas formas: trabajar en el jardín, coser, acolchar, cocinar, hornear, reparar el coche, hacer reparaciones en la casa; la lista es interminable, así como también lo es la felicidad y el senti­miento de logro que tales actividades nos hacen sentir.

El templo

Nefi hizo otra observación muy interesante sobre su sociedad. En 2 Nefi 5:16, dice: “Y yo, Nefi, edifiqué un templo”. El templo de Nefi quizás difería en algunos aspectos de los templos que tenemos en estos días, pero su propósito principal era posiblemente el mismo: enseñar y orientar de forma continua a los hijos de Dios con respecto a Su plan para su felicidad, y proporcio­narles las ordenanzas y los convenios esenciales para el logro de dicha felicidad.

Puedo decir con toda franqueza que las personas más espiritualmente maduras y felices que conozco son las que devotamente asisten al templo. Y hay un buen motivo para ello, ya que es en el templo donde una y otra vez se nos repite el plan que Dios tiene para nosotros, dándonos en cada ocasión un mayor entendimiento y una renovada dedicación para vivir a Su manera.

El servicio en la iglesia

El elemento final de la sociedad de Nefi, registrado en 2 Nefi 5, tiene que ver con la función que nuestros llamamientos y servicio en la iglesia tienen que ver con una vida feliz. Nefi destaca en el versículo 26 que él “[consagró] a Jacob y a José para que fuesen sacerdotes y maestros sobre la tierra de mi pueblo”.

Es cierto que el verdadero servicio cris­tiano no se puede brindar exclusivamente a través de medios institucionales. Los pequeños y espontáneos actos de servicio personal, motivados por nues­tros sentimientos de caridad, son nece­sarios para nuestra salvación.

Pero la Iglesia organizada, tal como la ha establecido Dios, en la cual velamos por los demás y les pres­tamos servicio, y recibimos el cuidado y el servicio de ellos, nos proporciona una fuente maravillosa de felicidad a todos nosotros. Nefi mismo es el ejemplo perfecto de esta ética de prestar cuidado y servicio. No es por accidente que en el plan de Dios se nos haya dado una iglesia que “tiene necesidad de cada miembro” (D. y C. 84:110). Debido a que se nos necesita para servir, se nos anima a servir y somos capaces de servir, somos mucho más felices.

Otros elementos

Si vamos más allá del quinto capítulo de 2 Nefi., descu­brimos aún más sobre los estilos de vida que permitieron a Nefi y a su pueblo vivir de manera tan feliz. Sabemos que él “[esperó] anhelosamente y con firmeza en Cristo” (2 Nefi 25:24). El Salvador y Sus enseñanzas eran el centro de sus esfuerzos; él sabía y enseñaba, tal como lo han hecho todos los profetas, que la paz y la felicidad verdaderas sólo se obtienen mediante la remisión de nuestros pecados. En dosis cuantiosas, las enseñanzas del Salvador son el único antídoto seguro contra la infelicidad.

Es interesante descubrir que los principios de feli­cidad que Nefi comparte se encuentran en todas las Escrituras, tanto antiguas como modernas.

Con frecuencia me pregunto por qué luchamos tanto por entender el significado de pasajes oscuros de las Escrituras cuando lo que es realmente importante para nuestra felicidad y salvación lo declara el Señor una y otra vez en términos sumamente daros.

Dudo que Nefi tuviera la intención de realizar una lista completa de los elementos necesarios para tener una sociedad feliz. De hecho, es probable que ni siquiera tuviera la intención de darnos tal lista. Quiero aclarar que yo no creo tampoco que la felicidad se logre como resultado del seguir una lista de cosas determinadas. No existe una fórmula infalible que garantice una vida siempre feliz, y tenemos evidencia de que Dios no tenía la intención de que cada día de nuestra vida fuese completamente feliz. Se puede apreciar un plan y un propósito eternos en el tener que sobrellevar algo de sufri­miento, de tristeza y de adversidad.

Les invito a mirar a su alrededor y observar a las personas que ustedes creen que son felices de verdad. Creo que invariablemente verán cómo los principios que se han tratado aquí se manifiestan en la vida de esas personas. Es mi oración que todos hallemos esa misma felicidad. □

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Llamados a la obra

Liahona Junio 2017
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

Llamados a la obra

Por el presidente Thomas S. Monson

Cuando el profeta José Smith llamó al élder Heber C. Kimball (1801-1868) a “abrir la puerta de la salvación” como misionero en Inglaterra, al élder Kimball lo embargaron sentimientos de ineptitud.

“¡Oh, Señor!”, escribió, “soy un hombre de lengua balbuciente y totalmente incapaz para tal obra”.

No obstante, el élder Kimball aceptó el llamamiento, y añadió: “… esas consideraciones no me desviaron del sendero del deber; desde el momento que comprendí la voluntad de mi Padre Celestial, tomé la determinación de vencer todos los obstáculos, confiando en que Él me apoyaría con Su poder omnipotente y me investiría con la capacidad que necesitaba”1.

Mis jóvenes hermanos y hermanas que son llamados a prestar servicio misional de tiempo completo, ustedes son llamados a la obra porque, al igual que el élder Kimball, “[tienen] deseos de servir a Dios” (D. y C. 4:3) y porque están preparados y son dignos.

Matrimonios misioneros, ustedes son llamados a la obra por las mismas razones; sin embargo, aportan no solo el deseo de servir, sino también la sabiduría adquirida de las épocas de sacrificio, amor y experiencia que su Padre Celestial puede utilizar para tocar el corazón de Sus hijos e hijas que están buscando la verdad. Sin duda han aprendido que nunca podremos amar verdaderamente al Señor sino hasta que le sirvamos prestando servicio a los demás.

A sus deseos de servir como misioneros, aportarán fe y fortaleza, valor y confianza, resolución y resiliencia, determinación y dedicación. Los misioneros dedicados pueden hacer milagros en el campo misional.

El presidente John Taylor (1808–1887) resumió las cualidades esenciales de los misioneros de esta manera: “Los hombres [y mujeres y matrimonios] que deseamos como portadores del mensaje de este Evangelio son los que tengan fe en Dios y en su religión, que honren su sacerdocio; hombres en quienes… Dios tenga confianza… Deseamos hombres llenos del Espíritu Santo y del poder de Dios… hombres de honor, de integridad, de virtud y de pureza”2.

El Señor ha declarado:

“… pues he aquí, el campo blanco está ya para la siega; y he aquí, quien mete su hoz con su fuerza atesora para sí, de modo que no perece, sino que trae salvación a su alma;

“y fe, esperanza, caridad y amor, con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios, lo califican para la obra” (D. y C. 4:4–5).

Su llamamiento ha llegado por inspiración. Testifico que a quien Dios llama, Dios capacita. Recibirán ayuda celestial mientras trabajan, con espíritu de oración, en la viña del Señor.

La hermosa promesa que el Señor dio a los misioneros a principios de esta dispensación, y que se encuentra en Doctrina y Convenios, será de ustedes: “… iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

Mientras presten servicio, edificarán recuerdos y lazos de amistad valiosos y eternos. No conozco ningún campo que produzca una cosecha más abundante de felicidad que el campo misional.

Ahora bien, una palabra para aquellos élderes, hermanas y matrimonios que, por cualquier razón, no puedan terminar su tiempo asignado en el campo misional: El Señor los ama. Él aprecia su servicio y está al tanto de su desánimo. Sepan que Él aún tiene una obra para ustedes. No permitan que Satanás les diga lo contrario. No se vengan abajo; no se desanimen; no pierdan la esperanza.

Tal como mencioné en la conferencia general poco después de que fui llamado a dirigir la Iglesia: “… no teman. Sean de buen ánimo. El futuro es tan brillante como su fe”3. Esa promesa es válida también para ustedes. Así que no pierdan su fe, porque el Señor no ha perdido la fe en ustedes. Guarden sus convenios y sigan adelante.

El mundo necesita el evangelio de Jesucristo. Que el Señor bendiga a todos Sus santos —independientemente de donde prestemos servicio— con un corazón misionero.

Cómo enseñar con este mensaje

Ya sea que trabajemos o no como misioneros de tiempo completo, cada uno de nosotros tiene la oportunidad de compartir el Evangelio y servir a los que nos rodean. Considere utilizar conjuntamente este mensaje con un discurso reciente de la conferencia general sobre este tema, como por ejemplo “Compartir el Evangelio restaurado”, por el élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles (Liahona, noviembre de 2016, pág. 57). Podría también analizar la frase “a quien Dios llama, Dios capacita” con aquellos a quienes enseña. ¿Cómo han sentido la ayuda de Dios en la obra misional y en sus llamamientos? Podría invitar a quienes enseña a orar para recibir fuerza e inspiración para saber cómo compartir el Evangelio con su familia, amigos y vecinos.

Jóvenes
Una misionera sin placa de identificación

Por Kirsti Arave
La autora vive en Utah, EE. UU.

teenage girl in school

En la escuela tengo un maestro con el tipo de personalidad que podría atemorizar a alguien e impedirle compartir puntos de vista contrarios sobre algún tema. Un día abordamos el tema de los misioneros Santos de los Últimos Días. Sabía que podría haber contestado sus preguntas, pero sentí que no debía hacerlo, así que dije lo suficiente para satisfacerlo por el momento.

Durante las siguientes semanas no pude dejar de pensar en nuestra conversación. Finalmente, tuve la impresión de que debía darle un Libro de Mormón con algunas frases subrayadas sobre la obra misional. La idea de hacerlo me atemorizaba, pero persistía. Sabía que era una impresión que tenía que seguir.

Alrededor de dos meses después tuve listo el Libro de Mormón. Durante todo el día sentí que el libro estaba ardiendo y haciendo un agujero en mi mochila. Los tres segundos que tardé en entregárselo cuando me iba de vacaciones de invierno fue el momento más aterrador de mi vida.

El primer día después que volví, pasé por su aula pero tenía miedo de entrar. Entonces le oí llamarme y me dio una tarjeta. La leí en el pasillo. Escribió que había estudiado “a fondo” los pasajes que había marcado, y empezaba a ver la lógica de mi religión.

Ahora me emociona compartir el Evangelio, y me emociona aun más servir pronto a mi Padre Celestial en una misión.

Niños
El servicio misional

(haz clic para ampliar la imagen)

Los misioneros son llamados a enseñar el Evangelio y también a servir a la gente. Ayuda a los misioneros a encontrar estas herramientas que están escondidas en la imagen.

Notas

1. Heber C. Kimball, en Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, tercera edición, 1967, pág. 104.
2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: John Taylor, 2001, pág. 82.
3. Thomas S. Monson, “Sed de buen ánimo”, Liahona, mayo de 2009, pág. 92.

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El poder del sacerdocio al guardar convenios

Liahona Junio 2017
MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES

El poder del sacerdocio al guardar convenios

Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿En qué forma el entender el propósito de la Sociedad de Socorro preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vida eterna?

woman walking out of the temple

“Mi mensaje… a todos, es que ‘a toda hora podemos ser bendecidos por el poder del sacerdocio’, cualquiera sea nuestra situación”, dijo el élder Neil L. Andersen, del Cuórum de los Doce Apóstoles.

“… a medida que participen dignamente en las ordenanzas del sacerdocio, el Señor les brindará mayor fortaleza, paz y perspectiva eterna. Cualquiera que sea su situación, su hogar será ‘bendecido por la fortaleza del poder del sacerdocio’”1.

¿Cómo invitamos al poder del sacerdocio a nuestra vida? El élder M. Russell Ballard, del Cuórum de los Doce Apóstoles, nos recuerda: “Quienes han entrado a las aguas del bautismo y posteriormente recibido la investidura en la casa del Señor tienen derecho a bendiciones abundantes y maravillosas. La investidura es literalmente un don de poder… [y] nuestro Padre Celestial es generoso con Su poder”. Nos recuerda que los hombres y las mujeres “son investidos con el mismo poder” en el templo, “a saber, el poder del sacerdocio”2.

Linda K. Burton, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, dijo: “… puesto que ese poder es algo que todos deseamos tener en nuestra familia y en nuestro hogar, ¿qué debemos hacer nosotros para [invitar ese poder a nuestras vidas]? La rectitud personal es indispensable para tener el poder del sacerdocio”3.

“Si nos presentamos humildemente ante el Señor y le pedimos que nos enseñe, Él nos mostrará cómo aumentar nuestro acceso a Su poder”, dijo el presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles4.

Relief Society sealEscrituras e información adicionales

1 Nefi 14:14;

Doctrina y Convenios 121:36; 132:20;

reliefsociety.lds.org

Considere lo siguiente

¿En qué forma el guardar nuestros convenios nos bendice con poder del sacerdocio?

Notas

1. Neil L. Andersen, “Poder en el sacerdocio”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 92.
2. M. Russell Ballard, “Los hombres y las mujeres, y el poder del sacerdocio”, Liahona, septiembre de 2014, pág. 36.
3. Linda K. Burton, “El poder del sacerdocio — Al alcance de todos”, Liahona, junio de 2014, págs. 21–22.
4. Russell M. Nelson, “El precio del poder del sacerdocio”, Liahona, mayo de 2016, pág. 69.

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Vivir el Evangelio fortalece las sagradas relaciones familiares

Liahona Junio 2017
LO QUE CREEMOS

Vivir el Evangelio fortalece las sagradas relaciones familiares

Todos somos hijos de Padres Celestiales amorosos que nos enviaron a la tierra para aprender la forma de regresar a Ellos. La familia es fundamental en el Plan de Salvación. Dios nos da familias para que obtengamos cuerpos, aprendamos principios correctos y nos preparemos para la vida eterna.

El Padre Celestial quiere que cada uno de Sus hijos se críe en entornos llenos de amor. La mejor manera de lograr esos ambientes comprensivos es vivir y practicar los principios del Evangelio. “La felicidad en la vida familiar tiene mayor probabilidad de lograrse cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo”1. Los hogares establecidos sobre los principios del Evangelio son lugares de paz, donde el Espíritu del Señor puede guiar, influir y edificar a todos los miembros de la familia.

La familia es ordenada por Dios y es “el orden de los cielos… un símbolo del modelo celestial, una semejanza de la familia eterna de Dios”2. Esas relaciones familiares y las responsabilidades que conllevan son sagradas. En las Escrituras aprendemos que los padres tienen el deber de criar a sus hijos en verdad, luz y amor (véanse Efesios 6:4; D. y C. 68:25). Los maridos y sus esposas deben amarse y respetarse mutuamente (véase Efesios 5:25), y los hijos deben honrar a sus padres (véase Éxodo 20:12).

“Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y se mantienen sobre los principios de la fe, de la oración, del arrepentimiento, del perdón, del respeto, del amor, de la compasión, del trabajo y de las actividades recreativas edificantes”3. Seguir los principios del Evangelio fortalece las relaciones familiares y aumenta la fuerza espiritual individual y colectiva de los miembros de la familia. Esos principios también nos ayudarán a acercarnos a Cristo.

Toda familia tiene sus problemas. En la agitación espiritual de esta época, no todas las familias tienen circunstancias ideales. Tal como dijo el élder Neil L. Andersen, del Cuórum de los Doce Apóstoles: “… con millones de miembros y la diversidad que existe entre los niños de la Iglesia, debemos ser aún más considerados y sensibles”4. Algunas personas no cuentan con apoyo familiar para vivir el Evangelio. Algunos desafíos son especialmente difíciles, e incluyen el divorcio, el abuso y la adicción (pero no se limitan a estos).

Dios es consciente de la situación de cada familia y de los deseos individuales de tener amor en el hogar. Incluso si tenemos relaciones imperfectas con nuestras familias, vivir el Evangelio todavía puede bendecir nuestra vida y nuestro hogar. Puede fortalecer nuestras relaciones con nuestro cónyuge, padres, hijos, hermanos y hermanas, y con nuestro Padre Celestial. Algunas de esas bendiciones se recibirán ahora, y otras no llegarán hasta la eternidad, pero Dios no les retendrá ninguna bendición a aquellos que se esfuerzan por lograr la rectitud.

Cómo fortalecer las relaciones familiares al vivir el Evangelio:

(haz clic para ver la imagen)

Divina y sagrada

“La familia es divina [y] abarca las más sagradas de todas las relaciones”.

Presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008), Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Gordon B. Hinckley, 2016, pág. 176.

 

Notas

1. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.
2. Dieter F. Uchtdorf, “Un elogio a los que salvan”, Liahona, mayo de 2016, pág. 77.
3. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, pág. 129.
4. Neil L. Andersen, “Cualquiera que los reciba, a mí me recibe”, Liahona, mayo de 2016, pág. 50.

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En tiempo récord

Liahona Junio 2017
NUESTRO HOGAR, NUESTRA FAMILIA

En tiempo récord

Por Richard L. Bairett Jr.
El autor vivía en California, EE. UU., al momento de esta experiencia.

Tendría que pasar algo extraordinario para que llegase a casa para el bautismo de mi hija.

air force plane

Mi hija acababa de cumplir ocho años y estaba entusiasmada de que yo la bautizara. Sus abuelos también vendrían para esa ocasión especial, lo que aumentó su entusiasmo y expectativa. Sin embargo, al acercarse el gran día, parecía que no me sería posible estar en el bautismo.

Mi trabajo como piloto de aviones militares y oficial asistente de operaciones de escuadrón rara vez era aburrido, pero el ritmo se tornó aun más intenso cuando mi oficial de operaciones se ausentó a causa de otra asignación. Me encontraba tratando de atajar una ola tras otra de diversas tareas. A fin de contar con el número requerido de tripulaciones de vuelo, me vi obligado a cancelar el entrenamiento, suspender algunas funciones del escuadrón y cancelar vacaciones que se habían planificado hacía meses.

Las tripulaciones estaban saliendo con órdenes de vuelo de 21 días con pocas probabilidades de regresar a casa antes de tiempo. Y cuando mi oficial de operaciones y otro oficial asistente de operaciones regresaron, me fue difícil justificar quedarme para una actividad familiar. ¿Cómo podía hacerlo cuando había requerido sacrificios de tantas otras personas?

Me encontraba en un dilema. Siempre traté de poner a mi familia por encima de mi carrera, pero esas eran circunstancias inusuales, y también tenía el deber de servir a mi patria. Mi oficial de operaciones, aunque no era miembro de la Iglesia, comprendió la importancia de ese acontecimiento para mi familia y me permitió tomar la decisión yo mismo. Después de haber orado mucho y de consultarlo con la familia, hice lo que pensé que era lo correcto y me apunté para salir en la siguiente misión.

Cuando mi tripulación recibió la orden de una misión que iba a empezar el lunes por la mañana, parecía que no había ninguna posibilidad de que regresara para el sábado, el día del bautismo de mi hija. Teníamos que volar al sitio donde recogeríamos la carga; después haríamos escala en una base en la que tendríamos que descansar antes de reanudar el vuelo. Más tarde volaríamos a otro lugar y descansaríamos; después entregaríamos la carga en un lugar muy lejano, nos detendríamos en el vuelo de regreso para que la tripulación descansara, y luego volveríamos al punto de partida para recoger más carga e iniciar el ciclo otra vez. Por lo general costaba por lo menos siete días realizar el circuito completo una sola vez, pero sabía que mi familia estaba orando para que regresara. Su fe y sus oraciones me ayudaron a tener fe, y rápidamente quedó claro que esta no iba a ser una misión cualquiera.

En primer lugar, en lugar de detenernos durante uno o dos días, a nuestra misión se le asignó reabastecerse y continuar sin parar hasta llegar a nuestra primera ubicación internacional. Luego, tras el período legal mínimo de descanso, se nos dio la alerta de volar una misión diferente de ida y vuelta a la lejana ubicación de entrega de la carga. La descarga del equipo y el reabastecimiento en nuestro destino marchó excepcionalmente bien, y después de otro período mínimo de descanso, nos avisaron que regresáramos directamente a nuestra base. ¡Regresaríamos a casa por un par de días!

Estaba muy feliz de decirle a mi familia que estaba casi a punto de llegar a casa. Pero entonces mi esposa me dijo que el servicio bautismal lo habían cambiado de las 5 a las 2 de la tarde a fin de que se llevara a cabo una actividad de la juventud de la estaca. Llamé a nuestro gerente de transporte aéreo y le expliqué la situación. Después de una breve pausa, respondió que había suficientes tripulaciones disponibles para retrasar nuestra próxima alerta hasta las 5 de la tarde del sábado, ¡la hora en que inicialmente se había programado que empezara el servicio bautismal!

En el vuelo a casa, al pasar por encima de las montañas cercanas a mi casa, vi que aún tenía una prueba más de fe: las luces de la ciudad estaban cubiertas de niebla; sería la peor visibilidad con la que jamás habría intentado aterrizar. Rápidamente elaboramos un plan para desviarnos a otro campo de aviación si fuese necesario, completamos nuestras listas de comprobación y descendimos para echar un vistazo.

Al avanzar hacia la pista a 60 m sobre el nivel del suelo, estábamos completamente rodeados de niebla. De repente, al pasar los 37 m, vimos una pista iluminada frente a nosotros, y unos segundos más tarde nos encontrábamos a salvo en tierra. Todos suspiramos de alivio.

Brother Bairett and daughter at baptism

Una serie extraordinaria de lo que parecían ser coincidencias había permitido que mi tripulación hiciera un viaje de varias etapas al otro lado del mundo y de vuelta en un tiempo récord, y yo pude estar en casa por un breve espacio que coincidió con el bautismo de mi hija. Con la ayuda del Señor me fue posible cumplir mi deber con mi patria, mi escuadrón y, sobre todo, con mi familia. Aunque la vida habría seguido su curso si hubiese sido necesario cambiar el bautismo de nuestra hija, nuestro Padre Celestial nos estaba comunicando que nos amaba y que oyó nuestras oraciones. Él le dio a mi hija el recuerdo de esos milagrosos acontecimientos como testimonio de que Él la ama, y mi esposa y yo obtuvimos un testimonio más fuerte que “cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre, si es justa, creyendo que recibiréis, he aquí, os será concedida” (3 Nefi 18:20).

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Protegido por nuestro Padre Celestial

Liahona Junio 2017
REFLEXIONES

Protegido por nuestro Padre Celestial

Por LaRene Porter Gaunt
Revistas de la Iglesia

cowboys

Antes de que la enfermedad de Alzheimer le arrebatara la mente, mi padre siempre tenía una historia o una canción para sus hijos. Lo recuerdo sentado en el sillón acunando a mi hermanito en su regazo mientras su voz suave llenaba la habitación de historias de su juventud, desde cuando cuidaba las vacas llevando el gato encima del hombro, hasta cuando descendía por las montañas rojizas de Escalante, Utah, EE. UU. Entonces, cuando a mi hermano se le empezaban a cerrar los ojos, terminaba con las historias y daba comienzo a la misma canción de cuna del vaquero:

Cierra tus somnolientos ojitos, mi pequeño vaquerito,
mientras tu Padre Celestial te cuida.
¿No sabes que es hora de dormir y que ha terminado otro día?
Así que duerme, mi pequeño vaquerito1.

Ahora mi hermano menor es padre, y mi papá yace en la cama de un hospital de San Diego, California, EE. UU. A pesar de que ve palmeras, piensa que es un niño que hace girar el agua de riego por las hileras de maíz, tomates y judías verdes. Pero no lo es; se está muriendo.

Día tras día, mi madre, mis hermanos y mi hermana se reúnen alrededor de su cama. Mi madre me llama a mi casa en las montañas de Utah, EE. UU. Me dice que cuando le muestra a papá viejas fotos familiares, se le dibuja una sonrisa en el rostro hundido. Otras veces, sus hermanos, que murieron hace mucho tiempo, entran y salen de su mente y corazón. Ella trata de conseguir que coma, pero él se niega. Le dice que sus hermanos han pescado una trucha y que tiene que ir a cuidar de los caballos antes de la cena.

Uno por uno hemos encontrado consuelo en el conocimiento de que cuando deje esta vida terrenal, nuestro padre será “[llevado] de regreso a ese Dios que [nos] dio la vida” al “paraíso… donde [descansará] de todas sus aflicciones, y de todo cuidado y pena” (Alma 40:11–12).

Llamo a mi madre y ella le pasa el teléfono a papá. Para mi sorpresa, él comienza a cantarme: “Cierra tus somnolientos ojitos, mi pequeño vaquerito, mientras tu Padre Celestial te cuida”.

Me pregunto si mi padre realmente sabe que soy yo. Probablemente no, pero esa canción viene como un regalo que me llega al corazón. Lloro de gratitud por esa tierna misericordia de mi Padre Celestial y por Su plan de salvación. Pronto termina la canción de cuna, e imagino que a mi padre se le empiezan a cerrar los ojos. El momento se ha esfumado, pero encuentro esperanza en el conocimiento de que la muerte es parte del plan de Dios para llevarnos a Él. Creo en el plan de Dios y en Su amor por nosotros cuando dejemos esta vida. Susurro: “Buenas noches, papito. Vete a dormir. Nuestro Padre Celestial te está cuidando”.

Mostrar las referencias

Nota

1. Véase de Jack Scholl y M. K. Jerome, “My Little Buckaroo”, 1937.

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Servicio solitario en Sarajevo

Liahona Junio 2017
PRESTAR SERVICIO EN LA IGLESIA

Servicio solitario en Sarajevo

Por Armin Wilhelm
El autor vive en Rhineland-Palatinate, Alemania.

Los domingos cantaba, oraba y pronunciaba discursos solo. ¿Empezarían otros miembros a asistir a las reuniones también?

person standing at a pulpit

Como miembro del ejército alemán, pasé más de la mitad de 1999 en Sarajevo, la capital de Bosnia y Herzegovina. Mi asignación militar se presentaba con grandes desafíos y largas horas, pero siempre sacaba tiempo para ir a la Iglesia en una pequeña capilla que utilizaban varias confesiones religiosas en nuestro campamento de 750 personas.

Cuando llegué a la capilla un domingo por la tarde, encontré las puertas cerradas. Me enteré de que a los otros miembros de la Iglesia del campamento los habían trasladado. Me sentí decepcionado porque había tenido el deseo de adorar y participar de la Santa Cena. Antes de ir a Sarajevo, había estado bien ocupado sirviendo como presidente de rama en Alemania y podía participar de la Santa Cena con regularidad.

Varias semanas más tarde me asignaron para acompañar a mi general en una visita a una división americana. Durante el almuerzo, un capitán americano que me había visto hablar con otros soldados me preguntó si era miembro de la Iglesia. Después de que le dije que sí, le dio mi nombre e información de contacto al líder de grupo mayor de la Iglesia en ese lugar.

Al poco tiempo, un tal hermano Fisher se puso en contacto conmigo. Después de una entrevista, me apartó como líder de grupo de la Iglesia en Sarajevo, con la tarea de establecer un grupo. (Un grupo es una unidad de la Iglesia en instalaciones militares, semejante a una rama.)

Comencé a publicar los horarios de las reuniones en los tableros de anuncios y a enviar invitaciones, con la esperanza de encontrar a otros Santos de los Últimos Días en cuarteles militares de Sarajevo. Durante las primeras semanas, nadie más asistió, así que los domingos, cantaba, oraba y daba discursos solo. Siguiendo las pautas de la Iglesia para líderes y miembros en el ejército, pude bendecir y participar de la Santa Cena sin que hubiese otro poseedor del sacerdocio. Eso me dio gran alegría.

Llevé a cabo mis solitarias reuniones en inglés para mejorar mis habilidades en ese idioma. El primer discurso que di fue sobre José Smith. Visiblemente no había nadie en la habitación, pero sentí la presencia de otras personas. El Espíritu Santo me fortaleció y me reveló lo importante que era que la obra del Señor comenzara de nuevo en ese lugar.

Unas semanas después de mi primera reunión dominical, entró en la capilla una joven soldado norteamericana que se había bautizado pocos meses antes. ¡Me sentía muy feliz! Dos semanas después, llegó otra hermana; luego vinieron dos hermanos. Con la ayuda del Señor, la Iglesia comenzó a crecer en Sarajevo.

Ahora la Iglesia tiene una rama en Sarajevo. Al recordar el tiempo que pasé en ese lugar, pienso en el honor que el Señor me dio de servir de una manera especial, para ser un pequeño eslabón en Su obra y saber que “de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C. 64:33).

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